Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 22
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Capítulo 22

Los siguientes días intenté con todas mis fuerzas volver a ser la mujer de siempre.

Me obligué a regresar a mis rutinas: las compras por la mañana en el supermercado, las clases de pintura al óleo los martes y jueves, mantener la casa impecable y el jardín en orden.

Durante una semana entera no volví a ver a Amanda, ni recibí una sola llamada o mensaje de Ramón.

Era como si se hubieran olvidado por completo de mí, como si tras mi espantada en la coctelería me hubieran borrado de su mapa.

Lo peor era que sentía mi vida completamente vacía. La normalidad que tanto había ansiado recuperar me resultaba ahora insípida, gris, una condena de muerte en vida.

Desesperada por llenar ese abismo, intenté poner más interés en el sexo con mi esposo, pero solo sirvió para confirmar que estábamos en las antípodas del placer.

Una noche, mientras regresábamos a casa en nuestro coche tras una escapada romántica, la adrenalina me dio un vuelco y le sugerí que aparcara en un arcén oscuro y me follara allí mismo, contra el asiento.

Carlos me miró de reojo con una mezcla de desconcierto y desagrado, como si me hubiera vuelto completamente loca.

—Elena, por Dios, ya no tenemos veinte años para hacerlo en el coche —me soltó, matando cualquier atisbo de erección mental.

Unos días después, intentando recrear el morbo que me consumía por dentro, me compré un conjunto de lencería blanca casi transparente y aparecí así vestida en el salón, calzada únicamente con unos tacones de aguja negros de infarto.

Carlos estaba viendo el fútbol. Cuando me vio, me miró como si llevara un disfraz de carnaval ridículo.

Intentando tomar la iniciativa, me subí a horcajadas sobre su regazo, restregando mi intimidad contra su pantalón, pero él me sujetó por las caderas.

—Cariño, descálzate, no vayas a agujerear el sofá de cuero con los tacones —me dijo con total naturalidad.

Me bajé de él sintiéndome patética, vieja y ridícula. Me encerré en el baño a llorar de pura frustración.

Intenté convencerme de que el mundo no se acababa en Ramón.

Si él me había desechado por no pasar su maldita prueba con su hijo, yo podía buscar el placer en otra parte.

Había miles de hombres ahí fuera. Aunque sabía, en el fondo de mi alma, que no sentiría por ningún otro la atracción animal que Ramón me despertaba, pero necesitaba un sucedáneo.

Necesitaba que me usaran, que me saciaran, sentirme deseada y sucia otra vez.

La oportunidad llegó un miércoles por la tarde en un bar discreto.

Fui a tomar una cerveza a última hora, cuando el local empezaba a vaciarse.

En la barra estaba él: un camarero de unos treinta años, de brazos tatuados, barba de tres días y unos ojos oscuros que me recorrieron de arriba abajo en cuanto me senté en el taburete.

Se llamaba Javi, según indicaba la placa de su chaleco.

No me costó nada tentarlo. Dejé que la camisa se desabrochara un botón de más, crucé las piernas despacio y mantuve una mirada fija y descarada cada vez que me servía una cerveza.

Empezamos a hablar con doble sentido. Yo no era una clienta recatada; era una mujer madura buscando carne fresca, y él lo cazó al vuelo.

—En cuanto se marche el grupo ese de ahí —señaló hacia mi izquierda—, cierro el bar. Pero tengo que quedarme a reponer el almacén de la parte de atrás… Si no tienes prisa, podrías ayudarme.

Miré el reloj. Los niños y Carlos estarían sentados a la mesa cenando. Tenía el móvil en silencio, y seguramente mi marido ya me habría llamado para preguntarme dónde coños estaba.

—Siempre he deseado ver un almacén por dentro —respondí, sintiendo un latigazo de calor en el vientre.

Un rato después, con las luces del bar apagadas y el cierre metálico echado, Javi me cogió de la mano y me guio hacia la parte trasera.

El almacén era un espacio estrecho, frío, iluminado solo por un tubo fluorescente parpadeante, abarrotado de cajas de cerveza, estanterías metálicas con botellas de licor y un fuerte olor a cartón húmedo y ginebra.

No hubo preámbulos. En cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros, Javi me empujó contra una pila de cajas de cerveza.

El impacto me dolió levemente en la espalda, pero el dolor solo espoleó mi excitación.

Me agarró la cara con las dos manos y me plantó un beso brutal, rudo, que sabía a alcohol.

Su lengua entró a la fuerza en mi boca y yo la acepté con un hambre desesperada, gimiendo entre sus labios.

—Joder, qué ganas te tenía desde que has entrado. Me encantan las maduritas cachondas como tú… Estás tremenda —gruñó él, bajando las manos con urgencia hacia mis vaqueros.

Me desabrochó el botón y bajó la cremallera de un tirón tosco. No llevaba bragas; había salido de casa desnuda bajo el pantalón aposta, anticipando el momento. Me encantaba sentir, mientras caminaba por la calle, la costura del vaquero clavada en la raja del coño.

Cuando Javi metió la mano por dentro y sus dedos ásperos, curtidos de trabajar en la barra, tocaron mi intimidad, soltó un juramento.

—Dios, pero si vas empapada… Estás ardiendo —jadeó, metiendo dos dedos de golpe en mi agujero húmedo, moviéndolos con un ritmo rápido y descuidado que me hizo arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros tatuados.

—Empótrame contra las cajas. Hazme lo que quieras —le supliqué, perdiendo los papeles, necesitando la crudeza.

Javi se bajó los pantalones y los calzoncillos hasta las rodillas, liberando una polla dura y caliente, un trozo de carne joven que apuntaba directamente hacia mí.

Me sujetó por los muslos, me levantó en vilo y me sentó sobre el borde de una mesa metálica de acero inoxidable, fría como el hielo, obligándome a abrir las piernas de par en par.

Sin ninguna delicadeza, agarró su miembro y lo empujó por completo dentro de mí de un solo viaje. El golpe seco de su pelvis contra la mía me arrancó un grito desesperado que resonó entre las paredes del almacén. Lo sentía duro y caliente, pero no era el llenado masivo de Ramón; era diferente.

Javi empezó a moverse con fuerza, haciéndome deslizar por la mesa de acero. Cada embestida hacía que las botellas de las estanterías de al lado tintinearan con un tableteo constante.

—¡Dime que soy una puta! —le grité—. Vamos… insúltame.

—Eso te gusta, ¿verdad, zorra? ¡Te gusta que te folle un desconocido! —me espetaba Javi, con los ojos fuera de las órbitas.

—¡Rómpeme, cabrón! ¡Dame más fuerte! —gritaba yo, con la camisa blanca completamente abierta mostrando mis pechos libres que subían y bajaban con violencia.

Me entregué al vaivén lúbrico, buscando el orgasmo con desesperación, arrastrada por el morbo de la clandestinidad, por el olor a sudor de ese desconocido que me usaba contra el metal frío.

Llegué al clímax en pocos minutos, un orgasmo rápido, superficial, que me hizo temblar y arañarle los brazos tatuados mientras él soltaba un gemido, se hundía tres veces más a fondo y se corría con fuerza, dejándome su semen caliente resbalando por la entrepierna.

Llegué a casa una hora después, con el cuerpo bien follado, el pelo revuelto y el vaquero pegajoso en mi piel. Al cruzar el umbral de mi chalet, la culpa ya ni siquiera hacía acto de presencia; solo había una profunda y devastadora lucidez.

Fui directa al baño y me miré en el espejo.

Tenía los labios hinchados, los muslos enrojecidos por las manos de Javi y el olor de ese camarero impregnado en mi cuerpo.

Había tenido lo que quería: sexo rápido, sucio, clandestino.

Pero mientras me metía en la ducha y dejaba que el agua caliente se llevara los restos de la aventura, la verdad me golpeó con la frialdad de un témpano.

No había sido lo mismo. Ni de lejos. El sexo con Javi había sido un simple desahogo físico, una imitación barata. Le faltaba la autoridad, el poder psicológico, la sumisión absoluta que solo Ramón lograba despertar en mí.

Javi me había follado el cuerpo, pero Ramón poseía mi mente. Mientras me secaba con la toalla, supe con espantosa certeza que estaba perdida. El sucedáneo no bastaba. Mi cuerpo seguía gritando por su verdadero dueño, y el precio para recuperarlo seguía teniendo un nombre: Rodrigo.