Capítulo VI — Los cinco maestros
Capítulo VI — Los cinco maestros
A las cinco de la mañana el claro estaba oscuro, húmedo y lleno de muchachos a medio vestir, y Alberion había perdido la carrera.
La había perdido por una razón que no podía admitir: Ikki no había bajado de la viga a dormir, y a las cuatro y media, sin hacer ruido, se había descolgado por la ventana.
Cuando Alberion abrió los ojos, el catre de Ikki estaba vacío e intacto, y afuera, en el centro de la explanada, un muchacho bajo y fibroso estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, solo, mirando la puerta de la cabaña con una sonrisa que se veía desde ahí.
—Trampa —dijo Alberion al llegar.
—Ventaja —dijo Ikki—. Es distinto.
Formaron en filas de cinco, por cabaña, treinta cabañas, y esperaron.
Hacía frío, un frío de bosque, pegajoso, distinto del frío seco de la montaña, y Alberion vio que los del desierto temblaban más que nadie y que los del mar se abrazaban a sí mismos y maldecían bajito.
Bastos había comido un fruto de fuego antes de salir y era el único que sudaba.
A las cinco en punto, por el camino que venía de Aurenthal, llegaron los maestros.
*
Venían a caballo, los cinco, y detrás de ellos la capitana Elindra a pie, y el sol todavía no había salido, así que lo primero que se vio de ellos fue el color.
Alberion los había visto el día de la ceremonia, con capas, de lejos. Esto era otra cosa. Esto eran armaduras.
El primero era el enorme, el de Valdyr. Ahora Alberion sabía su nombre porque Eduart lo sabía: Tharion, Caballero de la Nieve.
Venía sobre un caballo blanco de patas gruesas, de los que en Valdyr se usan para arrastrar troncos, y la armadura que llevaba era blanca.
No blanca como una pared; blanca como el hielo viejo, con un fondo azulado, y en los bordes de las placas, donde la luz pegaba, parecía tener escarcha de verdad.
Le cubría el pecho, los hombros, los brazos, hasta las manos, y aun así se movía con ella como si fuera lana.
Sobre los hombros, una capa blanca. En las dos hombreras, un animal grabado: un lobo con la cabeza baja.
Detrás, sobre un caballo bayo y nervioso, el rapado del desierto: Kael.
Su armadura era dorada, pero no de oro; de un dorado quemado, como arena al atardecer, y las placas eran más delgadas y estaban más abiertas que las de Tharion, dejando ver los antebrazos, que tenía cubiertos de cicatrices de quemaduras viejas, brillantes, de las que uno no se tapa.
Capa dorada. En las hombreras, un escorpión.
El tercero era un hombre de unos treinta y ocho años, canoso, con una cara de buen humor que no se le quitaba ni formado, que venía sobre un caballo gris y llevaba una armadura azul: azul de mar profundo, con un brillo verdoso en los bordes como el de las olas cuando se levantan.
Malrik, Caballero del Mar. Las placas de su armadura eran más pequeñas y se superponían como escamas, y cuando el caballo se movía, la armadura entera parecía ondular.
Capa azul. En las hombreras, un pez de aletas largas.
La cuarta era una mujer. Alta, de pelo castaño muy corto, con la cara de alguien que no dice nada que no haga falta.
Su armadura era verde, de un verde oscuro de hoja vieja, y era la más distinta de todas: no tenía placas, o no parecía tenerlas; era como una piel de corteza, con las junturas escondidas, y en los hombros, en vez de hombreras de metal, tenía algo que parecía musgo, y que después supieron que no lo parecía.
Se llamaba Aurelia, pero en el campamento nadie la llamaba así; era la Caballera del Bosque, y punto. Capa verde. En los hombros, un zorro.
Y el último era joven, rubio, delgado, de unos treinta y cinco años, con los ojos siempre un poco por encima de la cabeza de uno, como si estuviera mirando algo que pasaba por arriba.
Aerion, Caballero del Aire. Venía sobre un caballo pequeño y gris que caminaba sin hacer ruido, y su armadura era plateada: plata mate, sin brillo, de placas tan delgadas que a Alberion le pareció que no podían proteger de nada, y que después supo que protegían de lo único que importaba allá arriba.
Capa plateada. En las hombreras, un pájaro con la cola larga.
Se detuvieron frente a las filas. Bajaron de los caballos.
Y Alberion, que había crecido oyendo a su madre nombrar los colores como los dedos de una mano, entendió por primera vez que no eran colores.
Eran lugares. Cada uno de esos cinco hombres y mujeres llevaba puesto, literalmente, el sitio del que venía.
*
Fue Tharion quien habló. Tenía la voz que Alberion recordaba de la selección, una voz que venía de abajo, y hablaba tan despacio que cada palabra tenía tiempo de llegar.
—Compañía de Hierro. Soy Tharion. Este año es mío.
Esperó. No parecía que estuviera esperando nada; parecía que así hablaba.
—Van a pasar un año en Valdyr. Van a tener frío.
Van a tener más frío del que creen que se puede tener.
Algunos de ustedes creen que conocen el frío.
—Miró, sin prisa, hacia donde estaban los de la nieve, y a Alberion le pareció que se detenía en él un momento—.
No lo conocen. El frío que conocen es el de su casa, con un fuego atrás. Van a conocer el otro.
Nadie se rio. Nadie se movió.
—Hay cinco reinos y cinco maestros. Cada año, uno.
El orden de su compañía es nieve, desierto, mar, bosque, aire.
Los demás maestros están aquí para que les vean la cara, porque dentro de cinco años, cuando levanten una espada, si la levantan, van a ser de uno de nosotros.
Pero este año soy yo. —Se volvió a medias hacia los otros cuatro—. Ellos se van hoy.
Kael, el del desierto, dio un paso adelante y habló como si estuviera en una plaza, con los brazos cruzados sobre el dorado.
—Yo los veo en un año. Los que lleguen. —Sonrió, y era una sonrisa que gritaba—. Lleguen.
Malrik se rio y no dijo nada. La Caballera del Bosque inclinó la cabeza un dedo. Aerion miró al cielo, y después a ellos, y dijo, con una voz suave que casi no se oyó:
—Hay cosas que solo se ven desde arriba. Hasta entonces, miren hacia arriba de vez en cuando.
Y montaron, los cuatro, y se fueron por el camino, y los colores se apagaron entre los árboles uno a uno, dorado, azul, verde, plata, hasta que solo quedó el blanco.
*
Lo que Tharion hizo después no lo esperaba nadie.
Se quitó la armadura.
Ahí mismo, en la explanada, con la ayuda de Elindra, pieza por pieza: los guanteletes, los brazales, las hombreras con el lobo, el peto, la espaldera.
Las fue dejando en el suelo, sobre la capa extendida, con un cuidado que no cuadraba con el tamaño de sus manos.
Y cuando terminó, quedó de pie delante de ciento cincuenta muchachos con una camisa de lana gris, un pantalón de cuero y unas botas, exactamente igual que ellos, salvo que era dos veces más grande.
—Esto —dijo, y señaló las piezas en el suelo— no me lo gané.
Me lo dieron. Me lo dieron el día en que levanté una espada de una roca, hace treinta años, y una mujer que ya murió me dijo: “Es tuya. Ahora averigua por qué”.
—Levantó el peto con una mano, como si no pesara—.
Está hecha de hierro de Valdyr, templado en agua de glaciar, con una planta que crece debajo del hielo y que ustedes van a conocer.
Por eso es blanca. Por eso no se enfría.
Un hombre con esto puesto puede dormir en la nieve.
—La dejó en el suelo otra vez—. Ninguno de ustedes la va a tocar en cinco años.
Cuando levanten su espada, les darán la suya.
Hasta entonces, cuero gris. Como yo ahora.
Miró las filas.
—Mañana salimos a Valdyr. A pie. Son nueve días. El que no aguante los nueve días no aguanta el año. Elindra.
—Hierro, rompan filas. Desayuno. Después, almacén.
*
El almacén esa mañana era otro. Los dos hombres de las agujas curvas tenían, apiladas hasta el techo, las cosas de la nieve: abrigos de piel por fuera y lana por dentro, gorros, guantes de dos capas, botas altas de fieltro con la suela de cuero crudo, bufandas, unas gafas de madera con una ranura estrecha para la nieve, que Eduart reconoció de un libro y los demás no.
Alberion se puso el abrigo nuevo encima del suyo, el de su madre, y se dio cuenta de que no cabían los dos. Se quedó un momento con el de Yira en las manos.
—Guárdalo en la mochila —dijo Lucian, que lo había visto—. Lo vas a tener el año que viene.
—En el desierto no hace falta abrigo.
—Entonces lo vas a tener dentro de dos. —Lucian se encogió de hombros con un abrigo de piel que le quedaba enorme—. ¿Qué más da? Es tuyo.
Alberion lo dobló con el bolsillo de la flor hacia adentro, lo metió al fondo de la mochila.
*
Esa tarde, la última antes de salir, Tharion los reunió en el claro para una sola cosa.
Trajeron un bloque de hielo. Un bloque de verdad, del tamaño de una mesa, que dos hombres habían subido en una carreta desde la bodega fría de Aurenthal, y lo pusieron en el centro de la explanada, y Tharion se paró al lado.
—Pongan la mano.
Lo hicieron, de a cinco, cabaña por cabaña.
La mano abierta sobre el hielo. Cinco segundos.
Diez. Al llegar a veinte casi todos la retiraban.
Draven aguantó treinta, mirando alrededor para que lo vieran.
Bastos aguantó treinta y uno, mirando a Draven.
Ikki aguantó lo que quiso y después dijo que se aburría.
Eduart retiró la mano a los quince y apuntó algo.
Cuando le tocó a Alberion, puso la mano y sintió lo que había sentido toda la vida: frío.
Y después, algo más. Que el hielo no era liso.
Tenía, debajo de la palma, una textura de grietas finísimas, de burbujas atrapadas, de líneas que iban en una dirección, como las vetas de la madera. Como si hubiera crecido.
—¿Qué sientes? —dijo Tharion, que no le había preguntado eso a nadie.
—Que tiene vetas —dijo Alberion sin pensar—. Como un árbol.
Tharion no dijo nada. Pero Alberion, que tenía buenos ojos, vio que miraba a Elindra, y que Elindra no miraba a nadie, con mucha atención.
—El hielo —dijo Tharion a todos, cuando el último retiró la mano— no es agua dura.
Es agua que decidió quedarse. Tiene memoria.
Tiene forma. Tiene lugares por donde se rompe y lugares por donde no.
El que aprenda a leerlo cruza un glaciar.
El que no, se cae en una grieta y ahí se queda. Este año aprenden a leerlo. Duerman.
*
Esa noche Bastos no roncó. Alberion lo oyó darse la vuelta tres veces y después decir, en la oscuridad, bajito, cosa rara en él:
—Nueve días.
—Nueve días —dijo Lucian.
—Yo nunca he visto la nieve.
Silencio.
—Es blanca —dijo Ikki desde la viga—. Y fría. Ya está. Duérmete.
—¿Y de qué está hecha?
Nadie supo contestar. Entonces Alberion, que la había pisado toda la vida, dijo lo primero que le vino:
—De lo que no se derritió.
Bastos lo pensó un rato.
—Me gusta —dijo. Y se durmió.
Y en algún lugar entre el claro y la montaña, nueve días hacia el norte, un hombre con cara de ochenta años y manos de pala estaba sentado en una roca a la luz de la luna, con tres ovejas y un pájaro enorme, mirando el camino por donde iban a venir.