Capítulo XII — El fuego de Kael
Capítulo XII — El fuego de Kael
Kael los esperaba en la primera duna.
No en un campamento, ni en una fortaleza, ni a caballo.
De pie. Solo. En la cresta de la primera duna de verdad, la que marcaba el fin de la grava y el comienzo del mar amarillo, con la armadura dorada puesta y los brazos cruzados, recortado contra un cielo que a esa hora era del color de una fruta madura.
Y cuando la Compañía llegó al pie de la duna y levantó la vista, él no bajó. Esperó a que subieran.
Subieron. Ciento setenta muchachos y muchachas de trece años, con las botas hundiéndose hasta el tobillo en una arena que se escapaba, resbalando, cayéndose, volviendo a subir, y cuando los primeros llegaron a la cresta, jadeando, con las piernas temblando, Kael se descruzó de brazos, abrió las manos hacia lo que había detrás de él, y dijo:
—Zareth.
Y detrás de él había dunas. Hasta el horizonte.
Olas de arena de cien varas de alto, una tras otra, cada una con una cresta afilada como el filo de un cuchillo y una sombra azul en el lado de atrás, y entre las olas, muy lejos, un punto verde oscuro que era un oasis, y más allá otro, y más allá nada.
El viento levantaba de las crestas un velo de arena fina que brillaba al sol como polvo de oro.
—Aquí no hay cuerda —dijo Kael—. Aquí no hay veta que leer ni grieta que rodear.
Aquí hay dos cosas: el sol y el agua. El sol los quiere matar y el agua no quiere que la encuentren.
Eso es todo. El que entienda eso, vive. —Sonrió, con la sonrisa que gritaba—.
Yo entiendo eso. Por eso estoy vivo. Elindra, el almacén.
*
El almacén de Zareth era una caravana de camellos.
Cuarenta camellos arrodillados al pie de la duna, con las cargas abiertas, y lo que les dieron era lo contrario de todo lo que les habían dado en Valdyr: lino.
Lino claro, casi blanco, en túnicas largas y sueltas que llegaban hasta el tobillo; pantalones anchos atados en la cintura; sandalias de cuero con la suela gruesa; y una tela larga, de tres varas, que uno de los camelleros les enseñó a enrollar en la cabeza y la cara hasta que solo quedaban los ojos.
—Turbante —dijo el camellero, un hombre viejo de cara arrugada como una pasa—. Tapa el sol. Tapa la arena. Tapa la boca para que no pierdas agua respirando. El que se lo quite al mediodía, se muere a la tarde.
Bastos se lo enrolló en diez segundos, con la soltura de quien lo ha hecho mil veces, y después se lo enrolló a Lucian, que llevaba un cuarto de hora con una cosa en la cabeza que parecía un nido.
Tessa se lo enrolló sola, más rápido que Bastos, y miró a Bastos, y Bastos la miró, y ninguno dijo nada, pero quedó anotado.
El cuero gris, la cinta y la medalla iban encima, en el brazo, sobre el lino. Y Kael, que caminaba entre ellos mientras se vestían, se detuvo delante de la cabaña siete y les miró los brazos, los cinco con la medalla blanca y las tres sin ella.
—Hielo —dijo, y tocó con un dedo la medalla de Alberion—. Bien. El hielo les enseñó a aguantar. El desierto les va a enseñar a esperar. No es lo mismo. —Miró a Tessa—. ¿De Zareth?
—De Qasr.
—¿Montas?
—Mejor que cualquiera de aquí.
Kael soltó una carcajada que hizo que los camellos levantaran la cabeza.
—Eso lo vamos a ver —dijo, que era exactamente lo que había dicho Bastos, y Tessa se puso roja debajo del turbante.
*
El primer mes, otra vez, fue de no morirse. Pero era otro no morirse.
En Valdyr el enemigo se veía: la nieve, la grieta, el lobo.
En Zareth el enemigo era la luz. Les enseñaron a caminar de noche y dormir de día, bajo lonas tensadas entre palos, porque al mediodía la arena quemaba a través de las sandalias y el aire temblaba y uno veía agua donde no había.
Les enseñaron a beber: poco, a sorbos, cada hora, aunque no tuvieran sed, porque la sed en el desierto llega cuando ya es tarde.
Les enseñaron a cavar en la base de las dunas del lado de la sombra, donde a veces, a un brazo de profundidad, la arena estaba húmeda, y a chupar esa arena envuelta en un trapo.
Les enseñaron a leer el cielo de noche, porque en Zareth no hay caminos, solo estrellas, y el que no conoce las estrellas da vueltas hasta que se le acaba el agua.
Y les enseñaron a conocer lo que vivía ahí.
Porque el desierto, como el glaciar, parecía vacío y no lo era.
De noche se llenaba. Salían de la arena unos ratones de orejas enormes que corrían a saltos.
Salían zorros pequeños, pálidos, de orejas más grandes todavía, que se quedaban a diez pasos mirando la fogata con los ojos brillantes y que, si uno tiraba una corteza de pan, la atrapaban al vuelo.
Salían serpientes, y Kael les enseñó cuáles mataban y cuáles no, y que la que mataba tenía una cola que sonaba.
Salían, en las crestas, contra la luna, unas cabras de cuernos retorcidos que nadie sabía de qué vivían.
Y había chacales. Los oían como habían oído a los lobos, lejos y después no tan lejos, una risa aguda y rota que no se parecía al canto de Valdyr; Kael dijo que los chacales no atacaban a un grupo pero sí a uno que se quedara atrás, y que en el desierto quedarse atrás era la única manera de morirse.
Y había uno que no se veía.
—El escorpión de sol —dijo Kael, la tercera noche, junto al fuego, con un cuenco de barro boca abajo delante de él—.
Vive debajo de la arena. Del tamaño de mi mano.
Es del color de la arena y no se mueve hasta que lo pisas.
Su picadura no mata. —Levantó el cuenco.
Debajo, inmóvil, con la cola curvada hacia arriba, había una cosa amarilla y brillante que parecía hecha de vidrio—.
Pero te quema por dentro durante tres días como si te hubieras tragado una brasa, y al tercer día, si no te curaron, el fuego te llega al corazón.
Miren bien. Esto es lo que parece. —Dejó caer el cuenco—. Y esto es lo que lo cura.
Sacó de la bolsa un fruto. Un fruto de fuego. Grande, arrugado, del tamaño de un puño.
—Mi casa —dijo Bastos, en voz baja, y había orgullo en la voz.
—El fruto de fuego —dijo Kael— crece en los oasis, en un árbol que no da sombra.
Comido, calienta de noche. Machacado y puesto en la picadura, saca el fuego del escorpión.
Y con su jugo, hervido con el hierro, se templa el acero dorado.
—Tocó su propio peto—. Esta armadura no se calienta al sol.
Un hombre puede estar al mediodía en la cresta de una duna con esto puesto y no quemarse.
Es por el fruto. Lo que calienta, protege del calor. En Zareth todo funciona así. Al revés.
*
El segundo mes, les dieron los caballos.
Eran caballos de Zareth, y no se parecían a los caballos blancos de patas gruesas de Valdyr ni a nada que Alberion hubiera visto.
Eran finos, nerviosos, de cabeza pequeña y cuello largo, con unas patas que parecían que se iban a romper y que no se rompían nunca, de color de arena, de color de bronce, de color de ceniza.
Caminaban sobre las dunas como si las dunas fueran suelo.
Y eran orgullosos: un caballo de Zareth, les dijo el camellero viejo, no acepta a cualquiera encima; hay que ganárselo.
Tessa se ganó al suyo en una tarde.
Fue una yegua de color ceniza con una mancha blanca en la frente, que había tirado a tres muchachos antes de que le tocara a ella, y Tessa no la montó.
Se quedó parada delante, a dos pasos, con los brazos sueltos, mirándola, un cuarto de hora, media hora, sin decir nada, hasta que la yegua bajó la cabeza y le olió las manos.
Entonces Tessa le puso la mano en el cuello, y le habló, bajo, en una lengua que Alberion no conocía y que Bastos dijo que era la lengua vieja de los oasis, y después montó, sin silla, de un salto, y la yegua no se movió.
Y después corrió. Corrió cresta arriba con la yegua ceniza, con la arena volando detrás, con el turbante deshecho y el pelo rojo-rubio al viento, y se detuvo en lo alto de la duna contra el cielo naranja, y se dio la vuelta, y miró hacia abajo, hacia la Compañía entera que la miraba, y hacia Bastos, y hacia Kael.
No dijo nada. No hacía falta.
—Vale —dijo Bastos, con la boca abierta—. Vale. Monta mejor que yo.
Kael se rio. Y Alberion, al lado de Bastos, no se rio, y no dijo nada, y no apartó los ojos de la cresta, y Alicia, dos pasos más allá, lo vio y no dijo nada tampoco, porque no hacía falta.
*
A Alberion los caballos le costaron.
No era torpe. Era grande, y los caballos de Zareth eran finos, y había algo en él, en su manera de mirar, que los ponía nerviosos: los miraba demasiado, les veía todo, y un caballo que se siente mirado así se asusta.
Tardó dos semanas en que uno lo aceptara, un bayo tranquilo y algo viejo que el camellero le dio diciendo “este ya no se asusta de nada, ni de ti”, y aun así montaba mal, rígido, con las rodillas apretadas, y Tessa se lo dijo.
Se lo dijo la primera vez que le habló directamente, un atardecer, en el borde del campamento, mientras él intentaba que el bayo diera la vuelta y el bayo no quería.
—Lo estás apretando.
Alberion se volvió. Ella estaba a cinco pasos, de pie, con la yegua ceniza detrás, sin turbante, con las pecas y los dientes y una expresión que no era amable ni hostil: era de quien no soporta ver algo mal hecho.
—¿Qué?
—Lo aprietas con las rodillas. Él siente que tienes miedo y por eso no te hace caso. Suelta las piernas. Siéntate como si estuvieras en una silla. Y deja de mirarlo así.
—¿Así cómo?
—Como miras todo. —Tessa se cruzó de brazos—. Lo asustas. Mira al frente. A donde quieres ir. Él va a ir.
Alberion soltó las piernas. Se sentó. Miró al frente, a la duna, y pensó en la duna y no en el caballo. Y el bayo dio la vuelta.
—Gracias —dijo.
Tessa se encogió de hombros, ya dándose la vuelta.
—No lo hice por ti. Lo hice por el caballo.
Y se fue. Y Alberion se quedó sentado en el bayo, mirando la duna, con una sensación en el pecho que no era la del fruto de fuego pero se le parecía.
*
Esa noche, en la fogata, Ikki se sentó a su lado y no dijo nada durante un rato largo, lo cual en Ikki era una amenaza.
—¿Qué?
—Nada.
—Dilo.
—“No lo hice por ti. Lo hice por el caballo”. —Ikki lo imitó con una voz que no se parecía en nada a la de Tessa—. Alberion. Soy de Kaoryn. Allá arriba la física es una opinión. Pero hasta yo sé que eso era por ti.
—Cállate.
—Mañana sí vale.
—Siempre vale.
—Ya sé. —Ikki miró el fuego—. Pero esto no es una carrera. Esto no te lo voy a ganar.
Alberion lo miró.
—¿Por qué?
Ikki no contestó enseguida. Miró, por encima del fuego, hacia donde Alicia estaba sentada con un libro que había traído de Aurenthal, leyendo a la luz de las brasas con la cara pequeña muy concentrada, y apartó los ojos rápido.
—Porque no —dijo. Y se levantó, y se fue a la tienda, y no subió a nada.