Capítulo III — Yira
Capítulo III — Yira
La casa de Yira olía a tres cosas: a lana, a pan y a una flor que no era de ahí.
La lana porque siempre había algo a medio coser sobre la mesa, un abrigo de alguien, una manta, las botas de fieltro que los de la aldea le encargaban cuando se acercaba el invierno.
El pan porque lo hacía ella, dos veces por semana, en un horno de piedra que estaba pegado a la pared de atrás y que calentaba la casa entera mientras trabajaba.
Y la flor porque en la ventana del cuarto de adelante, en una maceta de barro que Yira había traído consigo cuando llegó, crecía una planta que nadie en Valdyr había visto nunca.
Era un arbusto bajo, de ramas gruesas y grises, casi sin hojas la mayor parte del año.
Pero cuando florecía, florecía como si se vengara de todo el frío de alrededor: unas flores grandes de cinco pétalos, blancos en los bordes y amarillos hacia el centro, que se abrían en forma de estrella y olían de un modo que no se parecía a nada de la montaña.
Era un olor dulce, pero no empalagoso; un olor que parecía venir de un lugar donde no nevaba nunca.
Yira la llamaba Flor de Sacuán. Decía que venía del sur.
Decía que había que cuidarla mucho porque el frío la mataba, y Alberion la había visto, en las noches más duras del invierno, levantarse a envolver la maceta en una manta como se envuelve a un niño.
Alberion había crecido creyendo que todas las madres tenían una flor así. Fue a los ocho años, visitando la casa de los Hallen, cuando entendió que no.
*
Yira tenía treinta y tres años ese verano y parecía tener más y menos al mismo tiempo.
Más, por las manos: eran manos de trabajo, con las uñas cortas y un callo en el pulgar de tanto empujar la aguja, y en las manos se le notaba cada invierno.
Menos, por la cara: tenía la piel tersa, los pómulos altos, y los mismos ojos cafés de su hijo, aunque en ella no se reían antes que la boca; en ella se quedaban quietos, mirando, hasta que uno entendía que le estaba pidiendo la verdad.
Llevaba ya algunas hebras grises en la trenza negra, pocas, y no las escondía.
Era limpia hasta la exageración. La casa tenía dos cuartos y un piso de tablas, y las tablas estaban siempre lavadas; la mesa, siempre despejada salvo por la costura; las dos sillas, siempre en su sitio.
En una aldea donde la gente dejaba la nieve entrar con las botas y se la sacudía adentro, Yira tenía un trapo en la puerta y una mirada para quien no lo usara.
Alberion lo usaba. Había aprendido a los tres años.
Y era honesta de una manera que a veces incomodaba.
No mentía ni en lo pequeño. Si alguien le preguntaba si el abrigo le había quedado bien, decía que no si no; si le preguntaban si el precio era justo, decía cuánto le había costado la lana y cuánto su tiempo.
La gente de la aldea, que al principio desconfió de ella por ser de afuera, terminó yendo a su casa a preguntarle cosas que no se atrevían a preguntarse entre ellos, porque sabían que Yira iba a contestar sin adorno.
Solo mentía en una cosa. Y la mentía tan bien que ni ella misma, algunas noches, estaba segura de dónde terminaba.
*
La mañana después del lobo, Alberion se despertó con la luz y encontró a su madre ya levantada, de pie junto a la ventana de la Flor de Sacuán, con una taza entre las manos, mirando hacia afuera.
No lo había oído. Él se quedó un momento en la puerta del cuarto viéndola, y le pareció que no estaba mirando nada que estuviera afuera.
—¿Mamá?
Yira se volvió. La cara se le acomodó en un segundo, como alguien que se pone un abrigo.
—Hay pan. Y después te vas al huerto, que las habas no se van a recoger solas.
Alberion se sentó a la mesa. El pan estaba tibio. Comió un rato en silencio, y después, porque era Alberion y el silencio le duraba poco, dijo:
—El pastor de ayer.
—¿Qué?
—¿Tú lo conoces?
Yira se sentó frente a él con su taza. Lo miró con los ojos quietos.
—No.
—Él me conoce a mí. Sabía dónde vivíamos.
—Toda la montaña sabe dónde vivimos. Somos la casa de la flor. —Bebió—. Alberion. Lo que pasó ayer no se repite. Si se pierde una cabra, se pierde. Si se pierde un ternero, se pierde. Tú no te pierdes. ¿Me oyes?
—Sí.
—No me digas sí con esa cara. Dime sí con la cara de que no vas a subir.
Alberion puso la cara. Ella lo miró un momento más y después alargó la mano por encima de la mesa y le apartó el pelo de la frente, un gesto corto, como de comprobar que la frente seguía ahí.
—Ve al huerto.
*
El huerto era un rectángulo de tierra negra detrás de la casa, protegido del viento del norte por un muro de piedra que Yira había levantado sola el primer año, con sus manos, piedra por piedra, mientras la aldea la miraba desde las ventanas sin ofrecerle ayuda y sin que ella la pidiera.
Ahí crecía lo que en Valdyr podía crecer: habas, coles duras, nabos, cebollas, una fila de papas de piel morada, y en la esquina más abrigada, unas matas de hierbas que no tenían nombre en la lengua de la aldea y que Yira usaba para los animales enfermos.
Alberion trabajaba el huerto desde que tenía memoria y lo quería, aunque jamás lo habría dicho con esa palabra.
Le gustaba la tierra fría en las manos. Le gustaba cómo las habas se desprendían de la vaina con un sonido pequeño.
Le gustaba, sobre todo, hablar mientras trabajaba, y como no había vacas en el huerto, hablaba con las plantas, o con el muro, o con la montaña, que se veía por encima del muro y que esa mañana le parecía distinta: ya no un fondo, sino un lugar donde pasaban cosas.
Estaba en eso cuando oyó las ovejas.
Levantó la cabeza. Por el camino que venía de arriba bajaba el pastor, con el cayado en una mano, el capote oscuro, el pelo blanco revuelto, y tres ovejas que caminaban delante de él sin que hiciera falta empujarlas.
No traía al pájaro. Venía despacio, sin mirar a nadie, como alguien que baja a la aldea todas las semanas y lo hace por obligación.
Nadie en la aldea lo saludó. Alberion lo notó porque en la aldea se saludaba a todo el mundo, aunque fuera con un movimiento de cabeza, y a este hombre no.
Lo miraban pasar, eso sí. La mujer de los Hallen, desde la puerta.
Dos viejos sentados en el banco del pozo.
Lo miraban y después se miraban entre ellos, con esa cara que tiene la gente de la montaña cuando algo no encaja y han decidido no preguntar.
El pastor llegó hasta la casa de la flor. Se detuvo frente a la puerta. Golpeó dos veces con el cayado.
Alberion dejó las habas y corrió alrededor de la casa, y llegó a la esquina justo cuando su madre abría.
Yira tenía la cara de piedra. No de enojo; de piedra. Miró al hombre de arriba abajo, la lana sucia, las botas, la barba de días, las manos enormes, y Alberion vio que las ovejas, muy tranquilas, se habían puesto a comer el pasto que crecía junto al muro.
—Pan —dijo el pastor.
Yira no se movió.
—Hago pan dos veces por semana. Hoy no es el día.
—Ayer lo era. Sobra.
—¿Y usted cómo sabe lo que me sobra?
El pastor se encogió de hombros, un movimiento pequeño en un cuerpo grande.
—Se huele desde el camino.
Se quedaron mirándose. Alberion, en la esquina, no entendía qué estaba viendo, pero sabía que estaba viendo algo. Era como cuando dos perros que no se conocen se cruzan en el camino y ninguno gruñe pero ninguno pasa primero.
Yira entró. Volvió con medio pan envuelto en un paño. Lo tendió sin dar un paso.
—Dos monedas.
El pastor sacó dos monedas de la bolsa y se las puso en la mano, y en ese momento, cuando las monedas tocaron la palma de Yira, ella hizo algo que Alberion no le había visto hacer nunca: retiró la mano un poco demasiado rápido, como si la moneda estuviera caliente, o como si la voz que había pedido el pan fuera una voz que había oído una vez, hacía mucho, con la cara en sombra.
El pastor no pareció notarlo. Tomó el pan. Lo olió.
—Buen pan —dijo. Y después, sin cambiar el tono, sin mirar al muchacho de la esquina—: Tiene buenos ojos, el chico. Que no los gaste buscando lobos.
Y se fue. Silbó una vez, bajito, y las tres ovejas dejaron el pasto y echaron a andar delante de él, camino arriba, como si fueran ellas las que lo llevaban a él.
*
Yira se quedó en la puerta con las dos monedas en la mano abierta. Alberion se acercó.
—Es él —dijo—. El de ayer.
—Ya sé quién es.
—Dijiste que no lo conocías.
—Y no lo conozco. —Yira cerró la mano—. Conozco a los que son como él. Hombres que aparecen de la nada en una montaña donde no había nadie, que no saludan, que no cuentan de dónde vienen. En Valdyr a esos se les vende pan y se les deja ir. No se les hace preguntas. Y no se sube a buscarlos.
—Me salvó.
—Su pájaro te salvó. —Lo miró, y por primera vez en la conversación la piedra se le ablandó un poco—. Y por eso le vendí el pan. Pero no quiero que lo busques. Hay gente que trae cosas detrás, Alberion. Cosas que no se ven cuando llegan.
Alberion pensó en el viento sobre el pasto. En lo que no se ve y se ve en lo que toca.
—¿Qué cosas?
Yira no contestó. Metió las monedas en el bolsillo del delantal, y después se quedó quieta, con la mano ahí adentro, apretándolas.
Miró hacia el camino, donde el pastor ya era una figura pequeña entre los pinos, y Alberion, que la conocía mejor que a nadie en el mundo, vio que tenía en la cara una expresión que no le había visto nunca, y que tardó años en entender.
No era miedo. Yira no le tenía miedo a nadie. Era otra cosa. Era como cuando uno oye, en una casa que cree vacía, el ruido de una puerta que se abre en otro cuarto. Uno no sabe quién es. Pero sabe que lo conoce.
—Las habas —dijo Yira.
Y entró.
*
Esa noche no contó historias. Alberion la esperó, acostado, con la lámpara baja, y oyó cómo su madre se movía en el cuarto de adelante, cómo guardaba la costura, cómo se sentaba y se levantaba y volvía a sentarse.
En un momento oyó que abría el cajón de la mesa, el de abajo, el que no se abría nunca, y que algo pequeño sonaba adentro, y que lo cerraba. Después, nada.
Cuando por fin entró, no se sentó en el borde de la cama. Se quedó de pie en la puerta, con la luz detrás.
—Mamá.
—Dime.
—¿Cómo era mi padre?
Era la pregunta que había dejado de hacer a los siete años. No supo por qué la hizo esa noche. Tal vez porque había visto a su madre retirar la mano de una moneda. Tal vez porque había entendido, en la pradera, que las cosas que no se ven dejan huella.
Yira tardó. Él la vio tragar.
—Era alto —dijo—. Como vas a ser tú. Y hablaba demasiado. Como tú.
—¿Y qué más?
—Y se murió. —Lo dijo sin dureza, solo con cansancio—. Hay cosas, Alberion, que no te cuento porque no quiero que las cargues todavía. No es por mentirte. Es porque todavía eres mío, y mientras seas mío, el peso lo llevo yo. Cuando tengas que llevarlo tú, te lo doy. Te lo prometo.
—¿Cuándo?
—Cuando sea. —Entró, por fin. Se sentó. Le puso la mano en el pelo—. Duérmete. En primavera cumples doce.
Lo dijo como se dice una fecha. Pero Alberion, que la conocía, oyó debajo lo que no decía: que en primavera iban a venir a buscarlo, y que ella llevaba once años sabiéndolo, y que todavía no estaba lista.
Él sí. O eso creía.
Se durmió pensando en el pastor. En el pájaro.
En el viento, que tenía forma. Y no vio, porque ya dormía, que su madre se quedó una hora más sentada en el borde de la cama, con la mano en su pelo, mirando la ventana donde la Flor de Sacuán, cerrada de noche, esperaba la luz para abrirse como si nada en el mundo pudiera impedírselo.