Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo V — Compañía de Hierro
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Capítulo V — Compañía de Hierro

Capítulo V — Compañía de Hierro

Corrieron.

No fue una carrera limpia. Ikki salió primero, sin avisar, y Alberion tardó tres pasos en entender que ya habían empezado; después fue el camino, que salía de la puerta del norte y doblaba hacia el oeste bordeando la muralla, lleno de muchachos de doce años que iban en la misma dirección a paso de muchachos de doce años, y había que esquivarlos.

Ikki los esquivaba como el agua esquiva las piedras.

Alberion los esquivaba como alguien grande: pidiendo permiso con el cuerpo.

Cuando el camino entró en el bosque, Ikki le llevaba treinta pasos.

Y entonces Alberion vio el bosque.

No era un bosque como los de Valdyr, de pinos rectos y suelo limpio.

Era un bosque que se había tomado su tiempo.

Los árboles eran anchos como casas, de corteza oscura cubierta de musgo, y se levantaban tanto que las copas se perdían en una luz verde que no parecía venir del cielo sino de las propias hojas.

Entre los troncos había helechos de la altura de un hombre, y flores que colgaban de lianas como campanas rojas, y un silencio raro, lleno de ruidos pequeños, que hacía que uno bajara la voz sin que nadie se lo pidiera.

El camino era apenas una franja de tierra apisonada entre raíces del grosor de un brazo.

Alberion lo vio todo en un segundo, con esos ojos suyos, y vio otra cosa más: una raíz que cruzaba el camino cuarenta pasos adelante, justo donde la luz verde se volvía sombra, y que Ikki no iba a ver.

—¡Raíz! —gritó.

Ikki saltó sin mirar. Pasó. Y a los diez pasos se detuvo, se dio la vuelta, y se quedó mirando a Alberion con una cara que no era de agradecimiento sino de pura ofensa.

—¿Por qué me avisaste?

Alberion llegó hasta él, jadeando.

—Porque te ibas a caer.

—Ya sé que me iba a caer. Era mi caída. —Ikki lo miró de arriba abajo, con una seriedad enorme—. Si me avisas, no vale. Si yo te aviso, no vale. ¿Entendido?

—No.

—Bien. —Ikki echó a correr otra vez—. Ya lo vas a entender.

*

Los alcanzaron cuando ya caía la tarde, en un recodo donde el camino bajaba a un arroyo. Eran tres, y venían a paso de caminata, y se notaba que ya se conocían de hacía al menos una hora, que a los doce años es casi toda la vida.

El primero era imposible no verlo. Era un muchacho tan ancho que parecía dos, con la cabeza rapada, los hombros caídos de tanto peso que cargaban, y unas manos que colgaban como piedras.

Vestía lino claro del desierto, ya sucio, y llevaba una bolsa de la que sacaba cosas y se las comía mientras caminaba.

Iba hablando. Iba hablando en voz alta, sin parar, de algo que tenía que ver con un camello, y los otros dos lo escuchaban con la expresión de quien ha renunciado a interrumpir.

El segundo era mediano, delgado, con el pelo castaño lacio metido en los ojos, y caminaba un poco apartado, con un cuaderno abierto en una mano y un trozo de carbón en la otra, escribiendo mientras andaba sin tropezar nunca.

Vestía de verde y marrón, como los del bosque, y de vez en cuando levantaba la cabeza, miraba un árbol, y volvía a escribir.

Y el tercero era rubio, con una sonrisa que ya tenía puesta antes de ver a nadie, con la camisa abierta de los del mar y una manera de caminar como si el camino fuera suyo y les estuviera haciendo el favor de prestarlo. Fue él quien los vio primero.

—¡Ahí vienen dos más! —gritó, como si los estuviera esperando—.

Bienvenidos, caballeros. Están ustedes en presencia de Bastos de Zareth, que lleva una hora contándonos de un camello; de Eduart de Sylvar, que está apuntando todo lo que dice Bastos para usarlo en su contra; y del hombre más apuesto de Thalassar, que es un servidor.

Lucian. —Hizo una reverencia—. ¿Ustedes quiénes son y por qué corren?

—Ikki. Corremos porque él es lento.

—Alberion. Corremos porque él hace trampa.

El grandote, Bastos, se detuvo de golpe y los miró, masticando.

—¿Hierro?

—Hierro.

—¡Hierro! —Bastos levantó los dos puños al cielo y dejó caer la bolsa—.

¡Somos cinco! ¡Nos dijeron que éramos cinco por cabaña y ya estamos los cinco!

—Se acercó a Alberion con la mano abierta, y Alberion pensó que le iba a dar un apretón, y lo que recibió fue una palmada en la espalda que lo dobló—.

Eres grande. Bien. Yo soy más grande. Mejor. ¿Comes?

—¿Qué?

—Que si comes. —Bastos recogió la bolsa y le sacó algo que parecía un dátil seco del tamaño de un puño—. Esto es de mi tierra. Se llama fruto de fuego. Come.

Alberion mordió. Era dulce. Después, un segundo después, era como si alguien le hubiera prendido una fogata en la lengua. Tosió. Se le llenaron los ojos de agua. Bastos se rio con una risa que hizo volar pájaros de un árbol cercano.

—¡Aguanta! ¡Aguanta, que después viene lo bueno!

Y vino lo bueno: el fuego bajó, y detrás dejó un calor en el pecho que le llegó hasta los dedos de los pies y le quitó el frío del bosque de golpe.

—¿Ves? —dijo Bastos—. En el desierto, de noche, hace un frío que ustedes los de la nieve no se imaginan. Con uno de estos no hace falta manta.

Eduart, el del cuaderno, había dejado de escribir y lo miraba.

—¿Cuántos se pueden comer seguidos?

—Yo me comí seis una vez.

—¿Y qué pasó?

Bastos lo pensó.

—Me dormí en una duna y me desperté en otra.

Eduart escribió eso.

*

Llegaron al campamento con la última luz, los cinco juntos, porque en el último tramo Ikki había declarado que la carrera estaba suspendida hasta nuevo aviso y Alberion había aceptado con dignidad.

El campamento de la Compañía de Hierro no era lo que Alberion había imaginado.

Había imaginado algo como un castillo pequeño.

Lo que había era un claro grande en el bosque, de pasto corto, con un círculo de cabañas de madera oscura alrededor, unas treinta, todas iguales, con el techo de tablas y una puerta; en el centro, una explanada de tierra apisonada; en un lado, un edificio largo y bajo que resultó ser el comedor; en otro, un pozo; y detrás de todo, pegado al bosque, un cobertizo enorme con el frente abierto del que salía un olor a cuero y a aceite.

Y muchachos. Ciento cincuenta, les dijeron después. Ciento cincuenta muchachos de doce años de los cinco reinos, llegando por el camino en grupos de dos, de cinco, de siete, con las caras de haber corrido o de haber caminado, y todos con la misma expresión de no saber todavía dónde estaban.

Los recibió una mujer. Era alta, delgada, de unos cuarenta años, con el pelo rubio cortado a la altura de la mandíbula, un uniforme de cuero gris sin un pliegue fuera de sitio, y una hombrera en el brazo izquierdo con un animal grabado que Alberion no distinguió a esa distancia.

Estaba de pie en el centro de la explanada y no gritaba.

No hacía falta. Tenía una voz que cortaba.

—Compañía de Hierro. Soy la capitana Elindra, de Sylvar.

Durante los próximos cinco años, lo que les pase les pasa a mi cargo.

Me van a odiar. Está bien. Me pagan para eso.

—Esperó a que las risas, que fueron pocas, se apagaran—.

Van a entrar a ese cobertizo de a cinco, por cabaña, y van a salir con lo que les corresponde.

Después van a su cabaña, dejan sus cosas, y vienen al comedor.

Mañana a las cinco los quiero aquí formados.

El que no esté a las cinco, no está. Hierro, adelante.

*

El cobertizo era el almacén, y lo que les correspondía era lo siguiente: un uniforme de cuero gris, con pantalón, chaqueta y botas, hecho a ojo según la estatura y arreglado ahí mismo por dos hombres con agujas curvas que no hablaban; una camisa de lana gris; un cinturón; un cuchillo corto de hoja negra que no cortaba nada todavía porque el filo lo iban a ganar ellos; una manta; un cuenco; y una cinta.

La cinta era lo único que no era gris. Era de tela, del ancho de dos dedos, y se ataba en el brazo izquierdo, encima de la chaqueta. La de ellos era de un gris más claro, casi plata vieja.

—Hierro —dijo el hombre que se la ató a Alberion, sin mirarlo—. Acero es azul. Piedra, ocre. Bronce, cobre. Fuego, rojo. Cinco compañías, un año cada una en cada reino, el orden cambia. Ustedes empiezan por la nieve. No pierdan la cinta. La cinta se pierde una vez.

—¿Y si se pierde?

El hombre lo miró por primera vez.

—Vuelves a casa.

En el brazo, debajo de la cinta, había una tira de cuero con cinco agujeros vacíos. Alberion la tocó.

—Para las medallas —dijo Eduart a su lado, en voz baja, sin que nadie se lo hubiera explicado—. Una por año. Blanca para la nieve. Están en el libro de la selección, lo leí en la fila.

Lucian, que estaba del otro lado, se inclinó hacia él.

—¿Tú lees en las filas?

—Leo en todas partes.

—Qué horror. —Lucian se ató su cinta con una floritura—. Vamos a ser muy amigos.

*

La cabaña era un cuarto de madera con cinco catres, cinco clavos en la pared para colgar la ropa, una ventana pequeña y una estufa de hierro que no estaba prendida.

Bastos se tiró en el catre más cercano a la puerta sin preguntar a nadie, y la cabaña entera crujió.

Ikki miró el techo, encontró una viga, y en dos movimientos ya estaba sentado en ella con las piernas colgando.

—Baja de ahí —dijo Eduart.

—¿Por qué?

—Porque alguien va a entrar y nos va a mandar a casa el primer día.

—Si entra alguien, me bajo. —Ikki se tumbó a lo largo de la viga, con una comodidad imposible—. Desde aquí se ve todo. Es como mi casa.

—¿Tu casa está en una viga?

—Mi casa está en una isla que flota. Esto es el suelo.

Alberion eligió el catre debajo de la ventana. Dejó la manta, el cuenco, el cuchillo. Metió la mano en el bolsillo interior del abrigo, tocó la flor bordada, y tocó el paquete de pan con miel. Lo sacó. Lo desenvolvió. Lo miró un momento.

Lo partió en cinco.

—Es de mi madre —dijo, y le dio un pedazo a cada uno sin esperar a que lo pidieran.

Bastos se lo comió de un bocado y dijo que estaba mejor que el fruto de fuego, lo que de él era la cosa más seria que podía decir.

Lucian lo olió primero, como un entendido, y después dijo que si la madre de Alberion hacía ese pan, él se iba a Valdyr al terminar los cinco años y se casaba con ella, y Alberion le tiró la bota.

Eduart lo comió despacio y lo apuntó. Ikki, desde la viga, estiró el brazo, tomó el suyo, y dijo, con la boca llena:

—Mañana sí vale.

—¿Qué?

—La carrera. Mañana a las cinco. Desde la cabaña a la explanada. Sin avisar.

—Sin avisar.

*

El comedor era largo, de mesas de madera y bancos, con ciento cincuenta muchachos haciendo el ruido de ciento cincuenta muchachos, y la comida era un guiso de algo con mucho pan.

Los de Hierro se sentaron juntos al final de una mesa, y fue ahí, en la primera cena, donde Alberion vio por primera vez a los otros dos.

Estaban en la mesa de enfrente. Uno era del desierto, grande, casi tanto como Bastos pero más alto y sin la redondez, con el pelo negro largo recogido atrás y una cara bonita y dura que ya sabía que era bonita y dura.

Se llamaba Draven; Alberion lo supo porque lo dijo él mismo, en voz alta, dos veces, para que lo oyera la mesa.

Comía con un codo en la mesa y miraba a los demás con una curiosidad que no era amistosa; era la de quien mide.

El otro era flaco, del mar, con el pelo claro muy pegado a la cabeza y los ojos pequeños y rápidos.

Se llamaba Sevrik. Estaba sentado al lado de Draven y se reía de lo que Draven decía un segundo antes de que Draven terminara de decirlo.

No miraba a los demás; miraba lo que los demás tenían.

Alberion lo vio contar, con los ojos, los pedazos de pan que había en la mesa de Hierro.

Draven se levantó con el cuenco vacío, caminó hacia la olla, y al pasar junto a Bastos le dio con la cadera, no fuerte, pero a propósito, y siguió sin mirar.

Bastos dejó la cuchara.

—No —dijo Eduart, sin levantar la vista del guiso.

—No he hecho nada.

—Ibas a hacerlo.

—Iba a levantarme.

—Ibas a levantarte para hacerlo. —Eduart lo miró por fin—. Primer día. Capitana Elindra. “El que no esté, no está”.

Bastos miró a Draven, que ya volvía con el cuenco lleno, sonriendo a medias. Miró a Eduart. Recogió la cuchara.

—Mañana —dijo.

—Mañana tampoco.

—Mañana lo pienso.

Lucian, que había visto todo, se acercó a Alberion y le habló bajo, con la sonrisa puesta pero sin la sonrisa en la voz.

—Ese va a ser un problema cinco años.

—¿Cuál de los dos?

Lucian lo pensó.

—El grande da miedo. —Miró a Sevrik, que seguía contando panes—. Pero el flaco me da otra cosa.

*

Esa noche, en la cabaña, con la estufa por fin prendida y Bastos roncando como un oso desde el primer minuto, Alberion se quedó un rato despierto, mirando la ventana pequeña.

Pensó en su madre, que a esa hora debía ir por la posada del segundo día, sola, caminando hacia el norte.

Pensó en la Flor de Sacuán en la ventana.

Pensó en el pastor, en la pradera, en el viento que tiene forma.

Pensó en la mirada del hombre sin capa, junto al Madrún, y en cómo se parecía a algo y no sabía a qué.

Y pensó, mientras se dormía, con el calor del fruto de fuego todavía en el pecho y las voces de cuatro desconocidos respirando en la oscuridad, que su madre le había dicho que iba a conocer a uno o dos que darían la vida por él sin pensarlo.

No sabía todavía cuáles eran. Pero por primera vez desde la puerta del norte no se sintió chico.

Afuera, muy alto, por encima del bosque, pasó una sombra grande con una cola larga que ninguno vio, salvo uno, que no dijo nada. Dio una vuelta lenta sobre el claro. Y siguió hacia el norte.