Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo VII — El glaciar
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Capítulo VII — El glaciar

Capítulo VII — El glaciar

Los nueve días los contó Bastos. Los contó en voz alta cada mañana, como si al decir el número fuera a hacerlo más chico, y cuando llegó al noveno y vio lo que había al final del camino, dejó de contar y dejó de hablar, que era lo más parecido a un milagro que la Compañía de Hierro había visto hasta entonces.

Era el Campo Blanco. Así le decían los de Valdyr, sin más adorno, a la base de la Academia en la nieve: una fortaleza de piedra gris construida en el fondo de un valle, con los muros tan gruesos que las ventanas eran túneles, y detrás de la fortaleza, llenando el valle entero hasta donde se perdía la vista, el glaciar.

Alberion había crecido en la montaña y había visto nieve toda su vida.

No había visto esto. El glaciar no era nieve.

Era un río detenido. Un río de hielo de una legua de ancho, azul por dentro y blanco por fuera, que bajaba de las cumbres con una lentitud que no se veía pero se sentía, como si el valle entero estuviera respirando una vez cada cien años.

Tenía grietas. Tenía torres de hielo del tamaño de casas, inclinadas, a punto de caer desde hacía siglos.

Tenía, en los bordes, donde el hielo se encontraba con la roca, un sonido continuo, de crujidos y gotas y pequeños derrumbes, que al principio asustaba y que después de una semana uno ya no oía, como el mar.

—No —dijo Bastos, por fin, en el noveno día, de pie al borde del valle con el abrigo de piel hasta las orejas—. No, no, no.

—Sí —dijo Tharion, sin volverse—. Bienvenidos a mi casa.

*

El primer mes fue de no morirse.

Así lo dijo Tharion, con esas palabras, el primer día, y nadie se rio porque al tercer día ya nadie tenía ganas de reírse.

Les enseñaron a vestirse, que era cosa más complicada de lo que parecía: capas, no bultos; la lana contra la piel y la piel contra el viento; nunca sudar, porque el sudor se congela.

Les enseñaron a caminar en la nieve blanda sin hundirse hasta la cadera, con unas raquetas de madera y tendón que Ikki dominó en una hora y Bastos en tres semanas.

Les enseñaron a hacer fuego con las manos entumecidas, a reconocer la nieve que aguanta y la que no por el color y por el sonido, a dormir en una cueva de nieve cavada por ellos mismos, y a no tocar nunca el metal con la piel desnuda, cosa que Lucian aprendió perdiendo un trozo de piel del pulgar en la hoja del cuchillo y aullando de un modo que Tharion calificó de instructivo.

Y les enseñaron a mirar.

Porque el valle, cuando uno dejaba de tener miedo del frío, era un lugar lleno de cosas.

Había liebres blancas que no se veían hasta que corrían.

Había un búho enorme, gris, que vivía en la torre de la fortaleza y cazaba de día.

Había, en la ladera sur, donde el sol pegaba más, una familia de cabras de pelo largo que bajaban a comer el liquen y que no le tenían miedo a nadie.

Había huellas, muchas, en la nieve fresca de cada mañana: de zorro, de liebre, de algo con pezuña que Eduart tardó dos semanas en identificar como un ciervo de las nieves, un animal del tamaño de un caballo que ninguno vio nunca entero, solo las huellas y una vez, al atardecer, una sombra con cuernos en la cresta de una loma.

Y había lobos.

Los oían de noche. Lejos al principio, y después no tan lejos. Tharion les dijo lo que Alberion ya sabía: que los lobos de escarcha no bajaban al valle de la fortaleza porque había gente, y que no eran malos, y que un lobo solo nunca ataca a un grupo. Y les dijo algo más, que Alberion no sabía:

—Si un lobo los mira y no se va, es porque tiene hambre.

Si tiene hambre, está solo. Y si está solo, es porque la manada lo dejó.

Un lobo así no es un enemigo. Es un desesperado.

A los desesperados no se les da la espalda ni se les tira piedras.

Se les deja un camino para irse. Casi siempre lo toman.

Alberion pensó en el lobo cojo de la pradera. En el barro del pecho. En cómo había mirado hacia arriba, a la sombra, con los ojos pálidos muy abiertos, antes de irse.

—¿Y si no lo toman? —preguntó Draven, desde el fondo.

—Entonces el que decide eres tú —dijo Tharion—. Y vas a cargar con lo que decidas.

*

El segundo mes empezó el glaciar.

Primero, el borde: caminar sobre el hielo de verdad, con unas púas de hierro atadas a las botas, aprendiendo a clavarlas, a no deslizar, a sentir con el pie cuándo el hielo era sólido y cuándo era una costra sobre nada.

Tharion caminaba delante, sin cuerda, con la soltura de alguien que lo lleva haciendo treinta años, y se detenía cada tanto para señalar con el bastón: “Ahí no. Ahí sí. Ahí tampoco, y el que me diga por qué, no hace guardia esta noche”.

Alberion casi siempre podía decir por qué.

No lo decía. Lo había aprendido en la pradera con el pastor y en la explanada con el bloque de hielo: que ver más que los demás era una cosa que convenía guardarse hasta saber para qué servía.

Pero Tharion lo miraba. Lo miraba cada vez que pasaba una grieta, y Alberion sabía que sabía.

Fue en el segundo mes cuando Ikki descubrió el tarn.

Un tarn es un lago pequeño que el glaciar deja en un hueco de la roca cuando se retira, y este estaba a media legua ladera arriba, escondido detrás de una cresta, congelado por encima y de un azul tan oscuro que parecía negro.

Ikki lo encontró porque Ikki encontraba todo lo que estaba más arriba de donde debía estar, y lo primero que hizo al volver fue no contárselo a nadie salvo a Alberion.

—Hay un lago.

—¿Y?

—Y está congelado. Y es liso. Y tiene como doscientos pasos de ancho. —Ikki tenía esa cara—. ¿Corres?

*

Fue una tontería. Los dos lo sabían mientras subían, al atardecer, cuando Tharion y Elindra creían que estaban en la fortaleza partiendo leña.

Lo sabían cuando llegaron a la cresta y vieron el tarn allá abajo, redondo y oscuro, con la nieve soplada por el viento dejando ver el hielo negro en el centro.

Lo sabían cuando se quitaron las raquetas y se pusieron en el borde.

—De aquí a la roca de enfrente —dijo Ikki—. Sin púas. Sin avisar.

—Sin avisar.

Y corrieron.

Correr sobre hielo liso sin púas no es correr; es una especie de caída controlada hacia adelante.

Ikki lo hacía bien, bajo, con los pies rápidos, como una cabra.

Alberion lo hacía mal, pero era más largo de piernas, y a los cincuenta pasos iban iguales, y a los cien Alberion iba adelante por primera vez en dos meses, riéndose con la boca abierta, con el frío entrando hasta los pulmones, viendo con esos ojos suyos la roca de enfrente, el reflejo del cielo naranja en el hielo, el pelo negro de Ikki a su izquierda—

y la veta.

La vio de golpe. Una línea más oscura en el hielo oscuro, ancha como un dedo, que cruzaba el tarn en diagonal, treinta pasos adelante, y que no era una grieta todavía pero era por donde el hielo quería romperse.

La vio como había visto el viento en el pasto: no la línea, lo que había debajo.

El lago no estaba congelado hasta el fondo.

Estaba congelado por encima de un agua negra que se movía.

—¡Ikki, para!

Ikki no paró. Ikki, por supuesto, aceleró, porque un aviso de Alberion solo podía significar una cosa: que Alberion quería ganar.

Y pisó la veta.

El sonido fue como un látigo. Un chasquido seco que corrió por el tarn entero de un extremo al otro, y después el hielo bajo Ikki se abrió en una boca negra, y él desapareció.

*

Lo que Alberion hizo después lo hizo sin pensar, y después, cuando lo pensó, no le gustó lo que vio, porque fue estúpido.

Se tiró de bruces y se arrastró hasta el borde del agujero.

El agua estaba negra y Ikki estaba en ella, con la cara blanca, con las manos agarrándose a un borde de hielo que se rompía cada vez que se agarraba, sin poder gritar porque el frío le había cerrado el pecho.

Alberion le tendió el brazo. Ikki se lo agarró.

Y Alberion sintió que el hielo bajo su propio pecho crujía, y vio, con esos ojos suyos, la segunda veta, que salía del agujero y pasaba exactamente por debajo de él.

No podía tirar. Si tiraba, se iba con él.

No podía soltar. Si soltaba, Ikki se iba solo.

Se quedó así, con el brazo estirado, con Ikki colgando del agua, con la veta crujiendo debajo, y pensó, con una claridad helada: “Esto es lo que dijo Tharion. Ahí te quedas”. Y pensó en su madre. Y pensó que la cinta se pierde una vez.

Y entonces algo lo agarró por los tobillos.

—¡NO SUELTES! —rugió una voz que no podía ser de nadie más—. ¡NO SUELTES, QUE TE TENGO!

Era Bastos. Bastos, que no sabía caminar en la nieve, que había subido la ladera en raquetas detrás de ellos porque los había visto salir y porque “cuando dos se van sin decir nada, es que van a hacer una tontería, y las tonterías son mejores de a tres”.

Bastos tumbado de bruces en el hielo, con sus manos de piedra cerradas en los tobillos de Alberion, y detrás de Bastos, Alberion lo supo por el sonido, otro par de manos en los tobillos de Bastos, y una voz de Lucian diciendo algo que no era un chiste.

Tiraron. Tiraron los tres como una sola cadena, y Alberion sintió que se deslizaba hacia atrás sobre el hielo, y que Ikki salía del agua centímetro a centímetro, primero los hombros, después el pecho, después, de golpe, entero, como un corcho, y se quedaron los cuatro tirados en el hielo lejos del agujero, jadeando, con Ikki temblando de un modo que no parecía humano y Bastos encima de él frotándolo con las dos manos como si quisiera encenderlo.

—Hay que quitarle la ropa —dijo Eduart.

Estaba ahí. Nadie lo había visto llegar. Estaba de pie, con las raquetas puestas, con la cara muy seria, sacando una manta de la mochila que había traído porque Eduart siempre traía lo que iba a hacer falta.

—Hay que quitarle la ropa mojada y meterlo en la manta y bajar ya. Ahora. Antes de que oscurezca.

Lo hicieron. Y bajaron. Y Alberion llevó a Ikki a la espalda la mitad del camino y Bastos la otra mitad, y Lucian iba delante abriendo huella y diciendo, por fin, chistes, malos, uno tras otro, sin parar, porque alguien tenía que hacer ruido en esa ladera para que Ikki no se durmiera.

*

Tharion los estaba esperando en la puerta de la fortaleza.

No gritó. Miró a Ikki, que ya tenía color en la cara y una cara de vergüenza que no se le había visto nunca, y dijo: “Adentro, junto al fuego, caldo caliente, Elindra”.

Y después miró a los otros cuatro, uno por uno, y se detuvo en Alberion.

—¿Quién tuvo la idea?

—Yo —dijo Ikki desde la puerta, con los dientes castañeteando—. Fui yo.

—No te pregunté a ti. —Tharion seguía mirando a Alberion—. ¿Quién tuvo la idea?

Alberion tragó.

—Él. Pero yo corrí.

—¿Y viste la veta?

Silencio.

—Sí.

—¿Antes de que la pisara?

—Sí.

—¿Y por qué no la vio él?

—Porque… —Alberion buscó—. Porque yo la veo y él no. Porque yo veo cosas.

Tharion asintió, muy despacio.

—Entonces la culpa es tuya. —Lo dijo sin crueldad, como quien explica una cuenta—.

No por correr. Por no entender para qué sirve lo que tienes.

Tú ves la veta. Él no. Entonces tú vas delante, o no van.

Eso es lo que significa ver. No es un regalo.

Es un trabajo. —Se volvió hacia la puerta—.

Mañana, los cinco, guardia doble. Y Alberion.

—Señor.

—Lo del brazo estirado. Lo de no soltar. —Tharion no se volvió—. Eso estuvo bien.

*

Esa noche, junto a la estufa, con Ikki envuelto en tres mantas y Bastos dormido en el suelo al lado de él como un perro grande, Ikki habló por primera vez desde el tarn.

—Me avisaste.

—Sí.

—Y no te hice caso.

—No.

Ikki miró el fuego un rato.

—Nueva regla —dijo—. Si me avisas, vale. Si yo te aviso, vale. Pero la carrera sigue.

—¿Siempre?

—Siempre. —Y después, más bajo—: Gracias.

Alberion no dijo nada. No hacía falta. Pero esa noche, antes de dormirse, pensó en lo que su madre le había dicho en la puerta del norte, lo de los que darían la vida sin pensarlo, y por primera vez tuvo nombres.

Tenía tres. Y uno más que había llegado al tarn al final, con la manta, lo cual, bien mirado, era lo mismo.