Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 24
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Capítulo 24

Desde el día que envié el mensaje aceptando el perverso juego, mi relación con Amanda volvió a ser tan estrecha como antes, o quizás incluso más. Era como si el mensaje enviado a Ramón hubiera restablecido el equilibrio de nuestro particular ecosistema.

Regresamos a nuestras rutinas compartidas con una intensidad renovada: por las mañanas íbamos juntas al gimnasio, almorzábamos en el club social y pasábamos tardes enteras de compras por la calle Serrano.

Lo mejor de mi antigua vida había regresado, pero ahora venía con un reverso oscuro y compartido.

Al principio, me daba muchísimo corte hablarle de Rodrigo. Al fin y al cabo, era su hijo, el niño que ella había parido. Sin embargo, tardé muy poco en descubrir que a Amanda aquella situación, lejos de escandalizarla, le provocaba un morbo casi enfermizo.

Sucedió un martes por la mañana, mientras compartíamos un café tras la clase de Pilates.

Me atreví a confesarle que cuando tenía a Rodrigo delante de mí no podía evitar hacerle un escaneo en la entrepierna, para comprobar si estaba empalmado o si la tenía igual de grande que su padre.

Noté cómo le temblaba levemente la barbilla y cómo humedecía sus labios con un brillo de pura excitación mientras escuchaba mis palabras.

—¿Te molesta que te hable de él? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.

—No, claro que no... —Amanda bajó la mirada un instante antes de continuar—. Reconozco que, durante los primeros días, cuando Ramón me explicó en qué consistía la prueba, llegué a odiarte.

La sinceridad de su confesión me sorprendió.

—¿Odiarme?

—Sí. Primero te follas a mi marido y ahora estás tratando de hacer lo mismo con mi hijo —admitió con una mezcla de vergüenza y resignación—. Pensé que te negarías a realizar semejante prueba. Por Dios, Elena. Conoces a mi hijo desde que nació…

Solté una carcajada.

Fue una risa sincera, aunque teñida de cierta amargura.

—Te recuerdo que tú tampoco estás precisamente en posición de juzgarme.

Amanda arqueó una ceja.

—¿Ah, no?

—Tú misma me contaste que tuviste una relación con tu suegro.

Amanda negó con la cabeza y terminó sonriendo.

—Visto así, supongo que no tengo mucha autoridad moral para opinar.

A partir de ahí, las barreras desaparecieron.

Empecé a relatarle mis pequeños avances diarios con una complicidad que me resultaba tan adictiva como aterradora.

Le describía cómo me había paseado deliberadamente delante de él por el salón con unos vaqueros ajustadísimos que me marcaban todo, y cómo el chico, creyendo que nadie lo veía, bajaba la mirada de forma automática hacia mis caderas, tragando saliva.

Amanda escuchaba conteniendo el aliento, devorando cada detalle de la transformación de su propio hijo.

Nuestras tardes cambiaron de escenario. Nos instalábamos en las tumbonas de la casa de Amanda, tomando el sol en bikini, fingiendo una calma idílica mientras esperábamos a que Rodrigo llegara de la facultad.

Amanda se convirtió en la perfecta estratega.

En cuanto escuchábamos el motor del coche del chico entrar por el garaje, ella ponía en marcha su parte del plan.

Esperaba a que Rodrigo apareciera por el porche, con la mochila al hombro y el pelo revuelto, para simular una llamada urgente al móvil o inventar que tenía que subir a su habitación a buscar unos papeles.

—Quédate aquí con Elena, Rodri. Ahora bajo —decía ella con una naturalidad pasmosa, dedicándome una mirada fugaz cargada de intenciones antes de desaparecer tras las puertas acristaladas.

Y entonces, nos quedábamos a solas.

Rodrigo se sentaba en el borde de la tumbona que su madre acababa de dejar vacía, un poco cohibido por la situación, pero la confianza de los años terminaba rompiendo el hielo.

Me hablaba de las asignaturas, del tipo de música indie que escuchaba en el coche e incluso de una chica de su clase que le llamaba la atención.

Yo lo escuchaba apoyada sobre los codos, dejando que mi postura estilizara mi figura frente a él, obligándolo a elegir entre mirarme a los ojos o desviar la vista hacia mi cuerpo.

Poco a poco, empecé a guiar el timón de esas charlas hacia un terreno más íntimo, cruzando sutilmente la línea de la simple confianza familiar.

—¿Ya has conseguido besar a esa chica? —le pregunté una tarde, quitándome las gafas de sol y clavando mis ojos en los suyos.

Negó con la cabeza.

—Vaya… —lamenté—. Cuéntame, ¿cómo es físicamente?

Rodrigo se removió un poco en la tumbona, algo sorprendido por mi insistencia, pero la curiosidad y el orgullo juvenil pudieron más. Esbozó una sonrisa tímida y desvió la mirada hacia el jardín, como si estuviera dibujando su silueta en el aire.

—Bueno... es bajita, delgada. Tiene el pelo castaño y rizado —explicó, rascándose la nuca—. No sé, tiene algo que llama la atención.

Me incorporé un poco más sobre los codos, reduciendo la distancia entre los dos, dejando que el bikini hiciera su trabajo bajo la luz de la tarde. Sonreí con una mezcla de condescendencia y picardía que sabía que iba a descolocarlo.

—¿Y por qué no intentas besarla? —pregunté en un susurro apenas audible, aprovechando el tiempo que Amanda nos dejaba. Me incliné un poco más, reduciendo el espacio al mínimo—. Dicen que hasta que no besas a alguien no sabes si de verdad te gusta.

El chico se tensó por completo. La pregunta, directa y cargada de una intimidad que no correspondía a la de la madre de un amigo, lo pilló totalmente desarmado. Sus ojos fijos en los míos se abrieron un poco más, atrapados por la audacia de mis palabras.

—Tengo miedo a que me rechace —alcanzó a responder, devolviéndome el susurro con una voz que había perdido toda la firmeza de antes, volviéndose ronca y vulnerable.

—Tienes que lanzarte, cielo. A las mujeres nos gustan los hombres atrevidos que saben llevar la iniciativa. Seguro que ella lo está esperando. Eres un chico muy guapo —añadí con un tono suave, casi maternal en la superficie, pero cargado de veneno por debajo.

Rodrigo dejó el vaso sobre la mesa de teca, clavando de nuevo sus ojos en los míos.

El sutil uso de la palabra «cielo» y el consejo sobre lo que nos gustaba a «las mujeres», generalizándome en ese grupo en lugar de colocarme en el pedestal inalcanzable, terminó de demoler sus defensas.

Vi cómo su pecho subía y bajaba con más rapidez, asimilando el desafío.

—Tienes razón, tendré que echarle valor —respondió en un hilo de voz, intentando recuperar esa soltura varonil que se le escapaba por momentos. Se aclaró la garganta y, por un instante, pareció que toda la fachada de chico duro que pretendía imitar de su padre se desmoronaba.

Miró de reojo hacia la casa, asegurándose de que la silueta de Amanda seguía desvanecida en el interior, y luego me clavó esos ojos claros con una intensidad que me hizo contener la respiración.

—¿Si te digo algo te enfadarías conmigo? —preguntó haciendo un esfuerzo, con las manos apoyadas en las rodillas y el cuerpo inclinado hacia mí.

La pregunta me pilló por sorpresa, provocándome un vuelco en el estómago.

El morbo y el pánico se mezclaron en mis venas como un cóctel explosivo.

Sentí la tentación de echar el freno, de recordar que este chico dormía con mi hijo muchos fines de semana en su habitación, pero el recuerdo de Ramón, de su desprecio en el coche y de la promesa de volver a su cama si cumplía el pacto, me empujó a seguir adelante.

Sonreí despacio, entornando los ojos con suavidad.

—Claro, Rodrigo. Tenemos confianza —respondí, bajando la voz hasta convertirla en una caricia—. Siento una especial conexión contigo, como si, además de ser la madre de Pablo, tú y yo fuéramos amigos. Sinceramente, pienso que eres muy maduro para tu edad.

Rodrigo tragó saliva con dificultad, asimilando mis palabras. El uso deliberado de la palabra «amigos» abría una puerta que hasta ese momento había estado sellada.

—Es que... —empezó a decir. Su voz perdió fuerza de repente. Bajó la mirada y jugueteó unos segundos con los dedos antes de continuar—. Sonia no existe. Me la he inventado.

—¿Por qué? —pregunté con suavidad.

Su mandíbula se tensó.

—Porque era más fácil que decir la verdad.

Lo miré fijamente.

—Pues dime la verdad ahora.

Rodrigo tragó saliva.

—Elena…

—No. En serio. Después de todo este tiempo, creo que tenemos la suficiente confianza para que me cuentes la verdad.

Tomó aire.

—Me inventé a Sonia porque era más fácil que fingir que no me pasaba nada. Porque así podía actuar como si todo fuera normal.

Sus ojos encontraron los míos.

—¿Por qué? —pregunté casi en un susurro.

Rodrigo tardó unos segundos en responder.

—Porque la que me gustas eres tú, Elena.

Lo dijo sin dramatismo. Sin apartar la mirada.

Como quien lleva demasiado tiempo cargando con un secreto y ya no tiene fuerzas para seguir ocultándolo.

—No sé qué responderte a eso —admití. Mi voz tembló, y esta vez no tuve que fingir; estaba realmente nerviosa—. No deberías sentir algo así por mí —bajé la mirada un instante antes de continuar—. Y, sin embargo, sería hipócrita decir que no me halaga.

—Pues me gustas… Siempre me has gustado, Elena —insistió.

Una sonrisa incómoda asomó a mis labios.

—Hacía muchísimo tiempo que nadie me decía algo tan bonito —dije haciendo una pausa—. Carlos es un buen hombre, pero... —dudé, buscando las palabras adecuadas—. Hace años que dejó de mirarme de esa manera. Hace años que dejó de hacerme sentir especial.

Clavé mis ojos en los suyos, sosteniendo la mirada para que viera el impacto de sus palabras. El chico parecía haber entrado en una especie de trance, asustado de su propio atrevimiento, pero completamente fascinado por mi reacción. No había reproches.

Justo en ese instante de máxima tensión, el sonido de unos pasos sobre las baldosas del porche rompió el hechizo.

—¡Chicos! He pensado que podíamos pedir algo de cenar para luego —anunció Amanda, reapareciendo.

El corte fue radical. Rodrigo se tensó tanto que pareció que se iba a romper.

Se levantó de la tumbona de un salto, como si le hubiera picado un escorpión, poniéndose rojo como un tomate.

El rubor le subía desde el cuello hasta las orejas, devorando por completo la fachada de hombre osado que había intentado mantener un segundo antes.

—Lo siento, mamá, pero tengo que irme. He quedado con Pablo y los demás —balbuceó, sin atreverse a mirarme a la cara, recogiendo la mochila del suelo con movimientos torpes y atropellados.