Capítulo XIV — Las marcas
Capítulo XIV — Las marcas
La prueba de Zareth se llamaba la Sed, y Kael la explicó en una sola frase:
—De Sahl al oasis de Qasr. Dos noches. Un odre de agua por cabeza. Sin caballos.
Esperó a que terminaran de protestar, que fue rápido, porque para entonces ya sabían que protestar con Kael no servía.
—Dos noches a pie son veinte leguas de dunas.
Un odre de agua es la mitad de lo que necesitan.
Van a llegar con sed, o no van a llegar.
En el camino hay marcas: postes de piedra con un trapo rojo, cada legua, puestos por los camelleros.
Si siguen las marcas, llegan. Si pierden una marca, buscan la siguiente por las estrellas.
Si pierden las estrellas, se sientan y esperan a que los encuentren, y no cruzaron.
—Miró a Draven y a Bastos, que estaban en extremos opuestos del patio—.
Es la misma regla del hielo. De a cabaña. Llegan todos o no llegó nadie.
—¿Y si una cabaña ayuda a otra? —preguntó Hara.
Kael la miró un momento.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque somos ocho. Hay cabañas de cinco. Si vamos a repartir agua, quiero saber si cuenta.
Kael sonrió, y era una sonrisa distinta a la que gritaba.
—Cuenta —dijo—. Siempre cuenta. Pero nadie lo ha hecho nunca.
*
Salieron al atardecer del día siguiente, treinta y cuatro cabañas, a intervalos, hacia el este, por la cresta de la primera duna, con el sol muriendo a la espalda y las estrellas naciendo delante.
La cabaña siete salió la séptima. Iban en fila, como en el hielo: Alberion delante, porque Tharion lo había dicho y Elindra lo había hecho constar, y detrás Tessa, que conocía la arena mejor que nadie; después Eduart con el mapa de estrellas que había copiado del libro de Kael; después Hara, Alicia, Lucian, Ikki; y cerrando, Bastos, que se había puesto atrás sin que nadie se lo pidiera, “porque si alguien se queda, lo recojo”.
La primera noche fue casi fácil. Las marcas estaban donde debían: un poste de piedra con un trapo rojo cada legua, en la cresta de una duna, visible a lo lejos con la luna.
Caminaban en silencio, bebiendo a sorbos, y a cada marca Eduart hacía una raya en el cuaderno.
Siete rayas al amanecer. Durmieron bajo las lonas en la sombra de una duna, con la arena ya calentándose, y Alberion tardó en dormirse porque algo le molestaba y no sabía qué.
Lo supo la segunda noche, en la marca doce.
*
La marca doce estaba donde debía, en la cresta, con el trapo rojo.
Pero Alberion, que veía todo, vio otra cosa: en la base del poste, la arena estaba removida.
Una pisada, dos, de alguien que había estado ahí hacía poco.
Y el trapo no colgaba como colgaban los demás, que estaban deshilachados por semanas de viento. Este estaba nuevo.
Se detuvo.
—¿Qué? —dijo Tessa.
—El trapo. Es nuevo.
—Los camelleros los cambian.
—No los cambian. —Alberion se agachó junto al poste—. Mira los otros once. Todos deshilachados. Este no. Y alguien estuvo aquí. Hoy.
Eduart se acercó con el mapa de estrellas y miró el cielo, y miró el poste, y frunció el ceño.
—Está desviado —dijo—. La marca once apuntaba al este. Esta apunta al sureste. Un poco. No mucho. —Trazó con el dedo en el aire—. Si seguimos esta dirección tres leguas, nos alejamos del camino de Qasr media legua. Y la marca trece no va a estar donde la buscamos.
—¿Y después?
—Después, cada marca un poco más al sur. —Eduart lo miró—. Después, al amanecer, estamos a dos leguas del camino, sin marcas, sin agua, al sol.
Silencio en la cresta. El viento. La luna.
—Alguien movió el poste —dijo Hara. No era una pregunta.
—Alguien que salió antes que nosotros —dijo Alicia, con su voz pequeña y clara, y todos la miraron—. Las cabañas salen a intervalos. Delante de nosotros salieron seis. Yo las conté. La cuarta era la de Draven.
*
Lo discutieron. Fue la primera vez que los ocho discutieron de verdad, en una cresta de arena a medianoche, con un odre de agua cada uno medio vacío.
Lucian quería seguir el poste: “Si nos equivocamos y era un camellero, perdemos la prueba por desconfiados”.
Ikki quería ir por las estrellas y olvidarse de los postes: “Eduart tiene el mapa. Los postes son para los que no tienen a Eduart”.
Bastos quería volver a la marca once, esperar a la cabaña de Draven, que iba delante, y “preguntarle”.
Hara dijo que no había tiempo para nada de eso.
Fue Tessa quien decidió, y lo hizo porque era de Zareth.
—Nadie mueve un poste en el desierto —dijo—.
Nadie. Es lo peor que se puede hacer. Peor que robar agua.
En Qasr a un hombre que mueve una marca lo echan al desierto sin odre.
—Tenía la cara roja debajo del turbante, pero no era la rabia de siempre; era otra—.
Si Draven lo movió, no lo movió para que perdiéramos.
Lo movió para que nos muriéramos. Y no se dio cuenta de que es lo mismo.
—¿Entonces?
—Entonces por las estrellas. —Miró a Eduart—. Tú dices por dónde. Yo digo si la arena aguanta. Alberion ve lo que no vemos. Y los demás, agua a sorbos y nadie se queda.
Nadie discutió más. Y Alberion, mirándola, pensó que Hara mandaba, pero que cuando Tessa decidía, se le hacía caso de otra manera: no porque tuviera razón sino porque uno veía que le iba la vida en ello.
*
Fue la peor noche de las dos.
Sin marcas, el desierto era otra cosa. Eduart iba con la cabeza hacia arriba, leyendo las estrellas, y cada media hora corregía el rumbo un dedo; Tessa iba detrás de Alberion leyendo la arena, “por ahí no, se hunde”, “por la cresta, no por el valle”, y Alberion iba delante viendo lo que los demás no veían: una duna que se iba a deshacer, una sombra que era un hoyo, y una vez, a la izquierda, quietos en la arena, dos ojos que brillaron y se apagaron. Chacales.
Les faltaba agua. A la cuarta hora Lucian dejó de hacer chistes, lo que era la peor señal que la cabaña conocía.
A la quinta, Alicia, que era la más menuda y la que menos agua cargaba en el cuerpo, tropezó y no se levantó enseguida, y Bastos la levantó sin decir nada y la puso a caminar delante de él, con una mano en su espalda, empujando apenas. A la sexta, Bastos se detuvo.
—Sigan.
—No.
—Sigan. Me mareo. Es un momento. Los alcanzo.
—No. —Fue Hara, y fue Alberion, y fue Tessa, a la vez.
Bastos había bebido menos que todos. Se supo después: había estado dándole sorbos de su odre a Alicia desde la primera noche, a escondidas, cuando ella tropezaba, y su odre estaba vacío desde hacía dos horas, y Bastos, que era el más grande y el que más agua necesitaba, se estaba cayendo de pie en la cresta de una duna con la cara gris.
—Agua —dijo Ikki, y le dio su odre—. Todos. Un sorbo cada uno al oso. Ahora.
Lo hicieron. Siete odres, siete sorbos, y Bastos bebió y se sentó en la arena y respiró, y Alicia, de pie delante de él, con la cara pequeña blanca a la luz de la luna, dijo:
—Me estabas dando tu agua.
—No.
—Sí. Yo lo vi. Yo veo todo.
—Entonces no preguntes. —Bastos se levantó. Se tambaleó. Se quedó de pie—. Sigan.
*
Amaneció con ellos a dos leguas de Qasr, según Eduart, y con medio odre de agua entre los ocho.
Y a media legua, a la derecha, en el valle entre dos dunas, había una cabaña sentada.
Cinco. Sentados en círculo en la arena, con las lonas sin montar, con los odres tirados, sin moverse.
Alberion los vio con esos ojos suyos y vio quién era antes que nadie: Draven, de pie en medio, con el pelo largo suelto, mirando hacia el este donde debía estar Qasr y no estaba.
Sevrik sentado a sus pies. Y tres más, tirados en la arena, que eran los que habían pasado el año siguiendo a alguien que no se volvía a mirar si lo seguían.
—Siguieron su propia marca —dijo Eduart, en voz baja—. La movieron para nosotros y después se perdieron ellos. Cuando volvieron a buscar la trece, ya no sabían dónde estaba la doce.
—Están sin agua —dijo Tessa.
—Nos movieron el poste —dijo Lucian.
—Están sin agua —repitió Tessa, y lo miró—. ¿Me oíste? En el desierto no hay otra cosa. No hay quién movió qué. Hay agua o no hay.
Hara miró a Alberion. Todos miraron a Alberion, porque iba delante.
Alberion miró el valle. Miró a Draven, de pie, que los había visto ya y no se movía, con la cara bonita y dura y los labios partidos. Miró el medio odre. Miró a Bastos, gris, de pie porque no sabía estar de otra manera.
Y pensó en lo que Kael había dicho cuando Hara preguntó: “Cuenta. Siempre cuenta. Pero nadie lo ha hecho nunca”.
—Bajamos —dijo.
*
Lo que pasó en el valle no duró mucho y nadie lo olvidó.
Bajaron los ocho. Draven no dijo nada. Sevrik miró el odre en la mano de Alberion con los ojos pequeños y rápidos, y después miró para otro lado. Y Alberion le tendió el odre a Draven, el medio odre, lo último que tenían, y Draven no lo tomó.
—¿Por qué? —dijo. Tenía la voz rota de sed.
—Porque están sin agua.
—Yo moví el poste.
—Ya sé.
—Entonces por qué.
Alberion no tenía respuesta. La tuvo Tessa, que se adelantó, le quitó el odre de la mano, y se lo puso a Draven en el pecho con tanta fuerza que lo hizo retroceder.
—Porque nadie mueve un poste en el desierto —dijo—. Y nadie deja a nadie sin agua. Tampoco a ti. Bebe. Un sorbo. Y dales a los tuyos. Y después camina, porque Qasr está a dos leguas y nosotros no vamos a cargar a nadie que tenga piernas.
Draven bebió. Un sorbo. Les dio a los suyos.
Y caminaron, las dos cabañas, trece, por el valle y después por la cresta, con el sol subiendo y sin agua, y a la legua y media Alberion vio el verde, y a las dos leguas vieron las palmeras de Qasr, y la puerta vieja del mercado, y detrás de la puerta, de pie con la armadura dorada, a Kael, que los había visto venir desde lejos y que tenía una cara que ninguno le había visto.
*
Llegaron últimos. Trece, caminando, con un odre vacío entre todos. Las otras treinta y dos cabañas ya estaban en Qasr desde la madrugada, y la Compañía entera salió a la puerta vieja a verlos entrar, y nadie gritó, y nadie se rio.
Kael no dijo nada hasta que estuvieron delante. Entonces miró a Draven, y miró a Alberion, y miró el odre vacío.
—¿Quién bebió el último sorbo?
Silencio.
—Él —dijo Draven, y señaló a uno de los suyos, el más pequeño, que estaba a punto de caerse—. Yo se lo di.
Kael asintió. Despacio.
—Agua para los trece. Sombra. Y después, Elindra, los quiero a todos en el patio.
Y en el patio, con la Compañía entera formada y los trece sentados en la piedra blanca con cuencos de agua en las manos, Kael dijo lo que dijo, y Eduart lo apuntó, y es exacto:
—Treinta y cuatro cabañas salieron. Treinta y dos cruzaron por las marcas.
Una se perdió porque movió una marca, y lo sé porque las marcas son mías y las cuento.
—Miró a Draven—. En Zareth eso se paga con el desierto.
Aquí se va a pagar de otra manera, y lo vas a saber esta noche.
—Miró a la cabaña siete—. Y una cabaña se salió del camino por culpa de la marca movida, cruzó dos leguas sin marcas, encontró a la que la había perdido, le dio lo último que tenía, y llegó última.
Caminando. Trece. —Pausa larga—. Les dije que contaba.
Les dije que nadie lo había hecho nunca. Ahora alguien lo hizo.
Se volvió hacia la Compañía.
—Las medallas de este año son de oro. Las van a tener mañana todos los que cruzaron. Pero hoy, antes, quiero que miren a esos ocho y que entiendan algo que yo tardé veinte años en entender: en el desierto no gana el que llega primero. Gana el que llega con todos.