Capítulo II — La pradera #2
—Este es viejo —dijo el hombre, como si eso lo explicara todo—. Las cosas viejas crecen. —Lo miró de arriba abajo, sin apuro—. ¿Y tú qué haces aquí arriba con un cuchillo de cocina?
—Buscaba una cabra.
—Ahí está tu cabra.
La cabra vieja había subido de la hondonada y estaba a diez pasos, rumiando, con la cara de absoluta indiferencia que tienen las cabras ante todo lo que no es comida.
—Gracias —dijo Alberion—. Por… —Señaló hacia donde se había ido el lobo.
—No me des las gracias a mí. Yo estaba sentado.
—Pero el pájaro es suyo.
—El pájaro no es de nadie. —El viejo se rascó la barba—. Es mi amigo. Hay diferencia.
Alberion lo miró. Miró al pájaro, que seguía mirándolo con un ojo, y se dio cuenta de que no tenía miedo, y de que no tener miedo era raro, porque un pájaro de ese tamaño debería dar miedo. Pero no daba. Daba otra cosa. Como estar al lado de una fogata.
—¿Usted es pastor?
—Eso dicen las ovejas.
—No lo había visto nunca.
—Yo a ti sí. —El viejo señaló con la barbilla hacia abajo, hacia donde la aldea era un puñado de techos grises—. Eres el de la casa del huerto. El que habla con las vacas.
Alberion sintió que se ponía rojo.
—No hablo con las vacas.
—Les hablas. Yo te he oído. —El viejo se levantó. Era más alto de lo que parecía sentado, y se movía como se mueven los hombres de la montaña, sin gastar nada—. No es malo. Las vacas son mejores que mucha gente para escuchar. Ven.
Caminó hacia el borde de la hondonada sin volverse a ver si lo seguía. Alberion lo siguió.
*
—¿Tú viste al lobo antes de que saltara?
—Sí.
—¿Y viste al pájaro?
—Sí. —Alberion dudó—. Un poco antes que el lobo.
El viejo asintió, como si eso le confirmara algo.
—Tienes buenos ojos.
—Todos lo dicen.
—Todos dicen tonterías. Tienes buenos ojos y los usas mal. —Se detuvo en el borde y señaló la pradera, el mar de pasto, las flores diminutas, las montañas al fondo—. Mira eso. ¿Qué ves?
Alberion miró.
—Pasto. Flores. La nieve. Un halcón, allá. Dos liebres junto a las rocas de la derecha, pero la segunda casi no se ve. Nubes.
—¿Y el viento?
Alberion abrió la boca y la cerró.
—El viento no se ve.
—El viento se ve. —El viejo levantó una de sus manos enormes y la movió despacio sobre la pradera, como si acariciara algo—.
Ahí. ¿Ves el pasto? Se mueve. Pero no se mueve todo igual.
Mira bien. Ahí va una ola, viene desde el norte.
Ahí hay un remolino, donde se junta con el que sube del valle.
Ahí, junto a las rocas, el pasto no se mueve: el viento pasa por encima.
Eso que ves no es pasto. Es el viento, que te está mostrando la forma que tiene.
—Bajó la mano—. Todo lo que no se ve, se ve en lo que toca.
El viento en el pasto. El pez en el agua que se mueve.
El lobo en la cabra que se queda quieta.
Tú viste al lobo porque tienes ojos. Pero tenías que haberlo visto antes, en la cabra. Ella lo vio primero.
Alberion miró la pradera otra vez, y por un momento, uno solo, la vio distinta.
No el pasto: lo que lo movía. Olas largas que venían del norte y se rompían contra la ladera.
Un remolino que subía del valle y giraba, se deshacía, volvía a armarse.
Una franja quieta junto a las rocas. Era como si alguien hubiera levantado una sábana y debajo hubiera algo vivo.
Duró un segundo. Después fue pasto otra vez.
—Lo vi —dijo, con la voz rara.
—Ya sé que lo viste. Se te puso la cara de tonto. —El viejo volvió hacia su roca—. Baja a tu casa. Llévate tu cabra. Y la próxima vez que subas a buscar lobos con un cuchillo de pan, no subas.
—¿Lo voy a volver a ver?
El viejo no contestó enseguida. Se agachó para recoger el cayado y la bolsa, y el guardabarranco abrió las alas, enormes, y dio un salto corto que lo dejó en el suelo a su lado, y el viejo le pasó la mano por el cuello como uno se la pasa a un perro.
—Soy pastor —dijo—. Los pastores no se van a ninguna parte.
*
Alberion bajó con la cabra y con algo en el pecho que no sabía nombrar.
Cuando llegó a la aldea era casi de noche y Yira estaba en la puerta, con los brazos cruzados y la cara que ponía cuando iba a decir muy pocas palabras, todas pesadas. Vio al muchacho. Vio a la cabra. Vio que el muchacho estaba entero.
—Te dije que no subieras.
—La cabra…
—Te dije que no subieras.
—Había un lobo —dijo Alberion—. Uno joven. Cojo. Me iba a saltar y un pájaro le dio en la cabeza, un guardabarranco, pero del tamaño de una carreta, y había un pastor que…
Se detuvo porque algo había cambiado en la cara de su madre. Fue muy rápido. Un parpadeo. Como cuando una ventana se abre y se cierra y uno no está seguro de haber visto lo que había adentro.
—¿Qué pastor?
—Uno viejo. Grande. Con tres ovejas. Dijo que me había visto hablar con las vacas.
Yira no dijo nada durante un tiempo que a Alberion le pareció largo.
—Entra a comer —dijo al fin.
Y después, cuando él ya estaba adentro y ella se había quedado un momento sola en la puerta mirando hacia la montaña, que ya era solo una forma oscura contra un cielo oscuro, dijo algo más, muy bajo, que Alberion no oyó.
Aunque si lo hubiera oído, no habría entendido por qué su madre, que no le tenía miedo a nada, lo decía como quien se asoma a un pozo.
—Ya está aquí.