Capítulo 25
A partir de ese momento, el contacto con Rodrigo se intensificó notablemente.
Las distancias se acortaron y sus miradas se volvieron mucho más directas, cargadas de una mezcla de timidez juvenil y una audacia que empezaba a florecer bajo mi estímulo.
Y tengo que decir, con total honestidad, que comencé a disfrutar de cada instante de ese proceso.
Al principio lo veía como una obligación dictada por el control de Ramón, una factura amarga que debía pagar para recuperar mi lugar en su cama, pero pronto el panorama cambió.
Me divertía sobremanera saber que un chico tan joven, con toda la vida por delante, estuviera tan colado por mí. Sentir su nerviosismo, ver cómo le temblaban las manos cuando me acercaba o cómo buscaba cualquier excusa para rozar mi brazo me inyectaba una vitalidad nueva. Me hacía rejuvenecer.
Era fascinante y, a la vez, aterrador desplegar todo el juego de miradas de seducción en mi propia casa. Compartíamos barbacoas los fines de semana, tardes de piscina en el jardín y cenas en el porche, y ni Pablo ni mi esposo se daban cuenta de absolutamente nada.
Carlos seguía enfrascado en su trabajo y durante el fin de semana el fútbol era para él lo más importante, y Pablo veía a su madre y a su mejor amigo hablar en susurros y pensaba que simplemente nos llevábamos bien.
No captaban la tensión ambiental, el espesor del aire cada vez que Rodrigo y yo coincidíamos en una habitación.
Recuerdo aquel viernes por la tarde. Amanda tenía que ir a la boda de una sobrina de Ramón al día siguiente y me había llamado para que la ayudara a decidirse por el vestuario.
Estábamos en su habitación. No había vuelto a estar allí desde la noche en que Ramón me había follado en esa cama inmensa.
Al cruzar el umbral, sentí un escalofrío nítido recorriéndome la espina dorsal, un eco del placer extremo que me había dejado marcada.
Mi amiga había sacado tres vestidos del vestidor y los había extendido sobre la colcha.
Yo me senté en la cama, observándola mientras ella se desvestía con total naturalidad, acostumbrada a mi presencia.
—¿Cómo va todo con Rodri? ¿Te sigue siendo difícil acercarte a él?
Negué con la cabeza. Me gustaba estar allí. Sabía que aquella cama pronto sería tan mía como de Amanda.
—Me estoy divirtiendo mucho con todo esto. Te juro que estoy cachonda desde que me levanto hasta que me acuesto. Tu hijo está coladito por mí… —hice una pausa esperando su reacción, pero ella no hizo un solo gesto—. Me parece tan tierno… Y es tan mono…
Ella se quitó la blusa y se quedó en ropa interior para probarse el primer vestido. Una sonrisa lenta y cómplice comenzó a dibujarse en sus labios.
—Es cierto, es un chico muy guapo. Al final tuviste suerte con la prueba —dijo riéndose, entornando los ojos, seguramente recordando la angustia de su propia iniciación en los rituales de Sommet.
—¿Cómo crees que será tu hijo en la cama? —pregunté con picardía, cruzando las piernas—. Espero que haya heredado los atributos de su padre... porque, madre mía... menuda polla tiene tu marido. Siempre había pensado que lo del tamaño era solo un mito.
Las dos nos reímos de buena gana, una risa floja y cargada de una intimidad que solo las mujeres que comparten un secreto tan oscuro pueden entender. Amanda se pasó el vestido de seda azul por la cabeza, pero lo dejó caer a medias, apoyando las manos en sus caderas.
—Sin embargo, lo veo tan pillado por mí que a veces me surge una duda —continué, suavizando el tono, dejando salir una preocupación real—.
Pienso en lo que pasará después. Cuando todo termine y tenga que decirle a Rodrigo que no podemos volver a hacerlo.
Me da miedo que tu hijo se lo tome a mal, que sufra o que crea que simplemente he jugado con él y con sus sentimientos.
¿Cómo lo gestionaste tú cuando te… cuando te follaste a tu suegro?
Amanda puso los ojos en blanco al recordarlo, soltando un suspiro que mezclaba la nostalgia con la diversión.
—No lo dejé de golpe —confesó, ajustándose el tirante del sujetador—.
Me daba un morbo que te mueres follar con él.
Mi suegra es la típica beata de misa diaria…
Y el pobre hombre estaba tan hambriento de sexo…
—hizo una pausa—. La clave está en fingir después de follar.
Al acabar, yo me ponía la ropa a toda prisa y hacía el papelón de la esposa arrepentida.
Lloraba, me llevaba las manos a la cabeza por haber sido infiel…
Rodrigo tiene que pensar exactamente eso de ti.
Tiene que creer que te sientes fatal por tu esposo, que te carcome la culpa.
Así no pensará que has jugado con él. Háblale de Carlos, dile que es un buen hombre, que no se merece lo que estáis haciendo, que te sientes un monstruo...
Eso siempre funciona con los hombres, ablanda cualquier orgullo.
Amanda se acercó a mí, dejando el vestido a un lado en la cama.
El ambiente en la habitación cambió de repente; las risas se apagaron y la conversación sobre Rodrigo pareció prender una mecha invisible entre las dos.
La cercanía de nuestros cuerpos, la complicidad del relato y el recuerdo latente de Ramón flotando sobre el colchón crearon una atmósfera peligrosa.
—Eres increíble, Amanda —susurré, levantando la vista hacia ella.
—Solo soy práctica, cielo. Aprendí del mejor —respondió ella mientras se giraba hacia el espejo y contemplaba el reflejo de su espalda desnuda—. Aunque, si te soy sincera, a veces te envidio por lo que vas a vivir con Rodrigo...
—¿De verdad me envidias? —pregunté, incapaz de ocultar mi sorpresa.
Amanda no contestó con palabras. Se giró despacio, se acercó donde yo estaba sentada y, sin previo aviso, se inclinó hacia mí.
Sus ojos azules estaban completamente fijos en los míos, brillantes, desprovistos de cualquier timidez.
Antes de que pudiera reaccionar, sus manos agarraron mis mejillas y me besó.
Fue un beso directo, húmedo y decidido, que olía a su perfume de diseñador francés y al calor de la habitación.
Al principio me quedé parada por la sorpresa, pero la suavidad de sus labios y la urgencia de su lengua buscando la mía derribaron cualquier barrera.
Le devolví el beso con una fuerza contenida que estalló de golpe.
Amanda gimió entre mis labios, bajando sus manos con presteza hacia el cuello de mi camisa.
Con movimientos rápidos y expertos, comenzó a desabrochar los botones uno a uno, tirando de la tela hacia atrás hasta dejar mis hombros al descubierto.
—Eres preciosa, Elena… Me encantas —jadeó contra mi boca, bajando sus manos hacia mis pechos, atrapándolos por encima del encaje de mi sostén.
El contacto de sus dedos finos, un tacto femenino pero firme, me obligó a lanzar un gemido. Me levanté y tiré de ella hacia la inmensa cama. Nos caímos sobre el colchón, enredándonos entre los vestidos de seda que esperaban ser probados. Nos volvimos locas las dos.
Amanda se subió a horcajadas sobre mi regazo, deshaciéndose del resto de su ropa interior con una rapidez salvaje.
Yo hice lo mismo, despojándome de los pantalones y arrojándolos al suelo de la habitación.
Nos buscamos con un hambre animal, una desesperación que parecía alimentarse de toda la tensión acumulada.
Amanda bajó su cabeza hacia mis pechos, mordiéndome los pezones, arrancándome gritos agudos que resonaban en las paredes de la suite.
—Muérdeme, Amanda… Joder, sí —le pedí, agarrándola del pelo rubio, empujando mi pelvis hacia arriba para buscar el contacto directo con su intimidad mojada.
El encuentro se volvió un polvo bestial, tosco y desprovisto de la delicadeza que se supone en dos mujeres. Nos dábamos la vuelta sobre las sábanas, arañándonos la espalda, buscando el placer de una forma cruda y egoísta que imitaba la violencia de los deseos de su marido.
Amanda usaba sus dedos con una maestría implacable, hundiéndolos en mi coño húmedo mientras me besaba el cuello con violencia, haciéndome perder el sentido de la realidad. Yo la tocaba a ella con la misma urgencia, saboreando el néctar de su cuerpo.
De pronto, la necesidad de un contacto más íntimo nos hizo movernos; me monté sobre ella, alineando nuestros sexos desbordantes de humedad.
Empezamos a frotar nuestros coños el uno contra el otro con un ritmo frenético y despiadado, aplastando los clítoris en una fricción caliente y constante que hacía que la cama crujiera con fuerza.
Era un roce rudo, directo, que buscaba el dolor y el placer a partes iguales.
La tensión estalló cuando Amanda me empujó hacia atrás, obligándome a abrirme de piernas sobre las almohadas.
Se hundió entre mis muslos sin preámbulos, devorando los pliegues de mi sexo con una voracidad salvaje.
Su lengua me lamía con suavidad, tragándose mi flujo mientras sus manos me sujetaban las caderas.
—Me gusta… —grité temblando—. Me gusta mucho, Amanda.
Se apartó apenas un milímetro, lo justo para que pudiera ver el brillo húmedo que le cubría los labios y la barbilla. Su respiración me quemaba la piel.
—Tienes un coño precioso, perra. A Rodrigo le va a encantar —escupió contra mi piel, con el aliento quemándome—. Lo va a disfrutar tanto como su padre.
El nombre de su hijo operó en mí como un latigazo de adrenalina, una chispa de pura violencia que me nubló el juicio. Casi sin dejarla respirar, invertí la posición sobre la cama, arrastrándome en un giro hasta que quedamos encajadas la una sobre la otra, en un sesenta y nueve.
Me clavé entre sus piernas para comérmela a ella con la misma voracidad.
Nunca en mi vida había puesto la boca en el sexo de otra mujer, jamás había sabido lo que era descender a ese abismo, pero la urgencia del momento no me dejó espacio para la duda.
Enterré mi rostro en su carne húmeda, abriéndome paso entre sus labios con una desesperación animal.
La primera impresión me golpeó el paladar con la fuerza de un secreto revelado: no tenía nada que ver con la textura o el sabor a macho de una polla.
El coño de Amanda sabía a una mezcla intensa de sal, a hierro, a un almizcle caliente y espeso que se me pegaba a la lengua.
Era un sabor fuerte, primitivo, casi metálico por la excitación.
Lejos de causarme rechazo, ese sabor me encendió un deseo nuevo.
Me asfixié de buena gana en su sexo, mordiendo la carne tierna de sus labios internos, succionando su clítoris con una saña que imitaba su propia brutalidad, mientras ella, desde abajo, volvía a clavar la lengua en mí sin piedad.
Nos devorábamos mutuamente, ciegas, sordas a todo lo que no fuera el roce húmedo y el crujido de la cama, hasta que los espasmos nos hicieron gemir de rabia y placer en mitad de la boca, tragándonos los gritos la una de la otra.
—¡Me voy a correr, Elena! ¡Me corro contigo, joder! —gritó Amanda, con la respiración desbocada, apretando los muslos.
El clímax nos alcanzó casi al mismo tiempo, un orgasmo violento y prolongado que nos hizo temblar de pies a cabeza. Nos corrimos como locas, vaciando toda la adrenalina, hasta quedar exhaustas y sudorosas, colapsadas una sobre la otra en mitad del desorden de la colcha.
Pasaron varios minutos en los que solo se escuchaba el sonido de nuestras respiraciones tratando de volver a la normalidad.
Poco a poco, el frenesí animal dio paso a una calma extraña, suave y protectora.
Amanda se deslizó a mi lado, pasando un brazo por debajo de mi cabeza para atraparme contra su pecho.
Nos quedamos abrazadas, unidas por la humedad de nuestros cuerpos y el cansancio del esfuerzo.
Amanda comenzó a acariciarme el pelo con una ternura inesperada, depositando un beso suave en mi boca. Fue un momento extrañamente romántico, un oasis de paz en mitad del fango en el que nos habíamos metido. Me acurruqué contra ella, escuchando el latido acompasado de su corazón.
—Ha sido increíble, de verdad —susurré, buscando sus ojos—. Nunca pensé que pudiera hacer esto con una mujer.
Amanda sonrió, mirándome con un afecto genuino que suavizó sus facciones por completo.
—A Ramón le va a encantar que entre nosotras haya surgido esta complicidad, Elena —me dijo al oído, con una voz dulce pero firme—. Siempre he tenido ganas de acostarme contigo. Muchas veces he fantaseado con tenerte así.