Capítulo 21
El domingo amaneció con un sol implacable, pero para mí el día transcurrió en una dimensión paralela, suspendida en una irrealidad asfixiante.
Me pasé las horas en bikini, tumbada a la sombra del porche junto a la piscina, simulando leer una novela cuyas páginas pasaba de forma mecánica sin enterarme de una sola palabra.
Mi cabeza era un hervidero. No podía dejar de rememorar, una y otra vez, las imágenes de la noche anterior: los neones azules del Club Sommet, las manos del viejo Anfitrión desapareciendo bajo el vestido marfil de Amanda y, sobre todo, el sexo salvaje con Ramón.
Nunca había vivido algo así. El sexo siempre había sido algo puramente físico, pero aquello era diferente. Cada caricia, cada palabra y cada mirada parecían atravesarme. Era como si me hubiera follado el cuerpo y la mente al mismo tiempo.
A ratos, el recuerdo del roce de su piel y de su polla llenándome por completo me encendía las entrañas, provocándome una oleada de excitación vergonzosa; un segundo después, miraba a Carlos jugar con los niños al tenis y me sentía la peor mujer del mundo, una impostora de moral derruida.
A media tarde, el tono de mi teléfono rompió el murmullo del agua de la piscina. Era Amanda. Nos saludamos y apenas hablamos un par de minutos; se interesó en cómo me sentía, pero su tono era inusualmente seco, despojado de la habitual calidez melosa que utilizaba conmigo.
—Mañana por la tarde tenemos que hablar a solas, Elena. Es importante. Quedamos en la coctelería del centro a las siete —dijo, antes de colgar sin dar más explicaciones.
Esa sequedad me clavó una espina de pánico en el pecho.
A partir de ese instante, el domingo se tiñó de negro y mis pensamientos se descarrilaron hacia el peor de los escenarios.
¿Y si se había arrepentido? Tal vez, después de todo, no quería compartir a su esposo.
Tal vez Ramón le había contado con todo lujo de detalles cómo me había abalanzado sobre él en el coche, suplicándole que me follara allí mismo, y ahora me consideraba una amenaza.
O peor aún... ¿Y si Ramón, tras haberme poseído de esa forma tan brutal, se había cansado ya de mí y me había desechado?
La incertidumbre me devoró el estómago durante el resto de la noche y toda la mañana del lunes.
Para la cita, decidí alejarme por completo de la imagen de la noche del club.
No quería parecer una buscona desesperada ni alimentar sus sospechas si es que estaba celosa.
Me puse unos vaqueros ajustados, unas sandalias bajas y una camisa blanca de lino, sencilla pero elegante.
El pelo recogido en una coleta informal. Nada de escotes, nada de juegos.
Cuando entré en la coctelería del centro —un local de luces tenues, sofás de terciopelo verde y olor a cítricos y ginebra—, la vi de inmediato.
Amanda ya estaba sentada en una mesa del fondo, vestida impecablemente de negro, sosteniendo un Cosmopolitan entre las manos.
Al verme, intentó esbozar una sonrisa, pero fue un gesto forzado que no le llegó a los ojos.
Estaba seria, extrañamente rígida, como si arrastrara el peso de una preocupación enorme.
Me senté frente a ella, con mi pulso acelerado. Pedí agua con gas, incapaz de tolerar el alcohol con el estómago tan cerrado.
—Me tienes en vilo, Amanda —fui directa al grano, apoyando los brazos en la mesa—. Tu llamada de ayer… estás muy seria. Si es por lo que pasó el sábado… si te ha molestado algo… Te pido perdón.
Amanda levantó la mano, interrumpiéndome, y soltó un suspiro hondo, dejando la copa sobre el posavasos.
—No, Elena. No tiene nada que ver con lo que pasó el sábado en la cama. Lo de la cama fue perfecto, y Ramón está encantado contigo —me aclaró, aunque su rostro no se relajó ni un ápice—. Lo que me preocupa… lo que me quita el sueño, es la prueba.
Arrugué el entrecejo, sintiendo una mezcla de alivio y fastidio.
—¿La prueba? Amanda, por Dios. Me parece absurdo tanto misterio. ¿De qué se trata exactamente? ¿Qué tengo que hacer para que vuestro exclusivo club de ricos me dé el visto bueno?
Amanda se inclinó hacia delante y entrelazó los dedos sobre la mesa. La seriedad de su expresión me hizo sentir un escalofrío.
—No es un simple club de ricos, Elena. La mayoría de nuestros negocios están vinculados a personas de la sociedad.
Muchos de nuestros socios son empresarios, jueces, políticos, directivos...
gente con mucho poder. Incluso algunos de los mejores clientes del bufete del que vivís Carlos y tú tienen relación directa con Sommet.
—Entiendo —respondí con una sonrisa escéptica—. Así que, además de acostaros juntos, también hacéis negocios.
Amanda dejó escapar un suspiro cansado.
—Sigues sin comprenderlo.
Su tono no fue de reproche, sino de resignación.
—Para Ramón y para mí es fundamental que formes parte de Sommet. Ramón quiere presentarte ante todos como su segunda esposa, pero no puede hacerlo sin la aprobación del Anfitrión.
La palabra volvió a provocarme el mismo rechazo irracional.
Aquello sonaba a una mezcla imposible entre una élite empresarial y una secta privada.
Solté una risa nerviosa y negué con la cabeza.
—Escuchándote hablar, cada vez me parece una locura mayor. ¿Cuál es esa dichosa prueba que tanto te preocupa? Dímelo de una vez.
Amanda guardó silencio.
La vi bajar la mirada durante un instante, como si estuviera reuniendo fuerzas.
Después tragó saliva.
Por primera vez desde que la conocía, distinguí en sus ojos azules algo que me inquietó más que toda aquella historia sobre Sommet, el Anfitrión y las pruebas.
Miedo. O quizá dolor.
Cuando volvió a mirarme, su voz sonó ligeramente quebrada.
—Tengo miedo a que cuando te la diga no quieras hacerla y me da miedo perderte.
Fruncí el ceño.
—Amanda…
La firmeza regresó poco a poco a su expresión, como si se estuviera obligando a sí misma a continuar.
—La prueba consiste en que conquistes a Rodrigo. Tienes que acostarte con mi hijo.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotras.
Durante unos segundos fui incapaz de reaccionar.
Simplemente me quedé mirándola.
—¿Qué...? —alcancé a articular, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.
—Me duele en el alma pedírtelo, Elena, pero no hay otra opción —continuó Amanda, agarrándome la mano con fuerza por encima de la mesa, con los ojos empañados—. Tienes que hacerlo. Eso es lo que el Anfitrión y Ramón pactaron. Es la condición indispensable para tu admisión.
—¿Pero es que os habéis vuelto locos? —pregunté, sintiendo que el aire me faltaba y que el local entero empezaba a dar vueltas a mi alrededor—.
No pienso hacerlo. Conozco a Rodrigo desde que era un niño.
Es el mejor amigo de mi hijo, por el amor de Dios...
¡Entra en mi casa como uno más de mi familia!
La cara de Amanda permaneció impasible, congelada en una expresión de dolorosa resignación que solo consiguió encenderme más la sangre.
La rabia, una furia ciega y limpia que no había sentido en todo el fin de semana, me subió desde el estómago hasta la garganta, barriendo de un plumazo cualquier rastro de sumisión o de morbo.
—Podéis iros todos a la mierda. Sois una puta panda de tarados —añadí, escupiendo las palabras con todo el desprecio del que fui capaz.
Me levanté de la mesa de golpe, haciendo que mi silla se arrastrara con un chirrido estridente que hizo que un par de personas de las mesas contiguas se giraran para mirarnos.
Amanda no hizo el menor ademán de detenerme; se limitó a quedarse allí sentada, viéndome fijamente con esos ojos azules indescifrables.
Salí del local a zancadas, sin ni siquiera probar el agua que había pedido, empujando la puerta acristalada con violencia.
Al pisar el asfalto de la calle, el aire de la tarde me golpeó la cara.
Caminé deprisa, con los puños cerrados dentro de los bolsillos de los vaqueros y el pulso desbocado, sintiendo una mezcla de asco infinito y una profunda necesidad de llegar a mi casa, de abrazar a mis hijos y de borrar para siempre el olor de esa familia de psicópatas de mi piel.