Capítulo 15 #3
Ramón no tardó en tomar el control absoluto del movimiento.
Con la mano que mantenía clavada en mi nuca, empezó a empujar con una cadencia más rápida y despiadada.
La saliva comenzó a resbalar por la comisura de mis labios, goteando sobre mi blusa, mientras el chasquido húmedo e indecente de la succión llenaba el reservado, mezclándose con el olor de la comida caliente que reposaba sobre la mesa.
—Dios, cómo aprietas… La chupas de lujo, Elena —jadeó Ramón, estirando el cuello hacia atrás, con los ojos entreabiertos.
Vi cómo Amanda se ponía en pie, deteniéndose justo frente a mí. Sin apartar sus ojos azules de los míos, metió las manos por debajo del dobladillo de su ceñido vestido marfil y se deslizó las bragas de encaje negro por las piernas, para luego depositarlas sobre la mesa, justo encima de mi copa.
Tenía el coño completamente depilado, liso y brillante por el sudor de la excitación.
La visión me encendió una punzada de vergüenza y timidez; no pude evitar pensar en el contraste de mi propio vello, espeso y de un rojo encendido, sintiéndome extrañamente anticuada y poco refinada frente a su calculada sofisticación.
El desconcierto me obligó a reaccionar. Yo albergaba la estúpida certeza de que Amanda se conformaría con mirar desde el sofá, disfrutando de manera pasiva mientras su marido me usaba para su placer. Verla participar de forma tan directa rompió mis esquemas.
Apoyé las palmas de las manos en el suelo e intenté echarme hacia atrás para levantarme, con el corazón desbocado, queriendo huir de una vez por todas de esa encerrona de la que ya no entendía nada.
Sin embargo, antes de que pudiera despegar las rodillas del suelo, la mano de Ramón volvió a cerrarse sobre mi nuca con una firmeza implacable, devolviéndome a mi posición con un golpe seco.
—¿A dónde crees que vas, Elena? No te he dado permiso para moverte —sentenció Ramón, mirándome desde arriba con esos ojos fríos y dominantes—. Desde tu sitio vas a presenciar cómo se comporta una verdadera dama.
Amanda, con una sonrisa grabada en los labios, se subió el vestido de punto de seda marfil hasta la cintura, dejando al descubierto sus caderas y sus nalgas desnudas. Con un movimiento ágil y coreografiado, se subió a horcajadas sobre su esposo, dándome la espalda.
Desde mi posición me vi obligada a contemplar el balanceo de su culo.
Vi cómo Amanda estiraba la mano hacia abajo, agarraba con firmeza la polla erecta de Ramón y la apuntaba hacia su propia intimidad.
Se dejó caer con todo su peso de golpe. El miembro de Ramón entró en su coño por completo en un segundo. Era obsceno, pero a la vez hermoso.
—¡Oh, Dios, Ramón...! —gimió Amanda con un grito ahogado que retumbó en las maderas del reservado.
De inmediato, comenzó a moverse con fuerza, subiendo y bajando de manera frenética sobre el regazo de su marido.
El sonido de los cuerpos impactando y el chasquido lúbrico de la penetración inundaron el reservado.
Con cada embestida salvaje, los fluidos de Amanda comenzaron a resbalar de forma visible por la base de la polla de su esposo, goteando hacia abajo.
—Es mía… esta polla es mía, Elena —gritaba Amanda entre espasmos, girando levemente la cabeza para clavar sus ojos dilatados en mí—. ¡Mírame cómo me coro! ¡Mírame, golfa!
Los movimientos de Amanda se volvieron erráticos, hasta que con un último alarido de puro placer se tensó por completo y se corrió sobre él, temblando con violencia sobre su regazo.
Tras unos segundos de respiración agitada, Amanda se incorporó despacio y se salió de su marido, bajándose el vestido marfil mientras regresaba a su lado del sofá, completamente satisfecha.
El miembro de Ramón continuaba rígido, palpitante y cubierto por entero por el rastro brillante y denso de su esposa.
Sin darme tiempo a reaccionar, Ramón me la acercó directamente a la boca.
—No... Ramón, eso no —supliqué, girando la cara a un lado, intentando resistirme por pura náusea moral.
—Abre bien la boca, Elena —ordenó él con una voz gélida que no admitía réplica.
—He dicho que no... —comencé a decir, pero sus dedos me atenazaron la mandíbula con fuerza, obligándome a ceder.
—¡Joder, he dicho que la abras!
Cedí. Vencida, abrí la boca y dejé que su masculinidad volviera a invadirme.
Esta vez, el sabor era completamente distinto: la polla de Ramón ahora tenía el sabor amargo, denso y fuerte de Amanda.
La combinación de los fluidos de mi amiga y el almizcle de él me inundaron las papilas gustativas en una mezcla que me removió por dentro, pero continué chupándosela, moviendo la cabeza con desesperación mientras Ramón aceleraba el ritmo.
No tardó más de un minuto en alcanzar su propio clímax; un chorro caliente y masivo me golpeó la garganta, obligándome a tragarlo todo bajo su mirada fija.
Cuando me soltó, me quedé unos instantes de rodillas, temblando. En mi cabeza reinaba una confusión espantosa. No entendía por qué se la había follado a ella y no me había elegido a mí; no entendía qué hacía allí arrodillada, humillada y utilizada de esa manera.
—Ponte de pie y límpiate la cara, la comida se está enfriando —dijo Ramón con total naturalidad, mientras se guardaba la polla dentro de la bragueta y se subía la cremallera.
Me incorporé con torpeza, sintiendo cómo las piernas me fallaban.
Al mirarme el pecho, descubrí con horror que mi blusa de seda blanca estaba manchada de fluidos y saliva.
Amanda, con una sonrisa impecable como si acabáramos de salir de una boutique, cogió una servilleta de tela de la mesa y me la tendió.
—Toma, cariño, límpiate la boca. Pareces una fulana —dijo con total ligereza.
Me senté en el extremo del sofá, con el cuerpo rígido y aparté las bragas de Amanda que descansaban encima de mi copa.
Bebí un largo trago de vino. Sentía la garganta amarga.
Durante la comida, Ramón y Amanda comenzaron a hablar del máster de Pablo en Estados Unidos y de los casos del bufete como si absolutamente nada hubiera pasado en ese reservado.
Yo, con la servilleta apretada contra la blusa, apenas dije nada.
Sentía que mi cabeza flotaba en un vacío de silencio y culpa del que sabía que nunca podría regresar.