Capítulo 23
La decisión se coció a fuego lento en mi cabeza durante el insomnio de las noches siguientes.
El encuentro en el almacén con el camarero, lejos de liberarme, había actuado como un imán que me arrastraba de vuelta a la órbita de Ramón con una fuerza gravitatoria espantosa.
Era una adicta. Adicta a su crudeza, a su control, a la forma en que desmantelaba mi cordura.
Y si el precio para volver a su cama, para ser aceptada en su retorcido mundo, era romper el último tabú moral que me quedaba, terminaría pagándolo. El fin justificaba los medios.
El sábado por la tarde se presentó como el escenario ideal, casi de forma macabra.
El sol de junio caía a plomo sobre el jardín.
Carlos estaba sentado en la hamaca del porche, con los pies en alto, tomándose una cerveza bien fría mientras pasaba las páginas del periódico, ajeno por completo a las corrientes subterráneas que amenazaban con ahogar a su familia.
Al fondo, junto al borde de la piscina, estaban ellos. Rodrigo y mi hijo Pablo. Como siempre, inseparables, riéndose de algún vídeo en la pantalla del móvil.
Me miré en el espejo del vestidor antes de salir.
Me había puesto un bikini blanco, de cortes limpios pero que marcaba perfectamente mis curvas, y unas gafas de sol oscuras de montura grande que me servían de escudo y de mirilla a la vez.
Agarré un libro de la mesilla por pura inercia y bajé las escaleras con el pulso acelerado.
Al salir al porche, me detuve un segundo.
Me quedé mirando a Rodrigo de espaldas. El chico era, innegablemente, el vivo retrato de su padre: ancho de hombros, alto, con una planta atlética y el pelo castaño corto, ligeramente alborotado.
Intenté buscar en él, con una fijeza analítica y fría, algún destello que me resultara atractivo, algún resquicio de morbo.
Pero fue inútil. Lo miraba y solo veía a un crío de veintidós años.
Al mejor amigo de mi hijo. A un chaval que había visto crecer, que había comido y dormido en mi casa mil veces.
«Es imposible», pensé, sintiendo una punzada de náusea y asco conmigo misma solo por planteármelo un segundo. «Además, aunque quisiera seducirlo, no sabría ni por dónde empezar… Para él debo de ser algo así como una vieja, una madre aburrida».
Me tragué el nudo de la garganta y avancé despacio por el césped, balanceando las caderas con una ligereza impostada.
—¿No os bañáis, chicos? Hace una tarde estupenda —pregunté, deteniéndome frente a ellos.
Los dos levantaron la vista.
—Quizás más tarde —respondió Pablo, estirándose con desgana—. Ahora mismo me da una pereza increíble, mamá.
Solté una risa suave, modulando la voz para que sonara sugerente y juguetona.
—A vuestra edad yo no podía permanecer quieta ni un solo segundo. Qué apagados os veo.
Dejé el libro sobre la mesa baja, al lado de la crema solar. Caminé hacia el borde de la piscina y, sin pensarlo dos veces, me lancé de cabeza. El impacto frío me espabiló de golpe, lavando por un segundo la suciedad de mis pensamientos.
Buceé todo lo que mis pulmones me permitieron y salí a la superficie, sacudiendo la cabeza para apartar el pelo cobrizo empapado de mi cara. Me hice una coleta con una goma que llevaba en la muñeca.
Ambos me estaban mirando. Pablo, con la típica indiferencia de un hijo, pero los ojos azules de Rodrigo, casi idénticos a los de Amanda, permanecieron fijos en mí.
—Vamos, chicos. Que no se diga —les desafié con una sonrisa.
Rodrigo fue el primero en reaccionar.
—¡Ahí voy…! —exclamó, dando un grito.
Corrió y se tiró de cabeza con una limpieza impecable.
Llegó buceando por el fondo de la piscina hasta que sus manos tocaron la pared, emergiendo a escasos centímetros de mí.
Su proximidad me puso alerta; respiraba agitado y el agua le goteaba por las pestañas.
Un segundo después, mi hijo Pablo se lanzó también, rompiendo la tensión del momento al emerger salpicándonos a los dos.
Nos quedamos los tres flotando en la parte honda. Inicié una conversación aparentemente trivial, la típica charla de una madre cotilla, aunque cada palabra mía llevaba una segunda intención oculta.
—¿Y qué vais a hacer esta noche? ¿Vais a salir? —les pregunté, apoyando la espalda en los azulejos de la piscina.
—Hemos quedado con unos amigos en la plaza —contestó Pablo, flotando bocarriba.
—¿Solo chicos? Seguro que alguno de los dos ya tenéis novia —indagué, clavando mi mirada en Rodrigo.
—¡Mamá, por favor...! —protestó Pablo, arrugando el gesto, visiblemente avergonzado por las preguntas íntimas frente a su amigo.
Rodrigo, en cambio, soltó una risa floja, sin apartar sus ojos de los míos, mostrando una seguridad que me recordó durante un instante a su padre.
—Qué va, Elena… Únicamente amigas —respondió con un tono maduro, casi cómplice, que me dejó descolocada.
—Hacéis bien en no complicaros la vida. Hay que disfrutar de la juventud —respondí, notando que el terreno se volvía cada vez más resbaladizo para mí—. Además, las chicas de vuestra edad ya no son como éramos nosotras. Ahora quieren vivir, viajar y probar cosas nuevas.
Rodrigo sonrió y arqueó una ceja.
—No sé, Elena… Me cuesta creer que tú fueras siempre tan responsable.
—¿Y eso qué significa? —pregunté con una sonrisa pícara.
Rodrigo sonrió de vuelta.
—Que una mujer como tú no debió de tener precisamente problemas para encontrar novio. Seguro que dejaste más de un corazón roto antes de casarte con Carlos.
Pablo soltó un resoplido.
—Ya estamos... No se te ocurra seguirle el juego, mamá. Cuando Rodrigo empieza a hablar, ya no hay quien lo calle.
—¿Una mujer como yo…? ¿Eso es un piropo? —pregunté riéndome, lamentando estar tonteando con Rodrigo delante de las narices de mi hijo.
Rodrigo sonrió de inmediato, como si hubiera estado esperando la pregunta.
—No sé. Depende de cómo quieras interpretarlo.
Negué con la cabeza, divertida.
Era consciente de que estaba entrando en su juego, y también de que Pablo nos observaba con una mezcla de resignación y vergüenza adolescente.
—Vaya forma elegante de no responder —dije riéndome.
—Eso significa que sí era un piropo —sentenció Rodrigo un tanto sonrojado.
—Pues muchas gracias, Rodrigo —respondí dedicándole la mejor de mis sonrisas.
Decidí que ya era suficiente para el primer día.
Me impulsé hacia arriba y salí de la piscina apoyando las palmas en el borde.
Mientras subía los escalones de metal, mojada, con la tela blanca del bikini volviéndose ligeramente translúcida por el agua, tuve la certeza absoluta de que los ojos de Rodrigo se habían clavado en mi trasero y en mis piernas.
Ese escaneo animal, esa fijeza masculina que no pertenecía a un niño, sino a un hombre.
Agarré la toalla de la hamaca y me sequé el rostro y los brazos rápidamente. Luego, me tumbé boca arriba en la lona, cerrando los ojos bajo el sol para dejar que el calor secara el resto de mi cuerpo.
Mientras escuchaba las risas de los chicos en el agua, mi mente empezó a divagar por un terreno pantanoso. Una oleada de preguntas desordenadas y febriles me asaltó, mezclando el morbo con el espanto.
¿Cómo sería hacerlo con alguien de veinte años? La idea me resultaba casi alienígena. Estaba acostumbrada a la madurez de Carlos o a la contundencia veterana de Ramón. ¿Habría tenido Rodrigo muchas relaciones con chicas de su edad, o sería torpe y atropellado por la inexperiencia?
Intenté forzarme a sentir una atracción real, a buscar en su anatomía juvenil un catalizador que me encendiera.
Mis ojos, ocultos tras las gafas, bajaron disimuladamente hacia su entrepierna cuando lo vi subir por la escalera.
Intenté adivinar a través del tejido del bañador si habría heredado los atributos de su padre, si su miembro sería tan grueso y masivo como el de Ramón.
¿Tendría también ese instinto dominante, esa forma gélida y segura de dar órdenes, o se ablandaría ante una mujer mayor?
Trataba de motivarme, de convencerme repitiéndome que el chico era verdaderamente guapo, pero la realidad me golpeaba a ratos con la fuerza de un mazazo.
De repente, el velo del morbo se rasgaba y solo veía a un crío.
Para mí, Rodrigo era casi como un hijo, alguien cercano a quien había cuidado y visto crecer.
La idea de traicionar a Pablo de esa manera tan retorcida, de meter a ese chico en mi cama por una prueba absurda, me generaba una náusea profunda.
«Son solo dos críos», me repetía a mí misma, intentando calmar el temblor de mis manos mientras la culpa y el deseo prohibido libraban una batalla brutal en mi pecho.
«Es imposible que me atreva a llegar hasta el final...
Y con Pablo delante no puedo permitirme ser descarada. Un paso en falso y lo destruiré todo».
A pesar de todo, mientras mi marido leía el periódico a mi lado, mis dedos se deslizaron por la pantalla como si tuvieran vida propia.
El impulso, nacido de esa mezcla tóxica de sumisión hacia su control y el miedo a ser desechada, anuló cualquier rastro de sensatez.
Abrí el chat privado con Ramón y escribí la sentencia que cambiaría todo:
«Comienza la prueba».