Capítulo XVIII — La pradera
Capítulo XVIII — La pradera
Yira volvió a Valdyr en primavera, con una maceta.
No en guardabarranco. A pie, y en carro, y a pie otra vez, por el camino que había hecho de muchacha desde Aurenthal y de mujer hacia Campo Blanco, con un vestido de viaje oscuro, un bulto con lo que cabía en un bulto, y una maceta de barro con una Flor de Sacuán que había viajado tres meses sin perder una hoja, porque Yira le hablaba de noche, como se le habla a una planta, sin esperar que conteste.
Las piedras la esperaban en el huerto. Las había puesto en un jardín y un jardín no se lleva. Y lo primero que hizo al llegar, antes de abrir la puerta, fue contarlas, una por una, de rodillas, con la mano en cada una, y al terminar decir el número en voz alta, y levantarse, y no volver a mirar.
La casa estaba como la dejó. El huerto no.
El huerto estaba hecho un bosque de hierba de meses, y Yira dejó el bulto en la puerta y la maceta en la ventana, en el lugar de siempre, donde la luz daba a media mañana, y se arremangó, y se pasó el primer día entero arrancando hierba sin hablar con nadie.
Y los vecinos la vieron, y no se acercaron, porque en Valdyr se sabía lo que había pasado, y se sabía que a Yira Vorensen no se la consolaba: se la dejaba trabajar.
Al segundo día encontró al lobo.
*
Estaba en la puerta. Dormido. Cojo, viejo ya, con el pelaje de escarcha gris en el hocico y la pata mala doblada debajo, como lo había encontrado dormido una vez, hacía cuatro años, cuando un muchacho de trece volvió de la nieve con un animal que no era de nadie y ella no supo si gritar o darle de comer.
Le dio de comer. Y ahora, cuatro años después, el lobo levantó la cabeza cuando Yira abrió la puerta, y la miró con los ojos pálidos, y no se movió.
—Ya sé —le dijo Yira—. Ya sé que no volvió. —Pausa—. Yo tampoco esperaba.
El lobo bajó la cabeza. Y se quedó. Y a la mañana siguiente estaba, y a la otra, y Yira le puso un cuenco al lado de la puerta y no le puso nombre, porque Alberion no se lo había puesto, y porque había cosas en la casa que eran de él y que ella no iba a tocar.
*
Subió a la pradera el tercer día.
Por el camino de la montaña, el que un niño de once años había subido con un cuchillo de pan para ver un lobo y había bajado con un amigo.
Despacio, porque la pierna izquierda le avisaba en las cuestas desde el invierno.
Con la maceta en las dos manos, contra el pecho, y el lobo cojo detrás, a diez pasos, como caminaba todo el mundo detrás de los Vorensen.
La cabaña estaba vacía. Lo sabía. Pero la miró igual.
La puerta abierta, el banco afuera, el corral sin ovejas, la hierba creciéndole dentro.
Y en la mesa de adentro, en el centro, el sitio de una pluma que ya no estaba, porque un muchacho se la había llevado para que un ave lo aceptara, y el ave lo había aceptado, y las dos cosas estaban ahora en el borde de una isla y en el fondo de un volcán.
Yira no entró. Se sentó en el banco de afuera. Donde el pastor cascarrabias se sentaba a mirar el valle, y la casa de ella, sin que ella supiera por qué. Y miró el valle. Y después miró la pradera.
La roca estaba donde Agaton la había dejado.
Gris, redonda, del tamaño de dos hombres sentados, en medio de la hierba, con las flores creciéndole alrededor, con el sol encima.
La roca que un muchacho de catorce años había movido un dedo delante de su padre, y que un hombre de treinta había levantado entera, una vez, para que una muchacha de Aurenthal viera lo que sostiene.
La roca a la que Alberion subía a sentarse con el pastor, de espaldas, uno contra otro, sin hablar.
Yira caminó hasta la roca. Con la maceta. Y se arrodilló al pie, en el lado donde daba el sol de la mañana, y con las manos, sin herramienta, abrió un hueco en la tierra de la pradera, y sacó la Flor de Sacuán de la maceta, con todo y raíz, y la plantó.
—Aquí —le dijo—. Aquí te quedas. Ya tienes con quién.
Y apretó la tierra con las dos manos, como se aprieta una cosa que uno no quiere que se mueva. Y se quedó de rodillas un rato. Y después levantó una piedra. Una chiquita. Del tamaño de un huevo de codorniz. De al lado de la roca. Y se la guardó en el bolsillo.
—Una más —dijo. Para nadie.
Y bajó.
*
El guardabarranco viejo llegó en verano.
Nadie lo vio venir. Un día estaba en el borde de Orl, con las alas cerradas, esperando, y al siguiente no estaba, y Aerion, que casi no hablaba, miró la niebla y después miró al oeste y no dijo nada.
Y una tarde, en Valdyr, los niños de la aldea gritaron que había una sombra en la pradera, enorme, en la roca, y los hombres subieron con horcas, y bajaron sin ellas.
Se había posado en la roca. En la de Agaton.
Con las garras en la piedra gris y las alas cerradas y los ojos en el valle.
Y no se movió cuando subieron los hombres, y no se movió cuando bajaron, y no se movió esa noche, ni la siguiente.
Se quedó. Como se había quedado en Orl. Esperando, dijo Aerion cuando le llegó la noticia.
Pero ya no esperando a que alguien bajara de una niebla.
Esperando como espera una cosa que ha vuelto a su lugar y que no tiene ninguna otra parte a donde ir.
Yira subió a verlo una vez. Con pan. Se lo dejó en la hierba, a diez pasos, como le había puesto el pan en la mesa al pastor. Y el ave la miró, y bajó la cabeza enorme, como la había bajado en Orl, y Yira le puso la mano en el pico, un segundo, y se la quitó.
—Ya sé lo que hiciste —le dijo. Al ave. Al pastor. A los dos—. Me lo dijo Lucian. Mirándome. —Pausa—. Gracias por el pan de más.
Y bajó. Y no volvió a subir, porque no hacía falta, porque desde la ventana de la casa, por encima de la maceta vacía, se veía la pradera, y la roca, y la sombra enorme encima, todos los días, a la hora en que daba la luz.
*
El niño subió en otoño.
Tenía once años. Era de la aldea, hijo de nadie en particular, flaco, con el pelo revuelto, y había oído en la plaza que en la montaña había lobos, y había oído también que arriba, en la pradera, había una cosa grande posada en una roca que nadie se atrevía a mirar de cerca.
Y como tenía once años, y como las dos cosas le parecían la misma, una mañana agarró de la cocina de su madre lo único que cortaba, que era un cuchillo de pan, y se lo metió en el cinto, y subió.
Subió por el camino de la montaña. Solo. Con el corazón dándole golpes y el cuchillo de pan golpeándole la pierna. Y a mitad de la cuesta, en una curva donde la hierba se abría, se encontró con un lobo.
Viejo. Cojo. Con el hocico gris. Sentado en medio del camino como si el camino fuera suyo, mirándolo con los ojos pálidos.
El niño sacó el cuchillo de pan. Y el lobo lo miró, y miró el cuchillo, y bostezó, y se levantó, y se dio vuelta, y empezó a subir por el camino delante de él, despacio, con la pata mala, mirando hacia atrás cada diez pasos para ver si venía.
Y el niño fue.
Llegaron a la pradera juntos. Y el niño la vio: la hierba alta, las flores, una cabaña vacía con un banco afuera, y en medio, la roca gris, enorme, con una Flor de Sacuán creciéndole al pie, blanca, abierta, fuera de temporada, como si no supiera que era otoño. Y encima de la roca, la cosa grande.
Un ave. Vieja. Enorme. Con las alas cerradas y la cabeza vuelta hacia él, con un ojo negro y redondo que lo miraba como no lo había mirado nadie, como si lo pesara, como si supiera algo de él que él no sabía todavía.
El niño se detuvo. A veinte pasos. Con el cuchillo de pan en la mano, apuntando a nada, y el lobo sentado a su lado como si fueran los dos de ahí. Y no tuvo miedo. O tuvo, y no le importó, que era otra cosa, y que a los once años no se sabe que es otra cosa.
Y el guardabarranco viejo, que había esperado en el borde de Orl y en la roca de la pradera, que no había abierto las alas más que para cruzar de una a otra, lo miró un rato largo.
Y las abrió.