Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo IV — El Llamado
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Capítulo IV — El Llamado

Capítulo IV — El Llamado

El invierno se fue como se van los inviernos en Valdyr: sin avisar, una mañana cualquiera, cuando el agua del canalón empieza a gotear y uno se da cuenta de que lleva un rato oyéndola.

Alberion cumplió doce años en la última nevada.

Yira le hizo un pan con miel y le regaló un abrigo que había estado cosiendo a escondidas durante tres meses, de lana gris oscura, forrado por dentro, con un bolsillo interior donde le había bordado, muy pequeña, una flor de cinco pétalos.

Él la encontró con el dedo antes que con los ojos y no dijo nada, porque a los doce años uno todavía no sabe qué decir ante esas cosas, y porque ella tampoco lo miraba.

Diez días después llegó el Llamado.

Llegó como llegaba cada año a cada aldea del continente: un jinete con capa azul, el color de la Ciudad Real, que no se bajaba del caballo.

Se detenía en la plaza, si había plaza, o junto al pozo, y leía en voz alta de un pergamino los nombres de los que cumplían doce ese año.

En la aldea de Alberion eran dos: él y una muchacha llamada Brenna, hija del herrero, que era callada como el padre y a quien Alberion había visto levantar un yunque pequeño a los diez años.

El jinete leyó los dos nombres, dijo “primer día de primavera, Aurenthal, puerta del norte”, dio la vuelta al caballo y se fue.

Todo el asunto duró menos de lo que tarda en hervir el agua.

Pero la aldea entera había salido a oírlo. Y cuando el jinete se perdió entre los pinos, nadie volvió adentro enseguida. Se quedaron ahí, en el frío, mirando a los dos muchachos como se mira a alguien que ya se ha ido un poco.

*

Hay que decir algo del Llamado, porque Alberion lo había oído contar toda su vida y aun así no lo entendía del todo hasta ese día.

Era una ley vieja como el Madrún. Cada muchacho y cada muchacha de Oryndor, al cumplir los doce, iba a Aurenthal a jurar.

No todos entraban a la Academia: eso era cosa de los maestros, que miraban, preguntaban, probaban, y decidían.

Pero todos juraban. Todos ponían la mano sobre la piedra del Madrún y decían las palabras, y después, los que no eran elegidos, volvían a sus casas sabiendo que habían sido parte de algo, y los elegidos se quedaban cinco años y volvían, si volvían, convertidos en otra cosa.

Nadie estaba obligado a presentarse. No había castigo para quien no fuera.

Y sin embargo, en cuatrocientos años, los que no habían ido se contaban con los dedos de una mano, y sus nombres se recordaban más que los de muchos caballeros.

En Oryndor no te obligaban a jurar. Te dejaban elegir, y la elección era lo que te hacía tuyo el juramento.

Yira lo sabía mejor que nadie. Y por eso, los diez días que faltaban, no dijo ni una vez “no vayas”.

Solo cosió. Cosió como si el abrigo no estuviera terminado, aunque lo estaba; le añadió un cuello, le reforzó los codos, le puso un segundo bolsillo.

Cosió hasta que una noche Alberion la encontró con la aguja quieta en la mano, mirando el abrigo, y entendió que no era el abrigo lo que estaba sosteniendo.

*

Salieron de madrugada. Tres jornadas hasta Aurenthal, bajando siempre: la nieve, los pinos, las praderas bajas donde ya había flores de verdad, y después el camino ancho que venía de todo el norte y en el que, a medida que avanzaban, aparecían otras familias con otros muchachos de doce años, caminando en la misma dirección, con el mismo silencio.

Alberion iba con su madre y con Brenna y el padre de Brenna, que llevaba una mula.

Yira había cerrado la casa y le había pedido a la mujer de los Hallen que regara la Flor de Sacuán.

Caminaba al lado de su hijo sin tocarlo y sin dejar de mirarlo, y hablaba lo justo: “come”, “abrígate”, “ese charco”.

En el segundo día, en una posada del camino donde durmieron en el suelo junto a otras veinte familias, Alberion la oyó llorar, muy bajo, de espaldas, y fingió que dormía porque supo que era lo que ella quería.

El tercer día, al mediodía, el camino subió una loma y desde arriba vieron Aurenthal.

Alberion había oído describir la ciudad cien veces.

No le sirvió de nada. Nadie le había dicho que la llanura fuera tan plana, tan absolutamente plana, como si alguien hubiera pasado la mano por encima; ni que las murallas fueran de una piedra que no era dorada sino que se ponía dorada con el sol, y que a esa hora parecían hechas de luz detenida.

Ni que la ciudad fuera tan grande. Ni que detrás de la ciudad, rodeándola toda, estuviera el Bosque Sagrado como un mar verde y oscuro, tan quieto que daba la impresión de estar mirándolo a uno.

Ni que hubiera tanta gente.

Porque por los cuatro caminos, desde el norte y el sur y el este y el oeste, venían ríos de familias.

Miles. Muchachos de doce años de todos los colores de ropa que existían: los del desierto en lino claro con las caras curtidas; los del mar con las camisas abiertas, gritando entre ellos; los del bosque en verde y marrón, callados, caminando como si no pisaran; y los del este, pocos, con una ropa gris apretada al cuerpo y una forma de mirar hacia arriba todo el tiempo, como si la tierra les pareciera una costumbre rara.

Alberion se detuvo en la loma. Yira se detuvo a su lado.

—Ahí es —dijo él.

—Ahí es.

—Es más grande de lo que me contabas.

—Todo es más grande de lo que te contaba. —Yira miró la ciudad un momento más, y Alberion vio que ella también la estaba viendo por primera vez en mucho tiempo, y que le dolía—. Vamos. No vas a jurar desde aquí.

*

La ceremonia fue en la explanada entre la muralla y el bosque, donde está el Madrún.

Alberion lo vio desde lejos y supo cuál era antes de que nadie se lo dijera.

No era el árbol más grande que había visto, aunque era grande.

Era el árbol más blanco. La corteza no era de un blanco de nieve; era de un blanco de hueso viejo, de luna, de algo que ha estado ahí mucho tiempo y ha decidido quedarse.

Y aunque no era la estación de las flores, el aire a su alrededor olía a miel, débilmente, como un recuerdo.

Alrededor del árbol, en un círculo de piedra, los muchachos fueron formando filas. Los padres se quedaron atrás, detrás de una línea que nadie custodiaba y que nadie cruzaba. Yira le apretó el hombro una vez, fuerte, y lo soltó.

Y entonces Alberion vio a los que esperaban junto al árbol.

El rey estaba ahí. Haldric Vorensen, con una corona que no era más que un aro de oro sin adornos, de pie, sin trono, con la barba gris y una cara de cansancio que a Alberion, sin saber por qué, le dio confianza.

A su lado, cinco figuras con capas de colores: blanco, dorado, azul, verde, plateado.

Los maestros. Alberion no sabía todavía sus nombres, pero sabía los colores, porque su madre se los había enseñado como se enseñan los nombres de los dedos.

El de la capa blanca era enorme, de pelo blanco, y estaba tan quieto que parecía parte de la muralla.

El de la dorada tenía la cabeza rapada y los brazos cruzados y miraba las filas de muchachos como quien mira un campo que va a sembrar.

Y un paso detrás del rey, había un hombre sin capa de color.

Un hombre fornido, de hombros anchos, con una túnica que esa mañana era del gris verdoso de las primeras hojas, y un pelo que no era blanco ni oscuro sino de un color que Alberion no supo decidir, como si cambiara según uno lo mirara.

No cargaba espada. Tenía las manos cruzadas delante y una cara que no sonreía y que, sin embargo, no daba miedo.

Alberion lo miró, y algo se le movió adentro. No era que lo conociera. Era que algo en él le resultaba conocido: el modo de estar parado, de no gastar nada. Como un hombre de la montaña.

Se le fue la idea en cuanto el rey empezó a hablar.

*

Haldric no gritó. Tenía una voz que llegaba lejos sin esfuerzo, como la de alguien que lleva muchos años hablándole a mucha gente y ha dejado de intentar impresionarla.

—Hace más de cuatrocientos años —dijo—, cinco hombres que se odiaban se sentaron en este campo y hablaron hasta que salió el sol. Ustedes conocen la historia. La han oído desde que nacieron. Pero hay algo que la historia no dice, y que quiero que se lleven de aquí aunque no se lleven nada más.

Esperó. Las filas estaban en silencio.

—Esos cinco hombres no se hicieron amigos esa noche.

No se perdonaron. Siguieron sin confiar del todo el uno en el otro hasta el día en que murieron.

Lo que hicieron fue más difícil que hacerse amigos: decidieron que, confiaran o no, iban a sostener lo mismo.

Clavaron sus espadas aquí y se fueron, y cada uno, en su casa, tuvo que convencer a su gente de sostener un pacto hecho con enemigos.

Eso es Oryndor. No es un lugar donde todos se quieren.

Es un lugar donde todos sostienen lo mismo.

Hizo una pausa, y miró las filas, y a Alberion le pareció que lo miraba a él, aunque sabía que era imposible.

—Van a jurar que lo sostienen. Algunos de ustedes se quedarán cinco años para aprender cómo. Los demás volverán a sus casas, y sostendrán Oryndor desde ahí, en el campo, en el barco, en el taller, y eso no vale menos. El juramento es el mismo. La espada es lo de menos. Pongan la mano en la piedra.

Las filas avanzaron. Uno a uno, los muchachos llegaban al círculo de piedra que rodeaba el Madrún, ponían la mano en la piedra, decían las palabras y pasaban. Eran palabras cortas, viejas, que todos sabían de memoria:

Lo que ellos sostuvieron, yo sostengo. Lo que ellos cuidaron, yo cuido. Mientras tenga manos.

Cuando le tocó a Alberion, la piedra estaba tibia de tantas manos. Puso la suya. Dijo las palabras. Levantó la cabeza y se encontró, a tres pasos, con los ojos del hombre de la túnica gris verdosa, que lo estaba mirando.

Fue un segundo. El hombre no cambió la cara. Pero Alberion, que tenía buenos ojos, vio algo en los de él. Como cuando uno ve, en una ventana de noche, el reflejo de una lámpara que está detrás.

Pasó. Siguió a la fila. Y no supo que detrás de la línea que nadie cruzaba, su madre había visto exactamente lo mismo, y se había llevado la mano al bolsillo del delantal, donde ya no había monedas.

*

La selección fue después, y fue rápida, y fue rara.

No hubo pruebas de fuerza, ni carreras, ni espadas de madera.

Los muchachos pasaban en grupos de veinte delante de los cinco maestros y del hombre sin capa, y los maestros los miraban, les hacían una pregunta o dos, a veces ninguna, y después uno de ellos decía un nombre o no lo decía.

Nadie explicaba el criterio. A Brenna le preguntaron si sabía levantar un yunque, y ella dijo que uno pequeño, y el de la capa dorada se rio, pero no dijo su nombre, y ella se volvió con el padre y con la mula, callada como él.

A un muchacho del mar, muy alto y muy seguro, no le preguntaron nada y no dijeron su nombre, y él se quedó parado un segundo sin entender, hasta que el de la capa azul le puso una mano en el hombro y le dijo algo al oído que lo hizo bajar la cabeza y asentir.

A Alberion le tocó en el último grupo de la tarde. Estaba cansado, con hambre, y con el abrigo nuevo que ya le daba calor. Pasó delante de los maestros. El enorme de la capa blanca lo miró de arriba abajo, sin expresión. El rapado de la dorada dijo:

—De Valdyr.

—Sí, señor.

—¿Qué ves desde tu casa?

Alberion parpadeó. No era la pregunta que esperaba.

—La montaña —dijo—. Y la ladera de enfrente. Y las cabras.

—¿Todas las cabras?

—Si están ahí, sí. Y cuál cojea.

El rapado miró al de la capa blanca. El de la capa blanca no movió un músculo. Entonces el hombre sin capa, que no había hablado en toda la tarde, dijo, sin levantar la voz:

—¿Y el viento?

Alberion sintió que se le secaba la boca.

—El viento también —dijo—. En lo que toca.

El hombre sin capa no dijo nada más. Pero el de la capa blanca, el enorme, el que no se había movido, dijo con una voz que parecía venir de muy abajo:

—Alberion de Valdyr. Compañía de Hierro.

Y eso fue todo.

*

La despedida fue junto a la puerta del norte, al atardecer, con mil familias haciendo lo mismo a la vez y cada una creyendo que era la única.

Yira no lloró. Había llorado ya, en la posada, de espaldas, y había decidido que eso era lo que le tocaba a ella, y que lo que le tocaba a él era verla entera.

Le arregló el cuello del abrigo. Le metió en el bolsillo interior, el de la flor bordada, un paquete pequeño envuelto en un paño: pan con miel. Le puso las dos manos en la cara.

—Escúchame. Vas a conocer gente que sabe más que tú. Escúchalos. Vas a conocer gente que sabe menos y lo disimula. A esos, escúchalos también, pero no les creas. Y vas a conocer a uno o dos que darían la vida por ti sin pensarlo. A esos no los sueltes nunca. ¿Me oyes?

—Sí.

—Con la cara.

Alberion puso la cara. Ella lo besó en la frente, lo apretó una vez, fuerte, brevísimo, y lo soltó, y se dio la vuelta y empezó a caminar sin mirar atrás, porque sabía que si miraba no iba a poder.

Alberion la vio irse, alta y recta, con la trenza negra sobre el abrigo, entre la gente, hasta que ya no la vio.

Y después se quedó ahí, un momento, con el paquete de pan en el bolsillo y la montaña a tres días de distancia, y sintió lo que sienten todos a los doce años en la puerta del norte y que nadie confiesa: que era muy grande para su edad, y que no era tan grande.

—Oye. ¿Tú eres el de las cabras?

Se volvió. Había un muchacho a su lado, bajo, fibroso, con el pelo negro revuelto y una cicatriz pequeña que le partía una ceja. Vestía esa ropa gris apretada de los del este, y estaba parado con un pie en el suelo y el otro en una piedra de la muralla, como si estuviera a punto de subirse.

—¿Qué?

—El de las cabras. Te oí. “Y cuál cojea”. —El muchacho sonrió, y la sonrisa le subió la cicatriz—. Yo soy el que subió al tejado de la posada anoche. Me vieron. Me dijeron que me iban a mandar a casa.

—¿Y por qué no te mandaron?

—Porque les dije que lo iba a volver a hacer. —Le tendió la mano—. Ikki. De Kaoryn. Compañía de Hierro.

Alberion se la estrechó.

—Alberion. De Valdyr. Compañía de Hierro.

—Ya sé. Por eso te hablo. Dicen que el campamento está a un par de horas hacia el oeste, por el bosque, y que tenemos que llegar solos antes de que oscurezca.

—Ikki miró el cielo, donde ya empezaba a oscurecer, y después miró a Alberion, y en los ojos tenía exactamente la expresión de alguien que acaba de encontrar con quién competir—. ¿Corres?

Alberion sonrió. Era la primera vez en tres días.

—Corro.