Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 15 #2
51%

Capítulo 15 #2

Con una parsimonia insultante, su mano comenzó a deslizar la tela de mi falda de tubo hacia arriba, centímetro a centímetro, exponiendo la palidez de mis muslos ante la mirada encendida de su mujer.

Intenté cerrar las piernas por puro instinto de supervivencia, pero Ramón afianzó el agarre en mi carne, impidiéndome el movimiento con una fuerza incuestionable.

Ella se inclinó sobre la mesa, con la respiración entrecortada, devorando con los ojos el avance de la mano de su marido sobre mi cuerpo.

—Ramón, por favor… aquí no —supliqué en un hilo de voz, mirando de reojo la cortina del reservado, aterrorizada ante la idea de que el camarero entrara con el vino—. Nos conocen a los cuatro.

—Aquí sí, Elena. Te dejarás tocar siempre donde yo decida —ordenó él, mientras sus dedos alcanzaban finalmente el encaje húmedo de mis bragas, hundiéndose sin miramientos en la intimidad que mi marido ya no sabía cómo encender.

La presión de sus dedos me arrancó un suspiro ahogado que intenté sepultar apretando los dientes. Ramón sonrió, con esa mueca de superioridad implacable que me destruía por dentro, y comenzó a deslizar un solo dedo por el contorno de mi lencería, estirando la tela tensa y empapada.

—Tienes razón, Amanda —susurró Ramón, sin apartar sus ojos oscuros de los míos—. Su chochito está destilando veneno. Tu amiga ha venido preparada para que la enseñemos a obedecer.

Amanda se deslizó por el sofá circular, acortando la distancia hasta quedar casi pegada al otro lado de Ramón, estirando el cuello para no perderse un solo detalle de mi anatomía expuesta. Sus ojos azules brillaban con una lascivia salvaje, enferma.

—Dios mío, Elena… —gimió Amanda, con la voz pastosa y los labios entreabiertos—. Estás empapada. Es indecente lo mucho que te excita que mi marido te toque. Te lo dije, mi amor —dijo cambiando su mirada hacia su marido—. Te dije que bajo esa apariencia de esposa recatada, había una puta.

—Cállate, Amanda, por favor —supliqué, aunque mi pelvis, traicionando mi boca, hizo un sutil movimiento hacia arriba, buscando más presión de la mano de Ramón—. Esto es una locura... El camarero...

—El camarero no va a decir nada. Para eso le he dado una buena propina —sentenció Ramón con voz gélida, ronca—. Y tú te vas a quedar muy quietecita cuando entre. ¿Te queda claro?

Asentí con la cabeza.

Con un movimiento seco y diestro, Ramón enganchó el elástico de mis bragas y las bajó a mitad de los muslos, liberando mi intimidad por completo en la penumbra del reservado. El aire acondicionado del local me golpeó la piel desnuda, provocándome un escalofrío que me dilató aún más.

—Siempre me había preguntado si el pelo de tu coño sería tan rojo como el de tu cabeza —soltó Ramón con una crudeza que me golpeó como una bofetada en mitad de la penumbra del reservado.

Amanda, que observaba la escena con las manos apoyadas en el borde de la mesa de mármol, soltó una risita ahogada, mordiéndose el labio inferior.

—Es preciosa, Ramón... Mírala —susurró mi amiga, quebrada por el morbo—. Tan blanquita y tan jodidamente perra. Mira cómo tiembla bajo tu mano.

Ramón no se conformó con tocar; hundió dos dedos de golpe en mi interior, encontrando un torrente espeso y caliente que le hizo soltar una exclamación de triunfo.

—¡Ah...! —un gemido roto se me escapó de la garganta, y tuve que morder el dorso de mi propia mano para no chillar.

—Escucha cómo suena, Amanda —ordenó Ramón, bombeando sus dedos dentro de mí con una parsimonia sádica, provocando un chasquido húmedo y lúbrico que inundó el cubículo.

—Joder… Me... me vuelven loca —confesé por fin, llorando de pura humillación, entregando el último reducto de mi dignidad mientras los dedos de Ramón se movían con más saña dentro de mí, frotando mi clítoris con el pulgar hasta hacerme ver el cielo.

Con una tranquilidad insultante, Ramón levantó la mano y le tendió los dedos brillantes a su esposa.

Sin vacilar un solo segundo, agarró la muñeca de su marido, se llevó los dedos de él a la boca y los relamió despacio, saboreando mis fluidos con los ojos fijos en mí, sosteniéndome la mirada con un descaro absoluto.

—Deliciosa, está deliciosa —susurró Amanda, limpiándose la comisura de los labios con la lengua—. Quiero más… estoy hambrienta.

Ramón no esperó más. Bajó la cremallera de su pantalón y sacó su polla, que saltó aprisionada, completamente rígida, oscura y palpitante. El tamaño de esa pieza, que ya me había aterrorizado en el vídeo, me dejó sin aliento.

—Ponte de rodillas en el suelo, Elena —ordenó Ramón, agarrándome del pelo de la nuca con la fuerza justa para obligarme a inclinar el cuerpo hacia abajo, en el hueco entre la mesa y el sofá—. Vas a lamerla hasta que esté brillante. Mueve el culo, perra.

Me deslicé del sofá con las rodillas temblando, hundiéndome en el estrecho espacio entre la mesa de mármol y las piernas de Ramón. La alfombra, áspera y fría, se clavó en mi piel desprotegida. Tenía la falda gris arrugada y las bragas encajadas a mitad de los muslos, limitando mis movimientos.

Desde arriba, la mirada de Ramón me aplastaba con un peso físico absoluto, mientras Amanda se inclinaba sobre el borde de la mesa, con las mejillas encendidas y los ojos fijos en mí.

Justo cuando mis labios rozaron la calidez de su miembro erecto, un sonido seco rompió el encanto maldito de la estancia. La cortina de terciopelo se apartó de golpe.

El camarero entró sosteniendo una bandeja de plata con paso firme y profesional, pero se congeló al instante tras dar el primer paso.

El silencio que se instaló en el reservado fue ensordecedor.

El hombre, un profesional de mediana edad acostumbrado a la discreción de la alta sociedad, se quedó mudo, con los ojos abiertos de par en par.

La escena ante él no dejaba lugar a la imaginación: la esposa de Carlos Castello, una cliente habitual del club, estaba de rodillas en el suelo, con la falda levantada, las piernas desnudas y la boca pegada a la polla del socio de su marido, mientras la esposa de este observaba la escena desde el sofá.

El aire se volvió de hielo. Sentí una punzada de pánico tan violenta que el estómago se me contrajo, amenazando con hacerme perder el conocimiento.

El impulso de cubrirme, de gritar o de echarme a llorar me atenazó los músculos, pero la mano de Ramón permaneció inamovible, hundiéndome los dedos en la nuca con una firmeza implacable, impidiéndome levantarme o apartar el rostro.

Ramón ni se inmutó. No hubo el menor rastro de sorpresa o vergüenza en su semblante. Miró al camarero con una frialdad y una suficiencia aterradoras, antes de hablar con su habitual voz grave y pausada, como si estuviera dictando una sentencia en un tribunal.

—Deje los platos sobre la mesa y sirva el vino —ordenó Ramón, arrastrando las palabras con una tranquilidad insultante—. Y cierre la cortina al salir.

El camarero tragó saliva de manera visible.

Sus manos, antes expertas, temblaron sutilmente mientras avanzaba hacia la mesa de mármol negro.

Evitó mirar hacia abajo, al rincón donde yo permanecía arrodillada y retenida, pero la rigidez de su cuerpo delataba la tensión del momento.

Colocó el plato de lenguado frente a Amanda y el solomillo frente a Ramón, intentando que el tintineo de la porcelana ocultara el estruendo de la situación.

Amanda, lejos de escandalizarse o intentar disimular, soltó una risita baja y sibilina, apoyándose en el respaldo del sofá con un descaro absoluto. Miró fijamente al camarero mientras este descorchaba la botella de Vega Sicilia con dedos torpes.

—Tráiganos también una botella de champán, por favor —pidió Amanda con una voz sensual, cargada de un morbo que me hizo desear desaparecer de la faz de la tierra—. A la señora de Castello le va a hacer falta un trago largo cuando termine su trabajo en el suelo.

El camarero terminó de servir la mesa, dio un paso atrás y, tras hacer una breve inclinación de cabeza sin atreverse a articular palabra, retrocedió hacia la salida.

Apartó la cortina y cerró la puerta de madera del reservado tras de sí, dejándonos de nuevo sumidos en la penumbra dorada del cubículo.

El eco del pestillo al encajar devolvió al reservado su atmósfera de impunidad. Ramón bajó la vista hacia mí, esbozando esa mueca lenta, cínica y letal, mientras sus dedos volvían a presionar el cuero cabelludo de mi nuca.

—¿A qué estás esperando, Elena? —susurró, empujándome con firmeza hacia delante—. Haz un buen trabajo antes de que se enfríe la comida.

Me incliné hacia delante, abandonando el último reducto de decencia que me quedaba, y abrí la boca al máximo.

El grosor de su miembro era abrumador; tuve que forzar la mandíbula, sintiendo una tensión dolorosa en las comisuras de los labios mientras la piel cálida, tersa y surcada de venas gruesas empezaba a deslizarse hacia el interior de mi garganta.

El sabor me golpeó de inmediato: un rastro salino y espeso que me obligaba a tragar saliva continuamente para no asfixiarme. Ramón soltó un gruñido ronco, un sonido sordo que vibró desde su pecho, al sentir la calidez húmeda de mi boca rodeándolo por completo.

—Eso es, Elena... Abre bien y, sobre todo, no uses las manos —comenzó a decir Amanda, cuya voz sonaba extrañamente lejana, ahogada por el zumbido de la sangre en mis oídos—. Mira cómo se le saltan las lágrimas, Ramón. Tiene que esforzarse para que le quepa entera.

Comencé a mover la cabeza hacia delante y hacia atrás con un ritmo lento y constante.

Cada vez que me presionaba el rostro contra su pubis, el vello duro de Ramón me rozaba la barbilla y la nariz, mientras su miembro se hundía hasta el fondo de mi garganta, haciéndome arquear las cejas por puro instinto de supervivencia.

Mis manos, privadas de todo apoyo, se aferraron a los muslos cubiertos por la tela de su pantalón, buscando un punto de equilibrio en mitad de aquella sumisión.