Capítulo XV — Medallas de Oro
Capítulo XV — Medallas de Oro
El castigo de Draven lo supo la Compañía esa misma noche, y no fue el que esperaban.
Kael no lo echó. No le quitó la cinta. Lo que hizo fue reunir a los ciento setenta en el patio de Qasr, bajo las antorchas, con Draven de pie en el centro, solo, y decir:
—Un hombre que mueve una marca en el desierto es un hombre que ha decidido que su camino vale más que la vida de otro.
Eso no se castiga con una guardia. Eso no se castiga con nada que yo pueda hacerle.
—Miró a Draven—. Así que no te voy a castigar.
Te voy a dar la medalla de oro mañana, como a todos, porque cruzaste, aunque cruzaste cargado.
Y vas a llevarla hasta el final sabiendo cómo la ganaste.
Y cuando llegues a la piedra de las espadas, dentro de tres, y pongas la mano, vas a saber si la piedra sabe lo que yo sé. Yo creo que lo sabe.
Draven no dijo nada. Pero Alberion, que tenía buenos ojos, le vio en la cara algo que no le había visto nunca, ni cuando Bastos lo tiró en el patio de Sahl: algo que se parecía al miedo, y que no era miedo de Kael.
Sevrik, en la última fila, miraba al suelo.
*
Las medallas de oro no eran de oro. Eran de hierro dorado, el mismo del peto de Kael, templado con fruto de fuego, con un sol grabado, y se ponían en el segundo agujero de la tira de cuero.
Kael las dio al amanecer, en la puerta vieja de Qasr, con el mercado despertando detrás y la gente del oasis asomándose a ver, y las dio a todos los que habían cruzado, ciento setenta, que era la mayor cifra en veinte años.
A las tres de la cabaña siete les dio dos: la de oro, y la blanca que no habían tenido.
—El hielo lo pasaron en Aurenthal —dijo—. Tharion me mandó decir que las tres cruzaron el glaciar de la bodega fría dos veces. Es blanca. Es suya.
Hara se la puso sin cambiar la cara. Alicia se la puso mirándola mucho rato. Tessa se la puso y después miró a Bastos, que estaba a su lado con las dos suyas, y Bastos le dio un golpe en el hombro que casi la tira, y ella le dio otro, y Kael los miró y movió la cabeza.
Y antes de romper filas, Kael dijo algo que Eduart apuntó y que después, años más tarde, Lucian mandó grabar en el casco del primer barco:
—El hielo les enseñó a sostener. El desierto les enseñó a esperar y a pegar. El año que viene el mar les va a enseñar a soltar, y eso es lo más difícil de todo. Vayan a sus casas. Coman. Duerman. Y cuando vuelvan, no vuelvan los mismos.
*
Las vacaciones fueron un mes, otra vez, y esta vez Alberion no fue solo a Valdyr.
No fue por decisión. Fue porque el camino de Qasr al norte pasaba por Dūn, donde vivía Bastos, y Bastos dijo que no se iba a su casa sin que Alberion viera “lo que es un oasis de verdad, no esa charca de Sahl”; y porque desde Dūn el camino seguía hacia Aurenthal, donde Ikki tomaba el suyo al este y Eduart y Hara el suyo al bosque y Lucian y Alicia el suyo al mar; y porque Tessa, que vivía en Qasr, los acompañó hasta la puerta vieja y después, sin que nadie se lo pidiera, hasta la primera duna, y después hasta la segunda, y en la tercera Bastos le dijo en la lengua vieja algo que la hizo ponerse roja y volverse.
Pero antes de volverse, miró a Alberion. Un segundo. Y Alberion la miró. Y ninguno dijo nada, y Alicia, que iba detrás, suspiró de un modo que Ikki oyó y entendió y no comentó, lo que en Ikki era otro sacrificio.
*
Dūn era un oasis grande, de calles de piedra blanca y un mercado que no cerraba nunca, y la familia de Bastos era exactamente como Bastos: diez hermanos, una madre que gritaba y abrazaba a la vez, un padre que comerciaba en dátiles y que al ver a Alberion dijo “este es el que te sacó de la grieta”, lo cual no era exacto, y lo abrazó de todos modos.
Alberion durmió tres noches en una azotea bajo las estrellas, comió más de lo que había comido en su vida, y vio, en la última noche, algo que no esperaba.
Fue en el mercado. Al atardecer. Un corro de gente alrededor de un hombre viejo que contaba, en la lengua vieja, con las manos, y Bastos tradujo en voz baja:
—Dice que en el este, en la frontera de Kaoryn, hay gigantes.
—¿Gigantes?
—Hombres del doble de alto que un hombre. Dice que su primo los vio. Que bajaron de los acantilados. Que mataron a una familia entera en una granja y que se llevaron el ganado. —Bastos escuchaba con la cara seria—. Dice que llevan pieles raras.
—¿Qué pieles?
Bastos tradujo la pregunta. El viejo lo miró, y miró a Alberion, y dijo algo corto.
—Dice que no son pieles de animal.
Nadie dijo nada. El corro se deshizo. Y Alberion pensó en las páginas arrancadas de los libros de Aurenthal, en la guerra de hacía catorce años de la que nadie hablaba, y pensó que los cuentos de mercado son cuentos de mercado, y no se lo creyó, y no se lo quitó de la cabeza.
*
En Aurenthal se separaron. Fue rápido, como son las separaciones a los catorce años: una palmada, “en un mes”, y cada uno por su puerta. Pero antes, en Qasr, en la puerta vieja, la mañana de la partida, Eduart había sacado del cuaderno una cosa que Alberion no conocía.
Era una libélula. Una libélula de verdad, viva, enorme, de un palmo, con las alas transparentes con vetas doradas, posada en el dedo de Eduart como si fuera una rama.
—Es del bosque —dijo Eduart—. En Sylvar las usamos para mandar recados. Les dices una frase al oído, les dices a quién, y vuelan hasta encontrarlo. No fallan nunca si la persona está a menos de diez días.
—¿Les dices al oído?
—No tienen oído. Es una manera de decir. —Eduart levantó el dedo y la libélula no se movió—. Me la dio mi madre cuando entré. Tengo siete. Les doy una a cada uno.
Las repartió. Una libélula dorada para cada uno de los otros siete, que se posó en el dedo de cada uno y se quedó quieta, con las alas abiertas, brillando.
Bastos miró la suya con la cara de quien tiene en la mano algo que puede romper, y no la rompió.
Ikki intentó que la suya subiera por su brazo y la libélula subió.
Hara miró a Eduart un momento más largo de lo necesario y dijo “gracias” de una manera que Lucian notó y, por una vez, no comentó.
—¿Y para qué? —dijo Lucian.
—Para lo que haga falta —dijo Eduart—. Para que, estemos donde estemos, estemos.
*
Lo que hizo falta llegó a la tercera semana.
Alberion estaba en Valdyr, en el huerto, con el lobo a diez pasos y su madre cosiendo en la ventana de la Flor de Sacuán, cuando la libélula que tenía guardada en una caja de madera en el catre empezó a golpear la tapa.
La abrió. La libélula salió, dio una vuelta alrededor de su cabeza y se posó en su hombro, y Alberion oyó, no con los oídos sino de alguna manera que no supo explicar nunca, la voz de Eduart, muy clara, diciendo:
—“Los gigantes son verdad. Los vieron en el borde norte del Bosque Sagrado. Tres granjas. Elindra no nos va a dejar ir. Yo voy. Hara viene. ¿Vienen?”
Y antes de que pudiera pensarlo, otra libélula entró por la ventana y se posó al lado de la primera, y era la voz de Ikki:
—“Yo ya voy. Vale”.
Y otra, de Lucian: “Es una tontería. Voy”. Y otra, de Bastos, que no decía nada, solo una risa. Y la de Alicia: “Si van ustedes, alguien tiene que mirar”. Y la de Tessa, la última, corta:
—“¿Tú vas?”
Alberion se quedó en el huerto con seis libélulas en el hombro y en los brazos, brillando, y el lobo mirándolo con las orejas tiesas, y su madre, que lo había visto todo desde la ventana, de pie en la puerta con la costura en la mano.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Alberion.
—Eduart. Dice que… —Buscó cómo decirlo—. Dice que hay gigantes en el borde del bosque. Que Elindra no nos va a dejar ir. Que ellos van.
Yira no dijo nada durante un rato muy largo. Y después hizo lo que Alberion no esperaba: no dijo “no”. Se sentó en el escalón de la puerta, con la costura en el regazo, y miró la montaña.
—Hace catorce años —dijo—, en una guerra de la que nadie te ha hablado, bajaron gigantes de los acantilados del este. No eran malos. Eran esclavos. Los traía alguien. —Se detuvo—. Si han vuelto, ha vuelto quien los trae.
—¿Quién?
Yira lo miró, y Alberion vio en su cara la pelea que había visto la mañana del lobo, y vio que esta vez la perdía de otra manera.
—No puedo decírtelo todavía. Pero sí puedo decirte esto: Elindra tiene razón.
Y tú vas a ir de todos modos, porque eres hijo de quien eres.
—Se levantó—. Entonces no vayas a mirar.
Ve a ver. Que es otra cosa. Y si ves lo que creo que vas a ver, no te quedes a entenderlo. Vuelve. Y me lo cuentas a mí. ¿Me oyes?
—Sí.
—Con la cara.
Alberion puso la cara. Y por primera vez en su vida la cara era de verdad, porque algo en la voz de su madre le había dado más miedo que el tarn.
Tomó la libélula de Tessa. Le dijo al oído, aunque no tuviera oído:
—Voy.
Y las seis libélulas se fueron por la ventana, doradas, hacia el sur, y el lobo se levantó, y Yira entró a la casa, y Alberion la oyó abrir el cajón de abajo, el que no se abría nunca, y sacar algo, y cerrarlo.
Pero esa noche, cuando él ya dormía, lo que ella sacó estaba otra vez guardado. Todavía no era el momento. Faltaba menos de un año.