Capítulo 20
Ramón conducía con una sola mano, con la espalda apoyada con firmeza en el respaldo de cuero.
Yo miraba por la ventanilla las siluetas de los chalets que desfilaban en la penumbra de la madrugada, sintiendo el peso del vestido sobre mi piel, que todavía guardaba el rastro pegajoso y caliente de su semen.
—¿En qué piensas, Elena? —preguntó sin apartar los ojos de la carretera, con su habitual voz grave y pausada.
—En cómo voy a cruzar la puerta de mi casa —confesé en un hilo de voz, abrazándome a mí misma—. No quiero arruinar mi matrimonio.
Ramón soltó una risa baja, un sonido seco que me erizó el vello de la nuca.
—Por eso ahora te toca disimular ante todos, tienes que aparentar ser la esposa abnegada de siempre.
—Si un día se enterara de que tú y yo… —no fui capaz de decirlo en voz alta—. Eso lo destrozaría.
—Tranquila, Carlos nunca se enterará de lo nuestro —su mano acarició mi muslo.
«Lo nuestro»: aquellas palabras me llegaron profundamente, hasta sacarme una sonrisa de pura felicidad. Era la amante del socio de mi marido con el consentimiento de su esposa.
—¿Por qué estás tan seguro? Carlos es un hombre muy inteligente.
—Por supuesto que lo es. Pero es un cornudo, lo lleva en su ADN, créeme. Y los cornudos como él nunca quieren enterarse.
—Sabes… siempre critiqué lo que le hizo Sofía. Siempre la odié por haberle hecho tanto daño… Y ahora me siento peor que ella.
—No luches contra tu naturaleza.
El coche redujo la velocidad hasta detenerse por completo junto al muro de piedra que daba acceso al jardín. Ramón apagó las luces, pero dejó el motor en marcha, un ronroneo constante que parecía apremiarme a salir. Sin embargo, ninguno de los dos se movió.
Me giré hacia él, buscando desesperadamente algo de calor antes de enfrentarme al abismo de mi hogar.
Ramón estiró el brazo, atrapó mi nuca con su mano grande y me atrajo hacia sí con una fuerza incuestionable.
Me plantó un beso duro, posesivo, metiendo la lengua con una exigencia que me hizo gemir de inmediato contra sus labios.
Sus dedos libres bajaron por el escote de mi vestido, buscando mis pechos sin ningún pudor, apretándolos con fuerza, recordándome la impunidad de la alcoba que acabábamos de abandonar.
El contacto me encendió por completo. Olvidé a Carlos, olvidé la hora, olvidé el miedo.
Una oleada de deseo sucio y salvaje me nubló el juicio.
No quería bajarme de ese coche. Quería que apagara el motor, que me arrastrara al asiento trasero y me volviera a follar, de la misma forma despiadada en que lo había hecho en su cama.
Con un impulso desesperado, me desabroché el cinturón de seguridad y me abalancé sobre su regazo, horquillando las piernas sobre su pantalón, buscando a tientas la cremallera de su bragueta con las manos temblorosas.
Quería metérmelo dentro; necesitaba sentir aquella sensación de plenitud brutal para acallar la angustia que me carcomía por dentro.
Intenté guiar su mano hacia mi intimidad desnuda bajo el vestido.
Pero Ramón me sujetó las muñecas con una firmeza de hierro, frenando en seco mi arrebato. Sus ojos oscuros, implacables en la penumbra del coche, me clavaron en el sitio.
—Basta, Elena —ordenó con una frialdad que me congeló la sangre—. Es sábado y tus hijos pueden venir de fiesta en cualquier momento.
Me empujó suavemente de vuelta a mi asiento. Me quedé mirándolo, con la respiración entrecortada y las mejillas ardiendo, sintiéndome patética y rechazada.
—Tienes que irte ya —añadió, mirándome con una superioridad que me dolió en el alma—. Amanda me está esperando. Ahora es su turno.
Aquellas palabras funcionaron como una bofetada de realidad.
La humillación me golpeó el pecho con tanta fuerza que casi me costaba respirar.
El contraste entre la supuesta complicidad que había sentido en la cama y la frialdad matemática con la que me despachaba para irse con su esposa me abrió los ojos de golpe.
Para él, yo solo era una pieza más en su tablero de juego.
Una perra que acababa de pasar la primera fase de adiestramiento.
—Eres un cabrón… —susurré con rabia, sintiendo las lágrimas de impotencia agolparse en mis ojos.
—Bájate del coche ahora mismo.
Sin darme tiempo a replicar, se inclinó sobre mí, abrió la puerta del copiloto de un manotazo y me dejó expuesta al aire gélido de la madrugada. Salí del vehículo casi a trompicones, con los tacones clavándose en la grava del camino, y cerré la puerta de un golpe seco.
El Mercedes no esperó un segundo; Ramón metió la marcha y se alejó a gran velocidad, dejándome sola en mitad de la oscuridad, temblando de frío, de asco y de una sumisión que odiaba tanto como deseaba.
Me quité los zapatos de tacón en el porche, sujetándolos con una mano mientras con la otra introducía la llave en la cerradura, girándola con una lentitud milimétrica para no provocar el menor ruido.
La casa estaba sumida en una negrura absoluta, fría y silenciosa, la antítesis del templo de depravación del que venía.
Subí los peldaños de la escalera descalza, conteniendo la respiración en cada paso.
Al entrar en el dormitorio principal, la silueta de Carlos se recortaba bajo las sábanas. Su respiración era acompasada, profunda, ajena por completo al cataclismo que acababa de dinamitar los cimientos de nuestro matrimonio.
Me deslicé hacia el vestidor a oscuras. Me desabroché la cremallera del vestido burdeos y dejé que la tela cayera al suelo, revelando mi cuerpo marcado, con la piel rosada por los azotes de Ramón y el olor a sexo ajeno flotando a mi alrededor.
Me metí en la cama y me deslicé bajo las sábanas con el cuerpo helado, manteniéndome en el borde del colchón, rígida como una estatua para no despertar a Carlos, pero él se removió entre sueños, estiró un brazo adormilado y lo dejó caer con ternura sobre mi cintura, acomodándose contra mi espalda.
—¿Ya estás aquí, mi amor...? —murmuró con voz ronca, sin llegar a abrir los ojos—. ¿Qué tal tu nueva amiga?
—Todo bien, cariño —respondí en un susurro inaudible, cerrando los ojos con fuerza—. Estaba deseando volver a casa.