Capítulo X — El verano del lobo
Capítulo X — El verano del lobo
Las vacaciones en Oryndor duran un mes, y empiezan el día en que las cabañas se vacían y los caminos se llenan de muchachos de trece años con una medalla en el brazo, caminando hacia sus casas con una prisa que no tenían al salir de ellas.
Alberion tenía tres días hasta su aldea. Los hizo en dos, y no fue solo.
Lo notó la primera noche, acampado junto al camino en las praderas bajas, cuando se despertó sin saber por qué y vio, a veinte pasos, entre los pinos, dos puntos pálidos con una luz atrás.
No se movió. Los puntos tampoco. Y a la mañana siguiente, cuando recogió la manta, había huellas alrededor del campamento, un círculo completo, como el que los lobos habían dibujado alrededor de la empalizada de las cabras, pero este no era de una manada.
Era de uno solo. Y una de las cuatro huellas se marcaba menos.
—Vete a tu casa —le dijo al bosque, en voz alta.
El bosque no contestó. Pero esa tarde, al cruzar un arroyo, Alberion miró hacia atrás y lo vio: en la orilla, a cien pasos, parado en la sombra con el agua hasta las patas, mirándolo.
Y entendió que el lobo no tenía casa, o que la casa era el que le había dejado la carne en la roca, y que no iba a poder hacer nada al respecto.
*
Llegó a la aldea al atardecer del segundo día, y lo primero que vio fue a su madre.
Estaba en la puerta. Como si hubiera estado ahí desde que él se fue.
Alta, recta, con la trenza negra y el delantal, con las manos juntas delante, y cuando lo vio aparecer por el camino no corrió.
Yira no corría. Se quedó quieta, y lo que se movió fue la cara: la piedra se le deshizo entera, de golpe, y Alberion vio por primera vez en su vida a su madre sin nada puesto encima.
Duró un segundo. Después ella se limpió las manos en el delantal, que estaban limpias, y dijo:
—Has crecido.
—Un poco.
—Mucho. —Lo miró de arriba abajo. El uniforme de cuero gris, la cinta, la medalla blanca con el copo—. Entra. Hay pan.
Y adentro, con la puerta cerrada, con el olor a lana y a pan y a la Flor de Sacuán, que estaba florecida, lo abrazó.
Fue un abrazo largo, muy fuerte, de los que no daba, y Alberion sintió contra la mejilla que su madre temblaba, y no dijo nada, porque había aprendido en Valdyr cuándo no se dice nada.
*
Las primeras semanas fueron de contar.
Alberion contó. Contó el glaciar, la fortaleza, el búho gris, la baya de hielo, el arco sobre la grieta y Bastos colgando y la cuerda.
Contó a Ikki y sus carreras, a Eduart y su cuaderno, a Lucian y sus chistes, a Bastos y sus frutos de fuego.
Contó a Tharion quitándose la armadura y diciendo “no me la gané, me la dieron”.
Contó todo menos dos cosas: el tarn, porque sabía lo que su madre iba a decir, y el lobo, porque no sabía cómo.
Yira escuchaba. Escuchaba cosiendo, con la aguja yendo y viniendo, y de vez en cuando levantaba los ojos y lo miraba con esa mirada quieta, y Alberion sabía que le estaba viendo las cosas que no contaba.
Pero no preguntó. Solo una vez, cuando él habló de Tharion, de cómo hablaba despacio y de cómo lo sabía todo, Yira detuvo la aguja y dijo:
—Tharion. El grande.
—Sí.
—Lo conocí.
Alberion la miró.
—¿Cuándo?
—Hace mucho. —La aguja volvió a moverse—. Era joven. Hablaba igual de despacio.
Y no dijo más, y Alberion guardó eso con las otras cosas que su madre no decía, en el cajón de abajo que no se abría nunca.
*
El pastor bajó a la segunda semana.
Alberion estaba en el huerto, con las habas, y oyó las ovejas antes de verlo, y se enderezó con una sensación rara en el estómago, como si llevara un año esperando ese sonido sin saberlo.
Bajaba por el camino de arriba, igual: el cayado, el capote, el pelo blanco revuelto, las tres ovejas.
Nadie lo saludó. Las mismas caras en las mismas ventanas.
Pero cuando llegó a la casa de la flor no golpeó con el cayado. Se detuvo junto al muro del huerto, donde las ovejas se pusieron a comer el pasto, y miró a Alberion por encima de las piedras.
Y Alberion vio que lo miraba distinto.
No sabía decir en qué. Dos años antes lo había mirado como se mira a un muchacho que sube al monte con un cuchillo de pan.
Ahora lo miraba como Tharion lo había mirado en la puerta de la fortaleza después del tarn: con una atención que pesaba.
Le miró la cinta. Le miró la medalla. Le miró las manos, que tenían cicatrices nuevas de la cuerda.
—Has crecido —dijo el pastor.
—Todos dicen eso.
—Todos dicen tonterías. —Se apoyó en el cayado—. ¿Cruzaste?
Alberion no preguntó cómo sabía lo de la Travesía.
—Sí.
—¿Delante?
—Sí.
El pastor asintió, como si eso le confirmara algo, igual que en la pradera.
—¿Y el viento?
Alberion dejó las habas. Se enderezó. Y sin pensarlo, miró más allá del muro, hacia la ladera de enfrente, hacia el pasto corto de verano, y lo vio: las olas largas que venían del norte, el remolino del valle, la franja quieta junto a las rocas. Lo vio sin esfuerzo, como se ve un color.
—Ahí está —dijo—. Viene del norte. Se rompe contra la ladera. Hay un remolino junto a las rocas de abajo, y va a cambiar en un rato porque las nubes vienen del oeste.
El pastor no dijo nada. Pero Alberion, que tenía buenos ojos, vio que cerraba los suyos un momento, muy breve, y que cuando los abrió tenía algo distinto, algo que en otro hombre se habría llamado orgullo y que en él no tenía nombre.
—Bien —dijo—. Ahora aprende a verlo cuando no haya pasto.
—¿Cómo?
—Eso es lo que vas a averiguar. —Silbó una vez, bajito, y las ovejas dejaron el pasto—. Tienes un lobo.
Alberion se quedó helado.
—¿Cómo…?
—Lleva una semana en el borde del bosque mirando esta casa. Cojo. Pecho blanco. —El pastor ya se iba—. Es el mismo. Cuidado con tu madre. A ella no le va a gustar.
Y se fue, camino arriba, con las ovejas delante.
*
A su madre no le gustó.
Lo encontró ella. Una madrugada, al abrir la puerta para ir al pozo, y lo que había en la puerta, dormido, hecho un ovillo contra la madera como un perro grande, con el pecho blanco subiendo y bajando, era un lobo de escarcha.
Yira no gritó. Yira no gritaba. Cerró la puerta despacio, sin ruido, cruzó la casa, y despertó a su hijo con una sola frase:
—Hay un lobo en mi puerta y tú me vas a explicar por qué.
Alberion le explicó. Le explicó todo: la pradera, el lobo cojo, la ladera de la fortaleza, la carne en la roca, el mes entero de diez pasos cada noche, el hocico en la mano, Tharion y lo de no darle de comer ese día.
Habló mucho rato, sentado en el catre, con su madre de pie delante de él con los brazos cruzados, y cuando terminó se quedaron los dos callados.
—Es un lobo —dijo Yira.
—Sí.
—Mató ovejas de esta aldea. Hace dos veranos. Mató el perro de los Hallen.
—Tenía hambre.
—Todos tienen hambre, Alberion. —Yira se sentó, por fin, en el borde del catre—. Esa no es razón para que esté en mi puerta.
—No. —Alberion buscó las palabras—. La razón para que esté en tu puerta es que ya no tiene hambre y está igual.
Yira lo miró. Y Alberion vio que su madre, que no le tenía miedo a nada, estaba teniendo una pelea adentro que no era con él, y que la estaba perdiendo.
—Si toca una oveja de esta aldea, se va.
—Sí.
—Si toca a alguien, lo mato yo misma.
—Sí.
—Y no entra a la casa.
—No.
Yira se levantó. Fue a la puerta. La abrió. El lobo estaba despierto, sentado, con la pata estirada, mirándola con los ojos pálidos, y Yira lo miró de arriba abajo con la misma cara de piedra con que había mirado al pastor dos años antes, y el lobo no se movió, y Alberion contuvo la respiración.
—Las habas —dijo Yira, sin volverse—. Y llévate a ese.
Y fue al pozo.
*
El lobo no tocó una oveja en todo el verano.
Siguió a Alberion al huerto, a la pradera, al pozo, a diez pasos siempre, y dormía en la puerta, y la aldea entera pasó de cerrar las ventanas a mirarlo desde ellas a, hacia la cuarta semana, dejar un cuenco de agua junto al muro de la casa de la flor sin que nadie admitiera haberlo puesto.
Los niños le pusieron nombre. Alberion no; Alberion no le puso nombre nunca, y cuando le preguntaban por qué, decía que un lobo no es un perro, y que el nombre se lo había puesto a él el lobo, no al revés.
Y Yira lo miraba. Lo miraba desde la ventana de la Flor de Sacuán, con la costura en las manos, cuando creía que su hijo no la veía: al muchacho de trece años con una medalla blanca, sentado en el muro del huerto hablando con un lobo de escarcha que lo escuchaba con una oreja.
Y una tarde, Alberion, que tenía buenos ojos, se volvió sin querer y la vio, y vio que lloraba.
No era de pena. Él lo supo aunque no supiera explicarlo. Era de otra cosa. Era como quien ve, por una ventana, que una cosa que plantó hace trece años en un sitio donde no debía crecer ha crecido de todos modos.
Él no se dio por enterado. Ella tampoco. Y esa noche hubo pan con miel.
*
Al final del verano volvió el mismo jinete de capa azul, al final del mes, y esta vez no leyó nombres. Leyó un anuncio.
Lo leyó en la plaza, a la aldea entera, y Alberion lo oyó con el lobo a diez pasos y su madre al lado.
—“Por decisión del Rey y del Consejo de los Cinco, y por primera vez en cuatrocientos años, las muchachas de Oryndor que hayan jurado ante el Madrún se incorporarán a las compañías en el segundo año de formación, en igualdad de deber y de honor. La Compañía de Hierro recibirá a las suyas en el camino de Zareth”.
El jinete dobló el pergamino, dio la vuelta al caballo y se fue, como siempre.
La aldea se quedó en silencio. Y en el silencio, Brenna, la hija del herrero, que había jurado ante el Madrún el mismo día que Alberion y había vuelto a la aldea a esperar un año junto al yunque, dijo en voz alta, sin dirigirse a nadie:
—Ya era hora.
Alberion miró a su madre. Yira miraba el camino por donde se había ido el jinete, y tenía en la cara una expresión que él tardó en reconocer, porque no se la había visto nunca dirigida a algo que viniera de Aurenthal.
Era aprobación.
—¿Tú sabías? —preguntó él.
—Sabía que iba a pasar. No sabía cuándo. —Yira se dio la vuelta hacia la casa—. Ahora vas a aprender otra cosa que no te enseñaron en el hielo.
—¿Cuál?
Ella no contestó. Pero sonrió, cosa rara, hacia adentro, como quien sabe algo que el otro va a tardar un año en entender.
*
Se fue al amanecer del último día, con el abrigo de su madre doblado en la mochila, con el lobo a diez pasos y Brenna al lado con la mula del herrero, y Yira en la puerta, alta y recta, sin llorar porque ya había llorado.
Y en la montaña, en la pradera alta, donde las flores que duran poco ya se habían ido, un pastor con tres ovejas vio pasar por el camino de abajo a un muchacho alto con una cinta gris, una muchacha con una mula y un lobo cojo, y se quedó mirándolos hasta que se perdieron entre los pinos.
Después levantó la cabeza. Y de la cresta de la montaña bajó, con las alas abiertas más anchas que una carreta, verde y azul según la luz, un pájaro con la cola larga, y se posó en la roca a su lado, y el pastor le pasó la mano por el cuello.
—Al desierto —dijo—. Nos vamos al desierto.