Capítulo 26
El domingo amaneció bañado por un sol radiante, de esos que invitan a llenar los pulmones de aire fresco y pasar el día al aire libre. A mí, sin embargo, solo me hizo sentir aún más atrapada en aquella realidad paralela en la que llevaba semanas viviendo.
Me encontraba sola en la cocina, vestida únicamente con unas braguitas y una bata de seda que apenas llegaba a la mitad de mis muslos. Serví un zumo de naranja frío y me apoyé contra el borde de la encimera de granito, con la mirada fija en la ventana que daba a la pista de tenis.
A través del cristal, la estampa parecía sacada de un anuncio de vida idílica, una postal de orden y felicidad burguesa. Allí estaban Carlos, mi hijo Pablo, un vecino y Rodri. Jugaban un reñido partido de dobles. Desde la distancia, podía observar el dinamismo de sus movimientos en la pista.
Sin embargo, mis ojos solo seguían una silueta.
Rodrigo se movía con agilidad, un vigor puramente juvenil que me resultaba atractivo.
Llevaba una camiseta técnica blanca que, empapada por el esfuerzo, se pegaba como una segunda piel a sus hombros, delineando los músculos y el nacimiento de su cintura.
En un momento dado, tras fallar un golpe cerca de la red, vi cómo se detenía en seco.
Se llevó la mano izquierda al codo derecho, curvando el cuerpo y haciendo un estudiado gesto de dolor hacia los demás.
Tras intercambiar unas breves palabras con Carlos y Pablo, quienes se acercaron preocupados a él, Rodri recogió su raqueta y comenzó a caminar con paso firme en dirección a nuestra casa.
Dejé el vaso de zumo sobre la superficie pulida, notando cómo una descarga de pura adrenalina corría por mis venas, erizándome el vello de los brazos y encendiendo un calor denso entre mis piernas.
El chico entró respirando de forma agitada, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, el rostro encendido por el esfuerzo físico.
Al verme sola en la cocina, se detuvo. Sus ojos claros recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, fijando la vista en la delicada costura donde terminaba la seda de mi vestido.
—¿Qué pasa, Rodri? ¿Por qué no estás jugando? —le pregunté. Forcé una voz suave, modulada, que pretendía sonar inocente, pero que salió cargada de una vibración densa.
Mientras hablaba, me crucé de brazos lentamente, un movimiento calculado que tensó la seda sobre mi pecho, marcando la silueta erecta de mis pezones a través de la tela ante sus ojos.
—Les he dicho que me he vuelto a lastimar el codo —respondió él, dando un paso largo hacia delante, acortando el espacio.
Dejó la raqueta sobre la mesa auxiliar sin apartar la vista de mí.
Su voz sonó más grave que de costumbre, rota por el jadeo del ejercicio y desprovista por completo de la timidez del chaval que solía pedir permiso para todo—.
Pero la verdad es que quería estar en casa cuando te levantaras.
El descaro absoluto de sus palabras me dejó sin aliento. El morbo de la situación era ensordecedor, casi físico: mi esposo y mi hijo estaban apenas a treinta metros de distancia, corriendo de un lado a otro de la pista.
—¿Y para qué querías verme? —pregunté sonriendo—. ¿Quieres decirme algo?
Dudó antes de responder.
—Solo quiero que sepas que me tienes completamente loco —respondió soltando un bufido.
Intenté simular las ganas que tenía de que se atreviera a tocarme, a poseerme allí mismo en la cocina como a una cualquiera.
—Será mejor que suba a vestirme; se hace tarde —respondí, procurando aparentar una turbación que, a esas alturas, ya empezaba a resultarme difícil sostener.
Alzó una mano con gesto consternado para detenerme antes de que pudiera salir de la cocina.
—Disfrutas con todo esto, Elena? Te gusta provocarme y despertar todos mis instintos —Su voz sonó más dura y altiva de lo habitual—. Te divierte tenerme detrás como un perrito faldero que solo menea la cola, pero que es incapaz de morder. ¿Disfrutas volviéndome loco, ¿verdad?
Hice un pequeño gesto de turbación, llevándome una mano a la mejilla como si sus palabras tuvieran el poder de hacerme sonrojar.
—Rodri, ya te he dicho que me siento halagada de que un chico tan joven y guapo como tú se sienta atraído por mí. Pero recuerda quién soy… —dije como si aquello pudiera ser una barrera.
Rodrigo acortó los últimos centímetros con una decisión imprevista, un impulso dominante que me heló la sangre y me encendió la piel.
Me acorraló por completo contra el borde frío de la encimera, atrapándome al apoyar sus palmas a ambos lados de mis caderas, bloqueando cualquier vía de escape.
Podía sentir el calor casi abrasador que desprendía su cuerpo.
Estaba tan cerca que su respiración caliente golpeaba directamente sobre mi rostro.
—Estás increíble, Elena. Llevo años deseándote. Siempre has sido mi mayor fantasía… —susurró, con las pupilas completamente dilatadas, fijas en mis labios. Sus dedos rozaron la seda de mi bata a la altura del cuello—. No sabes lo que estoy sintiendo ahora por tenerte así…
Suspiré antes de hablar.
—Rodri, para... Estoy casada y eres el mejor amigo de mi hijo —advertí en un susurro febril, aunque mis palabras carecían de autoridad. Mi propio cuerpo se arqueaba sutilmente hacia el suyo, buscando el contacto, completamente entregado a la adictiva y peligrosa corriente del riesgo.
—Tranquila —replicó él con una seguridad casi insolente—. Estamos solos… Ellos están ahí fuera corriendo detrás de una estúpida pelota.
Pegó su pelvis directamente contra la mía.
Un gemido ahogado se escapó de mi garganta cuando sentí el impacto a través de la fina tela elástica de su pantalón corto de deporte.
Pude percibir con total nitidez la tremenda e inevitable dureza de su anatomía; una evidencia indudable de su juventud y del impacto inmediato que mi cercanía provocaba en él.
—¿Notas ahora cuánto me gustas? —preguntó.
Me incliné un poco más hacia delante buscando mayor contacto.
—Sí, puedo sentirlo.
El muchacho llevó una mano al lazo que mantenía cerrada mi bata.
—¿Y te molesta notarlo tan cerca? —preguntó, sosteniéndome la mirada.
Tardé unos segundos en responder, consciente de cómo el nudo comenzaba a aflojarse.
—No... no me molesta —contesté, y mi voz sonó más temblorosa de lo que me habría gustado.
Rodrigo esbozó una sonrisa lenta.
—Eso pensaba, Elena. ¿Puedo abrir la bata? Llevo demasiado tiempo imaginando qué escondes debajo.
Me mordí el labio mientras sostenía su mirada durante unos segundos.
—Sí —susurré al fin—. Quiero que la abras y me veas.
El chico no esperó un segundo más. Tiró del extremo del lazo con un movimiento decidido. El nudo cedió al instante y la seda cobró vida propia, deslizándose con suavidad hacia los lados por el peso de la caída.
Con una lentitud exasperante, casi cruel, metió las palmas de las manos por el revés de la tela, empujándola hacia atrás para sacármela de los hombros.
La bata cayó al suelo, siseando y dejándome expuesta, vestida únicamente con las bragas y con el pecho completamente al descubierto bajo la intensa luz que entraba por la ventana.
—Vaya... —murmuró—. Creo que ninguna fantasía le hace justicia a la realidad.
Sonreí.
—¿En serio? —pregunté atenta a cada uno de sus gestos.
—Y tan en serio... Joder, Elena. Qué locura de cuerpo y de tetas tienes.
Él dio un paso atrás, lo justo para abarcarme entera con la mirada.
Sus ojos claros se volvieron oscuros, densos, fijos en la palidez de mi piel que contrastaba con el recuerdo que tenía de mí en ropa de calle.
Se relamió los labios de forma inconsciente, recorriendo la redondez de mis pechos, deteniéndose en los pezones rígidos, para luego bajar por la línea de mi vientre hasta detenerse en el encaje de mis braguitas.
Estaba asimilando el premio, devorándome con un descaro salvaje que me hizo temblar las piernas.
El contraste era brutal: él seguía sudado, oliendo a esfuerzo y a hormonas desatadas, mientras yo estaba allí, desarmada y ofrecida en mi propia cocina.
—Supongo que estarás acostumbrado a cuerpos perfectos. A chicas de tu edad, quiero decir —dije con cierta inseguridad.
—Tú sí que eres perfecta. Estás mil veces más buena de lo que había imaginado en mis jodidos sueños.
Dio un paso al frente de nuevo, acortando la distancia con rabia, y me agarró con firmeza de la cintura. Sus manos calientes y fuertes se clavaron en mi piel desnuda, quemándome, mientras volvía a pegar su dura pelvis contra la mía, haciéndome jadear.
—Mira hacia la pista —me ordenó al oído, con un tono dominante que me recordó al de su padre—. Míralos. Carlos y Pablo siguen ahí corriendo como idiotas bajo el sol, sin tener la más mínima idea de que te tengo desnuda en la cocina, y de que te voy a follar contra esta encimera.
La orden me golpeó con la fuerza de una bofetada.
Con los dedos firmemente clavados en mis caderas, Rodri me obligó a girarme de espaldas a él, aplastando mi vientre contra el borde frío de la encimera de granito.
El contraste entre la piedra helada en mi abdomen y el calor abrasador de su pecho sudado pegándose a mi espalda me sacó un gemido que se ahogó contra el cristal de la ventana.
—He dicho que mires —insistió con un susurro rudo, su aliento caliente me quemaba la oreja mientras me sujetaba el mentón con los dedos para forzarme a fijar la vista en el exterior—. Obsérvalos bien.
A través del cristal, el mundo seguía su curso idílico.
Carlos acababa de conectar una buena volea y Pablo aplaudía, ajenos, completamente ciegos a la traición que se consumaba a escasos metros.
Sentir la dureza de Rodri presionando directamente contra mis nalgas, separados apenas por la fina tela de mis bragas, mientras mi marido y mi hijo jugaban al tenis, era un veneno adictivo que me anulaba cualquier capacidad de raciocinio.