Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XVIII — El barco Bastos
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Capítulo XVIII — El barco Bastos

Capítulo XVIII — El barco Bastos

Thalassar huele antes de verse.

Dos días antes de llegar al puerto, el camino del oeste empezó a oler a sal, y a algo más, podrido y vivo a la vez, que Lucian dijo que era el olor de su casa y que Hara dijo que era el olor de algo muerto, y los dos tenían razón.

Después vinieron las gaviotas, que gritaban como Bastos reía.

Después el viento, que ya no venía de ningún sitio sino de todos.

Y después, al subir la última loma, el mar.

Alberion se detuvo como se había detenido en la loma de Zareth.

Pero esto era otra cosa. El desierto era grande y quieto.

Esto era grande y se movía. Hasta el horizonte, gris y verde y azul a la vez, lleno de olas que venían y venían y no se acababan nunca, con una luz encima que no era la luz de la tierra, y un sonido, hondo, continuo, que no era el crujido del glaciar ni el silencio de las dunas: era como si el mundo respirara, y uno pudiera oírlo.

—No se puede leer —dijo, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.

—¿Qué?

—No tiene vetas. Se mueve todo. —Alberion miraba el agua con esos ojos suyos y por primera vez en tres años no veía nada debajo—. No sé por dónde se rompe.

Lucian, a su lado, con la cara hacia el viento y la sonrisa torcida que había vuelto a medias, dijo:

—Por todas partes. Por eso se aprende a soltar.

*

Malrik los esperaba en el muelle, y fue el único maestro que no los esperó de pie.

Estaba sentado. En un bolardo de hierro, con las piernas cruzadas, con la armadura azul de escamas brillando con ese verde en los bordes, canoso, con la cara de buen humor que no se le quitaba, comiendo algo de un cucurucho de papel, y cuando la Compañía de Hierro bajó al muelle, ciento sesenta y nueve, levantó la mano con el cucurucho y dijo:

—¿Alguien quiere? Son camarones. Están buenos.

Nadie supo qué hacer. Malrik se rio, se levantó, se sacudió las manos, y los miró de uno en uno, y Alberion vio que la cara de buen humor tenía algo detrás, como la de Tharion tenía la montaña y la de Kael el sol: una especie de tristeza vieja, bien guardada.

—Soy Malrik, Caballero del Mar. Este año es mío.

—Señaló con el pulgar hacia atrás, hacia el agua—.

Eso no se aguanta, no se le pega, no se le gana.

Eso se conoce. El que lo conoce, vive. El que cree que lo conoce, se ahoga.

—Sonrió—. Yo lo conozco hace treinta años y todavía me da miedo.

Si al final del año les da miedo, aprobaron. Elindra, el almacén.

Y después, mientras rompían filas, caminó entre ellos sin prisa, mirando cintas y medallas, y se detuvo delante de la cabaña siete, que eran siete, y no dijo nada un momento.

—Tharion me escribió —dijo—. Y Kael. Y Elindra. —Miró el espacio donde faltaba uno—. Lo siento. Y les voy a decir una cosa que los otros no les dijeron, porque ellos son de tierra y yo soy de agua: aquí los muertos no se entierran. Se sueltan. Van a aprender la diferencia.

*

El almacén de Thalassar era un barco.

No una metáfora: un barco. Un velero de dos palos, grande, de madera oscura, amarrado al muelle, con las bodegas abiertas y los marineros sacando de ellas lo que les correspondía: pantalones cortos de lona, camisas sin mangas, chaquetas enceradas para la lluvia, botas de suela blanda que no resbalaban en cubierta, un cuchillo distinto, curvo, de hoja corta, para cortar cabos, y un gorro de lana que Lucian dijo que era lo más importante de todo y que nadie le creyó hasta la primera noche en el agua.

Y a cada cabaña, un bote.

Eran botes de remos, de seis varas, con un palo y una vela pequeña, pintados de azul, y Malrik les dijo que durante un año el bote era su cabaña, y que iba a tener un nombre, y que el nombre lo elegían ellos.

La cabaña siete miró su bote. Nadie dijo nada. Hasta que Lucian, con la sonrisa torcida, se acercó a la proa, pasó la mano por la madera, y dijo:

—Bastos.

Nadie discutió. Eduart lo apuntó. Y esa tarde, Hara, que tenía la letra más firme, lo pintó en la proa con pintura blanca, en letras grandes, y el bote Bastos fue el único de los treinta y cuatro que tuvo el nombre de una persona, y Malrik lo vio, y no dijo nada, pero esa noche los marineros del muelle le dijeron a la Compañía de Hierro que el Caballero del Mar se había quedado un rato largo mirando ese bote después de que todos se fueron.

*

El primer mes fue de no ahogarse.

Les enseñaron a nadar, porque la mitad de la Compañía no sabía, y los de Valdyr y Zareth menos que nadie; a Alberion le costó más que el caballo, porque el agua no se podía mirar al frente: estaba en todas partes.

Les enseñaron a remar, a los siete juntos, con un ritmo que Lucian marcaba cantando canciones del puerto que Hara decía que eran indecentes y que Alicia apuntaba de todos modos.

Les enseñaron la vela: a sentir el viento no en el pasto sino en la cara, en la lona, en la inclinación del bote, y aquí Alberion encontró algo.

Porque el viento sobre el mar no tenía pasto que lo mostrara, pero tenía las olas.

Pequeñas, en la superficie, rizos que iban en una dirección y que cambiaban antes de que cambiara la vela.

Los veía. Era el viento cuando no hay pasto, y lo estaba viendo, y pensó en el pastor y en “eso es lo que vas a averiguar”, y lo averiguó una tarde en el bote Bastos, con la vela chasqueando, cuando dijo “va a rolar al norte” diez segundos antes de que rolara, y Lucian lo miró con la cara de quien ha visto un truco.

—¿Cómo sabes?

—Lo veo.

—No se ve.

—Se ve en lo que toca.

Y Lucian no entendió, pero desde ese día, en el bote Bastos, el timón lo llevaba Lucian y la vela la decía Alberion, y el bote Bastos empezó a ganar.

*

Y les enseñaron el mar, que era lo que Malrik quería enseñar de verdad.

Porque Thalassar, como el glaciar y el desierto, parecía una sola cosa y era mil.

Había la costa, con sus pozas donde vivían cangrejos del tamaño de un plato y estrellas de mar de colores que Alicia dibujaba.

Había los bancos de arena donde, en marea baja, se juntaban aves de patas largas a miles.

Había, mar adentro, delfines, que seguían a los botes y saltaban, y que Malrik dijo que eran la mejor compañía que un marinero podía pedir porque no pedían nada.

Había tiburones, y Malrik les enseñó a verlos por la aleta y a no hacer lo que todos hacen, que es gritar y salpicar.

Había, en las noches sin luna, una luz verde en el agua, que se encendía cuando los remos la tocaban, y que Eduart dijo que eran animales tan pequeños que no se veían, millones, y que Tessa dijo que era magia, y los dos tenían razón.

Y había dos que eran de Thalassar y de ningún otro sitio.

El primero lo conocieron en una cala tranquila, en la tercera semana, donde Malrik llevó los botes al atardecer y les dijo que callaran.

Y del agua, despacio, salió un lomo. Gris, redondo, enorme, de cinco varas, y después una cara: una cara ancha, con bigotes, con ojos pequeños y tristes, que los miró con una curiosidad absoluta y se volvió a hundir.

—Manatí —dijo Malrik, en voz baja—. Vaca de mar.

No hace nada. No muerde, no corre, no pelea.

Come hierba del fondo y vive cien años. En Thalassar, cuando un barco se hunde, los manatíes empujan a los náufragos a la orilla.

No se sabe por qué. Nadie se lo pidió. —Miró el agua—.

Un marinero que le hace daño a un manatí no vuelve a embarcar.

Es la única ley del puerto que nadie discute.

El segundo lo vieron una sola vez en todo el año, y fue de lejos, y fue suficiente.

Era un pez. Pero decir pez es como decir que un guardabarranco es un pájaro.

Lo vieron desde el bote Bastos, mar adentro, en un día de calma, cuando Alicia señaló sin decir nada hacia estribor, y ahí, a cien varas, bajo el agua clara, pasó una sombra.

Larga como tres botes. Plateada. Con unas aletas que eran como alas, que se abrían a los lados y se cerraban despacio, y una cola que terminaba en dos puntas con un brillo dorado.

Pasó debajo de ellos. Y por un momento, el bote Bastos se quedó en una sombra que no era de nube, y después la sombra siguió y se perdió en el azul.

—Pez real —dijo Lucian, y por una vez no tenía la sonrisa—. Mi abuelo vio uno. Una vez. Dicen que si lo ves, no te ahogas ese año.

Alberion no dijo nada. Pero había visto, con esos ojos suyos, algo más que los demás: que las aletas del pez real, al abrirse, tenían vetas. Como el hielo. Como la arena. Como el pasto cuando pasa el viento. Y que las vetas iban hacia el este.

*

La fiesta fue idea de Lucian, y fue la primera cosa que Lucian hizo en meses que se pareciera a Lucian.

Era el fin del segundo mes. Malrik había dado permiso a la Compañía para bajar al puerto una noche, con la condición de que estuvieran en los botes al amanecer.

Y Lucian, que había crecido en ese puerto, que conocía cada taberna, cada callejón, cada tejado, dijo en la cabaña siete, con la sonrisa torcida, que había un sitio.

—No podemos —dijo Hara.

—Sí podemos. Lo que no podemos es que nos vean.

—Eso es lo mismo.

—No es lo mismo. —Lucian la miró—. Hara. Llevamos tres meses sin que nadie se ría. Él se reía de todo. Yo le prometí una cosa, y no te voy a decir cuál, pero una parte de esa cosa era esta. Vamos.

Fueron. Siete, por los tejados del puerto, con Ikki delante como si hubiera nacido ahí, hasta un patio escondido entre dos almacenes donde había una fogata, y marineros viejos con instrumentos, y gente del puerto bailando, y Lucian entró como quien entra a su casa, y lo abrazaron, y les dieron de comer pescado asado y pan y un vino que Eduart dijo que no debían beber y bebió.

Y Lucian bailó. Bailó con todas las muchachas del patio, una tras otra, con la sonrisa ya no torcida sino entera, y en un momento se detuvo, en medio del patio, y levantó la jarra, y gritó:

—¡Por Bastos de Dūn! ¡Que no sabía nadar y no le importaba!

Y el patio entero, que no sabía quién era Bastos, gritó “¡por Bastos!”, y Alberion, que estaba sentado en un barril con Tessa al lado, vio que Lucian, en medio de todo el ruido, con la jarra levantada y la gente gritando, tenía la cara mojada, y que era la primera vez.

Tessa lo vio también.

—Está llorando.

—Sí.

—Por fin.

Y le tomó la mano, como en el claro, y esta vez él se la apretó.

*

Los vio Elindra. Por supuesto. Al amanecer, en los botes, con las caras de haber dormido una hora, y no dijo nada, y los puso a remar hasta el mediodía sin parar, y por la tarde los llamó a su cuarto, a los siete, y les dijo:

—Lo sé. Lo sabe Malrik. Y no voy a hacer nada. —Pausa—. Porque Malrik me dijo una cosa esta mañana, y se la voy a repetir: “Déjalos. Lo están soltando”.

Y los echó. Y Lucian, en la puerta, se volvió, y le dijo a Elindra la primera cosa graciosa en tres meses:

—Capitana, si alguna vez necesita que la lleven a bailar…

—Fuera, Lucian.

—Fuera, capitana.