Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo II — La pradera
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Capítulo II — La pradera

Capítulo II — La pradera

Alberion aprendió a caminar en la nieve antes que en la tierra, y por eso nunca le tuvo miedo.

La aldea donde creció no tenía nombre que valiera la pena escribir.

Los que vivían ahí le decían “la aldea” y los que vivían en la siguiente le decían “la de arriba”.

Eran veinte casas de piedra gris con el techo tan inclinado que parecían personas encogidas de hombros, un establo común, un pozo que no se congelaba nunca porque alguien, hacía siglos, lo había cavado sobre una vena de agua caliente, y un camino que bajaba hacia el sur hasta perderse entre los pinos.

Encima de todo eso, la montaña. Siempre la montaña.

En Valdyr uno no decía “allá arriba” señalando el cielo; señalaba la montaña, porque la montaña estaba antes.

Su madre se llamaba Yira. Era alta, de manos fuertes, con el pelo negro recogido siempre en una trenza que le llegaba a la mitad de la espalda, y tenía una manera de mirar que hacía que la gente dijera la verdad sin que ella se lo pidiera.

En la aldea la respetaban. No la querían del todo, porque había llegado de afuera y en Valdyr eso tarda una generación en perdonarse, pero la respetaban.

Cosía mejor que nadie, curaba a los animales enfermos con hierbas que nadie más sabía usar, y cuando una vaca se atascaba pariendo era a Yira a quien iban a buscar en mitad de la noche.

Alberion creció con eso y con el huerto. Y con las historias.

Porque Yira, que hablaba poco de día, de noche contaba.

Con la lámpara de aceite bajada hasta que la casa quedaba del color de la miel, sentada en el borde de la cama del niño, le contaba de Aurenthal, de las murallas doradas, del Árbol de Madrún que olía a miel en la estación seca, de los cinco reyes que clavaron sus espadas.

Le contaba de los caballeros. De las armaduras de colores.

Del día en que los muchachos de doce años cruzan la puerta de la Academia y no vuelven a ser niños.

—¿Tú los viste? —preguntaba Alberion, cada vez, como si la respuesta pudiera cambiar.

—Los vi.

—¿Y cómo eran?

Yira se quedaba callada un momento, y en ese momento había algo que el niño no sabía leer todavía.

—Eran como tú vas a ser —decía—. Duérmete.

De su padre no contaba. Alberion sabía lo que sabía toda la aldea: que había muerto en el mar antes de que él naciera.

Cuando era pequeño preguntaba cómo se llamaba, y su madre decía un nombre cualquiera, y la vez siguiente decía otro, y a los siete años Alberion dejó de preguntar, no porque hubiera dejado de importarle, sino porque entendió que a su madre le dolía, y él no quería ser el que le hacía doler.

*

A los once años Alberion era ya más alto que todos los muchachos de la aldea y que varios de los hombres.

Tenía la piel clara de los del norte, el pelo oscuro y muy liso de su madre, y unos ojos cafés que parecían reírse un segundo antes que la boca.

Reía mucho. Era, en una aldea donde la gente administraba las palabras como se administra la leña, una especie de escándalo: hablaba con las vacas, hablaba con el pozo, hablaba solo cuando subía al monte.

Los viejos movían la cabeza. Yira lo dejaba.

Y tenía los ojos. No solo el color: la vista.

Alberion veía la liebre antes de que la liebre lo viera a él.

Veía, desde la puerta de su casa, cuál de las cabras en la ladera de enfrente cojeaba.

Veía de noche como otros ven al atardecer.

En la aldea decían que era cosa de la madre, que tenía hierbas para todo, y Yira no los sacaba del error.

Ese verano, el último verano antes de cumplir los doce, fue el verano del lobo.

Los lobos de escarcha bajan de la montaña cuando el invierno ha sido largo y las presas, pocas.

Son grandes, mucho más grandes que los perros de la aldea; de pelaje gris casi azul, con el pecho blanco y unos ojos pálidos, como de hielo con una luz atrás.

No son malos. En Valdyr nadie los llama malos.

Son lobos, y hacen lo que hacen los lobos, y la gente de la montaña entiende eso desde antes de aprender a hablar: uno no odia al frío por ser frío.

Pero un lobo de escarcha con hambre es la cosa más peligrosa que existe entre la aldea y la cima, y ese verano había una manada que había bajado más que nunca.

Perdieron tres ovejas en una semana. Después un ternero. Después, el perro de los Hallen, que se había ido detrás de la manada ladrando como si fuera a asustarla.

Los hombres salieron dos veces con antorchas y lanzas y volvieron sin nada. Yira le dijo a Alberion que no subiera al monte. Alberion dijo que sí.

Subió al tercer día.

*

No subió por valiente. Subió porque una de las cabras del establo común, una vieja de barba blanca que él había ayudado a parir dos veces, no había vuelto con las demás, y nadie más iba a ir a buscarla.

Era media tarde. En verano, en Valdyr, la pradera alta es una cosa que hay que ver para creerla: un mar de pasto corto, de un verde que parece que alguien lo hubiera lavado, con manchas de flores diminutas, blancas y azules, que solo abren tres semanas al año y que la gente de la aldea llama “las que duran poco”.

A esa altura el aire es tan limpio que duele.

Se ve hasta el sur, hasta donde los pinos se vuelven una mancha oscura, y hacia arriba se ve la nieve, que en verano no se derrite pero se vuelve blanda y suena, de noche, como si respirara.

Alberion encontró el rastro de la cabra en la tierra blanda junto a un arroyo. Y encima del rastro de la cabra, otro.

Se detuvo. Se agachó. Las huellas eran del tamaño de su mano abierta, con los dedos muy separados y las uñas marcadas. Eran recientes. Habían seguido el mismo camino que la cabra, arroyo arriba, hacia una hondonada donde el pasto crecía más alto y el viento no llegaba.

Lo sensato era bajar. Él lo sabía. Tenía un cuchillo de cortar pan en el cinto y un palo de pastor que había encontrado en el camino, y sabía exactamente lo que valía eso contra un lobo de escarcha: nada.

Pero la cabra todavía podía estar viva.

Siguió el arroyo. Caminaba despacio, pisando donde el pasto ahogaba el ruido, y por primera vez en su vida sintió que su vista era un peso: veía demasiado.

Veía cada brizna que se movía. Veía la sombra de un halcón pasar sobre la ladera.

Veía, cuando llegó al borde de la hondonada y se asomó, a la cabra vieja parada en el fondo, con las patas abiertas, mirando algo que él no podía ver desde ahí.

Y entonces lo vio.

Estaba a la izquierda, entre dos rocas, tan quieto que parecía parte de ellas.

Un lobo joven, no de los grandes, pero ya más alto que un perro grande, con el pecho blanco sucio de barro y una pata trasera que no apoyaba del todo.

Miraba a la cabra. Y Alberion, con una claridad que le dio frío, entendió tres cosas al mismo tiempo: que el lobo estaba solo, que estaba cojo, y que por eso estaba cazando una cabra vieja a media tarde en vez de correr con la manada de noche.

Estaba tan hambriento como para hacer eso.

Los ojos del lobo se movieron. Lo encontraron.

Alberion no corrió. No fue valor. Fue que las piernas no le respondieron a tiempo, y para cuando le respondieron el lobo ya estaba en movimiento, cojeando y a pesar de eso rapidísimo, subiendo la ladera hacia él como si la hondonada fuera plana.

Alberion levantó el palo. Vio, con esa vista suya que lo veía todo, las encías del lobo, el vaho que le salía de la boca, un hilo de baba, el pelo erizado en el lomo.

Vio que el lobo se agachaba para saltar.

Y vio una sombra que venía de atrás del lobo, enorme, y que no era de un halcón.

El lobo también la sintió. Giró la cabeza a medio salto, y lo que le cayó encima no fue una sombra sino un cuerpo: un pájaro, si es que se podía llamar pájaro a algo de ese tamaño, con las alas abiertas más anchas que la carreta de la aldea, de un verde oscuro y un azul que cambiaba según la luz, con una cola larga, larguísima, que terminaba en dos plumas desnudas como dos cuerdas con un ojo azul en la punta.

Pasó rozando al lobo, le dio con el ala en la cabeza, y el lobo rodó ladera abajo, chillando, y se levantó, y miró hacia arriba con los ojos pálidos muy abiertos, y se fue cojeando hacia las rocas sin mirar atrás.

Alberion se quedó con el palo levantado y la boca abierta.

El pájaro dio una vuelta lenta sobre la hondonada, como si quisiera asegurarse de que el lobo no volvía, y después bajó.

Bajó hacia la ladera, hacia una roca grande que había a unos treinta pasos, y se posó.

Y cuando se posó Alberion vio que en la roca, sentado, con la espalda apoyada en la piedra y las piernas estiradas como quien lleva ahí toda la tarde, había un hombre.

*

Era viejo. Eso fue lo primero. Tenía el pelo blanco, mal cortado, parado en todas direcciones, y una barba de varios días que no llegaba a ser barba.

Pero no era viejo como los viejos de la aldea, que se encogen.

Era ancho de hombros, grueso de brazos, con unas manos del tamaño de palas, y estaba sentado con la soltura de alguien a quien el cuerpo todavía le obedece.

Vestía ropa de pastor: lana gris, botas gastadas, un capote oscuro.

A su lado, en la roca, había un cayado y una bolsa de cuero, y a sus pies, muy tranquilas, tres ovejas que Alberion no había visto en su vida.

El pájaro se le había posado al lado, en lo alto de la roca, y lo miraba con un ojo, y después miraba a Alberion con el otro.

—Baja el palo —dijo el viejo—. Ya se fue.

Alberion bajó el palo. Le temblaban las manos y le daba vergüenza que se le notara, así que las metió debajo de los brazos.

—¿Qué es eso? —dijo, señalando con la barbilla al pájaro.

—Un guardabarranco.

—Los guardabarrancos son así. —Alberion separó las manos un palmo—. Mi madre me enseñó uno. Anidan en los barrancos. Son chiquitos.