Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—Tu fortaleza está aquí dentro —respondió Amanda, dándole un beso en la frente—. Y esta cabeza me consta que sigue siendo tan brillante como siempre.

El viejo soltó una sonora carcajada que se apagó bruscamente unos segundos después, como si de repente se hubiera quedado sin aliento.

—Tu esposa sigue siendo una hembra de primera clase, Ramón —sentenció con una voz carrasposa y autoritaria, mientras Amanda se ponía en pie con total naturalidad, alisándose el vestido como si nada hubiera pasado.

—Gracias, Anfitrión —respondió Ramón—. El próximo día que volvamos a Sommet, le diré que suba a verlo un rato.

Me quedé estupefacta al ver la escena. Ramón, el hombre soberbio y dominante que me había sometido en el reservado, saludaba al Anfitrión con un respeto absoluto, manteniendo la cabeza ligeramente inclinada en señal de clara sumisión.

Aquello me hizo comprender el verdadero nivel de poder que manejaba ese anciano.

—¿Es esta la mujer que quieres iniciar? —preguntó el viejo, clavando sus ojos acuosos e implacables en mí.

Ramón afirmó con la cabeza de inmediato, casi como si no se atreviera a hablar en su presencia o temiera romper las reglas del lugar.

—Anfitrión, le presento a mi amiga, Elena —escuché decir a mi izquierda a Amanda, quien me agarró suavemente del codo y me empujó un paso hacia delante, dejándome expuesta frente a él.

—Ven aquí, pequeña, no me tengas miedo —me ordenó el viejo, esbozando una sonrisa carente de calidez—. No voy a hacerte nada. Aunque quisiera, no puedo… —dijo con una carcajada—. A mi edad soy ya más inofensivo que un gato al sol.

Miré a Ramón de reojo, buscando desesperadamente un salvavidas.

Él se limitó a hacerme un sutil gesto con la cabeza, ordenándome que me acercara.

Di dos pasos cortos, sintiendo que las piernas me fallaban sobre los tacones negros.

El viejo me recorrió de arriba abajo con una lentitud insultante, deteniéndose en mi escote, en la estrechez de mi vestido burdeos, tasándome como si fuera una yegua a la venta en un mercado.

—¿Cómo te llamas, pelirroja? —me preguntó.

—Elena —respondí con esfuerzo.

—Elena… —repitió como si saboreara el nombre—Tu nombre significa luz. Curioso para una mujer que parece empeñada en caminar entre sombras. Eres una mujer muy hermosa, Elena. Y tremendamente deliciosa.

—Gracias —respondí tartamudeando.

—Conozco a tu esposo. Carlos Castello es un abogado brillante.

Escuchar el nombre de mi marido en ese lugar era lo último que me habría esperado. Mi cuerpo se puso rígido de repente. Miré a Ramón y a Amanda, pero ninguno de los dos dijo nada.

—Sin duda lo es —fue lo único que fui capaz de responder.

—Date la vuelta, quiero verte por detrás.

Me giré sobre mis talones sin ni siquiera pensarlo, mostrando la línea de mi espalda y la curva de mis caderas ante su escrutinio.

—Tiene unas bonitas piernas y buenas posaderas. Te envidio, Ramón —declaró el Anfitrión, recostándose en su sillón mientras volvía a acariciar a uno de sus perros.

—¿Desea verla sin el vestido? —preguntó el socio de mi marido—. Dispuesto a entregarle mi cuerpo al viejo.

Lo miré asustada, incapaz de moverme.

—No, tranquilo. Se nota que está nerviosa. Dejémosla por ahora.

Respiré aliviada, pero no me atreví a darme la vuelta y seguí permaneciendo de espaldas a él.

—Amanda y Elena… Bajaos abajo y divertíos un poco, chicas. Dejadnos solos a Ramón y a mí —sentenció el anfitrión.

Amanda hizo como una especie de reverencia, me cogió de la mano de inmediato y, sin darme tiempo a asimilar la orden, me condujo a toda prisa de regreso hacia el ascensor del pasillo.

Al subirnos, me di cuenta de que para bajar no hacía falta introducir ninguna contraseña en el panel; las puertas se cerraron solas y el cubículo comenzó a descender hacia la penumbra del club, devolviéndome a la realidad de la planta baja con la mente completamente abrumada.

Nos acercamos a la barra de mármol y pedimos dos copas. Necesitaba beber algo fuerte; el alcohol era lo único que me permitía mantener la compostura tras lo que acababa de presenciar en la suite del Anfitrión.

Mientras sostenía el cristal frío entre mis dedos, volví a fijarme en la puerta de madera maciza custodiada por una densa cortina de terciopelo rojo.

Justo al lado, plantado como una estatua de piedra, vigilaba un guardia de seguridad privado aún más corpulento e intimidante que el de la entrada principal del club.

—¿A dónde se va por esa puerta? —le pregunté directamente a Amanda en un susurro, señalando con la mirada.

Ella soltó una risita suave y condescendiente, dando un sorbo a su copa mientras disfrutaba de mi curiosidad.

—Ahí es donde empieza lo verdaderamente interesante de este lugar, cariño —respondió, clavando sus ojos azules en los míos con un destello de malicia—. Pero no puedes entrar aún. Todavía no eres de los nuestros.

Arqueé las cejas, dolida por su excluyente comentario. Éramos amigas íntimas desde hacía más de veinte años. Había ido a todos sus cumpleaños, nuestros hijos se trataban como hermanos…

—Creía que éramos amigas, que no hacía falta que me aceptaran en un club de millonarios cachondos y corruptos para ser importante en tu vida.

—Claro que eres importante… tanto para Ramón como para mí, tonta… —me acarició la mejilla con un dedo, rozándome la comisura del labio superior—. Pero cuando conozcas este lugar, lo verás todo con otros ojos. Entenderás por qué lo digo.

Pensé en la sumisión de Ramón ante el anciano de arriba, en el beso que Amanda había aceptado en esa suite. Sin duda, ese hombre tenía mucho poder en contraste con la fragilidad de su cuerpo.

—Tu marido y el viejo ese están hablando de mí ahora, ¿verdad?

Amanda me rodeó con un brazo y me besó suavemente en la mejilla.

—Están hablando de la prueba que tienes que pasar, Elena —susurró con total ligereza—. Eso es lo que están pactando.

Miré de reojo al gigantesco guardia de la cortina roja y luego a mi propia copa, sintiendo una claustrofobia espantosa.

Estaba atrapada en un club nocturno a las afueras de Madrid, incomunicada, con un vestido que me hacía sentir disfrazada de lo que ellos querían que fuera, y con mi marido creyendo que ayudaba a una vecina solitaria.

No pasaron más de veinte minutos antes de que el ascensor del fondo emitiera un sutil carillón electrónico. Las puertas de acero se abrieron y Ramón emergió del montacargas.

Al verlo avanzar hacia la barra, comprendí de inmediato que la reunión con el Anfitrión había terminado.

Había recuperado por completo su expresión habitual: los hombros erguidos, la mandíbula tensa y esa mirada de suficiencia implacable que parecía reclamar como propio cada centímetro de suelo que pisaba.

La vulnerabilidad y la sumisión que había mostrado allá arriba se habían evaporado por completo.

Se colocó detrás de mí, pegando su pecho a mi espalda, y me rodeó la cintura con un solo brazo, tomándome con una fuerza que me obligó a enderezar la postura sobre el taburete.

—Vámonos —ordenó con una voz grave que no admitía réplicas, depositando unos billetes sobre la barra sin mirar al barman—. Ya es suficiente por hoy.

Amanda apuró su copa de un trago largo y se puso en pie de inmediato, alisándose el vestido marfil con la eficiencia de un soldado que obedece una orden directa.

Yo la imité, con las piernas entumecidas y el estómago revuelto por la mezcla de alcohol, miedo y una expectación enfermiza que no lograba apagar.