Capítulo 11 #2
Me quedé sola, aferrada a la copa, sintiendo que el suelo temblaba bajo mis pies. Ramón no perdió el tiempo. Caminó despacio, arrastrando los zapatos sobre la grava con una parsimonia aterradora, hasta detenerse exactamente a mi espalda.
Se pegó tanto a mí que pude sentir el calor denso que desprendía su cuerpo y el aroma amaderado de su perfume envolviéndome por completo. Su silueta imponente bloqueó la poca luz que venía del porche.
—Te arrancaría ese vestido y te follaría contra esa barandilla ahora mismo —me soltó al oído con una voz gélida, ronca, que me hizo vibrar hasta los dientes.
Al mismo tiempo que lo decía, dio un paso más, rozando su entrepierna firmeza contra mis nalgas.
—Ramón, por favor... —protesté, inclinándome unos centímetros hacia delante para intentar apartarme, aunque mis manos seguían agarrotadas a la barandilla de hierro—. Ten un poco de respeto... Mi marido y tu esposa están ahí dentro.
—¡A la mierda el respeto! —susurró, retirando un mechón de mi cabello del cuello. Su aliento caliente me rozaba la oreja—. Nada me gustaría más que ver tus ojos cuando te estás derritiendo de placer. ¿Eres de las que chillan y se rompen, o de las que simplemente se muerden los labios?
Me quedé helada, con los nudillos blancos de tanto apretar el hierro frío de la barandilla.
El contraste entre la finura del jardín del restaurante y la suciedad de sus palabras me estaba volviendo loca.
Sentía el grosor de su entrepierna presionando el centro de mis nalgas a través de la tela elástica, y la certeza de que un simple movimiento de su mano bastaría para levantarme el vestido y rematarme allí mismo me provocó una oleada de fluidos que me corrió muslo abajo.
—Sin duda, eres de las que te muerdes los labios cuando no soportas tanto placer —sentenció él, con una risa baja y ronca que me rozó el lóbulo de la oreja—.
Sí... estoy seguro de ello. Tienes esa mirada.
Te muerdes los labios hasta hacerte sangre para que nadie descubra lo puta que puedes llegar a ser cuando te joden como es debido.
—¡Cállate! —supliqué en un hilo de voz, aunque mi cuerpo no hacía el menor ademán de apartarse. Al contrario, empujé sutilmente mis caderas hacia atrás, buscando más de esa presión que me estaba desgarrando por dentro.
—Escúchame, voy a decirte lo que quiero que hagas —dijo con una serenidad inquebrantable que transmitía más autoridad que cualquier grito.
—¿Y qué te hace creer que voy a someterme a tu voluntad? —pregunté girándome hacia él para mirarlo a los ojos, con una voz mucho más firme de lo que esperaba.
Ramón ni siquiera pestañeó. Se limitó a observarme durante unos segundos que se me hicieron eternos.
No había burla en su expresión ni desafío.
Solo aquella seguridad tranquila que tanto me desconcertaba.
Y fue entonces cuando comprendí algo que me irritó profundamente.
Ni siquiera estaba intentando convencerme de por qué debía obedecerle.
—Esta noche, cuando llegues a casa, te tocarás pensando en mí… —ordenó Ramón, con sus labios rozándome el lóbulo de la oreja—. Quiero que te grabes directamente con el teléfono, y que me muestres la cara que pones cuando te rompes de placer.
Antes de que pudiera asimilar el impacto de sus palabras, afianzó el agarre en mi cadera por un segundo, hundiéndome los dedos con la fuerza justa para dejarme claro quién llevaba las riendas de aquel delirio, obligándome a sentir la firmeza de su anatomía contra mis nalgas.
—Si me gusta esa cara tanto como me gusta tu cuerpo, quizás intente seducirte.
—Estás loco. No pienso hacerlo.
—Claro que lo harás. Sé una buena esposa y acuesta pronto a tu marido. Seguro que sabrás hacerlo, ¿verdad, Elena? —rio con ironía, tan cerca de mi cuello que me hizo temblar—. No me hagas esperar demasiado. Cuando pido algo, lo quiero pronto.
El eco de unas risas lejanas rompió el encanto maldito.
Vi a Carlos y a Amanda regresar por el sendero iluminado.
Ella traía el botellín de agua en la mano y lucía una sonrisa de absoluta suficiencia; mi marido caminaba a su lado, con su habitual andar seguro y su porte de hombre intachable, ajeno al abismo que acababa de abrirse a su espalda.
Ramón se retiró con una naturalidad pasmosa. Cuando Carlos estuvo a tres metros de nosotros, su socio ya estaba de lado, con una mano metida en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo su copa de vino, con el semblante tan pulcro y relajado como si hubiéramos estado hablando del tiempo.
—Tu marido es un cielo —me dijo Amanda, guiñándome un ojo con un descaro que me revolvió las entrañas—. Siempre tan amable, gracias, Carlos.
—De nada, Amanda —dijo él sonriendo, sin sospechar que todo había sido un macabro juego.
—Sin duda lo es… —atiné a decir, forzando una sonrisa que me dolió hasta en los músculos de la cara. Miré a Carlos, que de inmediato me puso un brazo protector sobre los hombros—. Creo que va siendo hora de retirarnos, mi amor. Estoy cansada. Estos tacones me dejan los pies destrozados.
—Tienes razón, cariño. Es muy tarde —asintió Carlos, dándole un último apretón de manos a Ramón—. Nos vemos el lunes en el despacho.
Sin embargo, antes de soltar la mano de mi marido, la mirada de Ramón se desvió hacia mí por una milésima de segundo.
Fue un destello fugaz, cargado de una promesa perversa y un dominio absoluto que me dejó temblando.
Era el recordatorio silencioso de la tarea que me acababa de encomendar y que, por supuesto, yo no pensaba cumplir.
—Mañana hablamos —me dijo Amanda dándome dos besos.
El camino de vuelta en el coche fue un martirio de idas y venidas en mi cabeza.
Carlos conducía relajado, hablando con entusiasmo del concejal del ayuntamiento, de las nuevas opciones de negocio que se abrían para el bufete y de lo bien que se lo había pasado.
Yo, en cambio, apenas emitía monosílabos.
Miraba por la ventanilla, viendo pasar las luces de Madrid como ráfagas difusas sobre el cristal negro.
Llevaba las piernas cruzadas con fuerza, conteniendo la respiración, sintiendo cómo la humedad delatora de mi propia excitación empezaba a enfriarse contra el asiento de cuero del coche.