Capítulo VIII — La baya de hielo
Capítulo VIII — La baya de hielo
El invierno de Valdyr no llega: se instala.
Un día el sol sale más tarde y se va más temprano, y a la semana siguiente ya no sale del todo, solo una claridad gris que dura cuatro horas y que la gente del Campo Blanco llama “el día” por costumbre.
La nieve dejó de caer en copos y empezó a caer en polvo, fino y seco, que se metía por todas partes.
El glaciar, que en otoño crujía, en invierno se calló. Y los lobos bajaron.
Primero fueron las huellas. Una mañana aparecieron alrededor de la empalizada donde se guardaban las cabras de la fortaleza, un círculo completo, como si alguien hubiera dado una vuelta entera midiendo.
Después fueron los ojos: puntos pálidos en la ladera, de noche, cuatro o seis pares, que se encendían cuando los miraba la luna y se apagaban cuando uno se acercaba.
Después fue el canto. No el aullido de los cuentos.
Un canto de verdad, largo, de varias voces, que empezaba en una y la seguían las demás, y que hacía que ciento cincuenta muchachos se quedaran callados en el comedor con la cuchara a medio camino.
—Tienen hambre —dijo Tharion—. Y hay cabras. Guardia doble en la empalizada. Nadie sale solo. Nadie les tira nada.
*
Fue en esas semanas cuando Eduart encontró la planta.
La encontró como encontraba todo: leyendo.
En la fortaleza había una sala que llamaban la biblioteca, aunque eran tres estantes y una mesa, con libros viejos de los que nadie se ocupaba salvo él.
En uno de ellos, un cuaderno de un maestro muerto hacía cien años, con dibujos a tinta y letra apretada, Eduart leyó sobre una planta que crecía bajo el hielo del glaciar, en los bordes donde el hielo se juntaba con la roca, y que daba una baya azul que no se congelaba nunca.
—“Baya de hielo” —leyó en voz alta, esa noche, en la cabaña, con el cuaderno sobre las rodillas—.
“Crece donde el glaciar toca la piedra caliente. Su fruto guarda el calor como el hielo guarda el frío. Una sola baya mantiene a un hombre despierto y tibio una noche entera. Con ella se templa el acero blanco”.
—Levantó la vista—. El acero blanco. La armadura de Tharion.
—¿Piedra caliente? —dijo Lucian—. ¿En un glaciar?
—En Valdyr hay venas de agua caliente —dijo Alberion—. En mi aldea el pozo no se congela nunca. Es por eso.
—Entonces hay que buscar donde el hielo esté… ¿blando? —Eduart pasó páginas—. Dice que se ve por el vapor. Donde sale vapor del borde del hielo, hay una vena. Y donde hay una vena, hay baya.
Ikki ya estaba de pie.
—Yo sé dónde sale vapor.
*
Esta vez pidieron permiso. Fue idea de Eduart, y fue una lección que les costó entender: que ir a ver algo con Tharion sabiendo era mejor que ir a ver algo sin que Tharion supiera, aunque lo primero tuviera menos gracia.
Tharion los escuchó, miró el cuaderno, miró a Eduart con una cara que nadie supo leer, y dijo:
—Vayan los cinco. De día. Con Elindra a la vista. Si encuentran algo, no lo coman. Me lo traen.
El lugar estaba en el borde oeste del glaciar, a una hora de la fortaleza, donde una pared de roca negra se metía en el hielo como la proa de un barco.
Ikki tenía razón: salía vapor. No mucho.
Un hilo, dos, que subían del hielo en la base de la roca y se deshacían a un palmo del suelo, y que solo se veían si uno sabía que había que mirar.
Y debajo del hielo, en ese borde, el hielo no era blanco. Era transparente. Y debajo de la transparencia había algo verde.
Cavaron. Con los cuchillos negros, que para entonces ya cortaban, y con las manos.
El hielo era fino ahí, apenas un dedo, y debajo había una capa de agua tibia, apenas tibia, y debajo del agua, pegada a la roca, creciendo en la oscuridad, una mata de hojas pequeñas y gruesas, de un verde oscuro casi azul, con unas bayas del tamaño de un guisante colgando de los tallos, azules, de un azul profundo con un brillo dentro, como si cada una tuviera una chispa.
Bastos alargó la mano.
—No —dijeron cuatro voces.
—Solo iba a mirar.
—Ibas a comer.
—Iba a mirar comiendo.
Eduart cortó un tallo con tres bayas, lo envolvió en un paño, lo guardó en la mochila.
Y Alberion, que se había quedado mirando la mata un momento más que los demás, vio algo que no dijo: que el hielo alrededor de la planta no era hielo normal.
Tenía vetas, como el bloque de la explanada, pero las vetas no iban en una dirección.
Iban hacia la planta. Como si el hielo hubiera crecido alrededor de ella para guardarla.
*
Tharion tomó una baya entre dos dedos, se la puso en la boca y la masticó, y durante un buen rato no dijo nada.
Después se sentó. Era la primera vez que lo veían sentarse.
—Hace treinta años —dijo— mi maestro me mandó a buscar esta planta. Me dio el mismo cuaderno. Tardé un invierno entero. —Miró a Eduart—. Tú tardaste tres semanas.
—Fue Ikki el que sabía dónde salía vapor.
—Y fue Alberion el que vio que el hielo la guarda —dijo Tharion, y Alberion sintió que le ardía la cara, porque no lo había dicho—.
Y Bastos iba a comérsela, y Lucian no se quejó del frío, que de él es mucho.
—Se levantó—. Es la baya de hielo. Con ella se templa el acero de Valdyr.
Y con ella un hombre aguanta una noche sin fuego.
Hay cien matas en este glaciar y ustedes encontraron una.
Las otras noventa y nueve las van a encontrar antes de la primavera, porque este año los demás van a necesitar fuego, y ustedes no. Elindra.
—¿Señor?
—Cabaña siete tiene la tarea de la baya hasta el deshielo. Que les enseñen a los demás dónde buscar.
—¿A todos? —dijo Lucian—. ¿También a Draven?
Tharion lo miró.
—¿Draven es de Hierro?
—Sí.
—Entonces también.
*
Draven aprendió. Aprendió rápido, porque era listo, y aprendió sin dar las gracias, porque era Draven.
Sevrik aprendió mirando a Draven. Y la Compañía de Hierro pasó el invierno más duro de Valdyr con las manos azules de buscar bayas bajo el hielo y los cuerpos tibios por dentro, y en la fortaleza se empezó a decir, primero en broma y después no, que la cabaña siete era la que había que seguir.
Fue también el invierno en que Alberion dejó de tener miedo de los lobos.
No fue de golpe. Fue una noche de guardia en la empalizada, con Bastos dormido al lado contra las reglas y la luna entera sobre la nieve, cuando vio a uno.
Estaba solo, en la ladera, a cien pasos, sentado como se sientan los perros, mirando las cabras.
Alberion lo miró con esos ojos suyos y vio el pecho blanco, y vio que estaba más flaco de lo que debería, y vio, cuando el lobo se levantó para irse, que la pata trasera izquierda no apoyaba del todo.
Se le fue el aire.
No podía ser. Estaban a tres días de su aldea. Pero los lobos de escarcha caminan tres días en uno, y la manada que había bajado ese verano a su pradera no había vuelto a subir, y un lobo cojo que no puede cazar con los demás se va detrás de lo que sea que huela a comida fácil.
El lobo se fue. Alberion no despertó a Bastos. Se quedó mirando la ladera vacía hasta que terminó la guardia, y al día siguiente, cuando le tocó la ración de carne, no se la comió.
*
La dejó en la ladera. Lejos de la empalizada, en una roca, al atardecer, donde el viento llevara el olor hacia arriba. Y se sentó a cincuenta pasos, en la nieve, solo, contra las reglas, con una baya de hielo en la boca para aguantar el frío.
Esperó dos horas. No vino nadie.
La segunda noche dejó la carne y esperó tres. A la tercera, Ikki lo descubrió.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Llevas tres noches haciendo nada en la misma roca. —Ikki se sentó a su lado—. ¿Es el cojo?
Alberion lo miró.
—¿Lo viste?
—Yo veo todo lo que está más arriba. —Ikki miró la ladera—. Tharion dijo que a los desesperados se les deja un camino.
—No le estoy dejando un camino. Le estoy dejando comida.
—Es lo mismo. —Ikki se encogió de hombros—. Para un lobo, la comida es el camino.
Esa noche tampoco vino. Pero a la mañana siguiente la carne no estaba, y en la nieve alrededor de la roca había huellas del tamaño de una mano abierta, y una de las cuatro se marcaba menos que las otras tres.
*
Lo que pasó después tardó un mes, y Alberion no se lo contó a nadie más que a Ikki, y Ikki no se lo contó a nadie, lo cual era en él un sacrificio enorme.
Cada noche, la carne en la roca. Cada noche, Alberion diez pasos más cerca.
La primera semana el lobo venía cuando él ya se había ido.
La segunda, venía cuando él todavía estaba, a cien pasos, y comía mirándolo, y se iba.
La tercera, a cincuenta. La cuarta, Alberion dejó la carne a sus pies, en la nieve, y se sentó, y esperó.
El lobo bajó la ladera. Cojeando. Con el pecho blanco y los ojos pálidos con esa luz atrás.
Se detuvo a diez pasos. A cinco. Alberion no se movió; no por valor, sino porque había entendido, a fuerza de mirar, que moverse era lo único que no debía hacer.
El lobo olió la carne. Lo olió a él. Se quedó así, con la cabeza baja, un tiempo que a Alberion le pareció toda su vida.
Y comió.
Comió a cinco pasos de él, sin dejar de mirarlo, y cuando terminó se sentó en la nieve, con la pata mala estirada, y lo miró, y Alberion vio en esos ojos pálidos exactamente lo que había visto en la pradera, cuando el lobo había mirado hacia arriba a la sombra que le caía encima: no maldad.
Hambre, y algo detrás del hambre que no sabía nombrar y que se parecía a lo que él mismo había sentido en la puerta del norte.
—No eres malo —dijo, en voz muy baja—. Solo estás solo.
El lobo movió una oreja.
Y se fue. Pero a la noche siguiente volvió, y ya no se sentó a cinco pasos. Se sentó a dos.
*
Tharion lo supo. Alberion no supo nunca cómo, pero Tharion lo sabía todo, y una tarde, sin venir a cuento, mientras revisaban las púas de las botas, dijo:
—El de la pata.
Alberion se quedó quieto.
—Señor.
—¿Lo has tocado?
—No.
—Bien. No lo toques hasta que él te toque a ti. Y cuando lo haga, no le des de comer ese día. —Tharion siguió revisando púas—. Para que sepa que no viene por la carne.
Alberion no entendió hasta mucho después lo que Tharion le estaba diciendo, que no era sobre lobos.
Y esa primavera, cuando el día volvió a durar y el glaciar empezó a crujir otra vez, el lobo cojo le puso el hocico en la mano una noche, sin que nadie lo viera, y Alberion no le dio de comer, y el lobo se quedó de todos modos.