Capítulo XX — La biblioteca invisible #2
—Alberion. —Despacio—. El Gran Maestro está en la puerta. No tiene espada. Nadie sabe cuántos años tiene. Y el libro dice que Pestos recibió de Agaton “todo lo que cargaba”. —Pausa—. ¿Tú crees que un hombre que carga eso se muere en un acantilado?
Alberion no contestó. Pero pensó en la pradera. En el viento. En “¿y el viento?” junto al Madrún. En una atención que pesaba. En un pastor que había bajado a comprar pan un día que no era de pan, y en su madre retirando la mano de una moneda como si quemara.
—No lo sé —dijo. Y era mentira, y los dos lo sabían, y ninguno lo dijo.
*
El Gran Maestro los esperaba en la puerta, de pie, con las manos cruzadas, y cuando salieron no les preguntó nada. Los miró. Miró a Alberion, mucho rato.
—¿Qué viste?
—Todo.
—¿Y qué entendiste?
Alberion lo miró de vuelta. Y por primera vez en tres años, no apartó los ojos.
—Que tengo que ir a Valdyr —dijo—. A preguntarle a mi madre.
Althoren asintió. Y después dijo, muy bajo, algo que Alberion no entendió hasta mucho después:
—Pregúntale de frente. Se lo merece. Lleva quince años esperando que se lo preguntes de frente para poder dejar de mentir.
*
Las medallas azules del mar las dio Elindra en un patio del palacio, sin ceremonia, porque Malrik ya no estaba para darlas: discos de hierro azul con una ola grabada, en el tercer agujero de la tira de cuero.
Las vacaciones del tercer año fueron distintas.
No hubo mes; hubo diez días, porque Aurenthal estaba en alerta y las compañías no podían dispersarse. Alberion los usó todos.
Voló a Valdyr. Aerion lo llevó, y lo dejó en la pradera alta, donde las flores que duran poco estaban abiertas, y Alberion bajó a pie, con el lobo que había venido en el guardabarranco con los ojos cerrados todo el camino, hasta la aldea, hasta la casa de la flor, donde su madre estaba en la puerta porque había visto el ave bajar.
No le dijo “has crecido”. Le vio la cara. Y la de ella se puso de piedra, y después se deshizo, porque supo.
—Entra —dijo.
—No. —Alberion se quedó en la puerta—. Aquí. Mamá. ¿Quién era mi padre?
Yira se quedó muy quieta. Alta, recta, con la trenza negra y las hebras grises, con las manos de trabajo juntas delante.
—Alberion…
—De frente. Me lo prometiste. “Cuando tengas que llevarlo tú, te lo doy”. Ya tengo que llevarlo. Lo leí. Sé su nombre. Sé quién es el rey y quién es Uclus. Lo que no sé es de ti. Quiero oírlo de ti.
Y Yira, que no lloraba nunca delante de él, que había llorado en una posada de espaldas y en una ventana cuando creía que no la veía, se sentó en el escalón de la puerta de su casa, con quince años de peso cayéndole de los hombros de golpe, y lloró.
Y le contó. Todo. Agaton, que hablaba demasiado, que era alto, que la conocía desde niña y que la volvió a encontrar, ya muchacha, en el mercado del Madrún comprando hilo.
La roca de la pradera, que él había movido un dedo de muchacho delante de su padre y que años después levantó entera, una tarde, para que ella viera lo que sostenía.
Aurenthal, la casa grande, el nombre, la posición.
La guerra. La noche en que no volvió. Uclus, el hermano menor, atractivo y frío, que la había mirado siempre de un modo que ella no quería nombrar.
Y un hombre fornido con túnica de caballero del aire que había llegado a su puerta a medianoche con una carreta y le había dicho: “Agaton me pidió esto. Súbase. No vuelva. No le diga a nadie quién es. Si él es hijo de quien es, un día va a tener que saberlo. Hasta entonces, usted es viuda de un marinero”.
—Pestos —dijo Alberion.
—Pestos. —Yira se limpió la cara con el delantal—. Lo vi una vez. Esa noche. Con la cara en sombra. Y después murió, me dijeron. Y yo lloré por él también, porque me había dado la vida de mi hijo.
Alberion no dijo nada un rato. Después se sentó a su lado en el escalón, como ella se había sentado el verano de las libélulas, y le tomó la mano, que era de trabajo, y la sostuvo.
—¿Y el cajón? —dijo—. El de abajo.
Yira se levantó. Entró. Y volvió con algo pequeño en la palma: un anillo. De hierro oscuro, sin piedra, con un sello grabado que Alberion no conocía y que después iba a ver en el peto del rey: un árbol blanco, el Madrún.
—Es suyo —dijo Yira—. Era de él. No lo uses. Todavía. Guárdalo donde guardaste el pan.
Alberion lo guardó. En el bolsillo de la flor.
*
Subió a la montaña el último día. Solo, con el lobo. A la pradera alta, al borde de la hondonada, a la roca donde un pastor con tres ovejas se había sentado a esperarlo hacía cuatro años.
La roca estaba vacía. No había ovejas. No había pájaro.
Y más arriba, en la ladera, donde Alberion nunca había subido porque el pastor siempre bajaba a él, encontró la cabaña: de piedra, pequeña, con el techo inclinado, con la puerta abierta y adentro nada.
Un catre sin manta. Una mesa. Ceniza fría en el hogar.
Y en la mesa, puesta con cuidado en el centro, como se deja una cosa para que la encuentre quien tiene que encontrarla, una pluma.
Larga. Verde y azul según la luz. Con la punta desnuda y un ojo azul al final.
Alberion la tomó. Se quedó de pie en la cabaña vacía con la pluma en la mano, y el lobo en la puerta, y el viento que entraba y que él veía ahora sin pasto, sin olas, sin nada, porque ya sabía mirarlo.
Y no dijo nada. Porque ya no hacía falta. Y porque, como el Gran Maestro con él, iba a esperar a que el otro lo dijera primero.