Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Por puro instinto, intenté cubrirme, cruzando los brazos sobre el pecho.

No me lo permitió.

Amanda me sujetó las muñecas con firmeza y las apartó de inmediato, obligándome a permanecer expuesta bajo la luz tenue del salón.

La sensación de vulnerabilidad me golpeó de lleno.

Allí estaba yo, inmóvil, consciente de cada centímetro de piel al descubierto y de cada mirada posada sobre mí.

—Es preciosa, ¿verdad? —dijo Amanda, observándome de arriba abajo con una sonrisa cargada de intención. Después se volvió hacia Ramón y se mordió el labio—. Mírala bien. La muy puta tiene un cuerpazo.

Ramón se puso en pie con una lentitud calculada. Dejó la copa sobre la mesa de mármol y avanzó hacia nosotras mientras se desabrochaba los botones de la camisa, uno a uno, sin apartar la vista de su objetivo.

Se detuvo a escasos centímetros.

Yo contuve la respiración.

Pero, en lugar de dirigirse a mí, rodeó la cintura de Amanda con un brazo y la atrajo contra su cuerpo con un gesto firme y posesivo.

—Gracias, mi amor. Eres la mejor esposa que un hombre puede tener —soltó Ramón, recorriendo con sus manos grandes la espalda de su esposa—. Estas tetas tuyas, siempre tan firmes… Este culo que me vuelve loco cada vez que te pones de rodillas. Eres una diosa. Las dos lo sois.

Amanda arqueó la espalda, gimiendo de puro placer ante los elogios de su marido, frotando su trasero contra la bragueta de Ramón, donde ya se adivinaba una erección monumental que deformaba la tela del pantalón.

—Somos tuyas, mi amor. Las dos lo somos —jadeó Amanda, volviéndose para besarle el cuello—. Vamos a la habitación. Quiero que la revientes en nuestra cama.

Ramón nos condujo hacia la planta superior. La escalera principal ascendía junto a una pared de cristal de más de dos alturas, suspendida sobre la piscina interior.

El dormitorio principal ocupaba casi toda un ala de la vivienda.

Más que una habitación, parecía la suite privada de un hotel de lujo.

Una inmensa cama presidía la estancia frente a una chimenea de gas encastrada en una pared de ónice retroiluminado.

A un lado, una zona de estar con sofás de diseño se abría a una terraza privada mediante enormes ventanales.

Al otro, unas puertas correderas ocultaban un vestidor del tamaño de un apartamento y un baño revestido íntegramente en mármol blanco, con una bañera exenta situada junto a un muro de cristal con vistas al jardín iluminado.

Todo transmitía lujo, poder y exclusividad. No había un solo detalle colocado al azar.

Ramón no esperó a que nos acomodáramos. Se despojó de la ropa con movimientos rápidos, quedando completamente desnudo.

Al ver su polla, completamente erecta, oscura, surcada de venas gruesas y apuntando directamente hacia el techo, sentí un escalofrío que me humedeció las bragas al instante.

Era un tamaño imponente, el mismo que me había aterrorizado en los vídeos y que me había tragado de rodillas en el Club Élysée.

Tuve que flexionar las piernas, manteniendo el equilibrio sobre los finos tacones de aguja negros que estilizaban mis piernas y tensaban mis glúteos.

Introduje los dedos bajo el encaje húmedo de mis bragas y comencé a bajarlas despacio, sintiendo la mirada de Ramón fija en cada uno de mis movimientos, tasando la blancura de mi piel.

Cuando la prenda cayó a la altura de mis tobillos, tuve que sacar con cuidado un pie y luego el otro, asegurándome de no desestabilizarme sobre los zapatos, tal y como él había exigido.

—Déjalas en el suelo —añadió Ramón, sin apartar los ojos de mi pubis—. Y ahora ponte a cuatro patas. Quiero ver ese coño rojo que me vuelve loco. Y tú, Amanda, quítate todo y échate.

Obedecí de inmediato, arrastrándome hacia el centro de la cama.

Hundí las rodillas y apoyé las palmas de las manos hacia delante, arqueando la espalda.

Mi trasero quedó elevado, ofreciendo una perspectiva total de mi intimidad desnuda, mientras las puntas de los tacones negros quedaban suspendidas en el aire, acentuando la curvatura de mis caderas.

Amanda se colocó justo frente a mí, tumbada boca arriba en la cabecera. Abrió las piernas con total impudicia y comenzó a acariciarse su propio sexo depilado, que ya brillaba por la excitación.

Ramón se posicionó justo detrás de mí. Sentí el calor abrasador de su miembro erecto rozando la sensibilidad de mis glúteos.

Agarró mis caderas con sus manos grandes, clavando los dedos en mi carne con una posesión absoluta, y sin previo aviso, hundió la punta de su polla en mi intimidad de un golpe seco y violento.

—¡Ah...! Ramón, por favor... Métemela más despacio —supliqué, apretando los dientes por la intensidad de la penetración.

Él rugió como un león.

—Qué coño tan caliente y apretado tienes, perra —soltó Ramón, arrastrando las palabras con una crudeza que me golpeó como una bofetada.

Ramón se hundió por completo en mí. La sensación de llenado fue tan abrumadora que no pude contener un grito.

Estaba completamente llena, estirada y dilatada al máximo por su grosor.

Ramón no me dejó tiempo a adaptarme a su tamaño; comenzó a bombear con un ritmo rápido, despiadado, haciendo que nuestros cuerpos impactaran con un chasquido lúbrico y húmedo que se mezclaba con la música que se escuchaba en el piso de abajo.

—¡Mírala, Ramón! ¡Mira cómo mueve el culo hacia atrás buscando tu polla! —gritaba Amanda desde el colchón, restregándose los dedos contra el clítoris con un frenesí salvaje—. ¡Estabas deseando follarte a mi marido desde hace años! Querías tirártelo, ¿verdad, perra?

—¡Sí...! ¡Joder, sí! —confesé por fin, llorando de placer, perdiendo el último reducto de cordura que me quedaba—. ¡Me... me vuelve loca! ¡Tu marido me vuelve loca! ¡Más fuerte, Ramón, más fuerte!

Mis palabras parecieron encender una chispa sádica en él.

Ramón me agarró del pelo de la nuca, obligándome a levantar la cabeza para que viera el espectáculo de Amanda masturbándose frente a mí.

Las embestidas se volvieron brutales, profundas, golpeando mi cuello uterino con una cadencia implacable.

El chasquido de los fluidos era ensordecedor.

Sentía cómo mi propio jugo corría por mis muslos, mezclándose con el sudor que nos empapaba los cuerpos.