Capítulo 18
El Mercedes blanco se adentró en las afueras de Madrid, alejándose de las zonas que yo frecuentaba habitualmente. Ramón condujo hasta un restaurante escondido en una carretera flanqueada por árboles, un antiguo caserón de piedra reconvertido en un local de un lujo sobrio y clandestino.
Nos acomodaron en una mesa circular al fondo de un reservado acristalado que daba a un jardín interior tenuemente iluminado. Ramón presidía la mesa, con Amanda a su izquierda y yo a su derecha. En cuanto el camarero nos sirvió las primeras copas de vino, el ambiente se volvió peligroso.
Ramón dejó su copa sobre el mantel, se inclinó ligeramente hacia mí y me clavó esa mirada oscura que desarmaba todas mis defensas.
—Quiero que tengas algo muy claro, Elena —dijo con aquella voz grave y serena que siempre parecía atravesarme por dentro—. Eres muy importante para mí. Amanda sabe perfectamente lo que siento por ti. Esto no es un capricho ni una aventura pasajera.
Aquellas palabras me golpearon con una intensidad inesperada.
Una parte de mí llevaba demasiado tiempo deseando escucharlas y, al oírlas salir de sus labios, sentí un temblor recorriéndome el cuerpo.
Estaba profundamente enamorada de él y, durante un instante, todo pareció irreal, como si estuviera viviendo un sueño.
Pero la euforia dio paso enseguida al pudor. Bajé la mirada hacia la mesa, incómoda por Amanda. Me aterraba que aquellas palabras pudieran herirla o despertar unos celos que hasta entonces había logrado dominar.
Sin embargo, para mi absoluta sorpresa, Amanda sonrió. No fue una sonrisa forzada ni resignada, sino cálida, casi maternal. Extendió la mano sobre la mesa de madera noble, buscó la mía y la envolvió entre sus dedos con una ternura que me desarmó por completo.
—No me mires así… —rogó Amanda—. Me siento muy cómoda compartiendo a mi esposo contigo.
Ramón asintió, reforzando las palabras de su esposa, y volvió a tomar la palabra, adoptando un tono más solemne.
—Quiero que tengas claro que, a pesar de lo que veas esta noche, siempre voy a cuidar de ti, de tu bienestar y de tu futuro. Pero para entrar en nuestro círculo, para tener exactamente los mismos derechos que tiene Amanda, tendrás que pasar la prueba.
El aire se me congeló en los pulmones. Sentí que la boca se me quedaba seca de repente.
—¿La prueba? ¿Qué prueba? —pregunté, con la voz quebrada, mirando alternativamente a los dos.
Amanda soltó una risita cómplice, divirtiéndose visiblemente con mi desconcierto.
—Ramón y yo formamos parte de una comunidad muy exclusiva.
Mucho más selecta y elitista de lo que puedas imaginar —explicó Amanda, recostándose con elegancia en el respaldo de su silla—.
No se trata de un simple club ni de una afición compartida.
Es una filosofía de vida, una forma de entender las relaciones, el compromiso y la libertad.
Tenemos nuestras propias normas y, para formar parte de ellas, hay que demostrar algo más que interés o curiosidad.
Hay que superar una prueba en la que demuestras quién eres realmente y hasta dónde estás dispuesta a llegar.
Yo también tuve que pasarla en su momento, ¿verdad, mi amor?
—Todos hemos tenido que cruzar esa puerta, Elena —afirmó Ramón.
—¿Y de qué se trata? —insistí, reuniendo el valor necesario para mirar fijamente a Ramón a los ojos, buscando alguna pista.
Ramón se limitó a negar con la cabeza, esbozando una sonrisa cínica que me erizó el vello de los brazos.
—Tranquila, Elena. Disfruta de la cena. Aún no sé cuál será tu prueba —respondió él con total parsimonia, dando un sorbo a su vino—. No soy yo quien tiene que imponértela.
—¿Te acuerdas de mi suegro? Lo conociste en mi boda —preguntó de pronto Amanda, interrumpiendo a su marido.
Intenté hacer memoria a toda velocidad en mitad de mi desconcierto. Su imagen apareció al instante en mi cabeza: un hombre mayor, de hombros caídos y maneras ásperas, que no compartía ni una sola de las cualidades que hacían tan atractivo a su hijo.
—Claro que me acuerdo, aunque la última vez que lo vi creo que fue en el bautizo de Rodrigo —dije sin comprender dónde querían llegar.
—Él fue mi prueba, Elena —soltó con un descaro que me dejó estupefacta—. Tuve que seducir a mi suegro y luego follármelo.
—¿En serio? —exclamé en un susurro ahogado, sintiendo una mezcla de asco y fascinación—. ¿Fuiste capaz de hacer eso?
—Me jodió en su propia casa, aprovechando que mi suegra estaba de viaje —confesó Amanda, relamiéndose los labios rojos con una impudicia total—. No veas lo cerdo que está hecho el padre de mi marido…
Sentí una oleada de calor en el pecho. Agarré mi copa de vino y me la bebí de un solo trago, buscando desesperadamente algo que anestesiara el impacto de lo que estaba escuchando.
—¿Me lo estás diciendo en serio? —le pregunté, mirándola fijamente a los ojos, incapaz de asimilarlo—. Yo no sería capaz de hacer algo así. Ni loca.
Los dos rieron e intercambiaron una mirada cómplice.
—Pues a decir verdad, mi esposa no lo pasó tan mal… Después de pasar la prueba, siguieron viéndose.
—Me daba un morbo que te mueres acostarme con él —replicó Amanda con orgullo, sin un ápice de vergüenza—. Te sorprendería lo que un hombre así puede hacer con su nuera cuando le das barra libre.
Una duda terrible me asaltó en ese instante.
—¿Sabía tu padre que tú lo consentías? —me interesé.
Ramón negó con la cabeza.
—No, por supuesto que no. Ahí está lo divertido del asunto, Elena —explicó Ramón, cruzando los dedos sobre la mesa—.
Mi padre nunca se enteró. Amanda tuvo que ir seduciéndolo poco a poco, jugando sus cartas, dejando que él creyera que tenía el control, hasta que lo llevó al terreno que yo había planeado.
El juego consiste en la obediencia ciega del proceso, no en que el tercero entienda lo que ocurre.
Me quedé mirando la copa vacía, sintiendo cómo el suelo parecía moverse bajo mis pies. La revelación de hasta dónde era capaz de llegar Amanda por complacer a Ramón me hizo comprender la verdadera dimensión del abismo al que me estaba asomando.
Cuando terminamos de cenar, no me atreví a preguntar a dónde me llevaban. Lo último que quería era parecer una quinceañera asustada frente a ellos. Esta vez fui yo la que me senté en los asientos de atrás, mientras que Amanda ocupaba el lugar del copiloto junto a su esposo.
El coche se adentró por una carretera comarcal apenas transitada. Yo observaba el paisaje a través de la ventanilla, completamente desorientada. Hacía rato que había perdido cualquier referencia; no tenía la menor idea de dónde nos encontrábamos.
Tras más de media hora de trayecto, Ramón redujo la velocidad y tomó un desvío a la derecha.
A ambos lados del camino ya se distinguían numerosos vehículos estacionados, todos de alta gama.
Unos metros más adelante apareció una verja metálica de varios metros de ancho, cerrando el acceso a una finca rodeada de altos cipreses.
Ramón bajó la ventanilla con tranquilidad y pulsó un botón situado junto al volante. Durante unos segundos no ocurrió nada. Entonces vi una pequeña cámara instalada sobre una columna de piedra girar hacia nosotros. Un foco rojo recorrió la parte frontal del coche, deteniéndose sobre la matrícula.
Un instante después, se escuchó un zumbido mecánico. Los motores eléctricos cobraron vida y la enorme verja comenzó a deslizarse lentamente hacia un lado.
Ramón ni siquiera se molestó en explicar nada. Se limitó a sonreír con suficiencia mientras introducía el coche en el recinto.
Aquello no parecía la entrada a un restaurante ni a un club privado. Parecía el acceso a un lugar al que solo podían entrar quienes habían sido previamente autorizados.
Frente a nosotros se alzaba un edificio de dos plantas, de líneas modernas y hormigón visto, coronado por un luminoso neón azul en el que se podía leer: Sommet.
Apagó el motor y el silencio de la noche nos envolvió.
Nos bajamos del vehículo y, antes de que pudiera dar un solo paso, él se colocó en medio de las dos.
Con una naturalidad pasmosa, nos llevó cogidas con firmeza por la cintura, pegando mi cuerpo al suyo.
El olor de su perfume, mezclado con la calidez de su mano presionando mi cadera, me infundió una extraña valentía, haciéndome superar cualquier atisbo de vergüenza o cordura.
En la puerta principal, custodiada por un guardia de seguridad que parecía un armario empotrado con traje oscuro, nos esperaba una mujer de unos treinta años.
Era espectacular; llevaba un vestido negro ajustadísimo, de espalda al aire, y un peinado tan pulcro que parecía una actriz de los años cincuenta.
—Buenas noches, Ramón... —le sonrió ella con una familiaridad que denotaba que eran clientes habituales.
—Hola, Cris. ¿Cómo está el ambiente hoy? —preguntó él, deteniéndose ante ella sin soltar nuestras cinturas.
—Aún es pronto... ya sabes cómo funciona esto —respondió ella con una voz modulada y sugerente. Acto seguido, la tal Cristina se acercó a Amanda y le dio un beso en los labios—. Estás preciosa, querida… Como siempre. El anfitrión se alegrará de que subas a saludarlo. Siempre me pregunta por ti.
—Gracias, Cristina. Luego subiré a ver qué tal está —respondió con una sonrisa radiante, antes de girarse levemente hacia mí—. Ella es Elena, y es el vértice que Ramón y yo hemos elegido.
Cristina afirmó con la cabeza y desvió sus ojos felinos hacia mí.
—Espero que disfrutes de la experiencia, Elena. Sin duda vas a causar furor, eres preciosa. Bienvenida a Sommet.
Nos abrió la puerta de madera lacada y, al cruzar el umbral, sentí la incómoda sensación de haber entrado en un lugar que no estaba destinado al público general.
La luz era tenue, cuidadosamente dosificada.
No había focos ni lámparas visibles, solo pequeños puntos de luz ocultos entre paneles de madera oscura y cortinajes de terciopelo que bañaban el ambiente en tonos ámbar y burdeos.
Todo parecía diseñado para preservar la intimidad de quienes se encontraban allí.