Pestos: La Leyenda de Oryndor Capítulo I — El pacto bajo el Árbol de Madrún
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Pestos: La Leyenda de Oryndor

Pestos: La Leyenda de Oryndor

Por Alberto G. Soza

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Capítulo I — El pacto bajo el Árbol de Madrún

Capítulo I — El pacto bajo el Árbol de Madrún

Hay mundos que nacen del hierro. Alguien gana una guerra, pone su nombre sobre un mapa y obliga a los demás a aprenderlo. Oryndor no nació así. Oryndor nació de una conversación.

Fue hace tanto tiempo que ya nadie sabe quién habló primero.

Cinco pueblos llevaban generaciones matándose por un continente que les sobraba: los del norte bajaban de la nieve a quemar cosechas, los del sur subían del desierto a robar agua, los del mar desembarcaban donde querían, los del bosque mataban desde la sombra a cualquiera que entrara, y los del este, los de la roca alta, miraban desde arriba y esperaban a que los demás se cansaran.

Nadie se cansaba. Los hijos heredaban las espadas de los padres con el filo todavía caliente.

Hasta que un año, en un campo donde habían muerto demasiados de los cinco lados, los cinco reyes se encontraron sin haberlo planeado.

Dicen que llegó primero el del bosque, porque el campo quedaba cerca de su casa.

Dicen que el del desierto estaba herido y el de la nieve le dio de beber sin saber todavía quién era.

Dicen muchas cosas. Lo que se sabe de verdad es que hablaron hasta el amanecer y que al amanecer ya no querían pelear.

No porque se hubieran perdonado. Porque habían entendido, cada uno por su lado, que existir juntos era más fuerte que ganar solos.

Clavaron sus cinco espadas en la tierra de ese campo, una al lado de la otra, y se fueron a sus casas. Y en el lugar donde quedaron clavadas, con el tiempo, creció un árbol.

Era un árbol que nadie había visto antes.

De corteza blanca, lisa, que de noche parecía guardar un poco de la luna.

En la estación seca, cuando todo lo demás se ponía amarillo, se cubría entero de racimos de flores blancas y olía a miel desde lejos.

Los del bosque le pusieron Madrún, que en su lengua vieja quería decir algo así como “el que se quedó”.

Y alrededor del Madrún, pueblo a pueblo, camino a camino, fue creciendo el continente que hoy se llama Oryndor.

Todo eso pasó hace más de cuatrocientos años. El Árbol de Madrún sigue ahí.

*

Si uno pudiera volar lo bastante alto, vería Oryndor como una mano abierta.

En el centro, la palma: la Ciudad Real de Aurenthal, de murallas de piedra dorada, construida sobre la única llanura perfectamente plana del continente, como si la tierra la hubiera alisado a propósito.

Alrededor de la ciudad, un anillo verde que respira: el Bosque Sagrado de Sylvar, donde está el Madrún y donde, según dicen, solo pueden entrar hasta el fondo y volver los que tienen el corazón limpio.

Nadie se ríe de esa advertencia. Los que se rieron no volvieron.

Hacia el norte, el dedo más largo: Valdyr, el reino de la nieve.

Montañas que no se derriten nunca, praderas que en verano se llenan de un pasto corto y duro, aldeas de casas de piedra con el techo muy inclinado para que la nieve resbale.

Su gente habla poco. No por tristeza; por costumbre.

En Valdyr el frío se come las palabras que sobran, y uno aprende desde niño a decir solo las que hacen falta.

Hacia el sur, Zareth, el desierto. Dunas que cambian de sitio cada noche, oasis de agua tan limpia que parece luz, ciudades de piedra blanca construidas para discutir con el sol.

Es un reino que parece muerto desde lejos y está más vivo que ningún otro cuando uno lo pisa.

Su gente es directa, impaciente, de risa fácil y pelea fácil, y guarda el agua y la palabra dada con la misma seriedad.

Hacia el oeste, Thalassar, el mar. Puertos, barcos, muelles de madera que crujen, mercados donde se habla a gritos y se vende de todo.

Sus marineros conocen las corrientes como otros conocen las calles de su barrio.

Un hombre de Thalassar puede estar un año sin ver tierra y volver contento; lo que no soporta es estar un año sin ver el agua.

Y hacia el este, el dedo que casi nadie se atreve a mirar de frente: Kaoryn, el reino del aire.

Kaoryn no se parece a ningún otro lugar.

Donde el continente se acaba, la tierra se levanta en acantilados de piedra gris que caen al mar desde una altura que marea.

Y encima de esos acantilados, separadas de la roca por un vacío que no debería existir, hay islas.

Islas de piedra, con pasto, con casas, con cabras, suspendidas en el aire como si alguien las hubiera arrancado del suelo y se hubiera olvidado de dejarlas caer.

Están unidas entre sí por puentes de piedra tan delgados que desde abajo parecen trazos de un pincel sobre el cielo.

Nadie sabe por qué flotan. Los viejos de Kaoryn dicen que la piedra allá arriba sencillamente no cae, y que los que preguntaron demasiado ya no están para contarlo. En Kaoryn la física es una opinión.

Y más allá de Kaoryn, más allá de los acantilados, está lo que los mapas no dibujan.

Los mapas de Oryndor terminan en el borde del este con una línea y nada más.

Los exploradores que cruzaron esa línea no volvieron, y los que viven en los pueblos de la frontera tienen una manera particular de mirar hacia allá: no es miedo exactamente, es la quietud de quien ha aprendido a respetar lo que no entiende.

La gente común le dice el Mundo Oscuro. Los que saben más le dicen de otra forma, y no lo dicen en voz alta.

*

Oryndor tiene un rey. Se llama Haldric Vorensen y lleva en el trono doce años.

Su casa, la Casa Vorensen, gobierna Aurenthal desde hace más de cuatro siglos, y lo que la ha mantenido ahí no ha sido el miedo.

Ha sido una costumbre rara entre reyes: la de escuchar antes de hablar.

Haldric es un hombre cansado, con la barba gris antes de tiempo, que se sienta en el trono como quien se sienta a trabajar.

A su lado gobierna el Consejo de los Cinco: los señores de cada reino, cada uno de una casa que lleva siglos en el poder.

Lord Marcus Aquilon por el desierto, maestro de rutas y de estrellas.

Lady Isolde Thalwyn por el mar, capitana antes que señora.

Lord Cedric Valemont por la nieve, firme como sus montañas.

Lady Aurelia Sylvaris por el bosque, joven de cara y antigua de saber.

Y Lord Septimus Caelvar por el aire, un hombre delgado, de pelo gris perfecto y manos limpias, con una calma que a veces tranquiliza y a veces no.

Y hay alguien más. Un paso detrás del rey, siempre, hay un hombre al que todos llaman el Gran Maestro Althoren.

Nadie sabe cuántos años tiene. Nadie en el Consejo recordaba haberle visto otra cara, ni más joven ni más vieja.

Es fornido, de hombros anchos, con la cara de alguien que ha dormido muchas noches a la intemperie y no se ha molestado en disimularlo; viste túnicas que cambian de color con las estaciones, y hay quien dice que ese cambio no es capricho, que Althoren habla con el mundo a través de lo que lleva puesto.

No carga espada. No la ha cargado nunca, que se sepa.

Y sin embargo, cuando entra en una sala, los soldados se enderezan.

El Gran Maestro guarda los secretos del reino.

Guarda el del Lazarynth, el metal más raro que existe, que no se puede obtener sin la bendición de los cuatro guardianes del bosque.

Guarda los libros que nadie más puede leer.

Y guarda, además, otro secreto, uno que ni el rey conoce. Un secreto que tiene nombre.

Pero esa es otra parte de la historia.

*

Oryndor es un reino en paz. Las calles de Aurenthal están limpias, los parques tienen árboles frutales de los que cualquiera puede comer, los animales andan sueltos y nadie les tira piedras.

Los mercados juntan a los cinco pueblos cada semana y las fiestas los juntan cada estación.

Los niños de todo el continente sueñan con lo mismo: cumplir doce años, ir a Aurenthal en el primer día de la primavera, y jurar.

Porque la paz en Oryndor no es un descanso.

Es un trabajo. Desde hace cuatrocientos años, cada muchacho y cada muchacha que cumple doce jura ante el Madrún, y los que son elegidos pasan cinco años formándose para proteger lo que los cinco reyes empezaron bajo él: los muchachos, en las compañías de la Academia; las muchachas, aparte, en las casas de los caballeros.

No importa si es hijo de pescador o de señor. El sudor no sabe de apellidos.

Y sin embargo, hay algo que los niños que sueñan con jurar no saben, y que los mayores no cuentan.

Hace doce años hubo una guerra. No una guerra entre los cinco pueblos: esa paz nunca se rompió.

Una guerra contra algo que vino de más allá de los acantilados del este.

Duró poco y costó mucho. En Aurenthal nadie habla de ella en voz alta, y en los libros de la Biblioteca Central hay páginas que fueron arrancadas con cuidado, como si quien las arrancó hubiera querido borrar no los hechos, sino un nombre.

Fue en esa guerra donde el rey Haldric, que entonces era príncipe, se ganó el trono.

Fue en esa guerra donde el Gran Maestro Althoren se ganó su secreto.

Y fue en el último año de esa guerra, en una aldea de Valdyr que no sale en los mapas, donde una mujer joven, con un recién nacido en los brazos —había nacido en el camino— y nada más, bajó de una carreta en mitad de la noche, pagó con lo último que tenía por una casa de dos cuartos y un huerto, y le dijo a la vecina que su marido había muerto en el mar.

No era verdad. Pero era lo que iba a decir durante quince años.

Al niño le puso Alberion.