Capítulo 12
Al llegar a casa, me descalcé en el recibidor.
Subí las escaleras con los zapatos en la mano, dejando que el frío de los escalones me devolviera por un instante a la realidad.
Detrás de mí, sentía el peso de la mirada de Carlos, fija y devoradora sobre mis caderas.
Sabía perfectamente que me estaba mirando el culo, y la lentitud de mis propios pasos era un acto deliberado: me hacía sentir ridículamente poderosa.
Al cruzar el umbral de nuestro dormitorio, Carlos dejó las llaves sobre la cómoda, se quitó la chaqueta del traje para colgarla en el galán de noche y se giró hacia mí.
Sus ojos, habitualmente tranquilos y predecibles, brillaban bajo la luz tenue de las lámparas con un destello de deseo y urgencia que rara vez asomaba en él.
El vestido negro y la complicidad morbosa de la noche de gala habían surtido efecto.
Se acercó despacio, me rodeó la cintura y me pegó a su cuerpo. Cuando sus manos bajaron por mis caderas y acariciaron la tela elástica, descubriendo que no llevaba nada debajo, soltó un jadeo de sorpresa.
—Elena… —susurró, con la voz rota—. No llevas ropa interior… ¿Estás loca?
No le dejé hablar. Lo empujé hacia el colchón con una fuerza que él no esperaba, derribando su habitual parsimonia, y me subí encima de él, a horcajadas. Le desabroché la camisa a tirones, haciendo saltar un botón que tintineó en el suelo.
Quería follar. Necesitaba un polvo sucio y desesperado como el que intuía que Ramón me hubiera echado, apoyada en la barandilla.
Agarré la tela del vestido, me lo saqué por la cabeza y lo tiré con rabia al suelo.
Los ojos de Carlos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, fijos en la palidez de mi piel y en la densa humedad que ya brillaba entre mis muslos, como si la fiera que tenía delante no fuera su esposa.
Sin miramientos, bajé la cremallera de su pantalón, abrí la bragueta y metí la mano dentro de sus calzoncillos.
Su miembro estaba tibio, ablandado por la sorpresa y por la sumisión de quien no sabe llevar las riendas y se siente intimidado.
Comencé a meneársela con saña, apretando los dedos, forzando la fricción con un desprecio sutil que me ponía tremendamente cachonda.
—Vamos, mi amor… —le susurré al oído—. ¿Es que no se te va a poner dura esta noche? Tienes que cumplir como un buen esposo.
Carlos parecía amedrentado, empequeñecido por la mujer lasciva y dominante que lo aplastaba contra el colchón, como si fuera dolorosamente consciente de que no era capaz de darme la marcha que mi cuerpo reclamaba a gritos.
Al ver su titubeo, la mente me dio un vuelco perverso.
Pensé en la zorra de su exmujer, en el monitor de gimnasia con el que la había pillado follando sobre la cama, y por primera vez en mi vida no la odié.
Al contrario, sentí una epifanía cómplice y liberadora: la comprendí perfectamente.
Me convencí de que un esposo tenía la obligación de complacer a su esposa, y si no era capaz de dejarte temblando y empapada, la infidelidad no es un pecado; era una simple consecuencia de su propia incompetencia.
Poco a poco, alimentada por el vaivén implacable de mi mano, su polla consiguió endurecerse del todo.
Sentí el grosor caliente contra mi palma y no esperé ni un segundo más.
Me incorporé unos centímetros sobre sus muslos, agarré su miembro con los dedos para apuntar directamente hacia mi entrada y me dejé caer de golpe, incrustándomela por completo.
—¿Notas lo mojada que estoy?
Comencé a moverme encima de él con un ritmo frenético, elevando las caderas y dejándome caer a plomo, buscando el impacto seco de nuestros cuerpos. Carlos, arrastrado por mi inusual agresividad, me agarró con fuerza de las nalgas, hundiéndome los dedos en la carne para encajar mis embestidas.
Mi esposo estaba en éxtasis, ciego de placer ante mis movimientos. Me miraba con una adoración animal mientras yo aceleraba el ritmo, frotando mi clítoris con fuerza contra su pubis en cada vaivén, devorando su hombría con una lascivia que él jamás me había conocido.
Sus espasmos se volvieron sordos, rítmicos; supe que estaba al límite.
Sentí la primera oleada del clímax y apreté mis músculos internos en torno a él con desesperación.
Carlos soltó un grito ahogado contra mi cuello y se corrió con fuerza, inundándome con una descarga caliente, justo en el mismo instante en que un orgasmo violento me sacudía cada músculo, arrancándome un chillido que ahogué contra su hombro mientras nos fundíamos en un espasmo compartido.
Nos quedamos suspendidos en el silencio de la habitación, jadeando, con la piel pegajosa de sudor y los corazones desbocados. Carlos me abrazó. Unos minutos después, estiró el brazo, apagó la luz de la mesilla y nos cubrió con la sábana.
—Has estado espectacular esta noche, Elena… En la cena, y ahora —me susurró, besándome la frente con devoción—. Estoy tan orgulloso de la mujer que tengo a mi lado. Te amo.
—Yo también te quiero —dije en un hilo de voz, sintiendo el peso de mi traición.
Carlos se dio la vuelta y, en cuestión de minutos, su respiración se volvió acompasada, profunda y tranquila.
Se había dormido. Yo, en cambio, era incapaz de cerrar los ojos.
Ese ritmo regular de sus pulmones empezó a desquiciarme en la oscuridad, recordándome la monótona seguridad de la que tanto ansiaba escapar.
El sexo con él había sido intenso, pero me había dejado una insatisfacción psicológica abrasadora. El cuerpo estaba saciado, pero la mente exigía el castigo. Atrapada por la inquietud, me destapé con cuidado para no hacer ruido. Decidí bajar a la cocina a beber agua.
Antes de salir de la habitación, cogí el móvil de la mesilla por puro impulso. Quería ver si Ramón había respondido al mensaje de esa mañana, pero al encender la pantalla vi que no había nada. Su indiferencia seguía intacta.
Bajé las escaleras, esta vez completamente desnuda, sintiendo el aire fresco de la madrugada en la piel.
Mis hijos estaban de fiesta y llegarían muy tarde, así que la casa era un desierto de sombras.
Entré en la cocina y bebí agua directamente de la botella, pero el frío del cristal no apagó el fuego de mi vientre.
Mi mente seguía atrapada en el jardín del restaurante, en el aroma de Ramón, en la brutalidad de sus palabras desnudándome delante de la barandilla.
Caminé hacia el salón en penumbra, encendí la televisión con el volumen al mínimo para que la pantalla azulada iluminara el espacio y me tendí sobre el sofá.
Estaba completamente expuesta, con las piernas abiertas y la piel brillando bajo el fulgor del televisor.
La frustración y el morbo se mezclaron en un cóctel insoportable.
Por puro impulso, deslicé la mano derecha hacia mi entrepierna.
Mis dedos se hundieron con facilidad en mi propia intimidad, que seguía abierta, lubricada y caliente por el semen de mi marido, pero hambrienta de algo mucho más perverso.
Comencé a tocarme de verdad, metiéndome los dedos por completo.
Bombeando despacio, sintiendo el vacío que Carlos no había logrado llenar, mientras con el pulgar presionaba y frotaba mi clítoris con una insistencia despiadada.
El contraste del cuero frío del sofá contra mi espalda desnuda y el calor abrasador que brotaba de mi sexo me hizo soltar un quejido húmedo que rompió el silencio del salón.
Estiré las piernas, tensando los muslos, arqueando la pelvis hacia arriba para hundir mis dedos aún más profundos.
Me estimulaba con una urgencia salvaje, visualizando la figura imponente de Ramón detrás de mí, imaginando sus manos grandes desgarrándome el vestido negro y utilizándome como a una cualquiera.
El placer empezó a subir como una marea incontrolable, sádica, que me nublaba la vista.
Cuando sentí que el clímax era inminente, que estaba a solo unos segundos de atravesarme por completo, la locura se apoderó de mí.
Cogí el teléfono con la mano izquierda, activé la cámara delantera y la apunté directamente a mi rostro.
«Quiero que te grabes la cara cuando estés rompiéndote de placer», recordé la orden.
Le di a grabar. Solo enfoqué mi rostro. Sabía que cuando me enfriara jamás enviaría ese archivo, pero en ese preciso instante necesitaba sentir la sumisión total, la adrenalina de estar cumpliendo el deseo del socio de mi esposo.
Miré fijamente al objetivo, con los ojos entornados, inyectados en deseo y las mejillas encendidas.
—Fóllame —supliqué a la cámara—. Quiero… quiero que me des lo que no saben darme en casa. ¡Ah…! ¡Me corro! ¡Ah, joder… me corro!
En la pantalla quedó registrada mi degradación: mi boca abriéndose en un jadeo mudo, la saliva brillando en mis labios, mis cejas fruncidas por la intensidad del placer.
Y entonces, llegó el espasmo. Me mordí los labios con fuerza, enterrando los dientes en la carne hasta casi hacerme sangre para no gritar, tal y como él había predicho, mientras mis ojos fijos en la lente se dilataban por completo y mi rostro se rompía en una mueca de puro éxtasis, humillación y entrega absoluta.
El orgasmo me sacudió con una violencia animal, haciendo que mis piernas temblaran y mi vientre se contrajera sobre mis dedos.
Detuve la grabación con el pulso tembloroso, jadeando sobre el sofá.
Tenía el vídeo ahí. Todavía sentía el calor latente del clímax recorriéndome entera, esa corriente eléctrica que anula cualquier rastro de decencia o cordura.
No pensé. No me di el beneficio de la duda.
Con los dedos aún manchados de mí misma y el corazón en la garganta, abrí el chat de Ramón. Adjuntar archivo. Enviar.
El vídeo se mandó en el acto. La mecha se había consumido y yo misma acababa de apretar el detonante de mi propia destrucción.
Apagué la tele y dejé el salón a oscuras, subí las escaleras y me deslicé con cuidado bajo las sábanas, buscando el calor del cuerpo de mi marido para intentar camuflar el temblor que me sacudía.
—¿Dónde estabas? —preguntó Carlos entre dientes, con la voz pastosa, anestesiado por el primer sueño mientras estiraba un brazo de forma autómata para envolverme con él.
—Bajé a beber agua —respondí en un hilo de voz, dejando el teléfono sobre la mesilla—. Duérmete.
Apenas terminé de pronunciar la mentira, Carlos emitió un gruñido conforme, me pegó un poco más a su pecho con esa familiaridad tranquila de siempre y volvió a hundirse en su respiración pesada y rítmica.
Me quedé completamente rígida entre sus brazos, con los ojos abiertos de par en par y la mirada fija en la penumbra del dormitorio.
El contraste era atroz, casi obsceno: el hombre con el que compartía mi vida me abrazaba con la paz del inocente, protector y ajeno, mientras en la pantalla apagada de ese móvil a escasos centímetros de nuestras cabezas, el socio de Carlos, el marido de mi mejor amiga, acababa de recibir la prueba irrefutable de mi rendición.
Le había entregado mi intimidad, mi rostro roto de lascivia, mi sumisión absoluta.
Cerré los ojos sintiendo el latido sordo y húmedo que aún vibraba entre mis piernas. La línea ya estaba cruzada; yo ya no pertenecía al mundo de las buenas esposas.