Capítulo 10
La confesión de Amanda me obligó a replantearme muchas cosas.
Hasta aquel día siempre había creído que vivía eclipsada por la arrolladora personalidad de Ramón.
Estaba convencida de que, cuando él aparecía, mi amiga se encogía, se volvía más prudente y medía cada una de sus palabras por miedo a contrariarlo.
Ahora empezaba a comprender que quizá había interpretado aquella transformación de forma completamente equivocada.
Amanda no parecía una mujer anulada. Tampoco una víctima.
Lo que yo había confundido durante años con sumisión y dependencia podía ser, en realidad, una elección consciente.
Una dinámica construida entre los dos, un juego íntimo que les pertenecía solo a ellos y que ninguno de los que los rodeábamos había llegado a entender jamás.
Y aquella posibilidad me resultaba mucho más inquietante que la explicación anterior.
Pasé el resto de la tarde y toda la noche con el cuerpo encendido, repasando cada palabra de su relato, devorada por una envidia morbosa y un hambre oculta que amenazaba con destrozar mi fachada.
Necesitaba saber si quedaba algo de fuego en mi vida, si Carlos era capaz de romper las reglas aunque fuera por una vez, o si Ramón tenía toda la maldita razón al llamarlo cobarde.
El sábado amaneció extrañamente cálido. Carlos estaba en el jardín, sentado bajo el porche, concentrado en la lectura del periódico del fin de semana.
Vestía unos pantalones cortos de lino y un polo impecable.
A lo lejos, junto al seto que separaba el margen de la piscina, se escuchaba el rugido constante y amortiguado del cortacésped.
Me miré en el espejo del recibidor. Llevaba una camisa de seda blanca, ligeramente suelta, y no me había puesto sujetador. Sentía los pezones duros, rozando la tela con cada movimiento, electrizados por la audacia de lo que estaba a punto de hacer. Salí al porche descalza.
Carlos ni siquiera levantó la vista del periódico cuando notó mi presencia. Antes de que pudiera reaccionar, acorté las distancias y me senté directamente encima de él, a horcajadas sobre sus muslos.
—Vaya, Elena… —sonrió, sorprendido, dejando caer el periódico—. No esperaba que te levantaras tan pronto.
No le respondí. Me incliné y lo besé en la boca.
Fue un beso directo, húmedo, buscando su lengua con una urgencia que nunca antes le había mostrado a esas horas del día.
Carlos, tras un segundo de desconcierto, me siguió el juego y me rodeó la cintura con los brazos, pero enseguida noté la rigidez en sus hombros.
Estaba cortado. Su ritmo era dubitativo, como si estuviera calculando los riesgos de la situación.
Me separé unos milímetros de sus labios, jadeando sutilmente sobre su piel.
—Hoy estoy muy juguetona, mi amor… —le susurré al oído, mordiéndole ligeramente su labio inferior mientras movía las caderas sobre él, sintiendo la dura estructura de su cuerpo.
Volví a besarlo, forzando una intensidad salvaje, queriendo arrastrarlo a mi delirio.
Con las manos temblorosas por la situación, empecé a desabrochar los botones superiores de mi camisa.
Dejé que la seda se abriera, exponiendo la palidez de mi pecho ante la luz del sol y ante su mirada.
Agarré su mano derecha y la guie hacia mi escote.
—Son tuyas, mi amor… Tócalas aquí. Ahora.
En lugar de reaccionar como el hombre hambriento que yo necesitaba, Carlos retiró la mano con suavidad, pero con una firmeza aplastante. Me miró a los ojos, con el ceño fruncido y una mezcla de extrañeza y reproche en el rostro.
—Elena, por Dios, ¿qué te pasa, hoy? —preguntó en un susurro tenso, mirando de reojo por encima de mi hombro hacia el fondo del jardín—. ¿Te has vuelto loca? Borja y los niños están dentro de casa, ¿qué pensarían de ti si te ven así…?
Sus palabras me golpearon mucho más de lo que dejé ver. Estaba poniendo en duda algo mucho más profundo que mi forma de actuar: estaba cuestionándome como madre. Y eso era una herida difícil de soportar. Aun así, me negué a darle esa satisfacción e intenté defenderme.
—No te preocupes por ellos. Están dormidos; anoche vinieron muy tarde de fiesta —dije apretando su mano contra mis pechos—. ¿Es que ya no te gusto? Te aseguro que cualquier hombre en tu lugar mataría por follarme.
—Vamos arriba, al dormitorio —sentenció, agarrándome por las caderas para apartarme sutilmente y recuperar su espacio—. No me voy a poner a tocarte y a besarte en mitad del jardín. Un poco de decoro, por favor, que ya no tienes veinte años.
La palabra «decoro» me abofeteó la cara. Sentí cómo la sangre me subía a las mejillas en una oleada de humillación abrasadora. Su rechazo, tan lógico, tan sumamente correcto y protector de las formas, fue la confirmación definitiva de todo lo que Ramón había sembrado en mi cabeza.
Carlos era un hombre castrado por el miedo al qué dirán, incapaz de saltarse una sola norma de nuestra vida perfecta.
Me levanté de su regazo de golpe, abrochándome la camisa con dedos torpes y el orgullo hecho pedazos.
—Tienes razón. Olvídalo —corté en seco, dándole la espalda antes de que pudiera ver la rabia en mis ojos.
Caminé a paso rápido hacia el interior de la casa. Cerré la puerta del dormitorio principal con un golpe sordo y me apoyé contra ella, respirando agitadamente. Mis manos temblaban de indignación, de desprecio y de una frustración sexual que me devoraba las entrañas.
Cogí el teléfono. Mi mente ya no sopesaba las consecuencias; el cortafuego de mi matrimonio se había roto en el jardín.
Entré en la agenda, busqué la lista de contactos bloqueados y, con un pulso frío y decidido, pulsé la pantalla. Número desbloqueado. Abrí la ventana de mensajes y, sin darme tiempo a arrepentirme, escribí siete palabras que cambiaron mi destino para siempre:
«Tenías razón… Mi esposo no me merece».
Me leyó al instante, pero no me respondió. Pensé que estaría con Amanda y no podría contestar. Esperé. Pero su respuesta no llegó. Me sentí ridícula por el rechazo de Carlos, pero sobre todo por la indiferencia de Ramón.
Pasé el resto de la tarde pegada a la pantalla, fingiendo que leía un libro en el sofá mientras miraba de reojo el destello del móvil cada cinco minutos. Nada. Dos malditas marcas azules que confirmaban que había visto mi confesión y había decidido ignorarla.
Ramón estaba jugando conmigo, utilizando el silencio como un lazo alrededor de mi cuello. Sabía que la indiferencia me volvería loca.
A mi lado, escuchaba las risas de Carlos hablando con mis hijos mientras veían un partido de fútbol en la televisión.
Su normalidad me resultaba obscena. Me molestaba su voz jovial, su tranquilidad de hombre que cree tener la vida resuelta, mientras yo me retorcía en el sofá, sintiendo el deseo insatisfecho quemándome por dentro.
Cuando el partido terminó y mis hijos nos dejaron solos, Carlos intentó disculparse con esa amabilidad condescendiente que ahora tanto me irritaba.
—Elena, cariño, no te enfades por lo de esta mañana… —dijo, estirando la mano sobre la mesa para tocar la mía—. Sabes que te deseo, pero hay momentos para todo. No era el lugar ni el momento.
—No pasa nada, Carlos. Tienes razón, fue una tontería mía —mentí, retirando la mano con el pretexto de incorporarme—. Me voy a preparar, aunque no me apetece nada salir esta noche. ¿No podrías poner alguna excusa? O tal vez ir tú solo.
Carlos me miró como si me hubieran salido dos cabezas.
—Es una cena importante para el bufete… Habrá gente muy destacada de los negocios y de la política. Si voy solo, la gente pensará que tenemos problemas. Además, Ramón y Amanda también van, ¿te vas a perder la oportunidad de lucir alguno de los vestidos que compraste en París?
La mención de Ramón fue como una descarga de un millón de voltios directos a mi espina dorsal.
De repente, el cansancio y la desgana desaparecieron, devorados por una oleada de orgullo herido.
Me levanté del sofá con una frialdad calculada, esbozando una sonrisa vacía que Carlos aceptó sin cuestionar.
—Tienes razón. No podemos dar una mala imagen. Voy a prepararme —dije mirando el reloj de mi muñeca.
Subí las escaleras a paso firme, impulsada por una rabia sorda que me transformaba por momentos. En el vestidor, ignoré los conjuntos discretos que Carlos esperaba que me pusiera.
Mi marido solía hacer comentarios negativos por la forma de vestir de Amanda. Decía que no sabía cómo Ramón la dejaba salir así vestida de casa.
Busqué en el fondo, donde guardaba mis impulsos más ocultos, y saqué un vestido negro de cóctel, de un tejido elástico que se adhería a mi piel como una segunda capa, con un escote asimétrico que dejaba al descubierto mi hombro y la palidez de mi piel.
Me solté el cabello rojizo, dejando que las ondas me cayeran salvajes sobre los hombros, y me pinté los labios de un rojo encendido, casi sangriento.
Cuando fui a ponerme la lencería, recordé las palabras de Amanda y la humillación en el jardín.
Con un pulso extrañamente firme, guardé el sujetador en el cajón y me quité las bragas.
Fui al espejo. Estaba desnuda bajo el vestido, marcada por la audacia y la adrenalina.
Cuando bajé las escaleras, Carlos se quedó inmóvil en el recibidor.
Me observó en silencio, con una mezcla de admiración y desconcierto que no supe interpretar.
Probablemente, en cualquier otra circunstancia habría considerado aquel vestido demasiado atrevido para una mujer de cuarenta y tres años, casada y madre de familia.
Sin embargo, después de nuestra discusión y del incómodo episodio en el jardín, optó por morderse la lengua.
Parecía decidido a evitar cualquier comentario que pudiera desencadenar un nuevo conflicto.