Capítulo XVII — El silencio
Capítulo XVII — El silencio
Elindra los vio llegar desde la torre del campamento de Hierro, en el claro del bosque, al atardecer del segundo día: siete muchachos de catorce años y un lobo, caminando despacio por el camino de Aurenthal, con una cosa larga envuelta en dos abrigos que llevaban entre cuatro, y bajó de la torre antes de que llegaran, y los esperó en la explanada, de pie, sola, con el uniforme de cuero gris sin un pliegue fuera de sitio.
No preguntó nada. Miró lo que traían. Miró las siete caras. Y se le vio, por un segundo, algo que ninguno le había visto en dos años: la capitana Elindra de Sylvar, cuarenta años, pulcra y dura, que no había dicho una palabra de más en su vida, cerró los ojos.
Después los abrió.
—Al comedor —dijo—. Pónganlo en la mesa larga. Lucian, quédate con él. Los demás, conmigo.
*
Lo que les dijo, en la sala donde guardaba los libros de la Compañía, con la puerta cerrada, no fue un castigo. Fue peor.
—Les prohibí ir. Lo sabían. Fueron. —Estaba de pie, con las manos a la espalda—.
Han visto algo que hace catorce años costó una guerra y que ustedes no tenían que ver hasta dentro de tres.
Han perdido a uno. Y ahora yo tengo que mandar una libélula a Dūn, a una mujer que tiene once hijos, para decirle que tiene diez.
No voy a preguntarles de quién fue la idea.
Lo sé. Y sé que fueron todos, y que ninguno se habría quedado, porque son la cabaña siete y eso es lo que son.
Y eso es exactamente lo que no puedo permitir.
—Capitana… —empezó Hara.
—No he terminado. —Elindra la miró—. Lo que son es lo que la Academia quiere que sean.
Ocho que no se sueltan. Lo vi en el hielo.
Lo vi en la arena. Lo vieron Tharion y Kael, y los dos me lo dijeron con las mismas palabras: “Esa cabaña es la que hay que seguir”.
—Se detuvo—. Y ahora les voy a decir lo que ellos no les dijeron: eso tiene un precio.
Los que no se sueltan, se mueren juntos.
Hoy fue uno. Si no aprenden cuándo soltarse, no va a ser el último.
Nadie habló.
—Las vacaciones se acaban hoy. Los siete se quedan en el campamento hasta que salga la Compañía al mar, con guardia doble, sin salir del claro.
No es un castigo. Es que no quiero que estén solos en sus casas con esto.
—Abrió la puerta—. Y una cosa más. Lo que vieron, no lo cuentan.
A nadie. Ni en el comedor, ni en las cabañas, ni a sus madres.
Hay un hombre en Aurenthal que lo va a saber hoy mismo, y es el único que tiene que saberlo.
El resto de Oryndor tiene derecho a dormir una noche más.
—¿Qué hombre? —dijo Alberion.
Elindra lo miró. Y Alberion vio en su cara, por un segundo, lo que había visto en la de Tharion cuando dijo “que tiene vetas”, y en la del pastor cuando describió el viento.
—El que guarda los libros con las páginas arrancadas —dijo—. Fuera.
*
El entierro fue al día siguiente, en el claro, y Elindra no lo hizo como se hacían los entierros en la Academia.
Lo hizo como se hacían en Zareth. Mandó traer de la bodega de Aurenthal un saco de arena del desierto, que no se sabía por qué estaba ahí y que estaba, y lo hizo tender en el fondo de la tumba, al pie de un roble joven en el borde del bosque, para que Bastos descansara sobre su tierra.
Y mandó traer frutos de fuego, y los puso encima, siete, uno por cada uno.
Y la Compañía entera formó alrededor, ciento sesenta y nueve, en silencio, y nadie sabía todavía por qué, y nadie preguntó.
Habló Hara. Nadie se lo pidió; dio el paso al frente, el paso exacto, y dijo:
—Bastos de Dūn. Compañía de Hierro, cabaña siete.
Dos medallas. Nos agarró de los tobillos en el hielo cuando no sabía caminar en la nieve.
Dio su agua en el desierto cuando era el que más la necesitaba.
Y se puso delante en el bosque, cuando podía haber corrido.
—Se detuvo. Tragó—. Pegaba primero. Y tenía razón.
Dio el paso atrás.
Y después habló Lucian, y nadie lo esperaba, porque Lucian llevaba tres días sin decir una palabra.
Se acercó a la tumba. Se quedó mirándola. Y dijo, con una voz que no era la suya, baja, sin nada puesto encima:
—Me dijo una cosa. Antes. No la voy a decir. Pero me pidió que hiciera algo y le dije que sí. —Levantó la cara—. Y lo voy a hacer. Eso es todo.
Y se fue, y no volvió a hacer un chiste en meses, y la Compañía de Hierro aprendió lo que era el silencio de Lucian, que era peor que el ruido de Bastos.
*
Esa noche, en la cabaña, con el catre de Bastos vacío junto a la puerta y nadie dispuesto a ocuparlo, Ikki no subió a la viga.
Se sentó en el suelo, con la espalda contra el catre vacío, y se quedó mirando la estufa apagada.
—Fue por mí —dijo.
Nadie contestó.
—Alicia tropezó. Yo volví. La mano bajó hacia mí. Y él se puso en medio. —Ikki tenía los puños cerrados sobre las rodillas—. Si no hubiera vuelto…
—Si no hubieras vuelto, Alicia estaría ahí —dijo Eduart. Era la primera vez que hablaba desde el claro—. Y él se habría puesto en medio igual. Lo sabes.
—No lo sé.
—Yo sí. —Eduart abrió el cuaderno. Lo cerró—. Lo apunté todo durante dos años. Cada vez que se metió en medio de algo. Veintiséis veces. No lo hacía por quién. Lo hacía porque había algo en medio de lo que meterse.
Ikki no dijo nada. Pero Alicia, desde su catre, en la oscuridad, dijo con esa voz pequeña y clara:
—Gracias por volver.
Ikki no contestó. Se quedó mirando la estufa.
Y Alberion, que tenía buenos ojos, vio que le temblaba la mandíbula, y vio que se la apretaba hasta que dejó de temblar, y entendió que Ikki iba a cargar con eso igual que Lucian con lo suyo y él con lo del tarn: no porque fuera justo, sino porque era de los que cargan.
*
Las tres semanas que faltaban hasta el mar las pasaron en el claro, con guardia doble, y fueron las más largas de la Academia.
Alberion no hablaba. No con las vacas, no con el pozo, no con nadie. Hacía guardia, comía, dormía poco, y pasaba las horas libres sentado en el muro del comedor con el lobo al lado, mirando el camino de Aurenthal, por donde el jinete de capa negra no había vuelto a aparecer.
Pensaba en el jinete. Pensaba en la mirada.
Pensaba en la palabra que le había dicho al gigante y que el gigante había obedecido.
Pensaba en el hombre sin capa junto al Madrún, y en la pregunta “¿y el viento?”, y en el pastor de su montaña con su guardabarranco viejo, y en su madre diciendo “ha vuelto quien los trae”.
Y las cosas no encajaban, y encajaban de una manera que le daba miedo, y no se lo decía a nadie porque no tenía forma todavía.
Era como el viento cuando no hay pasto. Se sentía. No se veía.
Fue Tessa quien lo sacó del muro. A la segunda semana. Se sentó a su lado sin pedir permiso, con la yegua ceniza suelta detrás, que había traído desde Qasr y que Elindra había dejado quedarse, y no dijo nada un buen rato.
—Mi padre hace herraduras —dijo por fin—. Cuando yo tenía ocho años, se le murió un caballo. El mejor. Uno que había criado desde potro. Se le cayó en un hoyo y se partió una pata y mi padre tuvo que… —Hizo un gesto—. Y después se sentó en la fragua y no habló en un mes. Como tú. Igual.
—¿Y qué pasó?
—Nada. Un día se levantó y volvió a hacer herraduras.
—Tessa lo miró—. Pero me dijo una cosa. Me dijo: “El caballo no se murió para que yo dejara de hacer herraduras. Se murió porque se cayó en un hoyo. Son dos cosas distintas y yo las había juntado”.
Bastos no se murió para que tú dejes de mirar.
Se murió porque un hombre con un látigo le dijo a un gigante que pegara. Son dos cosas.
Alberion la miró.
—¿Tú cómo sabes lo que estoy pensando?
—No lo sé. —Tessa se encogió de hombros—. Pero Alicia dice que miras el camino como si esperaras a alguien, y que no es a Bastos. Y yo creo que es verdad. Y creo que cuando ese alguien venga, tienes que estar mirando, no sentado en un muro.
Se levantó. Silbó a la yegua.
—Y además —dijo, ya dándose la vuelta— Ikki lleva dos semanas sin decir “mañana sí vale”. Alguien tiene que decírselo. Y no voy a ser yo.
*
Esa noche Alberion se levantó del catre y se sentó al lado de Ikki en el suelo, contra el catre vacío.
—Mañana sí vale —dijo.
Ikki no se movió.
—No tengo ganas.
—Ya sé. Yo tampoco. —Alberion miró la estufa—. Pero él lo dijo. Fue lo último. “Mañana sí vale”. No lo dijo porque tuviera ganas. Lo dijo porque era lo que decíamos. Y si dejamos de decirlo, es como si él no lo hubiera dicho.
Silencio largo.
—Trampa —dijo Ikki, al fin, muy bajo.
—Ventaja. Es distinto.
Y Ikki se rio. Fue una risa corta, rota, que terminó en otra cosa, y Alberion no lo miró porque no hacía falta, y a la mañana siguiente, a las cinco, cuando Alberion abrió la puerta de la cabaña, Ikki estaba sentado en medio de la explanada con las piernas cruzadas, solo, con la cara hinchada de no haber dormido, mirándolo.
—Trampa —dijo Alberion.
—Ventaja.
Y eso fue todo. Pero fue algo.
*
El día antes de salir hacia el mar, llegó una libélula.
No era de ninguno de los siete. Era azul, más grande que las de Eduart, y entró en la cabaña al atardecer y se posó en el catre vacío de Bastos, y se quedó ahí, y nadie se atrevió a tocarla hasta que Lucian se acercó.
Le acercó el oído. Y lo que oyó, se lo vieron en la cara, y después la libélula se fue por la ventana, y Lucian se quedó un momento de pie junto al catre.
—Era su madre —dijo—. De Dūn.
—¿Qué dice?
Lucian tardó en contestar. Y cuando lo hizo, lo hizo con la sonrisa, que no se le había visto en un mes, puesta a medias, torcida, como algo que se vuelve a poner después de mucho tiempo y ya no queda igual.
—Dice que tiene diez hijos y siete más. —Se sentó en el catre de Bastos, por primera vez—. Dice que si alguno de nosotros pasa por Dūn alguna vez sin entrar a comer, nos va a buscar ella misma.
Y esa noche durmió ahí. En el catre junto a la puerta. Y nadie dijo nada, y a la mañana siguiente salieron hacia el mar, siete, con un lobo y una yegua, y la Compañía de Hierro entera, que ya sabía, les abrió paso sin que nadie lo ordenara.