Capítulo XIII — El oasis de noche
Capítulo XIII — El oasis de noche
El oasis se llamaba Sahl, y era el centro del año.
Lo vieron desde la cresta de una duna al amanecer del día sesenta, después de una marcha nocturna de seis horas: un hueco entre las olas de arena, redondo, hondo, lleno de un verde tan oscuro que parecía negro, y en el fondo del verde, un ojo de agua que reflejaba el cielo.
Alrededor del agua, palmeras altas con racimos colgando; detrás de las palmeras, los árboles bajos y sin sombra del fruto de fuego, con la fruta roja brillando entre las hojas grises; y en el borde, construidas con la misma piedra blanca de las ciudades de Zareth, las casas bajas y cuadradas de la base de la Academia.
—Agua —dijo Lucian, con una voz que no era de chiste.
—Agua —dijo Kael, a su lado, y por una vez no sonreía—. Mírenla bien. Es la única que van a ver hasta la prueba.
*
En Sahl, la Compañía de Hierro aprendió lo que Kael llamaba “lo de verdad”.
Lo de verdad era esto: a montar de noche, en fila, en silencio, por crestas que se deshacían bajo los cascos; a leer la arena como habían leído el hielo, porque la arena también tenía vetas, ondas que decían de dónde venía el viento y dónde estaba la duna firme y dónde la que se tragaba a un caballo hasta el pecho; a encontrar agua donde no la había, por el color de una mata, por el vuelo de un pájaro al atardecer, por una sombra que no debía estar; y a pelear.
Porque en Zareth se peleaba. En Valdyr se había aprendido a aguantar, a sostener, a ir delante; en Zareth se aprendía a pegar.
Kael lo decía sin adorno: “La nieve mata despacio. El desierto mata rápido. Y lo que vive en el desierto, mata más rápido todavía”.
Les dio espadas de madera, y después de hierro sin filo, y les enseñó a usarlas a caballo, a pie, en la arena, con el sol en los ojos, contra uno, contra tres.
Y en la arena, con una espada de hierro en la mano, Bastos era otra persona.
No más grande: ya era el más grande. Más quieto.
Toda la energía que en Valdyr se le iba en hablar y comer y meterse en todo, en Zareth se le concentraba en el brazo, y cuando pegaba, pegaba una vez.
Kael lo miró el primer día, lo miró el segundo, y el tercero lo sacó del grupo y lo puso a pelear contra él mismo, con la armadura dorada puesta, delante de toda la Compañía, y Bastos aguantó cuatro golpes antes de caer, lo que Kael dijo que no había hecho nadie de trece años en diez años.
—De Dūn —dijo Kael, dándole la mano para levantarlo—. Se nota. En Dūn pegan primero y preguntan después.
—En Dūn no preguntan —dijo Bastos.
*
Fue en Sahl, en la cuarta semana, cuando Draven se pasó.
Había estado buscándolo desde la loma. Desde que Bastos había dicho su nombre entre dientes y Eduart le había puesto la mano en el brazo. Draven era listo, y lo listo en él se le iba en encontrar dónde dolía, y había encontrado que a Bastos le dolía Tessa.
No porque fueran nada. Eran de Zareth los dos, y Bastos la había adoptado como adoptaba todo lo que venía de su tierra: con ruido y sin preguntar.
La defendía sin que ella lo pidiera y ella se enfurecía y lo defendía a él sin que él lo notara, y los dos se gritaban en la lengua vieja de los oasis cosas que nadie entendía y que Alicia dijo que eran, casi siempre, cariñosas.
Así que Draven, en la cuarta semana, en el patio de piedra blanca donde se peleaba con espadas de hierro, cuando le tocó contra Tessa, no peleó.
Jugó. Le hizo perder la espada tres veces, sin esfuerzo, con esa cara bonita y dura, y la tercera vez, en vez de recoger la espada, se la pisó, y dijo, para que lo oyera el patio:
—Mejor vuelve a las herraduras. Para eso sí sirves.
Tessa se le fue encima con las manos. Elindra gritó su nombre. Y Bastos, que estaba a tres pasos, no gritó nada.
Cruzó los tres pasos y le pegó.
Una vez. En la cara. Con la mano abierta, no cerrada, porque hasta en eso Bastos tenía un código, y Draven, que era casi tan grande como él, cayó sentado en la piedra blanca con la nariz sangrando y una expresión de sorpresa tan pura que durante un segundo pareció un niño.
Después se levantó. Y se le fue encima. Y lo que siguió fue una pelea de verdad, de las que no se ven en los patios de la Academia, con los puños cerrados, en el suelo, con Sevrik gritando desde atrás “¡dale, dale!” y la Compañía entera en círculo, hasta que Kael entró en el círculo y los separó a los dos con una mano cada uno, levantándolos del suelo como se levantan dos sacos, y los sostuvo así, en el aire, con la cara roja de furia, y dijo, muy bajo, lo que nunca decía bajo:
—En mi casa no.
*
El castigo fue de Elindra, porque los castigos eran suyos.
A Draven, una semana de guardia nocturna sola en la cresta sur, donde el viento no paraba nunca. A Bastos, lo mismo en la cresta norte. Y a los dos, delante de la Compañía, la misma frase:
—Hierro tiene ciento setenta cadetes. Tiene cinco años. Tiene un enemigo, y el enemigo no está en este patio. El día que lo entiendan, dejan de ser un problema mío y empiezan a ser una solución de alguien. Hasta entonces, crestas.
Bastos aguantó la semana sin quejarse, lo que en él era asombroso. Pero la segunda noche, Alberion subió a la cresta norte sin permiso con un fruto de fuego en el bolsillo, y se sentó a su lado en la arena fría, y se lo dio.
—Gracias —dijo Bastos, y lo mordió, y después, con la boca llena—: No lo hice por ella.
—Ya sé.
—Lo hice porque Draven es un… —Buscó la palabra—. Es de los que patean lo que está en el suelo. En Dūn a esos se les pega.
—Ya sé.
—Y porque ella es de Zareth. —Pausa—. Y porque tú no te reíste.
Alberion lo miró.
—¿Qué?
—En la loma. El primer día. Todos se rieron o miraron para otro lado. Tú no. Yo lo vi. —Bastos se encogió de hombros, un movimiento enorme—. Pensé: si Alberion no se ríe, es que hay algo que no es gracioso. Y después pensé: si Alberion la mira así, es que… —Se detuvo—. Nada.
—¿Que qué?
—Nada. —Bastos terminó el fruto—. Eduart dice que no debo decir las cosas que pienso antes de pensarlas.
—Eduart tiene razón.
—Eduart siempre tiene razón. Es insoportable.
*
Y fue en esa semana, con Bastos en la cresta norte y Draven en la sur, cuando Alberion la vio de noche.
No la buscaba. Había bajado al ojo de agua después de la guardia, solo, a lavarse la cara, con la luna entera en el agua y las palmeras negras contra un cielo de tantas estrellas que no parecía real, y ella estaba ahí.
Sentada en la orilla, con los pies en el agua y la yegua ceniza suelta detrás comiendo hojas, y sin turbante, y sin la cara de rabia.
Era otra cara. Alberion la miró con esos ojos suyos y la vio: las pecas a la luz de la luna, el pelo suelto que ahora no era rojo ni rubio sino plata, la boca cerrada, y los ojos mirando el agua con algo que no era rabia sino lo que la rabia tapaba.
Y pensó, sin poder evitarlo, que era bella.
No bella como Lucian decía que eran las muchachas de Thalassar.
Bella de una manera que solo se veía si uno miraba, y él miraba.
Ella lo oyó. Levantó la cabeza. Y por un segundo no se puso la cara de rabia, porque no le dio tiempo.
—Es tarde —dijo Alberion. Era lo único que se le ocurrió.
—Ya sé. —Tessa volvió a mirar el agua—. No podía dormir. Bastos está en la cresta por mi culpa.
—No es tu culpa.
—Él me defendió y yo no se lo pedí.
—Él no defiende porque se lo pidan. —Alberion se sentó, a cinco pasos, en la orilla—. Defiende porque es Bastos. Lo hizo en el hielo. Me agarró de los tobillos cuando yo tenía a Ikki colgando del agua y me dijo “no sueltes, que te tengo”. Nadie se lo pidió.
Tessa lo miró.
—¿Te dijo eso?
—Gritando.
Ella sonrió. Y se le vieron los dientes, grandes, y Alberion pensó que le gustaban, y no supo qué hacer con eso.
—¿Y tú? —dijo Tessa.
—¿Yo qué?
—Tú tampoco te reíste. En la loma. Alicia dice que me miraste como si quisieras saber mi nombre. —Lo dijo mirando el agua, rápido, como quien tira una piedra—. ¿Por qué?
Alberion lo pensó. Pensó en decir algo bonito, como las cosas que decía Lucian. No le salió.
—Porque no era gracioso —dijo—. Y porque sí quería saber tu nombre.
Silencio. El agua. La yegua comiendo hojas.
—Tessa —dijo ella, por fin, muy bajo.
—Ya sé.
—Ya sé que ya sabes. —Se levantó. Se sacudió la arena. Silbó a la yegua, que vino—. Pero ahora te lo dije yo.
Y se fue, y no se volvió, y Alberion se quedó en la orilla del ojo de agua con la luna entera y la sensación de que acababa de pasar algo que no entendía y que iba a tardar años en entender.
*
Cuando Bastos y Draven bajaron de las crestas, al octavo día, la cabaña siete lo recibió con lo que tenía: un cuenco de guiso guardado, un fruto de fuego de Tessa, un chiste de Lucian, una página de Eduart donde había apuntado todo lo que Bastos se había perdido, e Ikki colgado de una palmera gritando “¡bienvenido, oso!” hasta que Elindra lo bajó.
Y Hara, que no había dicho nada en toda la semana, se acercó a Bastos y le puso una mano en el hombro, un segundo, y dijo:
—Estuvo mal. Y lo volvería a hacer. Las dos cosas.
—¿Eso es un regaño o un elogio?
—Es las dos cosas. —Hara se fue—. Acostúmbrate.
Esa noche, en la fogata, por primera vez eran ocho sin que nadie estuviera un poco apartado. Alberion lo notó porque lo notaba todo. Y lo notó Alicia, que miró el círculo entero, de uno en uno, y se detuvo en Ikki, que estaba mirándola, y los dos apartaron los ojos a la vez.