Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

—Dime que eres mía, Elena. Dime que vas a obedecer y pasar la prueba —ordenó Ramón, dándome un azote que me hizo arquear la espalda—. ¡Dímelo mientras te reviento el coño!

—¡Soy tuya...! ¡Soy tuya, Ramón! —gemí descontrolada, con la saliva resbalándome por la comisura de los labios—. ¡Haré todo lo que tú quieras! Seré buena, lo prometo.

Amanda se incorporó gateando y avanzó hacia mí con aquella elegancia felina que parecía acompañar todos sus movimientos. Cuando llegó a mi altura, sostuvo mi mirada durante unos segundos, como si quisiera asegurarse de que no apartaría los ojos.

Después sonrió.

Lentamente, llevó una mano hasta mi rostro y deslizó los dedos empapados de sus propios fluidos entre mis labios. Sus ojos permanecieron clavados en los míos, atentos a cada reacción, disfrutando de mi desconcierto.

—Chípalos, Elena... Saborea lo mucho que me excita oírte gritar —me ordenó con la voz rota por el morbo.

Cerré los ojos y succioné los dedos de Amanda con desesperación, tragando el sabor amargo y denso de mi amiga mientras su esposo me embestía por detrás con una violencia animal.

La combinación de estímulos fue demasiado para mi cuerpo encorsetado en años de rutina matrimonial.

Sentí una oleada de calor masivo nacer desde el fondo de mi vientre, una tensión dolorosa que se acumuló entre mis piernas hasta que estalló.

Un orgasmo violento, larguísimo, me recorrió entera. Comencé a gritar contra los dedos de Amanda, con las paredes de mi coño contrayéndose como locas alrededor del miembro de Ramón, aprisionándolo.

—¡Dios, te estás corriendo...! ¡Qué locura cómo aprietas! —rugió Ramón, alcanzando también su propio límite—. Es perfecta, Amanda. Tu amiga es perfecta para nosotros.

El torbellino de lujuria y dominación dio paso a una calma irreal, casi mística, bajo la luz tenue de la habitación.

Ramón se acomodó de espaldas sobre los almohadones y, con una ternura inesperada que me descolocó por completo, extendió sus brazos para atraernos a las dos.

Amanda se recostó sobre su pecho izquierdo, entrelazando sus dedos con los de él, mientras que yo me cobijé en su flanco derecho, apoyando la cabeza en su hombro cálido.

Ramón me rodeó con su brazo, atrayéndome con firmeza, y me plantó un beso suave en la frente, impregnada aún de sudor.

Con la otra mano, acariciaba los cabellos dorados de Amanda.

En ese momento, atrapados en un nudo de extremidades, respiraciones acompasadas y sábanas de seda desordenadas, la perversión de la escena se transformó en algo extrañamente romántico.

Éramos tres cuerpos unidos por un secreto inconfesable, flotando en una burbuja de complicidad absoluta.

Amanda alargó la mano por encima del pecho de su marido para acariciarme la mejilla, mirándome con unos ojos llenos de afecto.

No había rastro de la lascivia de antes; solo una paz compartida que me hizo cerrar los ojos y disfrutar de ese cobijo prohibido.

Besé su tórax mientras mis dedos jugaban con el vello plateado de su pecho, sintiendo el latido rítmico y pausado de su corazón bajo mi mejilla. El olor corporal a hombre me envolvió por completo, anestesiando el remordimiento que amenazaba con brotar.

En ese instante de abandono absoluto, pegada a él y arropada por su abrazo y sus besos, sentí que ese era mi lugar natural en el mundo, por muy retorcido y prohibido que le pareciera al resto del planeta. Mi sitio estaba junto a ellos.

La tregua duró lo que tardé en fijarme en el destello del reloj digital de la mesilla. Al ver los números fosforitos, el pánico me devolvió la lucidez de golpe.

—Dios mío… —susurré, incorporándome a medias mientras me tapaba el pecho con la sábana—. Mirad la hora que es. Son casi las seis de la madrugada. Tengo que pedir un taxi, es tardísimo...

Una angustia fría me atenazó el estómago al pensar en mi propia casa, en mi esposo, en mis hijos, en mi mundo…

—Espero que Carlos esté dormido… Si está despierto esperándome, no sé qué voy a inventar. Creo que no podría mirarlo a los ojos ahora mismo —confesé con la voz quebrada, sintiendo cómo la culpa, limpia y cortante, regresaba para abofetearme.

Amanda se incorporó despacio, estirando sus brazos con la parsimonia de una tigresa satisfecha, y me dedicó una sonrisa tranquilizadora mientras se sentaba al borde de la cama, completamente ajena al pudor.

—Tranquila, cariño, no te pongas nerviosa, que va a ser peor.

Eres una mujer inteligente y con infinitos recursos.

Además, piensa que yo siempre seré tu mejor coartada ante tu esposo.

Puedes inventarte lo que quieras, que yo lo confirmaré —me dijo con voz suave—.

Pero no te quedes ahí parada y vístete. Ramón te acercará en el coche.

Yo voy a aprovechar para darme una ducha.

Ramón asintió en silencio desde el colchón, mirándome con una fijeza protectora que, a pesar de los nervios, me hizo sentir respaldada.

Me bajé de la cama con las piernas aún flojas, sabiendo que la función estaba a punto de terminar y que debía regresar, como una perfecta arpía, al mundo de los vivos.