Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 14
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Capítulo 14

Esa tarde, al salir de la clase de meditación trascendental, decidimos ir a tomar algo al club.

Necesitaba desesperadamente un anclaje a la realidad, pero sentarme frente a Amanda en la terraza, con el sol de la tarde cayendo sobre el campo de golf, solo aumentó mi vértigo.

Mi amiga actuaba con la normalidad de siempre, pidiendo un Cosmopolitan y comentando el último cotilleo de la urbanización, ajena —o simulando estarlo— a la bomba de relojería que yo llevaba en mi teléfono.

Cada vez que ella sonreía o se acomodaba el pelo, en mi cabeza se reproducían las imágenes del vídeo de la madrugada: su cuerpo a cuatro patas, su voz rota llamándose «perra» a sí misma y esa descarga espesa sobre sus nalgas.

El contraste era insoportable. No podía seguir hablando de cosas efímeras. Necesitaba saber.

Aprovechando una pausa, incliné el cuerpo sobre la mesa redonda y giré la conversación con pulso firme.

—Amanda, tengo que preguntarte una cosa de la cena del sábado. Y quiero que seas sincera conmigo.

Ella arqueó una ceja, divertida, sosteniendo la pajita entre sus labios pintados.

—Dispara, cariño. Dime qué quieres saber.

Aspiré con fuerza, como si necesitara todo el aire para formular mi pregunta.

—¿Por qué te llevaste a Carlos con la disculpa del botellín de agua? —le solté a bocajarro, mirándola fijamente a los ojos—. Fue como si buscaras que tu esposo y yo nos quedásemos solos. ¿Por qué lo hiciste?

Amanda no parpadeó. No hubo sorpresa, ni timidez, ni rastro de ofensa. Al contrario, una sonrisa lenta, sibilina y cargada de una complicidad que me erizó la piel, se dibujó en su rostro. Dejó la copa sobre la mesa y se recostó en la silla, devorándome con la mirada.

—Porque sé perfectamente que mi marido está encaprichado contigo y a mí me encanta complacerlo en todo —soltó en un susurro que vibró con un morbo ensordecedor—. Y no solo no me importa, sino que me hace sentir orgullosa de que Ramón sienta esa hambre por mi mejor amiga.

Me quedé de piedra, con el aire atascado en los pulmones.

—Además —continuó Amanda, inclinándose de nuevo hacia mí hasta invadir casi por completo mi espacio—, sé que a ti también te gusta Ramón.

Sentí un latigazo en el estómago.

—¿Qué?

Ella sonrió despacio.

—Vamos, Elena. ¿De verdad crees que no me he dado cuenta? Llevo meses observándote. La forma en que lo miras cuando habla. Cómo te quedas callada cuando entra en una habitación. Lo nerviosa que te pones cuando te presta atención.

Negué con la cabeza por puro reflejo.

—Eso no es verdad, Amanda. Yo...

—Tiemblas —me interrumpió con suavidad—. A veces hasta tartamudeas. Y no eres una mujer que se ponga nerviosa con facilidad.

Noté que las mejillas me ardían.

—Estás imaginando cosas.

—No —replicó con una tranquilidad desarmante—. Lo que pasa es que llevas tanto tiempo intentando engañarte a ti misma que ya ni siquiera distingues la mentira de la verdad.

Guardé silencio.

Amanda sostuvo mi mirada durante varios segundos.

—¿Te fías de mí? —me preguntó.

Tragué saliva. Sentía el corazón golpeándome el pecho con una fuerza absurda.

—Sí... creo que sí.

Su sonrisa se volvió más cálida, casi indulgente.

—Entonces deja de luchar contra lo evidente. Las dos podemos pasarlo muy bien. Ramón y yo tenemos una relación muy especial, Elena. Mucho más especial de lo que imaginas.

La observé sin atreverme a parpadear.

—¿Desde cuándo? —pregunté en un susurro—. ¿Desde cuándo sois así? ¿Cómo se llega a tener ese tipo de relación con tu esposo?

Por primera vez, Amanda apartó la vista. No parecía avergonzada. Parecía estar recordando algo.

—Poco a poco —respondió con una sonrisa cargada de memoria—. Siempre se llega poco a poco, y al principio duele…

Amanda se quedó mirando las burbujas de su vaso por un instante, saboreando el recuerdo. Luego, cruzó las piernas con parsimonia, se apoyó en el respaldo y comenzó a hablar con una voz pausada, detallada y obscenamente caliente.

Con un movimiento lento, casi coreografiado, agarró el dobladillo de su vestido de lino y se lo subió un par de palmos con total naturalidad, dejando que sus muslos bronceados por el sol brillaran bajo la claridad del club.

La calidez del ambiente parecía acentuar la tersura de su piel, expuesta allí mismo, a la vista de cualquiera que pasara cerca de nuestra mesa, en un alarde de descaro que me cortó la respiración.

—¿Recuerdas a mi sobrina Belén, la hija de mi hermana Esther?

Hacía años que no la veía. Sabía que había regresado a vivir al pueblo, que se había casado y que había tenido una niña, de la que Amanda y Ramón eran los padrinos del bautizo.

—Te acordarás de que hace unos años vivió en mi casa una buena temporada cuando vino a estudiar a Madrid, justo al terminar el instituto y comenzar la universidad —siguió relatando Amanda.

Asentí en silencio. Recordaba perfectamente a Belén: una chica de dieciocho años, menuda, de piel canela y una inocencia que contrastaba con su cuerpo ya maduro. Había estado instalada como pupila en el chalé de Amanda y Ramón.

—Pues con esa zorra empezó todo —continuó Amanda, con los ojos brillando de una manera extraña—. Ramón se encaprichó de la niña a las pocas semanas de tenerla bajo nuestro techo.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Recuerdo perfectamente el día en que me di cuenta. Ella estaba en la facultad y yo regresé a casa un par de horas antes de lo previsto. Al subir a la segunda planta, escuché ruido en su dormitorio. Pensé que sería alguna de las chicas del servicio y abrí la puerta sin llamar.

Amanda sonrió para sí misma.

—Allí estaba Ramón. Solo. En mitad de aquel desastre.

Negó despacio con la cabeza.

—La chica era una auténtica cerda. Dejaba la ropa tirada por todas partes, los apuntes amontonados, vasos vacíos sobre los muebles...

Era incapaz de mantener el cuarto en condiciones.

Tan harta estaba que había dado instrucciones expresas al servicio para que no entrara a recoger nada.

Quería que aprendiera a hacerse responsable de sus propias cosas.

Sus dedos rodearon lentamente la copa.

—Mi marido tenía la polla fuera del pantalón, completamente tiesa. Se la sujetaba con una mano, como si estuviera a punto de masturbarse allí mismo, mientras olía las bragas que la muy guarra se había quitado aquella misma mañana.

Me llevé una mano a la boca, horrorizada y fascinada al mismo tiempo por la crudeza de la confesión. Jamás habría imaginado a Ramón, siempre impecable y dueño de una elegancia casi aristocrática, haciendo algo así.

—¿Y no te molestó? —la interrumpí, estupefacta—. Dios mío, Amanda... Si yo sorprendiera a Carlos de esa manera, me daría algo. Te lo juro, me divorciaría en el acto.

—Por supuesto que me molestó. Nos gritamos de todo. Tuvimos una bronca monumental. Ramón pasó dos noches fuera de casa, alojado en un hotel del centro. Incluso llegué a plantearle el divorcio de manera formal.

»Pero luego te quedas sola en esa casa enorme, con el silencio retumbándote en la cabeza, y empiezas a pensar en frío.

Te preguntas qué sería de ti sin él. Ramón regresó y nos sentamos a hablar.

Me explicó que no podía evitarlo; que el olor de mi sobrina, su juventud y el hecho de tenerla al otro lado del pasillo, tan cerca y tan fuera de su alcance, lo estaban volviendo loco.

Me confesó que no podía quitársela de la cabeza.

»Durante un tiempo pensé en echar a esa zorra de mi casa... pero él acabó convenciéndome.

Amanda hizo una pausa para llevarse la copa a los labios, dejándome suspendida en el morbo de aquella confesión.

—Empezamos hablando de ello en la cama, por las noches.

Ramón me describía todo lo que se le pasaba por la cabeza respecto a mi sobrina y, para mí, aquello no era más que una vía de escape, un juego mental que jamás creí que pudiera tener consecuencias reales.

Esa fantasía se convirtió en una parte importante de nuestra intimidad.

Nos daba un morbo increíble. Pero la última barrera se vino abajo una noche en que Belén salió de fiesta con unas amigas de la universidad.

Amanda bajó la vista hacia su copa antes de continuar.

—Ramón me llevó a su habitación. Me tumbó sobre la cama y allí me echó el mejor polvo de toda mi vida. Después de aquella noche, ya no hubo vuelta atrás. El morbo dejó de ser una fantasía para convertirse en una obsesión, y los juegos empezaron a ir cada vez más lejos.

—¿Y tu sobrina? —pregunté en poco más que un susurro, completamente atrapada por la sordidez de aquella historia—. ¿Nunca se dio cuenta de que tu marido sentía algo por ella? ¿Nunca sospechó nada?

Amanda soltó una carcajada limpia y descarada que resonó bajo la terraza del club. Durante un instante, pareció sinceramente divertida por mi pregunta.

—Claro que sabía lo que su tío sentía por ella. Todas las mujeres notamos cuando despertamos ese instinto en un hombre. Está en nuestro ADN. Y la muy zorra estaba encantada de tener a mi esposo comiendo de su mano.

»Aquel año, en las fiestas patronales del pueblo de mis padres, fuimos a pasar el fin de semana.

Una noche, mientras toda la familia y el pueblo entero estábamos en la verbena, en la plaza, bebiendo y bailando, Ramón se inventó que le dolía la cabeza y se volvió a la casa.

Belén se estaba arreglando para salir esa noche con sus amigas.

»El muy cabrón se la folló en la casa de mis padres, mientras el eco de la música de la orquesta se colaba por la ventana. Desde ese día se la follaba cada vez que tenía ocasión. Incluso en mi propia cama.

»Ella nunca supo que yo lo permitía, que yo lo sabía todo y que, de hecho, era yo la que alimentaba el monstruo desde la distancia. Durante los dos años que estuvo viviendo en Madrid, mi sobrina fue la perra de mi marido con mi total consentimiento.

Amanda se reclinó de nuevo, mirándome con una frialdad letal que me congeló la sangre, pero que al mismo tiempo me hizo vibrar hasta el último rincón de mi cuerpo.