Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 16
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Capítulo 16

El trayecto de vuelta a casa en el taxi fue un viaje a través de una irrealidad neblinosa. El olor de Ramón y Amanda parecía haberse adherido a mi piel, a mi pelo, impregnando la seda de mi blusa que intentaba abotonar lo más alto posible como si tratara de volver a sentirme una mujer respetable.

Ramón se despidió de nosotras en el aparcamiento del Club Élysée, diciendo que, lamentándolo mucho, tenía que volver al bufete.

No pude evitar pensar en cómo sería capaz de entrar de nuevo al despacho, sentarse frente a Carlos y mirarlo a los ojos con total normalidad, después de haber tenido a su esposa arrodillada en el suelo del reservado, tragándose su polla.

Antes de marcharse, se detuvo frente a nosotras en la acera. Nos besó a las dos. Primero se acercó a mí, me agarró suavemente de la barbilla y me plantó un beso húmedo, un morreo lento y posesivo, metiendo la lengua sin importarle que estuviéramos a plena luz del día.

—Has estado maravillosa, Elena —dijo mirándome a los ojos, con sus labios casi rosando los míos—. Me gustas mucho. Quizá demasiado.

Acto seguido, Ramón se volvió hacia Amanda y repitió el beso. Después nos dedicó una última mirada cargada de suficiencia y se subió a su coche.

En cuanto nos quedamos solas en la acera, Amanda me miró de arriba abajo con una sonrisa felina.

—Vaya cara tienes, Elena. Anda, ven, vamos a tomar algo para bajar la comida —me propuso, señalando una terraza discreta a unos metros de distancia.

No me apetecía nada. Quería huir, esconderme, meterme bajo la ducha y quitarme la ropa, pero la sola idea de regresar a casa en ese estado me daba aún más miedo. Así que, sin fuerzas para negarme, la seguí.

Nos sentamos en una mesa al fondo, apartadas del bullicio. El camarero nos trajo dos copas de vino blanco. Yo me mantuve todo el tiempo a la defensiva, con los brazos cruzados sobre el pecho, intentando disimular la mancha de la blusa y apretando las piernas por debajo de la mesa.

—No me mires así, cariño —dijo Amanda, cruzando sus piernas con elegancia, sin importarle que sus bragas hubieran quedado abandonadas sobre la mesa del restaurante—. Parece que estás enfadada.

—Siento que juegas conmigo. Los dos lo hacéis…

Amanda se inclinó sobre mí y me acarició un mechón de pelo.

—Cariño —dijo con ternura—. Somos afortunadas, ¿no crees?

Me encogí de hombros, pero la delicadeza con la que me hablaba y me acariciaba el pelo me hizo sentir un escalofrío.

—Somos dos mujeres maduras, pero míranos…

Seguimos estando buenas. ¿Fíjate en cómo nos miran aquellos hombres de allí?

Están hablando de nosotras. El más joven está para hacerle un favor…

—soltó una risa apuntando la mesa de al lado—.

Estamos casadas con dos hombres exitosos, vivimos rodeadas de lujo, tenemos unos hijos maravillosos…

—Pero aun así nos comportamos como dos zorras —solté.

Ella soltó una carcajada.

—¿Sabes cómo se llama en el ambiente liberal a dos perras sumisas como nosotras que comparten al mismo hombre?

Me encogí de hombros.

—¿Acaso tiene nombre esto que hacemos?

—Hermanas de collar. Por lo tanto, ahora somos algo más que amigas… ¿No crees? Somos hermanas.

Me quedé callada, dándole un trago largo al vino que me quemó la garganta amarga, incapaz de rebatir una sola palabra mientras el peso de mi nueva realidad se asentaba sobre mí.

Horas más tarde, al cruzar el umbral de mi hogar, el silencio acogedor de la casa me golpeó como un reproche silencioso.

Me metí de inmediato en la ducha, frotando mi cuerpo con una furia casi dolorosa, intentando arrancar el rastro de aquella tarde, pero el sabor amargo y espeso seguía alojado en el fondo de mi garganta por mucho que me enjuagara.

A las nueve de la noche, la normalidad idílica de mi casa se desplegó a mi alrededor como una farsa macabra. Estaba en la cocina, terminando de picar unas verduras para la cena, cuando Carlos entró con su habitual sonrisa mansa, todavía vistiendo la camisa del bufete, pero ya sin corbata.

—Hola, mi amor —dijo, acercándose por la espalda para rodear mi cintura con sus brazos y depositar un beso tierno en mi nuca, justo en el mismo lugar donde los dedos de Ramón me habían aferrado con violencia unas horas antes.

Un escalofrío involuntario me recorrió la espina dorsal—. ¿Cómo has pasado el día?

—Ya sabes… como siempre. Estuve con Amanda de compras en el centro comercial. Luego fuimos a la parroquia. Emilia está preparando una rifa benéfica —mentí, forzando una sonrisa mientras me zafaba sutilmente de su agarre con la excusa de remover la sartén.

En ese preciso instante, la pantalla de mi móvil, que descansaba sobre la encimera de granito, vibró con un zumbido seco.

El corazón me dio un vuelco. Al deslizar la mirada, vi el nombre de Margot en la pantalla de bloqueo.

Era el nombre con el que yo había guardado el número de Ramón en mi agenda, como precaución.

En realidad, nunca supe por qué elegí ese nombre.

Tragué saliva, sintiendo que el aire se me congelaba en los pulmones, y abrí el mensaje intentando que mis manos no temblaran:

«Dile a tu marido que el sábado has quedado con Amanda y las chicas para salir a cenar».

Cerré la aplicación de inmediato, sintiendo la mirada curiosa de Carlos sobre mí.

—¿Pasa algo? —preguntó él, apoyándose en la encimera mientras tomaba un sorbo de su copa de vino, completamente ajeno a la podredumbre que nos rodeaba.

—Es... Margot, una amiga y vecina de Amanda —dije, intentando modular la voz para que sonara natural, aunque sentía que la culpa me delataba en cada gesto—.

Me acaba de mandar un mensaje. Dice que el sábado es su cumpleaños y nos invita a Amanda y a mí a cenar.

Hace poco que vive en Madrid y casi no conoce a nadie.

—Ah, fantástico. Seguro que pasáis toda la noche hablando de moda y de esas cosas que tanto os gustan a las mujeres. Yo me quedaré en casita tan a gusto. Juega el Madrid.

Lo observé sonreír mientras bebía de su copa, completamente ajeno al abismo que se había abierto bajo nuestros pies.

Y, por primera vez, comprendí algo que me asustó más que la culpa, más que las mentiras y más que el riesgo de ser descubierta.

Aquella doble vida empezaba a parecerme normal.