Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XX — La biblioteca invisible
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Capítulo XX — La biblioteca invisible

Capítulo XX — La biblioteca invisible

Volar en guardabarranco no se parece a nada.

Alberion había imaginado que sería como montar.

No lo era. Un caballo va por el suelo y uno lo siente; un guardabarranco va por el aire y uno siente el aire.

Iba sentado detrás de Aerion, en una silla de cuero atada al lomo del ave con correas que pasaban entre las plumas, con las manos agarradas a dos asas, y debajo, muy abajo, Thalassar se iba haciendo pequeño: el puerto, los botes, la Compañía entera subiendo a los otros guardabarrancos de a ocho, la lona con Malrik que cuatro caballeros del aire levantaban con cuidado en una red.

Y después el mar, y después la costa, y después el verde del Bosque Sagrado como una alfombra, y Alberion entendió por qué Aerion miraba siempre un poco por encima: porque allá arriba el viento no se veía en el pasto ni en las olas.

Se veía en todo. Las nubes, el humo de una granja, el vuelo de un halcón más abajo, la inclinación de las copas de los árboles.

Era un mapa entero de viento, abierto, y él lo leía como se lee una página, y por primera vez en su vida no tuvo que esforzarse.

—Lo ves —dijo Aerion, sin volverse, con la voz suave que el viento se llevaba.

—Sí.

—Ya lo sabía.

*

Aurenthal, desde arriba, era la palma de la mano.

Las murallas doradas, las calles, el Madrún blanco en la explanada, y en el centro de la ciudad el palacio, que no era un castillo sino un conjunto de patios y torres bajas de piedra dorada, y en un patio interior, el más escondido, el guardabarranco de Aerion bajó.

Y ahí estaba.

De pie, solo, en medio del patio, con una túnica que esa tarde era del gris azulado de las nubes de lluvia, fornido, desaliñado, con el pelo de ese color que no se decidía. El Gran Maestro Althoren. Sin espada. Con las manos cruzadas delante. Esperando.

Alberion bajó del guardabarranco con las piernas temblando y se quedó parado delante de él, a tres pasos, y durante un momento ninguno de los dos dijo nada.

Y Alberion, que tenía buenos ojos, miró.

Miró la cara. Seria, fuerte, con la piel de alguien que ha dormido muchas noches a la intemperie.

Miró las manos: grandes, del tamaño de palas.

Miró el modo de estar parado, sin gastar nada.

Y miró los ojos, y en los ojos vio lo que había visto junto al Madrún a los doce años, el reflejo de una lámpara que está detrás, y vio además otra cosa, que a los doce años no había sabido ver y que ahora, después del tarn y del arco y de Bastos y de Malrik, sí: una atención que pesaba.

La misma. Exactamente la misma que había visto en una pradera de Valdyr, en un viejo con tres ovejas que le había dicho “¿y el viento?”.

No lo pensó. Lo sintió, como se siente el viento cuando no hay pasto. Y no lo dijo. Porque no tenía forma todavía, y porque algo en la cara del Gran Maestro le dijo que no era el momento, que él sabía que Alberion estaba viendo algo, y que esperaba a que lo viera entero.

—Malrik —dijo Alberion. La voz le salió rota.

—Lo sé.

—Me dijo que le dijera una cosa. A usted. Con esas palabras.

Althoren no se movió.

—Dila.

—“Uclus ha vuelto”.

El Gran Maestro cerró los ojos. Fue un segundo. Y Alberion vio, en ese segundo, que algo en aquel hombre fornido, en aquella cara seria, se rompía por dentro y se volvía a armar, como el hielo del tarn cuando el agua lo empuja desde abajo.

—¿Y qué más?

—Que Malrik soltó. Que aprendió. Que no tenía miedo al final, y que eso estuvo mal, y que lo sabe.

Althoren abrió los ojos. Y por primera vez en cuatro años, desde el Madrún, desde la pradera, Alberion lo vio sonreír. No fue una sonrisa de buen humor como la de Malrik. Fue una sonrisa de dolor, breve, que se fue enseguida.

—Siempre tuvo demasiado poco miedo —dijo—. Era lo que Agaton le reprochaba. —Pausa—. Ven. Hay algo que tienes que ver, y quiero que elijas con quién.

*

—¿Con quién?

—Lo que te voy a mostrar no es para uno solo. Es para dos. Uno que vea, y uno que entienda. Tú ves. —Althoren caminaba por un pasillo de piedra dorada, hacia abajo, con una lámpara en la mano—. Elige al que entiende. De los tuyos. Uno. Y elige bien, porque lo que entienda, lo va a cargar.

Alberion pensó. Pensó en Eduart, que entendía todo y lo apuntaba. Pensó en Alicia, que miraba y veía lo que nadie. Pensó en Hara, que mandaba. Pensó en Tessa.

Y dijo:

—Ikki.

Althoren se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque es el que no se suelta. —Alberion no supo de dónde le salía—.

Porque se dio la vuelta por Alicia cuando el gigante estaba a cinco varas.

Porque es el más leal de todos y nadie lo sabe porque hace chistes malos.

Y porque si cargo con algo, quiero que lo cargue él conmigo, porque él va a correr delante de mí hasta el final.

El Gran Maestro lo miró un momento largo.

—Bien —dijo—. Es la respuesta correcta. Y es la que yo habría dado.

*

Ikki llegó esa noche, en el segundo vuelo, con la cara verde del guardabarranco y la boca abierta de haber visto Aurenthal desde arriba, y Althoren los llevó a los dos, con la lámpara, por el pasillo que bajaba, y bajaba, y bajaba, hasta una puerta de madera vieja que no tenía cerradura.

—La Biblioteca Central de Aurenthal está arriba —dijo—.

Tiene diez mil libros y todo el mundo puede entrar.

Esto es otra cosa. Esto no está en ningún mapa del palacio, y la puerta solo se abre si quien la empuja es digno de lo que hay dentro.

No lo digo como amenaza. Lo digo como aviso: hay hombres que la han empujado y han encontrado una pared. —Se apartó—. Empujen. Los dos.

Empujaron. La puerta se abrió.

Y adentro no había una sala. Había una ciudad.

O eso parecía al principio: un espacio tan grande que la lámpara no llegaba al fondo, con columnas de piedra que subían a una oscuridad sin techo, y entre las columnas, estantes.

Estantes de madera negra, altísimos, llenos de libros, de rollos, de cajas, de cosas que no eran libros y que Alberion no supo nombrar, y entre los estantes, luces.

Pequeñas, flotando, azules, como la luz verde del mar de noche pero en el aire, que se encendían donde ellos miraban y se apagaban donde dejaban de mirar.

—La biblioteca invisible —dijo Althoren—.

Aquí están las páginas que faltan arriba.

Las arranqué yo. Hace quince años. Las traje aquí para que no las leyera cualquiera, y para que las leyera quien tuviera que leerlas.

—Les tendió la lámpara—. Están en el estante del fondo, el que no se ve. Lo van a ver. Yo me quedo en la puerta.

*

Lo que leyeron esa noche, Ikki y Alberion, con la lámpara en el suelo y las luces azules encendiéndose alrededor como si quisieran ayudar, no lo apuntó nadie, porque Eduart no estaba, y porque algunas cosas no se apuntan.

Pero fue esto.

Que hacía dieciséis años, en los acantilados del este, un hombre llamado Uclus Vorensen, hermano menor del príncipe Agaton y del príncipe Haldric, hijo de la casa que gobernaba Oryndor hacía cuatro siglos, había cruzado la línea donde terminan los mapas.

Que había ido al Yermo de Nadie, que es como los que saben le dicen al Mundo Oscuro, buscando lo que nadie de Oryndor había buscado nunca: poder sin pacto.

Que había vuelto con un ejército de hombres que no gritaban y de gigantes con látigo, y que había bajado de los acantilados sobre Kaoryn, y que Oryndor había tenido una guerra que no estaba en los libros porque los libros se escribieron después.

Que había cuatro caballeros entonces. No cinco: cuatro.

El del Desierto había muerto el primer año de la guerra y nadie había levantado su espada todavía.

El de la Nieve era un hombre joven llamado Tharion.

El del Mar era Agaton. El del Bosque era una mujer que ya había muerto.

Y el cuarto, el del Aire, el mayor de todos, era un hombre llamado Pestos.

Ikki levantó la cabeza al leer el nombre.

—Pestos.

—Sigue.

Que Agaton había cerrado la grieta por donde Uclus había traído su ejército, en un volcán del borde del este, arrojándolo dentro y sellando la boca con su propia vida y con todo el poder que cargaba.

Que el sello aprisionaba, no mataba. Que Pestos, el cuarto caballero, había recibido de Agaton, antes de que muriera, todo lo que Agaton tenía: el poder, el secreto, y un encargo.

Y que después, Pestos había muerto también, oficialmente, en el mismo acantilado, y que su nombre había sido borrado de los libros con el consentimiento del rey Haldric, porque un hombre que carga lo que Pestos cargaba no puede existir en ningún libro.

Y que Agaton tenía una mujer. Una muchacha de Aurenthal, de buena casa, que cosía mejor que nadie y que se llamaba Yira.

Y que la noche en que Agaton murió, Yira estaba embarazada de ocho meses, y que Pestos, antes de “morir”, la había sacado de Aurenthal en una carreta, con lo último que tenía, hacia el norte, hacia Valdyr, hacia una aldea que no sale en los mapas.

*

Alberion no lloró. No supo por qué. Se quedó sentado en el suelo de la biblioteca invisible con el libro abierto en las rodillas y las luces azules flotando alrededor, y lo que sintió no fue tristeza ni rabia sino lo que había sentido en el tarn con el brazo estirado: una claridad helada.

Ikki no dijo nada. Se sentó a su lado, hombro con hombro, como contra el catre vacío de Bastos, y se quedó ahí.

—Agaton —dijo Alberion, al rato.

—Sí.

—Mi padre.

—Sí.

—Y el rey es mi tío. Y Uclus es mi tío. Y el que trae a los gigantes y a los hombres sin miedo, y el que mató a Malrik, es mi tío. —Lo dijo sin entonación—. Y mi madre lo sabía. Todo. Quince años.

—Para protegerte.

—Ya sé. —Alberion cerró el libro—. Y el que la sacó en una carreta se llama Pestos. Y está muerto.

Ikki lo miró. Y Alberion vio en su cara, con esos ojos suyos, que Ikki, el que entendía, había entendido algo más, y que estaba decidiendo si decirlo.