Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Eres malo, Rodri... Eres muy malo conmigo… —atiné a balbucir, aunque mi propio cuerpo contradecía mis palabras, empujando instintivamente mi trasero hacia atrás, buscando más de su presión.

Sin previo aviso, bajó una de sus manos.

Sus dedos se deslizaron con brusquedad bajo el elástico de mis braguitas, abriéndose paso hasta encontrar mi humedad.

Estaba empapada. Solté un grito ahogado que empañó el cristal cuando sus dedos empezaron a restregarse de forma tosca y directa contra mi clítoris.

—Tenías razón, Elena. Tengo que ser más atrevido… —dijo con malicia.

—Joder… —suspiré de placer—. Me estás tocando el coño. Nunca pensé que esto llegaría a suceder.

—Estás chorreando... —jadeó Rodri, su respiración se volvió un rugido animal en mi cuello—. Estabas esperándome así. Di la verdad, Elena. ¿Querías que viniera a rematarte mientras ellos siguen ahí fuera?

—Sí... Dios, sí —gemí, rindiéndome por completo al morbo despiadado de la escena. Apoyé las dos palmas de las manos sobre el granito para no desplomarme, curvando la espalda hacia atrás, ofreciéndome—. Sigue, Rodri, muévete...

Él no se hizo de rogar. Su respuesta fue un tirón seco y violento de mis braguitas; las bajó hasta la mitad de mis muslos, rasgando levemente el encaje lateral, hasta que descendieron por completo a mis tobillos y liberaron mi sexo.

Con una mano me agarró del pelo en la nuca, tirando con suavidad pero con una firmeza impositiva para obligarme a mantener la cabeza erguida, mirando fijamente hacia la pista donde Carlos se secaba la frente con una toalla. Con la otra mano, Rodri se bajó el pantalón.

—Te voy a follar como siempre he querido hacer. Pero no apartes los ojos de ellos —me ordenó con una voz que ya no era la de un joven de veintidós años, sino la de un hombre que se sabía dueño absoluto de la situación—. Siente cómo te meto la polla mientras tu marido cuenta los puntos.

Sentí la punta de su miembro rozar mi entrada, arrastrando mi propio flujo hacia arriba. Antes de que pudiera prepararme, Rodri hundió las caderas hacia delante con una embestida seca, metiéndose de golpe dentro de mí hasta el fondo.

El impacto me arrancó un grito agudo que se estampó contra la ventana. Me abrió en canal con una potencia juvenil que me hizo perder el suelo, obligándome a aferrarme al borde de la encimera mientras el dolor y el placer más agudo se mezclaban en mi vientre.

—¡Ah! Rodri… despacio… —supliqué, con las lágrimas asomando a mis ojos por la intensidad de la penetración.

—Me encanta tu coño —jadeó él contra mi oreja, perdiendo el control, empezando a bombear dentro de mí con un ritmo frenético y tosco que hacía que mis pechos rebotaran contra el mármol—. Llevo años imaginando este momento. Te voy a reventar aquí mismo.

Cada embestida era un golpe seco que retumbaba en mis entrañas; el sonido húmedo y sucio de nuestros sexos chocando se mezclaba con el eco lejano del golpe de las raquetas contra las pelotas de tenis fuera de la casa.

Era una locura perfecta, una humillación deliciosa que me hacía apretar mis paredes internas alrededor de su miembro con una fuerza desesperada, asimilando cada centímetro de su juventud y su violencia.

El chico no bajó el ritmo; al contrario, mi estrechez pareció volverlo loco. Sintiendo cómo me aferraba desesperadamente a la encimera para no caer, soltó mi cabello y deslizó sus dos manos hacia delante, pasándolas por debajo de mis axilas para apoderarse de mi pecho.

Sus palmas estrujaron mis tetas con una fuerza desmedida, hundiéndose en la carne blanda sin ninguna delicadeza.

Con los dedos pulgar e índice empezó a retorcer mis pezones, tirando de ellos hacia fuera con saña, justo al mismo tiempo en que clavaba las caderas en cada embestida.

El doble castigo de placer me hizo enloquecer de gusto.

—¡Dios, Rodri, qué bien me follas! —grité, fuera de mí.

Aquella confesión terminó de desatar a la bestia.

Escucharme decir lo que verdaderamente sentía pareció darle el derecho definitivo de posesión.

Rodrigo lanzó un rugido ronco y, sin soltar mis tetas, aumentó la velocidad con una furia implacable, convirtiendo el ritmo en un golpeteo frenético, húmedo y ruidoso que hacía vibrar mis muslos.

—Dilo otra vez, Elena... Dilo más fuerte, que te oigan fuera —me exigió, tirando de mis pezones hacia arriba con tanta fuerza que me obligó a empinarme sobre la punta de los pies, ofreciéndole un ángulo todavía más profundo—. ¡Dime que te follo mejor que tu marido!

No pude responder con palabras claras, solo con gemidos rotos y agudos. Mis manos patinaban sobre el granito pulido, incapaces de sostener el peso de mi cuerpo ante la violencia de sus embestidas.

El pánico y el morbo se mezclaron en mi vientre como una bomba de tiempo, haciendo que mis músculos vaginales se estrangularan alrededor de su polla en un espasmo violento.

El orgasmo me golpeó de frente, salvaje y doloroso, haciéndome temblar de pies a cabeza mientras me asfixiaba contra el cristal.

—Te quiero, Elena... Joder, te quiero... —gruñó él, con sus espasmos contrayendo los músculos de sus piernas contra las mías.

Sintió mis contracciones y soltó un jadeo agónico. Clavó sus dedos en mis tetas, dio tres embestidas brutales, desgarradoras, y se corrió dentro de mí con una descarga masiva, empujando sus caderas al máximo contra mi trasero para vaciarse hasta la última gota en el fondo de mi coño.

Cuando todo terminó, en mitad del denso silencio de la cocina, roto únicamente por el eco de nuestras respiraciones rotas y fatigadas, Rodrigo se dejó caer un segundo sobre mi espalda, exhausto, con la frente apoyada en mi cuello húmedo de sudor.

Tras un instante que pareció una eternidad, se separó lentamente, con un crujido húmedo que delató nuestra desconexión. Se subió el pantalón a toda prisa, con el rostro congestionado, las mejillas rojas y los ojos brillantes por la fuerte descarga que yo sentía resbalar por mis muslos.

—Elena... —susurró él—. Lo que te he dicho antes iba en serio.

Me agaché para coger mi bata del suelo.

—Me has dicho muchas cosas… —mi voz volvía a ser la de siempre—. Será mejor que las olvidemos.

Miré el reloj de la cocina.

—Me refiero a lo último —respondió sin apartar sus ojos de mi cuerpo aún desnudo—. A cuando te dije que te quiero. Para mí esto ha sido mucho más que sexo.

Acaricié su rostro con ternura.

—Cariño, estás confundido… No puedes enamorarte de mí. De hecho, esto no debería haber pasado.

—¿Por qué no? —preguntó, llevándose mi mano a los labios para besarla.

—¿Aún lo preguntas? —dije apuntando hacia la ventana—. Tengo cuarenta y tres años y tú diecinueve. Soy la mejor amiga de tu madre. Estoy casada y mi hijo es casi como un hermano para ti.

—. Te juro que seré muy discreto, haré todo lo que tú digas. Me gustas mucho y no quiero perderte.

—Cielo… Esto es peligroso y podríamos hacer sufrir a mucha gente que queremos —respondí en un suspiro, aunque mis manos temblaban mientras me colocaba la bata.

—¿Es que no te ha gustado? —preguntó él, dando un paso al frente, con una chispa de orgullo herido en sus ojos tan azules como los de Amanda.

Moví la cabeza de lado a lado, mirándolo con una honestidad brutal. Mientras volvía a agacharme para recoger mis bragas rotas en el suelo.

—Me ha encantado, amor. Ha sido increíble. Hacía mucho que no me corría así. Pero es muy peligroso... y además no quiero volver a engañar a Carlos. Quiero a mi marido.

Rodrigo no me dejó terminar. Cortó la distancia que nos separaba con una posesividad salvaje y me acorraló de nuevo.

Me tomó del cuello con una mano firme y me estampó contra sus labios en un morreo intenso, húmedo y profundo.

Nuestras lenguas se buscaron con desesperación, devorándose entre el sabor a saliva caliente y al peligro que seguía acechando fuera.

El beso me dejó sin aliento, demostrándome la fuerza insaciable de su juventud, y recordándome a su padre.

—No puedo prometerte que no volveré a intentarlo. Me gustas demasiado, Elena. Volvería a follarte ahora mismo.

—Pues no va a poder ser… porque me voy arriba a darme una ducha —dije forzando una sonrisa contenida y pasando a su lado para romper el hechizo.

En el instante en que le di la espalda, Rodri aprovechó para levantarme la bata con un movimiento rápido y me plantó un tremendo azote a mano abierta en las nalgas. El golpe seco resonó en toda la cocina, dejando mi piel encendida y un eco vibrante en mi bajo vientre.

—¡Rodrí…! —lo reprendí—. No seas bruto.

—Menudo culazo tienes, Elena. Si quieres, subo ahora mismo a enjabonarte —soltó con un descaro insolente, recorriéndome con la mirada.

Me detuve en el umbral, me di la vuelta lentamente y me reí con picardía, mordiéndome el labio inferior mientras sentía el cosquilleo del golpe en mi trasero. Seguía cachonda. Hubiera vuelto a follármelo. Me moría de ganas de tomarlo de la mano y arrastrarlo hasta mi habitación, pero me contuve.

—Anda… sé un buen chico y no le hagas esto a la mamá de tu mejor amigo. Regresa a la pista con ellos.

Giré sobre mis talones y comencé a subir las escaleras hacia el piso superior, escuchando de fondo el sonido de mis propios pasos apurados y el silencio cómplice de la casa que ahora custodiaba nuestro secreto.

«Prueba superada», escribí en mi teléfono móvil y le di a enviar.