Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo IX — Medallas de Hielo
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Capítulo IX — Medallas de Hielo

Capítulo IX — Medallas de Hielo

El deshielo en Valdyr es ruidoso. Después de cinco meses de silencio, el glaciar se despierta de golpe: las torres de hielo que llevaban siglos a punto de caer caen, los arroyos que no existían aparecen de la noche a la mañana corriendo bajo la nieve, y el valle entero suena a agua. Y con el agua llega la prueba.

Se llamaba la Travesía, y era lo mismo desde hacía cuatrocientos años: cruzar el glaciar de lado a lado.

Una legua de hielo vivo, con grietas que se abrían bajo los pies, en un día, de cabaña en cabaña, sin maestro delante.

Tharion se lo anunció un atardecer, con la misma voz de siempre, y añadió una sola cosa que no estaba en el anuncio de todos los años:

—Este año hay una regla nueva. Van a cruzar de a cinco, pero van a llegar de a cinco. Si llegan cuatro, no llegó ninguno.

Draven levantó la mano desde el fondo.

—¿Y si uno no puede?

—Entonces lo cargan.

—¿Y si pesa más que todos nosotros?

Hubo risas. Bastos, en la primera fila, se volvió despacio y lo miró, y las risas se apagaron.

—Entonces —dijo Tharion— van a tener que haberlo pensado antes.

*

La noche anterior nadie durmió en la cabaña siete, aunque todos fingieron.

Eduart tenía el cuaderno abierto sobre las rodillas y un mapa del glaciar que había copiado del de la biblioteca, con las grietas conocidas marcadas en carbón, y lo miraba como si pudiera moverlas.

Lucian estaba muy callado, cosa rarísima, y afilaba las púas de las botas una por una, de todos.

Bastos comía frutos de fuego a escondidas, lo que no servía de nada porque el olor llenaba la cabaña.

Ikki estaba en la viga, boca arriba, inmóvil, y de vez en cuando decía: “Mañana sí vale”, y Alberion decía: “Sí vale”, y volvía el silencio.

Alberion pensaba en la veta.

No la del tarn. Todas. Porque llevaba un año viéndolas y guardándoselo, y Tharion le había dicho en la puerta de la fortaleza que eso no era un regalo sino un trabajo, y mañana el trabajo era cruzar una legua de hielo con cuatro personas que no las veían.

Y había entendido, en ese año, algo que no le había dicho a nadie: que ver no bastaba.

Que el pastor le había enseñado a ver el viento en el pasto, y Tharion a leer el hielo en las vetas, pero que lo difícil no era ver.

Lo difícil era que los demás te siguieran cuando tú veías y ellos no.

—Mañana voy delante —dijo, en la oscuridad.

Silencio.

—Ya sabemos —dijo Lucian.

—No. Lo digo en serio. Voy delante y ustedes pisan donde yo piso. Aunque parezca una tontería. Aunque dé un rodeo. Aunque Ikki quiera ganar.

—Ikki quiere ganar siempre —dijo Ikki.

—Por eso lo digo.

Pausa larga.

—Vale —dijo Ikki—. Mañana no vale.

Era la primera vez que lo decía. Alberion no supo qué contestar, así que no contestó.

*

Salieron con la primera luz, treinta cabañas en treinta puntos distintos del borde sur, con una legua de hielo delante y la fortaleza detrás, donde Tharion y Elindra miraban desde la torre con el búho gris.

Las primeras cien varas fueron fáciles. Hielo viejo, duro, con la nieve soplada, donde las púas mordían bien.

Alberion iba delante, despacio, más despacio de lo que Ikki podía soportar, y cada diez pasos se detenía, miraba, y seguía.

Detrás, en fila, Ikki, Eduart, Lucian y Bastos, pisando donde él pisaba, con la cuerda que Eduart había insistido en atarles a la cintura a los cinco.

A las trescientas varas empezaron las grietas.

Uno no las ve hasta que está encima, y eso es lo que las hace malas.

El glaciar en primavera se cubre de una costra de nieve nueva, y la costra tapa las grietas como una sábana tapa un agujero en la cama: lisa, blanca, igual que todo lo demás.

Un hombre que pisa la costra sobre una grieta de dos pasos de ancho cae diez, veinte, cincuenta varas hasta donde el hielo se cierra, y ahí se queda, y lo que se oye desde arriba, los que lo han oído dicen que no se olvida.

Alberion las veía. Las veía como había visto el viento: no la grieta, el hielo que no era igual encima de ella. Un hundimiento de un dedo. Una sombra de otro azul. Una veta que se interrumpía. Y daba el rodeo, y ellos lo seguían, y nadie preguntaba por qué.

Fue a media mañana cuando vio la primera que no podía rodear.

*

Era enorme. Cruzaba el glaciar de lado a lado como un tajo, de diez pasos de ancho, abierta, azul oscuro hasta abajo, con los bordes de hielo roto.

No había costra que la tapara porque era demasiado ancha.

Y no había rodeo porque no tenía fin: a izquierda y a derecha se perdía en la bruma, y a la derecha, a doscientos pasos, Alberion vio a otra cabaña parada en el borde, discutiendo.

—Puente —dijo Eduart, mirando el mapa—. Aquí tiene que haber un puente. El mapa dice que hay uno.

—¿De qué?

—De hielo. Un arco. Lo deja el deshielo. Puede estar o no.

Caminaron por el borde hacia la izquierda, lejos de la otra cabaña, y a cien pasos lo encontraron: un arco de hielo que cruzaba la grieta de borde a borde, de un paso de ancho, combado hacia abajo, azul y transparente como vidrio, y debajo del arco, nada. Cincuenta varas de nada.

—No —dijo Bastos.

—Es el camino.

—No. —Bastos había retrocedido dos pasos sin darse cuenta—. No, no, no. Eso no aguanta. Eso no me aguanta a mí.

Y tenía razón. Alberion lo miró con esos ojos suyos y vio las vetas del arco, y vio que iban a lo largo, lo cual era bueno, y vio que en el centro había una zona donde se juntaban mal, lo cual no lo era, y supo que el arco aguantaba a Ikki, aguantaba a Eduart, aguantaba a Lucian, lo aguantaba a él, y a Bastos no.

Se lo dijo. Se lo dijo sin suavizarlo, porque Bastos no era de los que agradecían la suavidad.

—Entonces no llegamos —dijo Bastos—. Si llegan cuatro, no llegó ninguno. Pasen ustedes. Yo me vuelvo.

—No —dijo Lucian.

—No es tu decisión.

—No es una decisión. —Lucian se había quitado la sonrisa; se la quitaba poco, y cuando lo hacía parecía otra persona—.

Es lo que dijo Tharion. Tenemos que haberlo pensado antes.

Y yo lo pensé anoche mientras afilaba tus púas, y lo que pensé es que no vinimos hasta aquí para dejarte en un borde. Así que piensa, Eduart. Piensa rápido.

Eduart ya estaba pensando. Tenía el mapa en una mano y miraba el arco, y miraba la grieta, y miraba la cuerda que les rodeaba la cintura a los cinco, y Alberion vio en su cara el momento exacto en que la idea le llegó, porque Eduart, cuando entendía algo, dejaba de parpadear.

—El arco no aguanta a Bastos —dijo—. Pero el arco no tiene que aguantar a Bastos. La cuerda tiene que aguantar a Bastos.

*

Lo hicieron así.

Cruzó primero Ikki, ligero, rápido, como una cabra, y se plantó en el otro lado con las púas clavadas y la cuerda a la cintura.

Después Eduart. Después Lucian. Tres hombres clavados en el hielo del otro lado, con la cuerda tensa cruzando la grieta.

Alberion cruzó el cuarto, despacio, pisando las vetas buenas, y cuando estuvo del otro lado los cuatro se sentaron en el hielo, clavaron los talones, y tomaron la cuerda con las dos manos.

—Bastos —dijo Alberion—. Ahora.

—No aguanta.

—No tiene que aguantar. Si se rompe, te tenemos. Cuatro en el hielo, con púas, con la cuerda. Vas a colgar y te subimos. Yo vi la veta. Se rompe en el centro. Pasa el centro rápido y ya está.

—¿Y si no me suben?

Lucian soltó una risa corta, sin sonrisa.

—Bastos, llevo un año durmiendo al lado de tus ronquidos. Si te caes a esa grieta, duermo. No te vamos a dejar caer.

Bastos miró el arco. Miró la grieta. Miró a los cuatro, sentados en el hielo con la cuerda en las manos y la cara de quien no se va a mover.

Y Alberion vio en su cara, en la cara del más grande, del que pegaba primero, del que se metía en todas las peleas, lo que nunca había visto: miedo de verdad. Y vio cómo lo tragaba.

—Mañana sí vale —dijo Bastos, con la voz rota, y no tenía ningún sentido, y todos entendieron.

Y cruzó.

Cruzó el primer tercio bien. Cruzó el segundo. Llegó al centro, donde las vetas se juntaban mal, y el arco hizo el ruido del tarn, el látigo, y Bastos no corrió: Bastos saltó. Saltó hacia adelante con todo su peso, y el arco se deshizo debajo de él en un estallido de hielo azul, y Bastos cayó.

Cayó dos varas. La cuerda se tensó con un chasquido que Alberion sintió en los huesos.

Los cuatro se deslizaron medio paso hacia la grieta, las púas arando el hielo, y se detuvieron.

Y Bastos quedó colgando sobre cincuenta varas de nada, con las manos en la cuerda, girando despacio, mirando hacia arriba.

—¡TE TENGO! —gritó Alberion, y no supo de dónde le salió, y era la voz de Bastos en el tarn—. ¡NO SUELTES, QUE TE TENGO!

Lo subieron. Vara a vara, los cuatro, con las manos sangrando, hasta que las manos de piedra de Bastos se agarraron al borde y se izó él solo, y quedó tirado en el hielo boca arriba, jadeando, mirando el cielo.

Nadie dijo nada durante un rato.

—Eduart —dijo Bastos por fin.

—¿Qué?

—Apunta esto.

*

Llegaron al borde norte a media tarde, los cinco, caminando, con Alberion delante.

Fueron la sexta cabaña en llegar. Llegaron once de treinta ese día; las otras diecinueve volvieron por donde habían venido, o fueron a buscarlas, y a dos las sacaron de grietas con cuerdas desde la fortaleza, vivas, con la cinta puesta.

En la Compañía de Hierro ese año no murió nadie.

Tharion dijo después que era la primera vez en seis años.

La cabaña de Draven llegó. Llegó tercera, y Draven llegó delante, y Sevrik detrás de Draven, y los otros tres detrás de Sevrik con la cara de quien ha pasado el día siguiendo a alguien que no se vuelve a mirar si lo siguen.

*

Las medallas las dio Tharion al atardecer, en el patio de la fortaleza, con la armadura blanca puesta otra vez y la capa, de pie frente a las once cabañas que habían cruzado y las diecinueve que no.

Eran discos de hierro blanco, del tamaño de una moneda grande, con un copo grabado, y se ponían en el primer agujero de la tira de cuero del brazo.

Tharion las fue dando una por una, sin discursos, a los cincuenta y cinco que habían cruzado, y a los demás les dijo lo que les decía cada año: que el glaciar no se había ido a ninguna parte, que el año que viene tendrían otro, y que ninguno de los que no cruzaron había soltado la cinta, y eso también contaba.

Y después hizo algo que no hacía cada año.

—Cabaña siete.

Se adelantaron los cinco.

—Hoy, en el puente de la grieta grande, uno de ustedes se cayó y cuatro lo sostuvieron.

Lo vi desde la torre. —Miró a Bastos—. Eres el más pesado de la Compañía.

Eres el que más miedo tenía de ese arco.

Y lo cruzaste porque cuatro te dijeron que te tenían, y les creíste.

Eso es lo más difícil que se aprende en Valdyr, y hay hombres de cuarenta años que no lo han aprendido.

Miró a Alberion.

—Y tú fuiste delante. Todo el día. Diste rodeos que ellos no entendían y te siguieron. Viste el arco y dijiste la verdad. —Pausa—. A partir de hoy, en la Compañía de Hierro, cuando haya que ir delante, vas tú. Elindra, que conste.

—Consta.

Alberion no supo qué hacer con la cara. Ikki, a su lado, le dio un codazo, bajo, para que nadie lo viera, y dijo entre dientes:

—Sigue valiendo.

—Ya sé.

—Solo para que sepas.

*

Esa noche, en la cabaña, con cinco medallas blancas en cinco brazos y Bastos roncando como si el arco no hubiera existido, Alberion se asomó a la ventana pequeña.

Había luna. El glaciar brillaba entero, azul y blanco, y en la ladera, a cincuenta pasos, sentado en la nieve como se sientan los perros, había un lobo con el pecho blanco y una pata estirada, mirando la ventana.

Alberion levantó la mano. El lobo no se movió. Pero no se fue.

Y Alberion pensó, antes de dormirse, en lo que Tharion había dicho de creerle a cuatro que te dicen que te tienen, y en lo que el pastor había dicho de que los pastores no se van a ninguna parte, y le pareció, por primera vez, que eran la misma cosa dicha de dos maneras.