Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 27
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Capítulo 27

No quedaba ni rastro de la Elena timorata y asustada que, apenas unas semanas antes, se retorcía de culpa en este mismo espacio.

Esa noche el ritual de vestirme tenía un peso diferente: era la preparación para mi coronación.

Había superado la prueba. Hoy ingresaba oficialmente, por la puerta grande y con todos los honores, en la sociedad Sommet.

En aquellos momentos no me importaba en absoluto ser miembro de tan distinguido club, pues no sabía el honor y las ventajas económicas y sociales que me aportaría meses después, pero como Ramón y Amanda estaban tan ilusionados, no quise decepcionarlos.

Me decanté por un vestido sexy y al mismo tiempo elegante de color blanco.

Según me dijo Amanda, era el color que debía llevar el día de mi iniciación.

Tenía un escote halter que dejaba mis hombros y mi espalda completamente al descubierto.

Me calcé unos estiletos de salón negros, altísimos, que obligaban a mi postura a mantenerse erguida, felina.

Al mirarme mientras abrochaba los pendientes de oro, noté que mis manos temblaban ligeramente, pero no era el temblor del miedo. Eran nervios de pura anticipación.

Lo más fascinante de todo era el silencio en mi conciencia.

Busqué el arrepentimiento dentro de mí, excavé en los rincones donde solía esconderse la culpa de la «buena esposa» y no encontré absolutamente nada.

Estaba vacío. Ya no me sentía mala persona, ni una traidora.

Al contrario: estaba segura de que me lo merecía.

Ramón me había convencido de que era una reina y que mi obligación en la vida era intentar disfrutar al máximo.

Sin embargo, renunciar a Carlos no entraba en mis planes. Ni remotamente. Mi marido era el pilar sobre el que se sostenía mi vida, incluso aunque hubiera descubierto una faceta de mí misma que necesitaba explorar por separado.

Mientras terminaba de perfumarme las muñecas y el cuello, recorrí con la mirada la pulcritud impecable de mi dormitorio.

Necesitaba aquella doble vida. Adoraba la seguridad cómoda, predecible y amable de mi rutina.

Me encantaba ser la esposa del prestigioso abogado Carlos Castello, la madre ejemplar a ojos de los demás, la mujer elegante que saludaba a los socios del club los fines de semana.

La misma que paseaba por la calle Serrano cargada de bolsas, asistía a misa en la Catedral de la Almudena los domingos y colaboraba en rifas, galas y mercadillos benéficos.

Aquella vida también era yo. Y, por extraño que pudiera parecer, no estaba dispuesta a renunciar a ella.

Quería a mi esposo, por supuesto que lo quería; él era el hombre tierno que me daba paz. Pero lo de Ramón operaba en una dimensión distinta, una esfera donde la moral no existía y solo importaba el magnetismo del fango.

A veces, durante los últimos días, una pregunta incómoda había cruzado mi mente: ¿Qué pasaría si un día Ramón y Amanda me pusieran un ultimátum?

¿Qué haría si me pidieran que me divorciara de Carlos para unirme a ellos a tiempo completo?

La verdad es que no tenía la respuesta, y el mero hecho de dudar me generaba un escalofrío.

Pero enseguida desechaba el pensamiento con una sonrisa de suficiencia frente al espejo.

¿Para qué quemarse la cabeza con hipótesis del futuro si en este preciso instante podía tener lo mejor de los dos mundos?

El orden y el caos. La calma y la tormenta. Todo diseñado a mi medida.

Terminé de retocarme el carmín rojo de los labios, agarré mi bolso de mano negro y bajé las escaleras despacio, disfrutando del sutil taconeo que resonaba en los peldaños.

Al llegar abajo, la cristalera del salón me mostró la estampa habitual.

Carlos estaba sentado en la hamaca del jardín, aprovechando los últimos rayos de sol de la tarde.

Tenía una cerveza bien fría en la mano y la mirada perdida en el horizonte del césped recién cortado.

Se le veía tan tranquilo y feliz; tan ajeno a lo que me esperaba esa noche.

Deslicé la puerta de cristal y salí al porche. El aire cálido me acarició la espalda desnuda.

—Vaya… —Carlos se incorporó un poco en la hamaca, girándose hacia mí. Sus ojos se abrieron con sincera admiración al recorrer mi atuendo—. Estás espectacular, mi amor. ¿De verdad es solo una cena de exalumnas? Vas para detener el tráfico de la Gran Vía.

La mentira brotó de mis labios con una fluidez pasmosa, casi artística.

—Ya sabes cómo son estas reuniones, mi amor —dije, acercándome y dedicándole una sonrisa dulce y perfecta—. A todas nos gusta competir un poco después de tantos años sin vernos. No me esperes despierto, cogeré un taxi.

—Pásalo muy bien, cariño. Mañana me cuentas —respondió él con total ingenuidad, estirando el cuello para que le diera un beso.

Me incliné y posé mis labios suavemente en su mejilla, rozando apenas la superficie para no dejar rastro del carmín.

—Hasta luego, cielo —le dije, dándole un leve toque cariñoso en el hombro.

Me di la vuelta y caminé hacia la salida lateral del jardín. Mientras cruzaba el césped, sentí su mirada protectora en mi espalda, un ancla de seguridad que me esperaba en casa mientras yo me disponía a zarpar hacia el abismo.

Crucé la verja de madera, dejándola entornada a mis espaldas, y comencé a bajar los pocos metros de la cuesta de la calle.

El sol se estaba ocultando, tiñendo el cielo de un tono violáceo y dorado.

Al doblar la esquina, junto a la línea de setos altos que separaba nuestra propiedad de la calle principal, lo vi.

Allí estaba. Aparcado en la penumbra, imponente y reluciente bajo las farolas recién encendidas, el Mercedes blanco de Ramón. Los cristales tintados impedían ver el interior, pero el ronroneo sordo del motor en ralentí delataba que me estaban esperando.

Apreté el bolso contra mi costado, respiré hondo sintiendo el nudo de la excitación cerrándose en mi vientre y caminé con paso firme hacia la puerta del copiloto, dispuesta a ocupar, por fin, el lugar que me había ganado.

Fin