Capítulo 18 #2
Una música suave sonaba de fondo; apenas un murmullo elegante que acompañaba el discreto tintinear de las copas y las conversaciones en voz baja.
Avanzamos por un corto pasillo revestido de madera noble hasta desembocar en una amplia sala principal.
Mi primera impresión fue la de encontrarme en el salón privado de una mansión más que en un local abierto al público.
Había sofás de cuero oscuro, mesas bajas perfectamente distribuidas y una enorme barra iluminada por detrás con botellas de licor que parecían piezas de colección.
Sin embargo, lo que más me sorprendió no fue el lujo, sino la escasa cantidad de gente en comparación con el número de vehículos que había visto en el aparcamiento.
Tan solo había media docena de parejas repartidas por la sala.
Hombres con trajes y mujeres sofisticadas que habrían pasado desapercibidas en cualquier cóctel de la alta sociedad.
Al fondo, a la derecha, un par de camareros con bandejas cruzaban un pasillo lateral custodiado por otra puerta simulada tras unas cortinas rojas.
Por lo que enseguida comprendí que aquella recepción era solo una pequeña parte del club y que tras aquellas zonas restringidas debía esconderse la verdadera actividad de Sommet.
Ramón, guiándonos con paso firme a través de la sugerente penumbra, nos condujo directamente hacia la barra principal.
Era una imponente estructura de mármol retroiluminado en color ámbar que dominaba el centro de la planta baja, atendida por camareros impecablemente uniformados.
Al aproximarnos, sentí las miradas de varias parejas fijándose en nuestro trío y especialmente en mí, la cara nueva del grupo, lo que me hizo buscar instintivamente el calor del costado de Ramón.
—¿Quién es ese Anfitrión por el que preguntabas a la mujer de la entrada? —le pregunté a Amanda, ansiosa por centrar mi atención en cualquier cosa que me ayudara a olvidar las miradas que sentía clavadas sobre mí.
Ramón carraspeó antes de responder y, por primera vez en toda mi vida, lo noté extrañamente tenso, arrastrando una sutil rigidez que rozaba la inseguridad.
—No tienes que preocuparte por eso ahora, Elena. Confía en mí —me cortó con voz contenida.
Antes de que pudiera replicar, Ramón se alejó unos metros hacia un rincón de la barra, dejándome a solas con Amanda.
Lo vi aproximarse a un corrillo de seis personas.
Entre ellos destacaba un hombre de unos sesenta años, pulcramente vestido, que parecía llevar la voz cantante del grupo; abrazada a él, de una forma descarada y sin ningún pudor, se cobijaba una jovencita de unos veinte pocos años, ataviada con una minifalda blanca ajustada y unas deportivas.
Llevaba el pelo recogido en dos coletas altas que la hacían parecer aún más joven de lo que era.
—Por Dios… —no pude menos que exclamar en un susurro, asqueada—. ¿Has visto a ese hombre de ahí? Lleva del brazo a una chica a la que triplica la edad… Debe ser una prostituta de lujo.
Amanda se rió entre dientes ante mi absoluta ignorancia, dándole un sorbo lento a su copa.
—Mi amor, aquí todo lo que ves es real —aclaró con aquella voz cantarina que parecía restarle importancia a cualquier cosa—.
La joven que lo acompaña es Eugenia, su sobrina, y llevan manteniendo una relación desde hace bastante tiempo.
Su esposa es esa mujer del pelo corto y el collar de perlas que está a su lado.
Se detuvo un instante, como si buscara la forma más sencilla de explicarme algo que para ella resultaba completamente natural.
—Nosotros... en Sommet creemos que las relaciones afectivas rara vez se limitan a dos personas. Entendemos el amor, el deseo y los vínculos humanos como una figura de tres lados. Tres personas. Tres fuerzas. Tres vértices de un mismo triángulo.
En ese mismo instante, me di cuenta de que Ramón y aquel viejo se habían girado ligeramente hacia nosotras y estaban hablando de mí. El hombre me observaba sin el menor disimulo, recorriéndome con la mirada con una familiaridad que me revolvió el estómago.
Me puse rígida al instante.
Sentí cómo el pánico me cerraba la garganta y me encogía el estómago. Por primera vez desde que había llegado a aquel lugar, comprendí que yo también formaba parte de lo que estaba ocurriendo allí.
Y aquello me aterró.
Si mi «prueba» de obediencia tenía algo que ver con ese hombre, podían ir olvidándose. Yo no era como Amanda. Podía haber cruzado muchas líneas durante las últimas semanas, pero aquella estaba muy lejos de mis límites.
O, al menos, eso era lo que intentaba convencerme a mí misma.
—No deja de mirarme... Amanda. Me estoy poniendo muy nerviosa —murmuré, incapaz de apartar los ojos de él.
Amanda me rodeó los hombros con un brazo y me atrajo suavemente hacia ella. El gesto tenía una ternura inesperada, casi protectora, que contrastaba con todo lo que estaba ocurriendo a nuestro alrededor.
—Tranquila, cariño —susurró con una sonrisa serena—. Solo están hablando. Nadie va a hacerte nada.
Volví a mirar al hombre y sentí otro escalofrío.
—Es el Duque de Morduegos. ¿De verdad no te suena? Sale constantemente en las revistas del corazón. Y la joven que está con él también es bastante conocida; tiene miles de seguidores en redes.
Amanda hizo una pausa antes de inclinarse un poco más hacia mí.
—Pero una vez que atraviesas esa puerta —dijo, señalando la entrada que conducía a la zona privada—, los apellidos, los títulos, el dinero y el poder dejan de tener importancia.
—¿Únicamente es eso? ¿Un club de millonarios libertinos?
Amanda soltó una carcajada.
—Te mentiría si te dijera que sí… Pero ya sabes cómo son los hombres de negocios.
Aprovechan cualquier ocasión para hacer contactos y cerrar acuerdos.
Incluso Ramón —dijo, lanzando una mirada discreta hacia su esposo antes de bajar la voz—.
Muchas de sus mejores inversiones han surgido entre estas paredes.
Suspiré. Ramón era un tiburón de los negocios.
Mientras Carlos centraba toda su energía en el bufete, Ramón parecía tener siempre un nuevo proyecto entre manos, una inversión nueva o una oportunidad esperando ser aprovechada.
Nuestros ingresos procedían exclusivamente del despacho y, aunque disfrutábamos de una vida muy acomodada, estaba muy lejos del nivel económico que rodeaba al socio de mi marido.
Cuando Ramón regresó a nuestro lado, respiré un tanto aliviada, aunque su rostro seguía inusualmente serio.
—El duque me ha dicho que el Anfitrión está arriba y que nos recibirá ahora —anunció, mirando fijamente a su esposa.
Ella afirmó con la cabeza con total sumisión y me cogió de la mano con firmeza.
—Vamos, querida. Llegó el momento de que él te conozca.
Ramón nos guio hacia el fondo de la sala, donde se ocultaba un montacargas de acero de aspecto industrial.
Para que las puertas se abrieran, tuvo que teclear un código de seguridad de seis dígitos en un panel oculto tras una moldura.
Nos deslizamos dentro y el ascensor comenzó a subir en un silencio sepulcral.
Al abrirse las puertas en la planta superior, la atmósfera cambió por completo.
Si el local que había visto parecía un elegante pub, arriba la distribución era idéntica a la de un extraño y misterioso hotel de cinco estrellas.
Un pasillo infinito, alfombrado con una moqueta tan gruesa que ahogaba el eco de mis tacones de aguja, se extendía ante nosotras flanqueado por pesadas puertas de madera blancas con números dorados.
La iluminación aquí era aún más escasa, reducida a sutiles apliques de pared que proyectaban sombras alargadas.
Ramón se detuvo ante la suite principal del fondo y llamó suavemente. La puerta se abrió de inmediato.
El interior de la estancia era una mezcla de opulencia y decadencia.
En el centro de un enorme salón, sentado en un sillón de cuero rojo, se encontraba el Anfitrión: un hombre de edad avanzada, de cabello completamente blanco y mirada felina, rodeado por un par de mujeres jóvenes que podrían pasar por ser sus nietas.
A sus pies, dos imponentes perros doberman de pelaje brillante se alzaron de inmediato al vernos entrar, emitiendo un leve gruñido que el anciano aplacó con una sola caricia en sus testas.
Amanda, rompiendo el protocolo, se adelantó. El Anfitrión, con una lentitud cargada de autoridad, señaló sus propias rodillas. Ella, sin dudarlo un solo segundo, se sentó sobre las piernas del viejo, haciendo que el tejido de su vestido se tensara al máximo.
—¿Cómo estás, cariño? Hacía mucho que no subías a verme un rato. Me tienes abandonado… —preguntó él, con un timbre de voz que no correspondía a su edad.
Amanda se rio, una risa pícara y sensual.
—Sabes de sobra que te tengo siempre en mis pensamientos.
—Espero que alguno de ellos, aunque sea solo uno, todavía siga humedeciendo tus bragas.
Amanda rió y luego giró la cara hacia él, iniciando un beso en la boca…
Fue un morreo lento y apasionado. Mientras se besaban, la mano derecha del viejo, surcada de venas oscuras, subió con avidez por el muslo de Amanda y desapareció por completo por debajo de su vestido, hundiéndose sin ningún pudor en su intimidad.
Amanda soltó un leve gemido contra los labios de él, acomodándose mejor sobre su regazo mientras la mano de él continuaba moviéndose ahí abajo.
—Para... Si sigues tocándome así, vas a conseguir que me corra aquí mismo, sobre tu regazo, y acabaré arruinando ese traje tan caro —dijo Amanda con la voz entrecortada.
Él dejó de mover la mano, pero no la sacó de entre sus piernas.
—¿Conoces a Tamara y a Martina? Ellas son los dos nuevos vértices de mi nueva pirámide.
Amanda miró a las dos chicas con más detenimiento.
—Encantada —las saludó Amanda—. Sin duda, sigues teniendo un gusto exquisito para las mujeres. Las dos son preciosas.
Él asintió con la cabeza.
—Sin duda lo son… Quizá ambas sean demasiada yegua para tan poco jinete.