Capítulo XI — Las tres
Capítulo XI — Las tres
El camino de Zareth empieza donde se acaban los árboles.
La Compañía de Hierro lo tomó desde Aurenthal, por la puerta del sur, ciento cuarenta y ocho muchachos de trece años, porque dos no habían vuelto de las vacaciones y nadie preguntó por qué.
Iban con Elindra al frente y Kael esperando en algún lugar al final, y durante tres días el paisaje se fue deshaciendo: primero los árboles grandes del Bosque Sagrado, después los pinos, después los matorrales, después el pasto, y al cuarto día, al subir una loma, nada.
Nada en el sentido más exacto. Una llanura de tierra rojiza y grava que llegaba hasta el horizonte, con un cielo encima tan grande que daba vértigo, y al fondo, tan lejos que parecía otra cosa, una línea amarilla que temblaba.
—Las dunas —dijo Bastos, y había en su voz algo que no se le había oído nunca—. Ahí empieza mi casa.
Fue en esa loma, en el cuarto día, donde los esperaban las muchachas.
*
Eran veintidós. Estaban de pie en el camino, en formación de a cinco como les habían enseñado en algún sitio, con el uniforme de cuero gris y la cinta de Hierro, sin medalla, con un oficial de capa azul a un lado y las mochilas a los pies.
Y ciento cuarenta y ocho muchachos de trece años que llevaban un año sin ver a una muchacha que no fuera la capitana Elindra se detuvieron en seco y se quedaron mirando como se mira el mar por primera vez.
Elindra se adelantó. Habló con el oficial, firmó algo, y se volvió hacia la Compañía.
—Hierro. Estas son las suyas. Veintidós.
Han pasado el año en las casas de los caballeros, aprendiendo lo mismo que ustedes.
No tienen medalla porque no cruzaron un glaciar, y la van a tener cuando crucen el desierto, igual que ustedes.
Son de Hierro. El que les diga otra cosa, se lo dice a mí.
—Pausa—. Cabañas de a cinco. Cabaña siete.
Se adelantaron Alberion, Ikki, Eduart, Lucian y Bastos.
—Ahora son ocho. Hara de Sylvar, Alicia de Thalassar, Tessa de Zareth. Al frente.
*
Alberion las vio con esos ojos suyos, y las vio de una vez, como veía todo.
La primera era alta. Casi tanto como él.
Pelo castaño oscuro en una trenza gruesa, y una manera de estar parada que no pedía permiso: los hombros atrás, la barbilla recta, los ojos fijos en Elindra como si fuera la única persona en la loma.
Hara. Cuando dio el paso al frente lo dio exacto, ni largo ni corto, y Alberion pensó, sin saber por qué, en la Caballera del Bosque.
La segunda era menuda. Tan menuda que al principio no la vio, porque estaba detrás de Hara, y cuando salió fue como si hubiera decidido salir y no antes.
Pelo claro recogido muy apretado, cara pequeña y pálida, y unos ojos grandes, grises, que no miraban a Elindra ni a nadie: miraban todo.
Alberion la vio contar, en un segundo, a los cinco de la cabaña siete, de izquierda a derecha, y detenerse en Ikki, y seguir. Alicia.
Y la tercera.
La tercera era del desierto, y se notaba antes de que lo dijera nadie: la piel clara de los que viven tapados del sol, con la nariz y los pómulos cubiertos de pecas tan juntas que parecían una sola mancha, el pelo de un color que no era rubio ni rojo sino las dos cosas peleándose, recogido mal, con mechones sueltos, y una boca grande con unos dientes grandes que se le veían porque tenía la boca abierta, porque estaba a punto de decir algo.
Tessa. Dio el paso al frente antes de que Elindra terminara el nombre, y lo dio con los puños cerrados.
Y alguien se rio.
Fue atrás, en las filas. Una risa corta, de muchacho, y después otra, y una voz que dijo, no muy bajo:
—¿Esa es de Zareth? Parece que la dejaron al sol con una red encima.
Era Draven. Y Sevrik se rio antes de que Draven terminara.
*
Lo que pasó después pasó en el orden siguiente, y Eduart lo apuntó esa noche, así que es exacto.
Primero, Tessa se dio la vuelta. Entera. Con los puños cerrados y la cara roja debajo de las pecas, buscando con los ojos de dónde había venido la voz, y la encontró, y dio un paso hacia las filas.
Segundo, Elindra dijo “Tessa”, sin levantar la voz, y Tessa se detuvo, pero no se volvió.
Tercero, Bastos, que estaba al lado de Alberion, dijo entre dientes “Draven”, como se dice el nombre de una enfermedad, y Eduart le puso una mano en el brazo sin mirarlo.
Y cuarto, Alberion no se rio.
No fue una decisión. Fue que no le pareció gracioso.
Había visto la cara de Tessa cuando Draven habló, y no era la cara de alguien a quien acaban de insultar; era la cara de alguien a quien le han dicho la misma cosa muchas veces, en muchos sitios, y que ya tiene los puños cerrados antes de que la digan.
Y había visto otra cosa, con esos ojos suyos: que debajo de la cara roja y los puños había una muchacha de trece años en una loma a cuatro días de su casa, delante de ciento cuarenta y ocho desconocidos, y que estaba a punto de llorar y antes se moría.
Así que no se rio. Y la miró. No con lástima; Tessa no era de las que soportan la lástima, eso se veía. La miró como se mira a alguien que va a estar en tu cabaña cuatro años y de quien quieres saber el nombre.
Y ella lo notó.
Lo notó porque Tessa notaba todo lo que tenía que ver con ella, y en una loma donde ciento cuarenta y ocho muchachos la miraban y dos se reían, uno la miraba sin reírse y sin lástima, y eso era tan raro que se le aflojaron los puños un dedo.
Lo miró de vuelta. Fue un segundo. Después apartó los ojos, furiosa consigo misma, y se puso en la fila con la barbilla tan alta que casi se caía hacia atrás.
Alberion no supo qué había pasado. Pero Alicia, la menuda, que no se perdía nada, lo había visto, y se guardó eso en algún sitio donde guardaba las cosas.
*
—Esto no va a funcionar —dijo Lucian esa noche.
Estaban en el campamento, al pie de la loma, en tiendas de lona porque en el camino de Zareth no había cabañas.
La cabaña siete era ahora dos tiendas, una al lado de la otra, con una fogata en medio, y en la fogata, cinco muchachos de un lado y tres muchachas del otro, mirándose por encima del fuego con la cara de quien espera que el otro hable primero.
—¿Qué no va a funcionar? —dijo Hara.
—Esto. —Lucian señaló el fuego, la tienda, el aire—. Nosotros llevamos un año juntos. Sabemos quién ronca, quién habla dormido, quién se come la ración del otro. Ustedes llegan y nos dicen que somos ocho. No se puede ser ocho de golpe.
—Se pudo ser cinco de golpe —dijo Alicia. Era la primera vez que hablaba. Tenía una voz pequeña y muy clara—. Hace un año. En un camino. Con un fruto de fuego.
Silencio.
—¿Cómo sabes lo del fruto de fuego?
—Lo dijo él. —Alicia señaló a Bastos con la barbilla—. Esta tarde. Se lo contaba a alguien de otra cabaña y yo iba detrás. Habla alto.
Bastos abrió la boca para protestar y la cerró, porque era verdad.
—Yo no ronco —dijo Hara.
—Todo el mundo ronca —dijo Lucian.
—Yo no. —Hara lo miró con una calma que daba un poco de miedo—.
Y si roncara, no sería asunto tuyo. Nos pusieron en la misma cabaña.
No nos pusieron en la misma cama. Lo que tienes que saber de mí es si voy a estar cuando haga falta.
Lo demás, lo vas a averiguar en cuatro años o no lo vas a averiguar.
Lucian se quedó un momento sin la sonrisa.
—Vale —dijo—. Eso estuvo bien.
—Ya sé.
*
Tessa no había dicho nada. Estaba sentada un poco apartada del fuego, con las rodillas abrazadas, mirando las brasas, y Alberion la había mirado dos veces y las dos veces había apartado los ojos antes de que ella lo notara, y las dos veces Alicia lo había visto.
Fue Bastos quien habló. Bastos, que no entendía las cosas finas pero entendía el desierto.
—¿De dónde eres?
Tessa levantó la vista.
—De Zareth.
—Ya sé. ¿De dónde de Zareth?
—De Qasr. El oasis del este.
—¡Qasr! —Bastos se enderezó—. Yo soy de Dūn. A tres días. Mi tío vendía dátiles en Qasr. ¿Conoces el mercado de la puerta vieja?
—Vivo detrás.
—¿Detrás del mercado? ¿En la calle de los curtidores?
—En la de los herreros. Mi padre hace herraduras.
—¡Herraduras! —Bastos se dio una palmada en la rodilla—. Entonces montas.
Tessa lo miró, y por primera vez desde la loma algo en su cara se movió que no era rabia.
—Monto mejor que tú.
—Eso es imposible.
—Eso lo vamos a ver.
Y Bastos se rio, con la risa que hacía volar pájaros, y Tessa no se rio pero se le vieron los dientes, y Alberion, al otro lado del fuego, pensó que tenía razón: eran grandes. Y pensó que no le importaba. Y pensó, un segundo después, con una sensación rara, que no sabía por qué había pensado eso.
Ikki, que estaba a su lado, le dio un codazo.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Nada. —Ikki miró a Tessa, miró a Alberion, y sonrió con la sonrisa que le subía la cicatriz—. Mañana sí vale.
—Siempre vale.
—Ya sé. Pero mañana más.
*
Esa noche, en la tienda de las muchachas, con Hara ya dormida (y no roncaba, lo cual Lucian comprobó desde fuera y no perdonó nunca), Tessa estaba despierta mirando la lona.
—El alto —dijo Alicia, en la oscuridad.
—¿Qué?
—El alto no se rio.
Tessa no contestó.
—Lo vi —siguió Alicia, con esa voz pequeña y clara—. Cuando el del pelo largo dijo lo del sol. Todos miraron. Él no se rio. Te miró como si quisiera saber tu nombre.
—No me importa.
—Ya sé. —Pausa—. Solo te lo digo.
Tessa se dio la vuelta hacia la lona.
—¿Y tú por qué miras tanto?
—Porque es lo que sé hacer. —Alicia se acomodó—. Tú montas. Hara manda. Yo miro. Buenas noches.
Y en la tienda de al lado, Alberion, que no sabía nada de esa conversación, tardó mucho en dormirse, y cuando por fin lo hizo soñó con una loma, un cielo demasiado grande, y una línea amarilla al fondo que temblaba.