Capítulo 13
Me desperté con una resaca emocional y una sensación de vacío desolador en el estómago. Al estirar la mano, el otro lado de la cama estaba frío. Carlos ya se había levantado.
Giré la cabeza y fijé la mirada en el teléfono móvil, que descansaba boca abajo sobre la madera de la mesilla.
Sentí un vuelco en el corazón, una mezcla de pánico y una expectación adictiva que me hizo saltar de la cama.
Con las manos temblorosas, encendí la pantalla y abrí el chat de Ramón.
Había un mensaje suyo de las tres y media de la madrugada.
«Bellísima».
Solo eso. Una sola palabra, desprovista de cualquier emoticono, de cualquier exclamación, de la más mínima efusividad o agradecimiento.
Me quedé sentada en el borde del colchón, sintiendo el aguijón de una profunda decepción. ¿Tanto me había degradado para esto? Esperaba una recompensa a mi altura, un estallido de lujuria verbal, que me describiera cómo se había corrido viéndome o que admitiera que lo había vuelto loco.
Tragando saliva, me puse la bata de seda y bajé las escaleras descalza, arrastrando los pies hacia la cocina. El olor a café recién hecho inundaba el pasillo. Carlos, vestido con ropa de deporte, estaba apoyado en la encimera.
—Vaya… Qué sorpresa verte ya levantada —comentó sin girarse, con una voz extrañamente plana—. Pensaba que no te levantarías hasta tarde después de lo de anoche.
—Últimamente no tengo sueño —respondí.
Al mirarlo de reojo, noté de inmediato la rigidez de su espalda.
Había una tensión invisible en sus movimientos, una distancia en su lenguaje corporal que me puso en alerta.
Carlos no me había dado el beso de buenos días, ni me había sonreído con su habitual condescendencia protectora. Estaba molesto conmigo.
—¿Te ocurre algo, Carlos? —pregunté, forzando una nota de preocupación.
Él dejó la jarra de café sobre la encimera y se giró, cruzándose de brazos.
—Lo cierto es que sí —su voz sonaba a reproche—. Te noto rara, Elena. Distinta. Y la verdad es que no me gusta el cambio.
—¿Rara? Qué tontería, estoy como siempre.
—No, no estás como siempre —me interrumpió, clavando sus ojos en los míos con una seriedad que me hizo dar un paso atrás—.
Estoy dándole vueltas a cómo te comportaste ayer —miró hacia la puerta antes de seguir hablando, como si lo que fuera a decir fuera un secreto que nadie debía conocer—.
Elena… saliste a la calle sin ropa interior.
A una cena de gala, con empresarios y un concejal del ayuntamiento.
¿En qué estabas pensando? Parecías una furcia…
Jamás me había insultado así, por lo que supe que la cosa era más seria de lo que en un principio había temido. Pero ese día me pilló con las defensas bajas. En parte me sentía culpable por haberle enviado el video a Ramón y decepcionada por su pobre reacción.
—¿Una furcia? No creo que nadie notara que iba sin bragas… ¿Tú te estás escuchando, Carlos? —alcé la voz, incrédula—. ¿Eres consciente de cómo me estás hablando?
—Solo digo que ese vestido era demasiado… No me gusta que vistas así. Tú no eres como Amanda. ¿En qué estabas pensando, Elena?
—¿Y cómo es Amanda según tú? —pregunté elevando por fin el tono.
Su mandíbula se tensó.
—Pues si lo quieres oír, tu amiga me parece una calientapollas. Le gusta llamar la atención de los hombres y yo no estoy dispuesto a que tú hagas lo mismo.
Solté una carcajada sin humor.
—Claro. Ese es el verdadero problema. No que tu mujer quiera sentirse atractiva por una noche. No que lleve veinte años siendo una esposa ejemplar. El problema es que alguien pudiera mirarme.
—No tergiverses mis palabras.
—No hace falta. Ya lo estás diciendo tú solo —lo interrumpí—. Me visto un poco diferente y, de repente, me comparas con una furcia e insultas a Amanda. ¿Tan insoportable te resulta pensar que otros hombres puedan encontrarme atractiva?
El color le subió al rostro.
—No se trata de eso.
—¿Ah, no? Entonces explícamelo. Porque empiezo a pensar que el problema no es el vestido. El problema es que prefieres verme invisible.
Carlos apretó los dientes.
—Yo solo quiero que te respeten. Que nos respeten a los dos.
—¿Que me respeten? —repetí, sintiendo cómo la indignación me quemaba por dentro—. ¿Y llamarme furcia es tu manera de respetarme a mí?
Por un instante vaciló.
—No he querido decir...
—Lo has dicho. Y ahora intentas disfrazarlo de preocupación.
Crucé los brazos sobre el pecho.
—Y para que quede claro: no buscaba excitar a nadie.
Quería verme guapa. Quería gustarme a mí misma por una vez.
Pero incluso si alguien me hubiera mirado, ¿sabes qué?
No sería el fin del mundo. Lo preocupante es que mi propio marido parezca mucho más escandalizado por un vestido que orgulloso de la mujer que lo lleva.
—¿Y por eso saliste sin bragas?
—Te lo aseguro, Carlos, fue una decisión puramente estética —mentí, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerme—.
Tienes razón en una cosa. Puede que el vestido fuera demasiado ajustado, de un tejido elástico que se adhiere a todo.
Si me hubiera puesto unas bragas, se habrían notado las costuras y habrías sido tú el primero en decirme que quedaba ordinario.
—¿Ordinario? —Carlos soltó una risa amarga, dando un paso hacia mí—. Ordinario fue tu comportamiento en la cama, Elena. La forma en la que me hablabas, con esa agresividad... Me exigías las cosas con unas palabras obscenas que no te he escuchado decir en veinte años de matrimonio. No te reconocí.
Un pudor violento y abrasador me recorrió el cuerpo.
Recordar mis propias palabras en la penumbra del cuarto, el reproche sobre su hombría y la sombra de su exmujer flotando sobre nosotros me hizo desear que la tierra me tragara.
Él tenía razón: había sido una fiera despiadada, pero lo que él nunca sabría era que ese ímpetu no iba dirigido a él.
—Lo siento… —bajé la mirada, fingiendo sumisión y frotándome las sienes—. Tienes razón. Había bebido demasiado champán en la fiesta. Amanda no paraba de rellenarme la copa y se me fue de las manos.
En el fondo de mi ser, mientras pronunciaba aquellas palabras de disculpa, sentí una oleada de puro odio hacia él.
Lo odiaba por su puritanismo, por ser tan insoportablemente machista y conservador, por escandalizarse ante el sexo salvaje y por preferir a una esposa dócil y abnegada en un altar antes que a una mujer de carne y hueso en la cama.
Su mediocridad me asfixiaba. Era la excusa que necesitaba y comprendí que a Sofía le había bastado solo unos meses para comprenderlo.
Carlos suspiró. Su expresión pareció ablandarse por fin ante mis disculpas, recuperando ese tono paternalista que tanto me irritaba. Se acercó y me puso las manos en los hombros, mirándome como quien reconduce a una oveja descarriada.
—Está bien, mi amor. No pasa nada. Olvidémoslo.
Sabes que odio que estemos enfadados —dijo, dándome un beso casto en la frente—.
Solo quiero que entiendas que no tenemos necesidad de caer en esas cosas.
Nuestra vida es perfecta, Elena. Tenemos unos hijos maravillosos, una posición, estabilidad... No nos falta de nada.
—Sí, Carlos. Tienes toda la razón. Nuestra vida es perfecta —repetí como un mantra vacío, conteniendo las ganas de gritar ante su ceguera.
La tensión en la cocina se disolvió de golpe cuando la puerta se abrió y aparecieron Pablo y su mejor amigo.
Rodrigo se quedaba muchos fines de semana a dormir en nuestra casa; era el único hijo de Ramón y Amanda, un chico de la misma edad que el mío, alto, atlético y con las mismas facciones angulosas que su padre.
—Bendita juventud… —dijo Carlos, cambiando el semblante al instante y sonriendo con esa campechanía de buen padre—. Ayer de fiesta hasta las tantas y hoy ya levantados y preparados para jugar un partido de tenis.
—No hay mejor forma de comenzar el día —respondió mi hijo, acercándose a mí para darme un beso en la mejilla.
Mientras Pablo iba hacia la nevera, noté la mirada de Rodrigo recorriéndome entera. Iba vestido con ropa deportiva corta y sostenía la raqueta en la mano, pero sus ojos se fijaron en la abertura de mi bata de seda, deteniéndose en mis piernas desnudas con una fijeza que me erizó la piel.
No era un descaro evidente para los demás, pero para mí resultó inconfundible. Inmediatamente pensé en Ramón. Pensé, con un escalofrío morboso y terrorífico, que padre e hijo compartían la misma genética, la misma forma de mirar a una mujer como si fuera una presa.
—¿Qué tal, Rodrigo? —pregunté, forzando la voz para romper el hechizo—. Tu madre me dijo ayer en la cena que estás planteándote dejar el fútbol.
El chico apartó los ojos de mis muslos con una lentitud calculada, esbozando una sonrisa que era el vivo retrato de la de su padre.
—Así es… Papá dice que tengo que decidirme entre los estudios o el fútbol… y creo que tiene razón.
—Bueno, chicos, voy a darme una ducha. No os canséis mucho —dije, apartándome de la encimera con una prisa que delataba mi necesidad urgente de huir de aquella cocina.
—No te preocupes, mamá. Le voy a dar una paliza al viejo —bromeó Pablo, sacando un cartón de zumo de la nevera.
Rodrigo no dijo nada, pero volvió a clavar sus ojos oscuros en mí mientras yo caminaba hacia la puerta.
Sentí el peso de su mirada en mi espalda, rozando la seda de mi bata hasta que alcancé el pasillo y puse el pie en el primer escalón de mármol.
Subí las escaleras a paso rápido, huyendo de los fantasmas que empezaban a poblar mi propia casa.
Me despojé de la bata y me metí bajo el chorro de agua caliente, dejando que las gotas me golpearan la cara y el cuerpo.
Me froté la piel con saña, intentando borrar el rastro del semen de mi marido, la humedad del sofá y la suciedad de mis propios pensamientos, pero era inútil.
El agua no podía lavar lo que llevaba grabado por dentro.
Al salir de la ducha, envuelta en una toalla, volví al dormitorio.
El teléfono móvil seguía sobre la mesilla, tentador, silencioso.
Lo cogí con los dedos húmedos. Volví a abrir el chat de Ramón, esperando estúpidamente que hubiera escrito algo más, que la frialdad de su «Bellísima» hubiera sido solo un anticipo.
De repente, la pantalla cobró vida. El corazón me dio un vuelco violento en el pecho al ver que era un archivo de vídeo. Con una expectación adictiva que me encendió las entrañas al instante, pulsé el botón de reproducción.
El vídeo era corto, de apenas medio minuto, y la iluminación era escasa, sumida en una penumbra dorada.
La cámara temblaba y se movía con brusquedad, delatando que quien grababa sostenía el teléfono con una sola mano.
En el plano no había un rostro claro, pero la silueta era inequívoca: una mujer rubia, de espaldas, arqueada a cuatro patas sobre unas sábanas oscuras, estaba siendo follada con una brutalidad salvaje.
El sonido del impacto seco de los cuerpos inundó el silencio de mi dormitorio.
Entonces lo vi. En la muñeca de la mano que Ramón usaba para apoyarse con fuerza en la cadera de la mujer, brillaba el reloj de oro que Amanda le había regalado por su último aniversario. El estómago se me contrajo en un nudo de puro morbo y vértigo: eran ellos dos follando.
La cámara se sacudió cuando el ritmo de las embestidas se volvió frenético. Amanda soltó un grito agudo, desgarrado, arqueando la espalda por completo mientras el clímax la devoraba.
—¡Así, mi amor…! —gimió ella con una voz rota, irreconocible, completamente entregada—. ¡Fóllate a tu perra…!
De repente, los movimientos cesaron. La mano de Ramón se retiró de su cadera y la cámara enfocó en primer plano cómo sacaba su polla de las entrañas de Amanda.
Se veía oscura, casi negra, imponente, sumamente gruesa y surcada por venas hinchadas que palpitaban con fuerza.
El contraste visual me dejó sin aliento.
Amanda seguía jadeando, con el trasero alzado, animándolo con gemidos sordos a que terminara sobre ella.
Ramón dio cuatro o cinco sacudidas violentas. El semen brotó disparado con una fuerza animal, espeso y blanquecino, descargándose e impactando de golpe sobre las nalgas de mi mejor amiga, manchando su piel. Justo en mitad del espasmo, sin previo aviso, el vídeo se cortó.
La pantalla volvió a quedar en negro. Me quedé de pie en mitad de la habitación, con la toalla medio caída, respirando de forma entrecortada y sintiendo una oleada de calor denso y abrasador corriendo de nuevo entre mis piernas. El mensaje implícito era devastador y jodidamente excitante.
Recordé, con un escalofrío que me recorrió la espina dorsal, las palabras de Amanda en el jardín del restaurante sobre los juegos con su marido.
Visualicé el momento exacto en que se llevó a mi esposo con la disculpa de que la acompañara a por un botellín de agua, alegando sentirse mareada, y cómo me había susurrado al oído, con una frialdad que me congeló la sangre, que nos dejaba solos para que pudiéramos hablar.
Una duda corrosiva y morbosa empezó a taladrarme la cabeza en mitad del silencio del dormitorio.
No estaba segura de si Amanda era realmente consciente de lo que estaba sucediendo entre Ramón y yo.
Me pregunté si él le habría mostrado mi cara de vicio corriéndome…
o si sabría que su marido me acababa de enviar un vídeo follándosela a cuatro patas.
El nivel de perversión de esa pareja me superaba, pero la certeza de que mi intimidad ya les pertenecía me hizo flaquear las piernas, obligándome a sentarme en el borde de la cama con el teléfono aún ardiendo entre mis dedos.