Capítulo 19
El trayecto de regreso desde el Club Sommet no me llevó de vuelta a mi realidad, sino que me adentró de lleno en la suya.
Cuando Ramón enfiló la desviación que conducía a la exclusiva urbanización donde se alzaba su chalet, mi corazón dio un vuelco salvaje.
Supe que por fin iba a follarme, y eso hizo que las bragas se clavaran en mi entrepierna casi de golpe, como si empequeñecieran.
Miré la pantalla del móvil en el regazo: eran casi las dos de la madrugada.
Probablemente Carlos ya llevaría un buen rato dormido en la cama, confiando ciegamente en la mentira de mi cena de chicas.
La culpa me arañó el estómago, pero el calor de la mano de Ramón, que acariciaba con firmeza mi muslo, anestesió cualquier amago de sensatez.
Deseaba lo que venía. Lo deseaba con un hambre desesperada que me avergonzaba y me encendía a partes iguales.
—¿En qué estás pensando? —preguntó, sin apartar la vista de la carretera.
Tardé unos segundos en responder. Mi mente era un caos.
—En que estabas dispuesto a desnudarme delante de un viejo como si fuera una mercancía.
Una sonrisa se dibujó en sus labios.
—No es un viejo. Es el Anfitrión.
—Sigue siendo un viejo —repliqué, cruzándome de brazos.
Él negó despacio con la cabeza.
—Hablas de algo que no entiendes.
Su tono no fue brusco, pero tampoco admitía discusión.
—¿Ah, no?
—No. Y cuando llegue el momento, lo comprenderás.
Lo dijo con una seguridad implacable, como si no existiera la menor posibilidad de que estuviera equivocado.
—¿Y si no lo hago?
Por primera vez giró la cabeza para mirarme.
—Lo harás.
El Mercedes blanco se deslizó por el garaje subterráneo de la vivienda. Cuando el motor se apagó, el silencio lo invadió todo, denso y cargado de una expectación que volvía el aire casi irrespirable.
Sabía lo que venía a continuación.
Lo había deseado durante demasiado tiempo. Lo había imaginado una y otra vez, alimentando fantasías que jamás me habría atrevido a confesar en voz alta. Y, sin embargo, ahora que estaba a punto de suceder, el miedo se abría paso entre la excitación.
No era miedo a él.
Era miedo a mí misma.
A cómo me sentiría al día siguiente, cuando despertara junto a mi esposo. A la culpa. Al peso de recordar cada decisión tomada aquella noche. A descubrir que, después de cruzar ciertas líneas, ya no existía forma de regresar a quien había sido antes.
—A partir de ahora, Elena, esta también es tu casa —declaró Ramón con su voz grave y serena, como si estuviera proclamando una verdad incuestionable—. Cuando superes la prueba, los tres quedaremos unidos.
Sus ojos permanecieron fijos en mí.
—Seguirás viviendo con Carlos y con tus hijos. Nada de eso cambiará a ojos del resto del mundo. Pero aquí siempre tendrás tu lugar. Y para mí... serás mucho más que una invitada.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Serás mi segunda esposa.
Subimos por la escalera interior que comunicaba el garaje con la planta principal. Conocía aquella casa de sobra, pero nunca dejaba de impresionarme.
El inmenso salón se extendía bajo sus techos de doble altura, rodeado de cristaleras que convertían la noche en parte de la decoración.
El mármol pulido reflejaba los destellos del agua de la piscina interior, una espectacular lámina azul que atravesaba la estancia antes de prolongarse hacia el jardín exterior.
Los reflejos ondulantes danzaban sobre las paredes y el techo, otorgándole al lugar una elegancia casi hipnótica.
Amanda activó uno de los paneles táctiles empotrados en la pared.
Al instante, el sistema domótico suavizó la iluminación hasta envolver la estancia en una cálida penumbra dorada.
Las sombras se alargaron sobre el mármol, mientras el suave murmullo del agua se convertía en el único sonido del salón.
—Necesitamos música. Y algo fuerte para beber —dijo Amanda, descalzándose y dejando caer sus tacones con un suspiro de alivio.
Ramón se dirigió al mueble bar de madera de nogal.
Escuché el tintineo del cristal y el hielo.
Sirvió tres copas de whisky de malta, sin preguntar, sabiendo que a esas alturas de la noche nadie buscaba sutilezas.
Mientras tanto, un ritmo de trip-hop oscuro, denso, con unos bajos profundos comenzó a flotar en el ambiente.
Ramón me tendió el vaso. Al rozar sus dedos, una descarga me recorrió la espina dorsal.
—Bébetelo, Elena. Te veo demasiado metida en tu cabeza —ordenó, clavando sus ojos oscuros en los míos—. Sabes que voy a follarte, ¿verdad?
Sostuve la mirada de Ramón, sintiendo el peso de mi propia degradación, pero también el de un deseo abrasador que ya no era capaz de contener. La culpa seguía allí, aferrada a algún rincón de mi conciencia, aunque cada vez más ahogada por la excitación.
Llevé la copa a los labios y di un largo trago. El whisky descendió como fuego líquido, quemándome la garganta. Cuando dejé el vaso sobre la mesa de mármol, el golpe seco resonó en el silencio del salón. Me sorprendió la firmeza de mi propio gesto.
—Sí, lo sé —respondí con la voz quebrada.
No aparté los ojos de los suyos.
Al contrario.
Le sostuve la mirada con una audacia que me asustó incluso a mí misma.
—Y estoy deseando que lo hagas.
Amanda ya se movía al compás de la música. Sostenía una copa entre los dedos y tenía los ojos entornados, balanceando las caderas con una sensualidad natural, casi felina. La tenue iluminación arrancaba destellos dorados de su piel mientras se dejaba llevar por el ritmo con una seguridad hipnótica.
—Ven aquí, Elena —me llamó.
Extendió una mano hacia mí y esbozó una sonrisa lenta, cargada de intención, como si supiera algo que yo aún estaba intentando comprender.
Me acerqué, arrastrada por la melodía y por la fijeza con la que Ramón, sentado ahora en el monumental sofá de cuero negro, nos observaba. Tenía la americana desabrochada y sostenía su copa con una parsimonia que denotaba que se sentía el dueño absoluto de la función.
Empezamos a bailar. Al principio mantuve una distancia prudencial, todavía cohibida por la situación, pero Amanda no tardó en derribar cualquier barrera.
Se colocó detrás de mí, acompasando sus movimientos a los míos, y deslizó los brazos alrededor de mi cintura con una naturalidad desconcertante. El calor de su cuerpo atravesó la fina tela de mi vestido, envolviéndome poco a poco.
Cerré los ojos un instante.
Sentí su cercanía, el suave contacto de su figura contra mi espalda y el aroma dulce de su perfume, que parecía mezclarse con la música y con la luz tenue que inundaba el salón. Todo a nuestro alrededor comenzó a difuminarse.
Todo excepto ella.
Y excepto la mirada de Ramón, que seguía observándonos desde el sofá con una atención silenciosa que me hacía cada vez más consciente de cada movimiento.
—Relájate, Elena... Míralo a los ojos —me susurró al oído, rozando mi lóbulo con los labios—. Le enloquece vernos así.
Giré la cabeza y encontré la mirada de Ramón.
Sus pupilas estaban dilatadas, fijas en el vaivén de nuestros cuerpos.
Amanda pasó al frente, quedando cara a cara conmigo.
El contraste entre nosotras era evidente y perturbador: ella, rubia, sofisticada, con esa piel dorada y el vestido marfil; yo, pelirroja, con el vestido color vino, el pulso desbocado y la decencia colgando de un hilo.
Nuestras manos se encontraron, entrelazando los dedos mientras los movimientos se volvían cada vez más lentos, más arrimados.
El roce de nuestras faldas generaba una fricción eléctrica.
Amanda deslizó una de sus manos por mi costado, subiendo hasta mi nuca, enredando sus dedos en mi cabello cobrizo.
Se inclinó tanto que su respiración, con un ligero aliento a whisky, se mezcló con la mía.
—¿Nunca has besado a una mujer? —me preguntó, rozándome los labios con la yema de un dedo.
Negué con la cabeza.
—¿Y nunca has notado cómo te miro cuando te desnudas delante de mí en el probador de una tienda?
Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. Había algo travieso y cruel en ella. Disfrutaba con mi desconcierto.
Volví a negar.
Amanda acercó un poco más el rostro al mío.
—Voy a besarte, Elena... Siempre he querido hacerlo —confesó en un susurro, sin apartar la vista de mi boca.
Sentí un escalofrío.
—Y Ramón también lo está esperando.
Sus ojos brillaron con una intensidad difícil de interpretar.
—Quiere ver a sus dos mujeres juntas.
Un gemido de anticipación se quedó atrapado en mi garganta.
No tuve tiempo de responder.
Fue un gesto decidido, sin vacilaciones.
Apenas tuve una fracción de segundo para asimilar lo que estaba ocurriendo antes de sentir sus manos aferrándome con firmeza.
Amanda tomó el control desde el primer instante.
Fue un beso directo, húmedo, que comenzó con timidez por mi parte, pero que ella transformó enseguida en un morreo lascivo, metiendo la lengua con una confianza arrolladora.
Mis manos, por puro instinto, se aferraron a sus caderas. El contacto con su piel me quemaba. Sentía la dureza de sus glúteos bajo la tela fina del vestido y cómo se presionaba contra mí, buscando el calor de mi propia intimidad.
—Quítale el vestido, Amanda. Desnuda a tu mejor amiga y entrégamela.
Amanda sonrió al escuchar la orden. Apenas se había separado de mí unos centímetros y todavía conservaba en los labios el rastro de nuestro juego.
Se colocó a mi espalda y deslizó los dedos hasta la cremallera.
El suave siseo metálico resonó en el silencio del salón.
La tela cedió de inmediato. Sentí cómo el vestido se deslizaba por mis hombros, recorriendo lentamente mis brazos y mis caderas antes de caer a mis pies en un charco de tela oscura.
Permanecí inmóvil durante un instante, consciente de la mirada de Ramón fija sobre mí mientras Amanda terminaba de apartar la prenda con la punta del pie.
Me quedé inmóvil en mitad del salón, vestida únicamente con los tacones negros y las bragas de encaje a juego. El aire acondicionado me acarició la piel desnuda, provocándome un escalofrío y erizando al máximo mis pezones.