Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XIX — La vela negra
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Capítulo XIX — La vela negra

Capítulo XIX — La vela negra

Malrik contó lo de Agaton en el bote Bastos, una noche de calma, sin que nadie se lo pidiera.

Era la mitad del año. La Compañía estaba fondeada en una bahía al norte del puerto, treinta y cuatro botes en círculo alrededor del velero de dos palos, con fogatas en la playa y la luna en el agua, y Malrik, que iba de bote en bote algunas noches a sentarse un rato con cada cabaña, llegó al Bastos remando él mismo, se subió, se sentó en la proa con las piernas colgando, y se quedó mirando el nombre pintado en blanco.

—Yo tuve un maestro —dijo—. Aquí. En esta bahía. Hace veinte años.

Nadie dijo nada. Malrik no era de los que necesitaban que le preguntaran.

—Se llamaba Agaton. Era el Caballero del Mar antes que yo, y era de la casa del rey, hermano mayor del que ahora es rey, y no le importaba.

Lo que le importaba era esto. —Movió la mano hacia el agua—.

Decía que el mar era el único reino que no se podía conquistar y que por eso era el único que valía la pena cuidar.

Me enseñó a soltar. Me enseñó el pez real.

Me enseñó que un marinero que no tiene miedo es un marinero muerto.

Y después se fue a una guerra, y no volvió.

—¿La de hace quince años? —dijo Eduart.

Malrik lo miró.

—Dieciséis. —Sonrió, y la tristeza vieja se le vio entera—.

Ustedes dicen quince porque los libros dicen quince.

Los libros cuentan desde que terminó. Empezó hace dieciséis.

Yo estaba en esta bahía cuando llegó la noticia.

Agaton había cerrado algo, en el este, en los acantilados, con su vida.

No sé qué. Nadie me lo dijo nunca y yo dejé de preguntar.

—Miró a Alberion, un segundo, y apartó los ojos—.

Lo que sé es que desde ese día el rey tiene la barba gris, y el Gran Maestro no carga espada, y hay páginas que no están.

Y que yo le puse Agaton a mi primer barco, igual que ustedes.

Se levantó. Bajó al bote de remos.

—No les cuento esto para que lo apunten, Eduart. Se lo cuento porque hay cosas en el agua, estas semanas, que no me gustan. Y porque si pasa algo, quiero que al menos uno de los treinta y cuatro botes sepa de dónde viene.

*

Las cosas en el agua empezaron a verse al mes siguiente.

Primero fueron los pescadores. Volvían al puerto antes de tiempo, con las redes a medias, y hablaban en voz baja en los muelles de un barco.

Un barco sin bandera, grande, con la vela negra, que habían visto al este, cerca de los acantilados de Kaoryn, donde ningún barco de Thalassar iba porque no había nada que pescar.

Un barco que no se acercaba y no se alejaba. Que miraba.

Después fueron los manatíes. Se fueron de la bahía. Un día estaban y al siguiente no, y los pescadores viejos dijeron que eso no pasaba, que los manatíes no se iban de un sitio con hierba, salvo que algo en el agua les diera miedo, y que los manatíes no le tenían miedo a nada.

Y después fue Alberion.

Lo vio desde el bote Bastos, una tarde de viento, mar adentro, cuando Lucian llevaba el timón y él decía la vela.

Lo vio en los rizos del agua. El viento venía del este, como casi siempre, pero los rizos no venían solo del viento.

Había otra cosa debajo, una ola larga, baja, que venía del este también y que no era del viento.

Era de algo grande que se movía en el agua a muchas leguas.

Y detrás de esa ola, en el horizonte, donde el cielo y el mar se juntaban en una línea gris, vio con esos ojos suyos un punto. Negro. Que no era una nube.

—Lucian. Vira.

—¿Qué?

—Vira. Al puerto. Ahora.

Lucian lo miró. Y en la cara de Alberion vio lo que Tharion había visto en la puerta de la fortaleza y Kael en el valle de las dunas, y viró sin preguntar.

*

Malrik los escuchó esa noche en el velero, con Elindra al lado, sin interrumpir.

—Un punto negro —dijo cuando Alberion terminó—. En el horizonte. Al este.

—Y una ola debajo que no es del viento.

—¿Cuántas leguas?

Alberion lo pensó. Pensó en la ola. En la distancia entre los rizos y la cosa que los empujaba.

—Diez. Doce. Y viene.

Malrik miró a Elindra. Elindra no dijo nada. Y Malrik se levantó, y fue a la borda, y miró hacia el este, donde no había nada que ver, mucho rato.

—Los pescadores vieron una vela negra —dijo, de espaldas—.

Los manatíes se fueron. Y un muchacho de Valdyr que lee el viento en el agua ve un punto.

—Se volvió—. Elindra. Mañana la Compañía entera al puerto.

Todos los botes. Nadie sale de la bahía.

Y manda una libélula a Aurenthal. Al Gran Maestro.

Dile que el mar está raro. Que lo diga con esas palabras.

—¿Y usted?

Malrik sonrió, con la cara de buen humor que no se le quitaba.

—Yo voy a ver.

*

Fue en el velero de dos palos. Solo. Con seis marineros viejos del puerto que se ofrecieron y a quienes no pudo decir que no.

Salió al amanecer, hacia el este, con el viento de proa, y la Compañía de Hierro lo vio irse desde el muelle, ciento sesenta y nueve, y Alberion, en la proa del bote Bastos amarrado, lo miró hasta que fue un punto, y después lo siguió mirando porque veía más lejos que los demás.

Lo vio hasta la tarde. Lo vio llegar al horizonte. Y lo vio, en el horizonte, encontrarse con otra cosa.

No con un punto. Con muchos. Negros, uno al lado del otro, diez, veinte, treinta, una línea entera de velas negras que se levantaron del horizonte como si el mar las hubiera parido, y el velero de Malrik, pequeño, blanco, delante de todas.

—No —dijo Alberion. En voz alta. En el muelle—. No, no, no.

Nadie más veía. Pero Tessa, a su lado, le tomó el brazo, y Lucian, al otro lado, dijo “¿qué ves?”, y Alberion no pudo contestar, porque en ese momento vio que el velero blanco viraba.

Viraba hacia el puerto. Con todo el viento.

Huyendo. Y que de las velas negras salía algo, una nube, un enjambre, que cruzaba el agua hacia él. Flechas. Cientos.

*

El velero llegó al atardecer, y llegó porque los seis marineros viejos del puerto conocían el viento mejor que nadie en Oryndor y porque Malrik, con el timón en las manos, lo había llevado como se lleva un caballo de Zareth, sin apretarlo.

Pero llegó con las velas rotas, con tres marineros tendidos en cubierta, y con Malrik en el timón de pie con dos flechas en el pecho, una en el hombro, y la armadura azul de escamas rota donde las flechas habían entrado como si las escamas fueran papel.

Lo bajaron al muelle entre Lucian y Elindra. Lo tendieron en las tablas. Y Malrik, que todavía sonreía, que sonreía de una manera que nadie entendió hasta mucho después, buscó con los ojos entre las caras y encontró la de Alberion.

—Tú —dijo. Era un hilo—. El del viento.

Alberion se arrodilló.

—Señor.

—Son barcos. Treinta. Con tripulación de hombres que no gritan. Les tiramos fuego y no gritaron. —Tosió. Salió sangre—. Hombres sin miedo. Agaton me habló de ellos. Una vez. Dijo que si volvían a verse hombres sin miedo en el agua, era porque había vuelto quien los hace.

Alberion sintió el frío del tarn.

—¿Quién?

Malrik lo miró. Y en su cara de buen humor, detrás de la tristeza vieja, había algo más, algo que se parecía a lo que Alberion había visto en el pastor en la pradera: una atención que pesaba, y que ahora estaba entera sobre él.

—Tienes la mirada de él —dijo Malrik—. La de Agaton.

Nunca te lo dije porque no era asunto mío.

Ahora sí lo es. —Levantó la mano, con esfuerzo, y agarró a Alberion de la camisa, y lo atrajo—.

Búscalo. Al que guarda los libros. Dile que Uclus ha vuelto.

Con esas palabras. “Uclus ha vuelto”. Él va a saber.

—Pausa. Respiración rota—. Y dile… dile que Malrik soltó.

Que aprendió. Que no tenía miedo al final, y que eso estuvo mal, y que lo sabe.

Y sonrió otra vez, con la sangre en los dientes, y miró el agua, el puerto, los botes, el bote Bastos amarrado al lado con el nombre en blanco, y dijo, muy bajo, a nadie:

—Buen nombre.

Y soltó.

*

Esa noche, en el puerto, con Malrik tendido en el muelle bajo una lona y la Compañía entera en silencio alrededor, con treinta velas negras en algún lugar del horizonte y los pescadores clavando las puertas de las casas, Alberion se quedó de pie en la proa del bote Bastos mirando hacia el este, con el lobo a los pies y la libélula de Eduart en el hombro.

Elindra se acercó. Se quedó a su lado.

—Lo que te dijo —dijo—. ¿Lo oíste bien?

—“Uclus ha vuelto”.

Elindra cerró los ojos, un segundo, como en la explanada cuando trajeron a Bastos.

—Hay que ir a Aurenthal. Hoy. No puedo dejar la Compañía. —Lo miró—. Vas tú. Con uno más. En el bote, por la costa, hasta la desembocadura, y a pie hasta la ciudad. Dos días. Buscas al Gran Maestro. Nadie más. Le dices eso.

—¿Por qué yo?

—Porque te lo dijo a ti. —Elindra miró el agua—. Y porque llevo tres años viéndote ver cosas que los demás no ven, y empiezo a entender por qué.

—¿Por qué?

Elindra no contestó. Pero antes de irse, dijo lo último, muy bajo:

—Tharion te dijo que ver no es un regalo. Es un trabajo. —Pausa—. No te dijo que también es una herencia.

*

Lo que pasó al amanecer no lo esperaba nadie.

Alberion e Ikki estaban en el bote Bastos, listos, con dos días de agua y pan, cuando el cielo del este, sobre la bahía, se oscureció. No con nubes. Con alas.

Bajaron del cielo. Doce, quince, veinte.

Enormes, verdes y azules según la luz, con las colas largas terminadas en dos plumas desnudas con un ojo en la punta, batiendo el aire con un sonido que era como el de las velas de un barco grande.

Guardabarrancos. Y en el lomo de cada uno, un jinete con armadura plateada, y delante de todos, en el más grande, con la capa plateada al viento, Aerion, Caballero del Aire, con los ojos que siempre miraban un poco por encima, mirando ahora hacia abajo, a la Compañía de Hierro parada en el muelle con la boca abierta.

Se posaron en la playa. Veinte guardabarrancos plegando las alas, y Aerion bajó del suyo y caminó por el muelle hasta Elindra, y dijo, con esa voz suave que casi no se oía:

—El Gran Maestro recibió la libélula. “El mar está raro”. —Miró la lona con el cuerpo de Malrik, y cerró los ojos un momento, y los abrió—. Dice que el aire también. La Compañía de Hierro se va hoy a Aurenthal. Por el cielo. Todos.

Y después miró a Alberion. Como lo habían mirado todos. Como se mira algo que se esperaba.

—Tú vienes conmigo —dijo—. Hay alguien que te quiere oír antes que a nadie.