Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo XVI — El gigante
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Capítulo XVI — El gigante

Capítulo XVI — El gigante

Se encontraron en el borde norte del Bosque Sagrado, en una granja quemada, a los nueve días.

Alberion llegó el último, con el lobo a diez pasos y el abrigo de su madre puesto aunque hacía calor, porque en el bolsillo de la flor llevaba pan con miel y no había querido dejarlo.

Los otros siete lo esperaban en lo que había sido un establo: cuatro paredes negras sin techo, el olor a humo frío, y en el suelo, entre la ceniza, unas huellas.

Eduart estaba agachado junto a una, midiéndola con el cuaderno abierto. El cuaderno cabía entero dentro de la huella. Dos veces.

—No es un cuento de mercado —dijo, sin levantar la vista.

*

Hay que decir lo que sabían y lo que no.

Sabían lo que decía la gente de las tres granjas: que algo había bajado del norte de noche, enorme, que había roto el establo como se rompe una caja, que se había llevado las vacas y que, en la segunda granja, donde la familia salió a ver, no había dejado a nadie.

Sabían que Elindra lo sabía y había mandado una patrulla de caballeros del bosque, y que la patrulla había vuelto sin ver nada, y que había prohibido a la Compañía de Hierro, en vacaciones o no, acercarse al borde norte. Sabían que estaban desobedeciendo.

No sabían qué era un gigante. Nadie de catorce años en Oryndor lo sabía, porque los libros donde estaba escrito tenían las páginas arrancadas.

—Vinimos a ver —dijo Hara—. No a pelear. Vemos, volvemos, se lo decimos a Elindra, y que nos castigue. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijeron siete voces, y una de las siete, la de Bastos, lo dijo con la mano en el cuchillo negro.

*

Siguieron las huellas hacia el norte, hacia dentro del bosque, donde la luz verde se volvía más oscura y los árboles más anchos, y el silencio de ruidos pequeños se volvía otro silencio.

Alberion iba delante. Veía las huellas donde los demás veían hojas, veía ramas rotas a tres varas de altura, veía, a media tarde, en la corteza de un árbol, una mancha oscura a la altura de su cabeza que no era savia.

El lobo iba a su lado, no a diez pasos: a uno, con el pelo del lomo levantado, y eso fue lo que le dijo a Alberion, antes que cualquier otra cosa, que estaban cerca.

—Alto —dijo.

Se detuvieron. Era un claro. Pequeño, de pasto alto, con un arroyo, y en el claro, de espaldas a ellos, agachado junto al arroyo bebiendo con las manos, había un hombre.

No un hombre. Alberion lo supo con esos ojos suyos en el primer segundo y tardó el resto de su vida en olvidarlo.

Era del doble del alto de un hombre, agachado; de pie habría sido más que una casa de Valdyr.

Tenía la espalda ancha como una carreta, los brazos del grosor de un tronco, la piel gris oscura, y el pelo largo y enredado, del color de la tierra.

Y llevaba encima, cosidas, atadas, superpuestas como las placas de la armadura de Malrik, pieles.

Alberion vio las pieles. Las vio de verdad. Y entendió lo que el viejo del mercado de Dūn había querido decir con “no son de animal”, y sintió que el pan con miel se le subía a la garganta.

—No miren —dijo, muy bajo—. No miren las pieles.

Miraron. Todos. Hara se puso blanca. Alicia cerró los ojos. Lucian dijo algo que no era un chiste. Tessa tomó a Alberion del brazo sin darse cuenta de que lo hacía, y él no se dio cuenta de que ella lo hacía, porque en ese momento el gigante levantó la cabeza.

*

No los miró a ellos. Miró hacia el otro lado del claro, hacia los árboles, donde algo se movía. Y de los árboles salió un hombre.

Un hombre normal. Delgado. Vestido de cuero negro, de pies a cabeza, con una capucha, y con un látigo corto en la mano.

Caminaba hacia el gigante sin miedo, y cuando llegó a su lado, lo golpeó.

Con el látigo, en el brazo, una vez, y el gigante, que podía haberlo aplastado con un dedo, bajó la cabeza.

Y el hombre de negro habló. En una lengua que no era de Oryndor, áspera, de órdenes cortas, y señaló hacia el sur, hacia las granjas, y volvió a golpear.

El gigante se levantó.

De pie era peor que agachado. Era más alto que los árboles jóvenes del borde del claro, y cuando se enderezó, las pieles cosidas se movieron, y Alberion vio una mano. Una mano humana, pequeña, seca, colgando de una costura como un adorno.

Bastos hizo un ruido.

No fue un grito. Fue un ruido de dolor, bajo, del fondo del pecho, de alguien que ha visto algo que no se puede ver. Y el hombre de negro lo oyó.

Se volvió. Vio a ocho muchachos de catorce años en el borde del claro, con cuchillos negros de cadete. Y sonrió. Alberion vio la sonrisa debajo de la capucha, y era la sonrisa de alguien que no tiene nada adentro. Y el hombre dijo una palabra al gigante, una sola, y señaló.

*

Lo que pasó pasó rápido y Eduart no lo apuntó esa noche, ni ninguna otra, y lo que sigue es lo que recordaron entre todos, mucho después, cuando pudieron hablar de ello.

El gigante vino. No corrió; caminó, con unos pasos que hacían temblar el suelo, y en tres pasos estaba a diez varas, y en el cuarto Alberion vio la mano que bajaba hacia Hara, que estaba más cerca, y gritó “¡atrás!”, y Hara saltó, y la mano pegó en el suelo donde había estado y abrió un hoyo.

—¡Corran! —gritó Lucian—. ¡Hacia los árboles grandes, no cabe!

Tenía razón. Corrieron. Y el gigante los siguió, rompiendo los árboles jóvenes como si fueran pasto, y el hombre de negro detrás, gritando órdenes en esa lengua áspera, y el lobo corriendo al lado de Alberion con el pelo de punta y los dientes fuera.

Fue Alicia quien tropezó. Era la más menuda, la más lenta, y una raíz la agarró del pie, y cayó, y el gigante estaba a cinco varas.

Ikki se dio la vuelta. Ikki, que corría más rápido que todos, se dio la vuelta en seco y volvió hacia ella, y la levantó de un tirón, y la empujó hacia adelante, y la mano del gigante bajó hacia Ikki.

Y Alberion vio la mano. La vio como veía todo: no la mano, lo que había debajo.

Vio que el gigante no quería golpear. Vio que la mano bajaba despacio, demasiado despacio, como si algo en el brazo que la movía se resistiera a moverla.

Vio, en la cara gris, enorme, con los ojos pequeños y hundidos, algo que no era rabia.

Era lo que había visto en el lobo. Lo que había visto en Draven en el valle. Desesperación.

—¡No quiere! —gritó—. ¡No quiere hacerlo!

Nadie lo oyó. O lo oyeron y no lo entendieron. Porque en ese momento el hombre de negro golpeó al gigante con el látigo, en la pierna, y gritó la palabra, y la mano bajó de golpe, con toda su fuerza, hacia Ikki y Alicia.

Y Bastos se puso en medio.

*

No pensó. Bastos no pensaba antes de las cosas; Eduart se lo había dicho cien veces.

Estaba a tres pasos de Ikki y de Alicia, y vio la mano bajar, y cruzó los tres pasos como había cruzado los tres pasos hacia Draven en Sahl, y se puso delante, con los brazos abiertos, con el cuchillo negro en una mano, con la cara levantada hacia una cosa diez veces más grande que él, y gritó lo que gritaba siempre, lo que había gritado en el tarn:

—¡NO SUELTES, QUE TE TENGO!

Y la mano le cayó encima.

El golpe lo tiró a diez varas. Contra un árbol.

Y Bastos quedó ahí, sentado contra el tronco, con la cabeza caída, y el gigante se detuvo.

Se detuvo del todo. Miró su mano. Miró al muchacho contra el árbol.

Y de la cara gris salió un sonido que no era de un animal ni de un hombre: era un gemido, hondo, largo, de algo que acaba de hacer lo que no quería hacer.

El hombre de negro gritó. Golpeó. El gigante no se movió. Golpeó otra vez, y el gigante se volvió hacia él, despacio, y lo miró, y el hombre de negro dio un paso atrás, y en ese paso atrás Alberion, que lo veía todo, vio por primera vez miedo en esa cara que no tenía nada adentro.

Y entonces, del cielo, bajó una sombra.

No era un halcón. No era un guardabarranco.

Era un jinete: un hombre a caballo, envuelto en una capa negra, que entró en el claro al galope desde el norte, que pasó entre el gigante y los muchachos sin mirar a ninguno, y que fue directo al hombre del látigo.

Alberion no vio lo que hizo. Vio la capa, vio el caballo, vio que el hombre de negro caía y no se levantaba, y vio que el jinete se volvía hacia el gigante y le decía algo, una palabra, en una lengua que no era la áspera, y que el gigante bajaba la cabeza y se daba la vuelta y se iba, hacia el norte, entre los árboles, con las pieles cosidas moviéndose y el gemido todavía saliéndole del pecho.

El jinete no se quedó. Miró a los muchachos un segundo, desde el caballo, con la cara en sombra bajo la capucha, y Alberion sintió que la mirada se detenía en él, exactamente en él, como se había detenido la del hombre sin capa junto al Madrún.

Y después espoleó el caballo y se fue por donde había venido, y el claro quedó en silencio.

*

Lucian llegó primero a Bastos. Lucian, que no corría nunca a nada que no fuera un chiste.

Se arrodilló. Le levantó la cabeza. Bastos tenía los ojos abiertos y respiraba, mal, con un ruido, y tenía la boca llena de sangre, y lo miró, y sonrió.

—Oye —dijo. Era un hilo de voz—. Lo tenía.

—Ya sé. Ya sé que lo tenías. No hables.

—Se detuvo. ¿Viste? No quería. —Bastos tosió—. Alberion tenía razón. No quería.

—No hables, Bastos. Eduart. ¡Eduart!

Eduart estaba ahí, de rodillas, con las manos en el pecho de Bastos, y tenía la cara de cuando entendía algo, la de dejar de parpadear, y lo que había entendido se le veía en la cara, y Lucian lo vio y dijo “no”, y Eduart no dijo nada.

Bastos levantó una mano. Una de sus manos de piedra.

La puso en la nuca de Lucian y lo atrajo hacia abajo, hasta que la oreja de Lucian estuvo contra su boca, y le dijo algo.

Algo largo para lo que le quedaba. Nadie lo oyó.

Lucian lo oyó, y mientras lo oía la cara se le fue deshaciendo, y cuando Bastos terminó, Lucian asintió, una vez, con la cara contra la de Bastos, y dijo:

—Sí. Te lo prometo. Sí.

Y Bastos sonrió otra vez, con la boca llena de sangre, y miró por encima del hombro de Lucian, a los demás en el claro, a Alberion con el lobo pegado a la pierna, a Tessa con las manos en la boca, a Hara, a Ikki y Alicia que seguían de pie porque él se había puesto en medio, y dijo, con lo último:

—Mañana sí vale.

Y se le fue la cara.

*

Nadie habló. No hubo gritos. Lo que hubo fue Lucian, de rodillas, con la cabeza de Bastos contra el pecho, meciéndolo, sin llorar porque no sabía todavía cómo.

Y Hara, que se arrodilló al otro lado y le cerró los ojos a Bastos con dos dedos, con mucho cuidado, como Tharion dejaba las piezas de su armadura en el suelo.

Y Eduart, que cerró el cuaderno y no lo volvió a abrir en un mes.

Y Alicia, que se sentó en el pasto, muy pequeña, y se abrazó las rodillas.

E Ikki, que se quedó de pie, mirando el lugar por donde se había ido el gigante, con los puños cerrados y una cara que no era de Ikki.

Y Tessa, que se acercó a Alberion, y le tomó la mano, y él la dejó, y los dos se quedaron así, de pie, con el lobo entre los dos, mirando a Bastos.

—Tenías razón —dijo ella, muy bajo—. No quería.

—No sirvió de nada.

—Sirvió. —Tessa le apretó la mano—. Él lo oyó. Lo dijo. “Alberion tenía razón”. Fue lo último que entendió.

Alberion no contestó. Miró el claro. El arroyo. Los árboles rotos. El hombre de negro, que seguía en el suelo donde el jinete lo había dejado, y que ya no se iba a levantar. Y pensó en lo que su madre le había dicho: “Si ves lo que creo que vas a ver, no te quedes a entenderlo. Vuelve”.

Había visto. Y no entendía nada. Pero sabía tres cosas, con esa claridad helada que le venía en los peores momentos: que el gigante no era el enemigo; que el hombre de negro tampoco era el enemigo, sino el látigo de alguien; y que el jinete de capa negra lo había mirado a él, y lo conocía.

Y que Bastos, que nunca pensaba antes de las cosas, había hecho lo único que había que hacer, y que ninguno de ellos iba a ser el mismo.

Lo llevaron de vuelta entre los siete. Tardaron dos días. El lobo caminó al lado del cuerpo todo el camino, y no se apartó de él hasta que llegaron.