Capítulo 17
Amanda tenía razón: nada une más a dos mujeres que compartir la misma fantasía y al mismo hombre. A partir de entonces, nuestra relación adquirió una profundidad nueva, una complicidad que jamás habíamos tenido y que ya no podía deshacerse.
Aunque ella, como esposa de Ramón, ejercía una sutil jerarquía sobre mí —algo que nunca pactamos de forma explícita, pero que surgió de manera completamente natural—, yo me descubrí encontrando una inquietante comodidad en ese papel de sumisión compartida.
Esa tarde habíamos estado de compras. Ramón le había prohibido estrictamente a su mujer que me revelara a dónde iríamos después de la cena, un secreto que me mantenía con un cosquilleo constante de expectación en el estómago.
Ahora, mientras Carlos estaba en el salón ajeno a todo, entretenido con la televisión, yo me encontraba en el piso de arriba vistiéndome para la cita.
Me deslicé frente al espejo. Justo antes de subirme las bragas, detuve la mirada en mi pubis.
Le había confesado a Amanda el día anterior mi deseo de depilarme íntegramente para ser como ella, pero mi amiga se había limitado a sonreír con suficiencia antes de frenarme: «Ni se te ocurra, Elena.
Ramón me ha dicho que le encanta ver ese contraste rojo y espeso entre tus piernas.
Te quiere así». El recordar sus palabras mientras me cubría hizo que un calor súbito me recorriera el vientre.
Elegí un vestido de cóctel en color burdeos, de un tejido elástico que se ceñía a mi silueta, remarcando la curva de mis caderas.
Me calcé unos zapatos de tacón alto negros, de aguja, que estilizaban mis piernas y me obligaban a caminar con una lentitud casi ceremonial.
Tras retocar el carmín de mis labios, respiré hondo y comencé a bajar la escalera.
Carlos alzó la vista del sofá en cuanto escuchó el repiqueteo de mis tacones.
Sus ojos se abrieron ligeramente, atrapados entre la admiración y el reproche.
Para su gusto, iba demasiado provocativa.
Sin embargo, desde aquella discusión durante la cena con el concejal del ayuntamiento, había dejado de criticar mi forma de vestir.
Ahora parecía esforzarse por ser más atento, más cariñoso y más galante, como si intentara recuperar un terreno que sentía que empezaba a perder.
—Estás preciosa, mi amor... —dijo, poniéndose en pie y acercándose a mí con una sonrisa mansa. Me recorrió con la mirada, completamente fascinado—. Si quieres, me visto en un segundo y te acerco en el coche al restaurante.
Un frío repentino me encogió el pecho, pero mantuve la fachada con una frialdad que ya empezaba a formar parte de mí.
—Gracias, pero no te preocupes, cariño —respondí de inmediato, esquivando su ofrecimiento mientras cogía el bolso de mano—. Ya he pedido un taxi y me está esperando fuera. Quédate tranquilo viendo el partido.
Mentí con total fluidez, sabiendo perfectamente quién aguardaba en realidad al final de la calle. Nos despedimos con un beso rápido en los labios; él me retuvo un segundo cogiéndome de la cadera, mirándome con deseo.
—Pásalo bien y no bebas demasiado, ¿eh? Que nos conocemos cuando os juntáis las amigas —dijo medio en broma, pero yo sabía que en el fondo era una advertencia—. Si no vuelves muy tarde, haremos el amor como a ti te gusta…
—La verdad es que no me apetece salir —añadí, forzando un tono de resignación para blindar la mentira—. Lo hago únicamente por Margot. La pobre está completamente sola en Madrid y solo nos conoce a nosotras dos. Me daba pena dejarla plantada.
—Eres demasiado buena, Elena —susurró él, totalmente confiado, soltándome y haciéndome sentir libre por fin.
Crucé la puerta del jardín y, al cerrarla a mis espaldas, bajé los primeros escalones hacia la acera. Al fondo de la calle, distinguí la silueta inconfundible de un Mercedes blanco. En ese momento, el coche me hizo una sutil señal con las luces.
Un cosquilleo violento, mezcla de miedo y una excitación prohibida, me recorrió de arriba abajo.
Respiré hondo y comencé a bajar la calle en dirección al vehículo, balanceando las caderas y tratando de mantener la máxima calma y elegancia posibles.
Perfectamente consciente de que los ojos oscuros de Ramón me estaban observando a través del parabrisas.
Cuando llegué a la altura del coche, vi a Amanda sentada en los asientos de atrás; su silueta destacaba en la penumbra del habitáculo.
Alargué la mano hacia la maneta de la puerta trasera, dispuesta a deslizarme a su lado para buscar la protección de mi amiga, pero el cristal del copiloto bajó electrónicamente un par de centímetros.
Desde el interior, Ramón giró la cabeza, cruzó su mirada firme con la mía y, con un movimiento lento y tajante de su dedo índice, me hizo un gesto inequívoco para que ocupara el asiento del copiloto, a su lado. Temblé.
Abrí la puerta y el olor a cuero caro, mezclado con el perfume de Ramón, me envolvió por completo. Al sentarme, el vestido burdeos se deslizó inevitablemente hacia arriba por mis muslos, dejándolos expuestos en la penumbra del coche.
Antes de que pudiera siquiera cerrar la puerta del todo, la mano grande y cálida de Ramón ya se había posado con firmeza, justo por encima de la rodilla, apretando la carne con esa posesión absoluta que me hacía perder el aliento.
Me agarró de la nuca con la otra mano, me atrajo hacia él y me plantó un morreo hambriento, metiendo la lengua con una fuerza que me obligó a arquear la espalda contra el respaldo. Sus labios, húmedos y decididos, me saborearon sin prisa, recordándome en un instante el sabor de su dominio.
—Estás preciosa, Elena —susurró contra mi boca al separarse apenas unos milímetros, mirándome con unos ojos que brillaban con una intensidad peligrosa—. El burdeos te queda espectacular.
—Gracias… —atiné a responder con un hilo de voz, sintiendo que las mejillas me ardían y que el corazón me golpeaba con fuerza en el pecho.
Ramón esbozó una leve sonrisa de suficiencia y aceleró, pero no apartó la mano de mi muslo en ningún momento; al contrario, sus dedos comenzaron a acariciar la piel hacia arriba, rozando peligrosamente el borde de mi lencería con una parsimonia insultante mientras controlaba el volante con la otra mano.
Me di la vuelta en el asiento como pude, buscando una distracción para calmar el torrente de emociones que me inundaba. Amanda estaba en medio del asiento trasero, observando la escena con las piernas cruzadas.
—Hola, Amanda... —dije, intentando que mi voz no temblara demasiado—. Estoy... estoy atacada de los nervios. Carlos se ha quedado en el salón viendo la televisión, tan tranquilo… Me siento una auténtica arpía.
Amanda soltó una risita suave, una melodía descarada que flotó en el interior del vehículo, y se inclinó hacia delante para rozar mi hombro con la punta de sus dedos.
—Una arpía muy sexy, diría yo…
Y me miró con la misma hambre que unos segundos antes había sentido en los ojos de su esposo.