Capítulo 15
Estaba frente al espejo de mi dormitorio, rodeada de ropa tendida sobre la cama, sin tener la más mínima idea de qué ponerme.
No quería parecer una mojigata asustada, una esposa puritana que acudía a una cita temblando de miedo; pero tampoco quería vestir como una zorra dispuesta a entrar de lleno y sin resistencia en sus juegos perversos.
Ni siquiera tenía claro si me atrevería a ir… Todavía albergaba la estúpida esperanza de que un destello de cordura me hiciera ver la realidad y me frenara antes de cometer una locura irreparable.
La noche anterior, mientras cenaba en silencio con mi esposo y mis hijos fingiendo una normalidad idílica, la pantalla del móvil vibró sobre el mantel. Era un mensaje de Ramón:
«Mañana a las dos en el Club Élysée».
—¿No comes, mamá? Apenas has probado bocado —dijo Pablo, sacándome de golpe de mi letargo.
Alcé la vista y miré a mi hijo, sintiendo una punzada de culpa tan fría que casi me marea. Me pregunté qué pensaría si supiera que el padre de su mejor amigo me acababa de mandar un mensaje que me tenía temblando, una orden directa que me estaba destrozando los nervios.
—No tengo mucha hambre, me duele un poco la cabeza —mentí, haciendo un gesto doloroso con la mano sobre la sien para dar credibilidad a la escena.
Carlos me miró con una mueca de lástima condescendiente, pero yo solo podía pensar en las implicaciones de esa cita.
Al mediodía siguiente, opté por un término medio que me hiciera sentir segura: una falda de tubo tipo ejecutiva entallada, de color gris marengo, que me llegaba justo por encima de la rodilla, combinada con una blusa de seda blanca que insinuaba el escote lo justo, y unos tacones altos que me obligaban a caminar erguida, dándome una falsa sensación de control.
Con el corazón desbocado, llamé a un taxi.
Durante todo el trayecto me dediqué a mirar por la ventanilla, sintiendo cómo el estómago se me cerraba en un nudo asfixiante a medida que las calles de Madrid avanzaban hacia nuestro destino.
Conocía de sobra el Club Élysée. Éramos socios desde hacía muchos años, había estado allí muchas veces con mi esposo y con mis hijos; era uno de los locales más exclusivos de la capital, un reservado gastronómico de alta cocina con una iluminación tenue, paredes tapizadas en terciopelo oscuro y un ambiente suntuoso que garantizaba la más absoluta discreción.
Un lugar perfecto para esconder la podredumbre detrás del lujo.
Al cruzar el umbral y dejar que el maître me guiara hacia el pub, el aire se me congeló en los pulmones. Los vi de inmediato junto a la barra de madera noble del fondo.
Ramón estaba imponente. Vestía un traje azul marino de tres piezas, impecable, de corte italiano, que delataba que venía directamente del bufete.
Tenía la americana desabrochada, una mano metida en el bolsillo del pantalón y esa actitud de dominación absoluta que parecía empequeñecer el espacio a su alrededor.
A su lado, Amanda rompía por completo la sobriedad del lugar.
Llevaba un vestido de punto de seda en un tono marfil, extremadamente ceñido, que marcaba de forma obscena la silueta de sus caderas y la curva de su poderoso trasero.
El escote, generoso y sugerente, dejaba ver su piel siempre bronceada.
Sostenía una copa de champán entre los dedos y reía de algo que su marido le susurraba al oído, exhibiendo esa complicidad criminal que me había dejado sin dormir.
Al verme aparecer, Ramón detuvo su copa a medio camino y clavó sus ojos oscuros en mí, mientras la sonrisa de Amanda se volvía aún más sibilina. La trampa estaba abierta, y yo acababa de entrar voluntariamente en ella.
—¡Elena, cariño! Qué puntual has venido —exclamó Amanda, acercándose para estampar dos besos en mis mejillas. Al retirarse, me susurró al oído con un aliento que olía a champán caro—. Estás guapísima, como siempre.
Sentí un escalofrío inmediato. Miré a Ramón, que ahora extendía su mano para saludarme de manera formal, un protocolo ridículo teniendo en cuenta lo que guardaba en su teléfono móvil.
—Hola, Elena. Me alegra que hayas aceptado la invitación —dijo con esa voz grave, pausada, perfectamente modulada. Su mano, cálida y firme, envolvió la mía, apretándola un segundo más de lo estrictamente necesario.
Suspiré intentando controlar los nervios que me hacían estar completamente rígida. El tacto de su piel y la fijeza de su mirada borraron de golpe la falsa seguridad que me había proporcionado el traje ejecutivo. Sabía que, a partir de ese apretón de manos, las reglas del juego ya no me pertenecían.
—No sé qué hago aquí... De verdad que no lo sé —respondí en un susurro, apartando la mirada para evitar que viera el pánico en mis ojos—. Me siento fatal por Carlos, por mis hijos... Todo esto es una auténtica locura.
—Tranquila, mi amor. Los tres somos viejos amigos que hemos quedado para comer.
No pienses en nada más —dijo Amanda, acariciándome el brazo, aunque el roce de sus dedos me hizo sentir un nuevo escalofrío—.
¿Qué tal están los niños? Rodrigo me ha contado que Pablo quiere ir ese verano a Estados Unidos a estudiar un máster.
—Así es… Carlos quiere que se especialice en derecho internacional —dije con orgullo, aunque hablar de mi familia en esos momentos se me hiciera extraño.
—Una buena decisión… —confirmó Ramón, con esa voz tan varonil que me hacía temblar de pies a cabeza—.
En cuanto terminen los estudios, incorporaremos a Pablo y a Rodrigo en el bufete, pero ahora dejemos de hablar de trabajo.
Tenemos una mesa independiente en la zona de los reservados.
Estaremos más cómodos para hablar de nuestros...
asuntos —añadió, haciendo una sutil señal al camarero mientras sostenía la mirada sobre mí.
Amanda soltó una risita ahogada tras su copa, clavando sus ojos en los míos con una lascivia que me revolvió las entrañas.
Mientras el camarero nos guiaba hacia la penumbra del interior, Ramón caminaba justo detrás de mí.
Pude sentir el calor de su cuerpo a escasos centímetros de mi espalda y, al bajar los escalones hacia la zona más privada, su mano se posó con firmeza en la curva de mi cadera, rozando la tela gris de mi falda de tubo con una posesión absoluta que me dejó sin aliento. La función acababa de empezar.
El reservado era un rincón de impunidad revestido de maderas nobles y cortinajes densos que ahogaban cualquier sonido del exterior.
Nos acomodamos en un sofá circular de terciopelo granate que rodeaba una mesa de mármol negro.
Ramón se sentó en el centro, y Amanda, con un movimiento grácil que hizo crujir la seda de su vestido marfil, se colocó a su izquierda.
Yo no tuve más remedio que ocupar el espacio de la derecha, quedando encajonada entre el brazo del sofá y la imponente cercanía de su marido.
—Un lenguado a la meunière para las señoras y el solomillo al punto para mí. Traiga también una botella de Vega Sicilia —ordenó Ramón al camarero, sin necesidad de consultar la carta. Dejando constancia de que sabía mandar, dentro y fuera de los tribunales.
En cuanto el servicio se retiró y las cortinas del reservado volvieron a cerrarse, la atmósfera se volvió densa, casi irrespirable.
—Bueno, Elena —comenzó Amanda, apoyando los codos en la mesa y sosteniendo su barbilla con las manos, mirándome con una fijeza felina—.
Ya estamos los tres. Deja de estar tan tensa, cariño, que parece que vienes a un funeral.
Relájate, hemos venido a jugar los tres y divertirnos un poco, ¿no? Nos lo merecemos…
—Es difícil no estar tensa, Amanda —respondí, intentando mantener la voz firme—. El juego en el que me habéis metido es… peligroso. Carlos es un buen hombre, y no entiendo por qué le estoy haciendo esto.
Ramón soltó una risa baja, un ronroneo que vibró directamente contra mi costado. Estiró el brazo sobre el respaldo del sofá, justo por detrás de mis hombros, rozando apenas la seda blanca de mi blusa.
—Siempre he admirado tu belleza, Elena. Desde el primer día.
Tus ojos verdes, esta melena rojiza tan llamativa —rozó mi cabello con la punta de sus dedos—.
Ese cuerpazo que tratas a veces de esconder en ropa elegante, pero poco favorecedora —hizo una pausa sin dejar de mirarme—.
Eres demasiado guapa para estar tan desaprovechada.
—¿Desaprovechada? —intenté reírme, aunque el sonido salió ahogado y carente de gracia—. Qué manera de decirlo… Envidio tu pragmatismo. Lo dices como si me estuvieras haciendo un favor.
Ambos rieron, pero yo me mantuve seria. No era una broma.
—Vamos, Elena… no te enfades, mujer. Sabes de sobra que mi marido tiene razón —intervino Amanda con una sonrisa elegante mientras daba un sorbo a su copa—. ¿De qué vale el lujo que disfrutamos a diario si vivimos encorsetadas en viejos prejuicios?
Negué con la cabeza.
—El vídeo que me mandaste no era el de una mujer preocupada por ser infiel a su marido. Era el de una hembra hambrienta que reclamaba un hombre —soltó Ramón.
El recuerdo de mis propios gemidos grabados en el teléfono me golpeó el vientre con un latigazo caliente. Traté de buscar complicidad en Amanda, un rastro de dignidad femenina, pero mi amiga solo miraba la escena con las pupilas dilatadas, relamiéndose los labios rojos.
—Estás temblando —dijo Amanda—. Sé perfectamente lo que te está pasando ahí abajo ahora mismo. Sientes un fuerte latido entre las piernas, ¿verdad, cariño?
Antes de que pudiera articular palabra, la mano de Ramón, que descansaba en el respaldo, bajó con una lentitud tortuosa por mi costado hasta posarse firmemente sobre mi muslo, justo por encima de la rodilla, donde terminaba la falda gris marengo.
La presión de sus dedos grandes y cálidos me dejó paralizada.
—Voy a comprobarlo, Amanda —dijo él, con una voz gélida que contrastaba con el fuego de su tacto—. Si mi esposa está confundida, te devolveré a tu esposo y no volveré a molestarte, Elena.