Capítulo 14 #2
—Después de eso han pasado muchas cosas, Elena. Ramón necesita esa adrenalina para respirar… y yo necesito ver cómo las domina para encenderme.
La miré, incapaz de articular palabra. El rompecabezas encajaba de una forma terrorífica. El vídeo de la madrugada no era una infidelidad de Ramón hacia Amanda; era un trofeo compartido. Y ahora, la nueva pieza de su tablero de juego era yo.
—¿Y pretendes que ahora sea yo quien ocupe el lugar de tu sobrina? —me reí con ironía, sintiéndome de repente molesta—. Lo siento, Amanda, pero yo no tengo dieciocho años como tu sobrina. Estoy casada con un hombre maravilloso y tengo dos hijos… No soy una niñata a la que podáis manejar.
Amanda no se inmutó. Al contrario, al escuchar la mención de mis hijos y de Carlos, sus ojos brillaron con una intensidad aún más oscura. Se inclinó sobre la mesa, acortando la distancia entre nosotras, y sus muslos bronceados rozaron sutilmente el borde de la madera.
—Por eso mismo, Elena —susurró, con una voz suave que se me clavó en el cerebro como un veneno dulce—.
Por eso mismo. Puedes tenerlo todo. La ternura de Carlos, el refugio del hogar, el respeto de ser una madre abnegada y perfecta ante la sociedad…
y, al mismo tiempo, dejar que ese fuego que ahora mismo estás sintiendo entre tus piernas prenda con más fuerza, te destruya un poco y te haga sentir mucho más viva de lo que has estado en los últimos veinte años.
Se hizo un silencio denso en la terraza. Sus palabras eran la confirmación de mis peores temores, pero también el reflejo exacto de la tentación que me corroía por dentro. Amanda sabía leer perfectamente el hambre que se ocultaba tras mi fachada de esposa ideal.
—Viste… viste el vídeo que le mandé anoche, ¿verdad? —Mi voz tembló, desnudándome por completo bajo la claridad de la tarde.
Amanda movió afirmativamente la cabeza, despacio, con una sonrisa abierta y descarada que no dejaba lugar a dudas.
—Tenías que haber visto la cara de Ramón cuando lo vio… —susurró, relamiéndose—. Estábamos en la cama. Le cambió la respiración por completo. Se le puso durísima en un segundo viendo cómo te mordías los labios y cómo ponías los ojos en blanco por su culpa.
El estómago me dio un vuelco salvaje. Saber que mi degradación secreta había sido el entretenimiento nocturno de ambos provocó un escalofrío que me humedeció las bragas hasta notar cómo se pegaban a mi piel.
—Bebí demasiado esa noche… si no, nunca me hubiera atrevido a hacerlo —intenté justificarme.
—A veces es bueno soltarse. Estabas preciosa, Elena. Yo también me puse cachonda viéndote.
—No sé qué decir… —respondí notando un temblor—. Esta mañana recibí un vídeo vuestro —solté, clavándole la mirada—. Te estaba follando a cuatro patas…
Amanda, lejos de molestarse o de mostrarse sorprendida, soltó una carcajada limpia y vibrante que atrajo la atención de una pareja de la mesa de al lado.
—Qué cabrón… No me dijo nada —dijo, negando con la cabeza y con los ojos chispeantes de diversión—. Sabía que tenía el móvil en la mano porque a veces le da por ahí, pero no me imaginaba que te lo mandaría tan pronto.
—Tú gemías y le llamabas de todo —continué, arrastrando las palabras con una mezcla de morbo y rabia, decidida a ser lo más explícita posible para ver su reacción—.
Y al final él te la sacó… Dio cuatro o cinco sacudidas y se corrió sobre tu culo.
Vi cómo el semen te caía espeso por las nalgas, Amanda.
Mi amiga me sostuvo la mirada sin pestañear. Su respiración se había vuelto un poco más agitada y sus dedos jugaban con el borde de su copa con una lentitud delatora.
—¿Y qué sentiste al ver el vídeo, Elena? —me preguntó en un susurro denso, con los ojos fijos en mis labios—. Dime la verdad. ¿Qué sentiste al ver a mi marido vaciarse encima de mí?
—Sentí… que erais unos hijos de puta. Unos depravados —respondí en un hilo de voz, incapaz de apartar los ojos de los suyos, que me devoraban con una fijeza insoportable—. Sentí que estáis desordenando mi vida solo para divertiros a mi costa. No pienso ser vuestro juguete.
—Pero te tocaste, ¿verdad? —me interrumpió Amanda con un susurro sibilino, estirando la mano sobre la mesa para rozar mis dedos con las yemas de los suyos, helados por el hielo de la copa—.
Conozco ese brillo en tu mirada, Elena. Sé que ver a Ramón embestirme, saber que ese animal se estaba corriendo sobre mi culo mientras pensaba en tu vídeo, dilató y humedeció tu almejita.
¿Te volviste a meter los dedos? Vamos, perra… reconócelo.
No pude responder. El silencio absoluto que mantuve fue mi mayor confesión.
Sentía las mejillas abrasadas y un latido húmedo y violento me golpeaba entre las piernas, empapándome la ropa interior en mitad de la terraza del club.
El sol de la tarde parecía haberse concentrado por completo sobre nuestra mesa, asfixiándome.
—No tienes de qué avergonzarte —continuó ella, retirando la mano con parsimonia y recostándose de nuevo en la silla, dejando que su vestido de lino siguiera exhibiendo aquellos muslos perfectos—.
Esto es solo el principio. Ramón no va a parar hasta desnudarte por completo, por dentro y por fuera. Y yo voy a estar ahí para verlo.
—Mi marido no se merece esto —atiné a decir, aferrándome al último reducto de mi cordura, pensando en mi marido y en su puritana obsesión con nuestra «vida perfecta».
—Tranquila, mi amor. Carlos no sufrirá porque nunca se va a enterar.
Míralo de otro modo: Ramón me dijo anoche que ser socio de tu marido le daba también derecho a disponer de su esposa.
Déjalo que siga así, feliz e ignorante —sentenció Amanda con una frialdad que me congeló la sangre—.
Por cierto, mañana Ramón quiere que quedemos a comer los tres.
Apuntó el golpe final con una sonrisa perfecta y se bebió el último sorbo de su copa.