Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 11
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Capítulo 11

Carlos conducía hablando de unos expedientes, pero yo solo podía mirar la pantalla de mi móvil, apagada y muda en mi regazo. Las dos marcas azules de Ramón seguían ahí, fijas, congeladas en una indiferencia que me quemaba las entrañas.

Al llegar al restaurante, un local de techos altos, el maître nos guio hacia la mesa del fondo.

Allí estaban.

Amanda lucía radiante con un traje verde botella, riendo de algún comentario de su esposo.

Y Ramón… Ramón estaba sentado de espaldas a la entrada, pero se giró despacio en cuanto escuchó nuestros pasos.

Llevaba un traje oscuro sin corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos, destilando esa masculinidad arrolladora y peligrosa que me hizo humedecer al instante, recordándome que no llevaba bragas.

Sus ojos oscuros se clavaron en mí. Me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mi escote, en la ausencia evidente de sujetador bajo la fina tela del vestido negro, y finalmente subió hasta mis labios rojos.

No se alteró. No hubo sorpresa en su rostro, solo esa mueca lenta, cínica y letal que ya le conocía.

—Buenas noches —saludó Carlos, estrechándole la mano a su socio antes de rodear mi cintura—. Siento el retraso; ya sabes cómo son las mujeres… diez minutos para ellas se convierten en media hora.

—No te preocupes, Carlos —respondió Ramón, arrastrando las palabras con esa voz grave que me hizo apretar los muslos—. Le comentaba a Amanda que la espera siempre merece la pena… sobre todo cuando el resultado es tan espectacular.

Me sostuvo la mirada fijamente, con un brillo depredador en los ojos que me dejó sin aliento.

El mensaje implícito era transparente: sabía perfectamente el efecto que su silencio había causado en mí todo el día.

Había ignorado mi mensaje para obligarme a vestirme así, para empujarme a su terreno, y ahora me tenía exactamente donde quería.

Sentada a su mesa, al lado de mi esposo y frente a mi mejor amiga, jugando un juego cuyas reglas yo todavía no alcanzaba a comprender.

—Estás espectacular, Elena. Ese vestido te queda como un guante —me susurró Amanda al oído en cuanto Carlos y Ramón se enfrascaron en una discusión técnica sobre la reforma del código penal y el nuevo cliente del bufete.

La mesa era redonda, pero lo suficientemente amplia como para que nuestras voces, moduladas por el murmullo de fondo del restaurante, crearan dos burbujas de conversación completamente independientes.

Ramón y Carlos gesticulaban, ajenos a nosotras; mi marido, con su entusiasmo predecible y correcto; su socio, escuchando con esa inclinación de cabeza tan suya, pero manteniendo una de sus manos sobre la mesa, jugando con el tallo de su copa de vino.

—Gracias —respondí en el mismo tono confidencial, forzando una naturalidad que no sentía. El roce de la tela elástica de mi vestido contra mis pezones desprotegidos me mantenía en una tensión insoportable—. Quería cambiar un poco. A veces me canso de ir siempre vestida como una monja.

Amanda me miró por encima del borde de su copa de champán, y una chispa de absoluta comprensión brilló en sus ojos azules como el cielo. Se inclinó un poco más hacia mí, apoyando los codos en la mesa, acortando la distancia.

—A Ramón le has encantado —soltó en un susurro sibilino, directo, que me hizo contener el aliento—. Se ha quedado completamente impresionado cuando te ha visto entrar por esa puerta, Elena. No ha podido apartar los ojos de ti en todo el rato. ¿No notas cómo te está mirando? —preguntó riéndose.

Busqué en el rostro de ella cualquier atisbo de ironía, la más mínima sombra de los celos lógicos de una esposa que sospecha que entre su esposo y su mejor amiga hay demasiada tensión sexual.

Pero no había nada. Su tono era limpio, descarado, casi excitado.

Era como si, de repente, Amanda hubiera leído a través de la tela de mi vestido, como si supiera perfectamente el vacío, el hambre y la humillación que yo arrastraba desde la escena del jardín de esa misma mañana.

—No digas tonterías, Amanda… —atiné a balbucir, sintiendo que las mejillas me ardían—. Solo ha sido una mirada de cortesía. Tu marido siempre es muy galante.

Amanda soltó una risita baja, una melodía cómplice que se mezcló con la voz grave de Ramón, que en ese momento decía al otro lado de la mesa: «... el juez de la Audiencia no va a tragar con ese recurso, Carlos, necesitas algo más contundente».

—¿Cortesía? A Ramón no le interesa la cortesía, cariño, y a ti tampoco esta noche —me interrumpió Amanda, rozando sutilmente su rodilla contra la mía por debajo de la mesa—.

Conozco a mi marido. Sé exactamente qué fibra le has tocado.

De hecho… estoy segura de que esta noche, cuando volvamos a casa y me esté follando, me hablará de ti.

Le encanta hacer eso. Me pedirá que le describa cómo te movías, cómo te quedaba el escote…

y terminará corriéndose usándome para su fantasía.

El impacto de sus palabras me provocó un cortocircuito mental absoluto. Un vértigo violento me golpeó el estómago, seguido de una oleada de calor tan densa y húmeda entre mis piernas que temí que traspasara la tela del vestido y dejara una marca delatora en el tapizado de la silla.

Miré de reojo a Carlos. Mi esposo seguía hablando, ajeno al abismo que se abría a su lado, asintiendo ante los argumentos de Ramón. «Sí, claro, Ramón, el matiz del dolo es fundamental en este caso...», decía, con esa seriedad tan pulcra, tan vacía de peligro.

—¿Te… te habla de otras mujeres cuando está contigo? —pregunté, con la voz rota, incapaz de apartar los ojos de Amanda, atrapada en el morbo enfermizo de su intimidad.

—Me habla de lo que le excita en cada momento.

Y créeme, Elena, tú ahora mismo eres una bomba de relojería en su cabeza —Amanda sonrió, complacida por mi reacción, y estiró la mano para coger un trozo de pan, recuperando por un segundo su postura de perfecta dama de sociedad—.

Deberías estar orgullosa. Has conseguido que el hombre más atractivo de Madrid no te quite el ojo de encima. Compruébalo tú misma.

Desvié la mirada hacia Ramón. Como si hubiera estado esperando el momento exacto, él interrumpió su conversación con Carlos.

Dejó la copa sobre la mesa de manera pausada y clavó sus ojos oscuros directamente en los míos.

No había disimulo. Su mirada bajó por mi cuello y se detuvo en la silueta de mis pechos, perfectamente perfilados bajo el vestido elástico debido a la temperatura del local, y volvió a mi rostro con una fijeza depredadora.

Carlos, completamente ciego a la electricidad que cruzaba la mesa, se giró hacia mí con su habitual sonrisa protectora.

—¿Estás bien, Elena? Te noto un poco pálida, cariño. ¿Quieres que pidamos un poco más de agua?

—Estoy bien, Carlos —respondí, con el corazón a cien por hora, sintiendo la mirada de Ramón fija en mi boca, saboreando mi pánico y mi excitación—. Solo es el calor del restaurante. Estoy perfecta.

Ramón esbozó esa mueca lenta, cínica y letal, antes de volverse hacia mi marido para rematar su argumento de negocios: «Como te decía, Carlos... hay hombres que saben cuándo arriesgar y quedarse con todo, y otros que prefieren la seguridad de las normas».

Cuando terminó la cena, Amanda y yo salimos al jardín trasero del restaurante a tomar una copa, buscando el aire fresco de la noche.

El espacio era idílico, iluminado por hileras de luces tenues suspendidas entre los árboles y rodeado por una barandilla de hierro forjado que daba a una pequeña fuente iluminada.

A lo lejos, bajo el porche, Carlos y Ramón continuaban de pie, hablando animadamente con un hombre gordo y calvo de traje a punto de reventar en las costuras que, según me había susurrado Amanda poco antes, era el concejal de urbanismo.

—Observa un momento a Carlos —comentó Amanda, apoyando los brazos en la barandilla y dándole un sorbo a su copa—.

Siempre tan formal, intentando agradar a todo el mundo con sus modales de buen chico.

En cambio, Ramón… Ramón solo está esperando el momento de cobrarse el favor.

Es fascinante verlos juntos, hacen un gran equipo, ¿no crees?

—A veces desearía que Carlos no fuera tan…

tan buen chico —confesé en un susurro, sintiendo cómo el alcohol y la falta de ropa interior alimentaban una valentía peligrosa—.

Esta mañana en el jardín intenté… bueno, quise jugar un poco y me rechazó porque le preocupaba que el jardinero o nuestros hijos se levantaran. Me hizo sentir ridícula.

Amanda soltó una carcajada ahogada, mirándome con una mezcla de lástima y excitación.

—Tu marido es un santo, y las santas terminan aburriéndose en los altares. No sabe lo que se pierde. Si Mayari hablara, podría escribir una novela erótica de lo que ha visto en casa… —dijo riéndose, hablando de su empleada doméstica de confianza.

Antes de que pudiera responder, vi por el reflejo del cristal cómo Carlos y Ramón se despedían del concejal y comenzaban a caminar por el sendero de grava hacia nosotras, interrumpiendo nuestra conversación.

Amanda me miró fijamente a los ojos, con una chispa de absoluta malicia brillando en sus pupilas.

—Os dejo solos para que habléis —susurró, con una sonrisa cómplice que no llegué a comprender.

Avanzó dos metros hacia ellos, interceptándolos antes de que llegaran a mi altura. Con una naturalidad pasmosa, cogió a mi esposo del brazo, ladeando la cabeza con gesto desvalido.

—Carlos, creo que por culpa del champán estoy un poco mareada. ¿Serías tan amable de acompañarme al bar a pedir un botellín de agua fría?

Mi marido, como el perfecto caballero que siempre fue, asintió de inmediato, complacido por resultar útil a una mujer en apuros.

—Por supuesto, Amanda, faltaría más.

Mientras se alejaban hacia el interior, alcancé a escuchar la voz melodiosa y descarada de Amanda diciéndole: «Así aprovechamos y me cuentas cómo estaba París... Amanda me ha dicho que habéis cenado junto al Sena, y que una noche…»